Waifu yandere(Collection) - Capítulo 70
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70: Miyabi part 2 (zenless zone zero) 70: Miyabi part 2 (zenless zone zero) .
Para los que dijeron si en lo de patreon aquí esta el nombre.
Als_Animuspheydri.
Ya saben hay estarán las imágenes de las waifus 7w7  El sol apenas comenzaba a colarse por la ventana, dejando manchas doradas sobre el suelo de madera.
Miyabi abrió los ojos lentamente.
Sentía un peso tibio y familiar sobre el pecho.
Su gato.
Ronroneaba con suavidad, vibrando como un motor tranquilo.
Se estiró con elegancia, bostezó y, sin apuro, saltó al suelo.
Las orejas de Miyabi se movieron ligeramente, percibiendo el cambio sutil del entorno.
El día empezaba.
Se sentó con lentitud, aún envuelta en la camisa larga, los mechones oscuros algo desordenados.
Caminó hacia la cocina en silencio, como si cualquier palabra pudiera romper un frágil equilibrio.
Abrió el refrigerador.
Sacó los huevos, el pan, el jugo de mora.
El aroma del pan tostado empezó a llenar el ambiente, mezclado con el suave chisporroteo del huevo friéndose en la sartén.
Una escena ordinaria… Hasta que ocurrió.
Al intentar servir el jugo en su vaso favorito, la mano de Miyabi tembló apenas.
Solo un segundo.
Pero fue suficiente.
El líquido se derramó, un trazo grueso y oscuro que cayó al suelo.
Carmesí.
Y su cuerpo se congeló.
La imagen, el color, el brillo denso del jugo sobre la cerámica blanca…No era jugo.
Era sangre.
Sangre densa y caliente.
Sangre que corría entre las piedras.
Sangre que brotaba de cuerpos etéreos, de rostros conocidos.
Sangre que goteaba desde sus propias manos mientras gritaba.
Y nadie respondía.
Los ojos de Miyabi se abrieron de par en par, fijos, vacíos.
Su respiración se volvió errática, los labios separados, pero sin emitir sonido.
El vaso seguía en su mano.
El jugo seguía goteando.
Pero ella no lo veía.
Todo se volvió ruido blanco.
El sonido del aceite.
El tic del reloj.
El mundo se alejaba.
Hasta que algo suave y cálido se deslizó contra su pierna.
Un roce.
Un recordatorio.
Su gato, ahora sentado a su lado, la miraba con ojos inmensos, brillantes.
Había frotado su cabeza contra ella, como si supiera.
Como si comprendiera.
El aire volvió a entrar en sus pulmones de golpe.
Miyabi jadeó una vez, parpadeó varias veces.
Volvió.
Volvió al ahora.
Miró al gato con los ojos aún abiertos, como si no terminara de reconocerlo.
Pero sus labios se tensaron apenas en una mueca agradecida.
—Tú otra vez…
—murmuró con la voz rota, agachándose lentamente para acariciarle la cabeza.
Sus dedos temblaban.
El gato ronroneó y frotó su cabeza una vez más, insistente, como si quisiera borrar el rojo de sus ojos.
Como si pudiera arrancar el recuerdo con pura ternura.
Y aunque solo fue por un momento, Miyabi se aferró a eso.
Al calor de su mascota.
Al ahora.
A lo que aún no se había roto por completo.
El desayuno había sido silencioso, casi mecánico.
Miyabi masticó sin gusto, tragó sin pensar.
Su cuerpo seguía una rutina aprendida, ejecutando cada paso con la precisión de alguien que se niega a detenerse… porque si se detiene, se rompe.
Con la camisa ceñida al torso, el cabello atado de forma impecable y sus botas ajustadas, parecía una comandante inquebrantable.
Nadie notaría que había visto sangre en un vaso de jugo.
Nadie debía notarlo.
El ascensor la llevó directo al piso 6 de la Sección de Análisis.
Allí, la máquina de inmersión —una cápsula blindada de acero negro con tubos conectados a servidores etéreos— esperaba su entrada.
Un nuevo lote de información debía ser recolectado desde el Vacío.
Un entorno simulado, sí, pero replicado a partir de los ecos reales de esa dimensión devastada.
Miyabi firmó los documentos.
No habló con nadie.
Entró.
Dentro del simulador, la oscuridad la recibió con un chasquido eléctrico.
Luego, luz.
El Vacío se desplegó ante ella.
Colinas destrozadas, edificios sin estructura, formas fantasmales moviéndose como ecos de otro tiempo.
La zona estaba activa.
La presión etérea era alta.
Miyabi no dijo nada.
Desenvainó su espada.
La primera criatura se lanzó con garras extendidas, una amalgama informe de carne oscura.
Ella giró sobre su eje y la partió en dos.
Siguieron otras.
No contaba los enemigos.
No sentía el sudor.
No reparaba en el zumbido constante del entorno.
Solo se movía.
Como una máquina.
Como una sombra entrenada para matar sin pensar.
Pasaron dos horas.
Quizás más.
Cuando el simulador se detuvo y la cápsula se abrió, un vapor leve salió de su interior.
Miyabi dio un paso fuera.
Su espada aún goteaba energía residual.
Su respiración era tranquila, demasiado.
Un ayudante con gafas se le acercó, extendiéndole una tabla digital.
—Teniente Hoshimi… estadísticas de combate.
Precisión: 96%.
Vitales: estables.
Contención de corrupción etérea: mínima.
Umbral emocional… No terminó.
Ella simplemente lo ignoró, pasando a su lado con una mirada vacía, como si no lo hubiera visto.
El joven se quedó inmóvil, inseguro, bajando la tabla con lentitud.
Miyabi caminó por el pasillo metálico, dejando atrás ecos de su furia silenciosa.
El sudor se enfriaba en su piel, pero su rostro seguía imperturbable.
Entonces, su teléfono vibró.
Un tono suave, aislado en ese mundo de maquinaria y acero.
TIC-TIC… ALERTA: Cita programada – Consultorio Tn – 17:00 hrs.
Prioridad: Alta.
El mensaje parpadeaba en la pantalla.
Una parte de ella lo leyó como si lo viera por primera vez.
Otra… como si lo hubiera estado esperando todo el día.
Se detuvo en medio del pasillo.
La alarma sonaba como un corazón insistente, como un reloj que no perdonaba.
Como un eco que le decía: Aún no has escapado de ti misma.
Pero Miyabi no reaccionó.
Solo miró la pantalla… Y sus ojos, sin que nadie lo notara, comenzaron a parpadear más rápido.
Como si algo dentro de ella empezara a moverse de nuevo.
Las calles estaban tranquilas, teñidas por el resplandor frío de los carteles holográficos.
Miyabi caminaba como quien flota, sus pasos eran suaves, casi ajenos a ella misma.
Cada tanto su corazón latía más fuerte, como si recordara que aún existía dentro de su pecho.
La puerta del consultorio estaba como siempre: cerrada, discreta, sin distintivos.
Un pequeño sensor reconoció su pulso etéreo y se abrió con un clic apenas audible.
Dentro, el ambiente era distinto.
No había ruido, ni luz dura.
Solo una lámpara cálida en la esquina, una estantería con libros cuidadosamente ordenados, y ese olor a incienso tenue que ella ya había aprendido a asociar con seguridad.
Tn ya la esperaba.
Como siempre, sereno.
Un cuaderno en sus manos, su mirada atenta sin ser invasiva.
—Llegas a tiempo —murmuró con su tono habitual, neutro y apacible.
Miyabi asintió y se recostó en el sofá.
Lo había hecho decenas de veces, pero esta vez su cuerpo se dejó caer con más peso del habitual.
Sus manos descansaron sobre su vientre, sus orejas se inclinaron hacia abajo, suaves.
La espalda tocó el respaldo como si por fin pudiera confiar.
Tn se sentó a su lado, como siempre.
No frente a ella, no en una silla fría como haría un médico distante, sino junto al sofá, con la libreta sobre las piernas, esperando.
Miyabi respiró.
Lenta, profunda.
—Hoy estuve en el simulador.
Dos horas de combate.
Me asignaron la Zona 13, bastante densa… aunque me moví bien.
—¿Tuviste dificultades con la carga emocional?
—No… O tal vez sí.
No lo sé.
No pensé en ello en el momento.
Solo en cortar, avanzar, eliminar.
Lo mecánico es más sencillo.
Tn anotó en silencio, sin interrumpir.
Miyabi siguió hablando.
—Después caminé por el ala de investigación.
Me dieron un informe que tengo que revisar esta noche.
También tengo que firmar las solicitudes de los nuevos reclutas.
¿Sabías que hay uno que pidió un sable de plasma por razones… estéticas?
Tn alzó una ceja con discreta curiosidad.
—¿Lo autorizaste?
—Claro que no.
Qué estupidez.
No se lucha por estilo.
El silencio volvió por un segundo.
Solo el rasgueo del lápiz en el papel llenaba el espacio.
—Desayuné huevos, tostadas y jugo de mora.
—Dijo, de pronto—.
Se derramó un poco.
No sé por qué, pero me quedé mirándolo más de lo necesario.
Tn no dijo nada.
Sabía cuándo no interrumpir.
—A veces… me pregunto por qué ciertas cosas me afectan tanto.
El color rojo.
El olor a metal.
El sonido seco de una cuchilla al ser envainada.
Son cosas pequeñas.
Triviales.
Pero se sienten… enormes.
Anotación.
Un cruce suave de piernas por parte de Tn.
Su postura no era tensa, pero había un foco absoluto en ella.
Como si grabara cada palabra en su mente.
—Y otras veces —continuó Miyabi, su voz un poco más suave—, escucho hablar a otras mujeres de relaciones.
Parejas.
Afecto.
Sexo…….Y no entiendo nada.
Sus ojos estaban fijos en el techo, pero no veía nada allí.
Solo los recuerdos sin forma que flotaban tras sus párpados.
—¿Cómo se supone que eso funcione?
¿Cómo alguien puede… querer que otro lo toque, lo abrace?
Yo no…
siento eso.
O tal vez sí, pero no lo entiendo.
Siempre me sentí defectuosa.
O… vacia.
Una pausa.
Tn bajó el lápiz.
No para dejar de escribir, sino para permitirle sentir el silencio como contención, no como juicio.
—Miyabi, ¿crees que lo que te falta es deseo, o es confianza?
Ella no respondió de inmediato.
—Quizás ambas.
Quizás… miedo.
Sus orejas se movieron, bajando más aún, como si buscaran refugio en su propio cabello.
—Pero contigo… es diferente.
No me da miedo hablar así.
Ni de esto.
Tn no sonrió.
No era su estilo.
Pero su mirada se suavizó.
—Eso significa que tu cuerpo reconoce un espacio seguro.
Y que tu mente, aunque tarde, empieza a seguirlo.
Miyabi cerró los ojos.
Sus manos se apretaron sobre su vientre, como si protegiera algo frágil dentro de sí.
El aire entre ambos se volvió más íntimo, más pesado.
No por incomodidad, sino por honestidad.
Tn levantó su cuaderno de nuevo.
Pero no escribió.
Solo la observó.
Y notó algo que no escribió en el papel: Que el tono de voz de Miyabi era distinto hoy.
Que sus palabras no solo eran honestas, sino… cariñosas.
Inconscientemente.
Todavía inocentes.
Pero peligrosamente humanas.
Las palabras seguían saliendo de Miyabi, como un río que por fin encontraba una grieta por donde fluir.
Había comenzado a hablar de cosas triviales: expediciones pasadas, compañeros ya muertos, sensaciones extrañas en ciertos días.
Pero luego, sin advertencia, el ritmo de su voz se hizo más lento… más apagado.
Sus ojos comenzaron a perder el enfoque, y Tn lo notó de inmediato.
—Miyabi… —murmuró, enderezándose—.
¿Te sientes bien?
Ella no respondió.
Solo pestañeó.
Una vez.
Y entonces sucedió.
Un halo oscuro, denso y líquido como brea, se derramó desde su espalda y se arremolinó en el aire.
Entre sombras, destellos azules —como estrellas moribundas— brillaban y se apagaban.
Esa energía no era solo residual… Era activa.
Tn se levantó instintivamente, pero fue demasiado tarde.
El brazo de Miyabi se estiró con una velocidad y fuerza alarmante.
Lo sujetó del cuello y lo empujó con brutalidad contra la pared del consultorio.
Tn apenas tuvo tiempo de soltar su cuaderno, que cayó abierto al suelo, manchando las páginas con trazos caóticos.
—Los etéreos… —gruñó Miyabi entre dientes, su voz ronca, como si no fuera del todo suya—.
Están aquí.
No pueden seguir… no deben seguir… exterminarlos… exterminarlos… Sus orejas estaban completamente alzadas, agitadas, como si detectaran presencias invisibles.
Sus colmillos estaban expuestos, tensos.
Venas oscuras se marcaban sobre su piel como raíces corrompidas.
Tn luchaba por mantener la compostura, sus manos sujetaban el brazo de ella, pero la fuerza era descomunal.
Miyabi ya no estaba allí.
O al menos no la Miyabi que él conocía.
—¡Miyabi, detente!
—jadeó con dificultad.
Pero ella no escuchaba.
O no podía escuchar.
Su mirada estaba perdida.
Presas del pánico, los músculos de su rostro temblaban mientras su respiración se volvía errática.
Y entonces… Lo estrelló contra la pared.
Una.
Dos.
Tres veces.
Tn sintió un chasquido en su hombro y un zumbido agudo en sus oídos.
Su cuerpo comenzó a perder fuerza.
Su visión, puntos negros.
La consciencia se le deslizaba por los dedos como arena.
Y fue ahí, en ese instante, cuando Miyabi volvió en sí.
Su mirada se aclaró.
El mundo recuperó forma y sonido.
Y frente a ella, en su mano, estaba Tn… Desvanecido, jadeando, con la piel amoratada en el cuello y la sangre bajándole por la sien.
—¿Qué…?
—susurró ella.
Soltó de inmediato.
Tn cayó de rodillas con un golpe sordo.
Miyabi retrocedió tambaleante, llevándose ambas manos al rostro.
Sus uñas rasparon su piel, desesperada por borrar la visión, por arrancar la imagen de lo que acababa de hacer.
Sus piernas temblaban.
La energía oscura desaparecía, absorbida lentamente como humo regresando al vacío.
—No… no… no otra vez… —murmuró—.
¿Qué fue eso?
¿Qué… qué hice…?
La sala estaba en completo silencio salvo por su respiración entrecortada y el goteo suave de sangre en el suelo.
El incienso se había apagado.
La lámpara titilaba, intermitente.
Tn, aún arrodillado, alzó la vista con esfuerzo.
No con miedo.
Con compasión.
—Ataque de… estrés severo.
Trauma reprimido.
Sobreestimulación emocional… —jadeó, mientras una mano temblorosa buscaba su cuaderno en el suelo.
Era un profesional y haria su trabajo como debe serlo.
Pero su cuerpo no le respondió del todo.
Se dejó caer sentado, apoyado contra la pared.
Miyabi apenas podía mirarlo.
—No quería… yo… no sabía… —la culpa la ahogaba como fuego.
—No es tu culpa —logró decir Tn, con un hilo de voz— Es… lo que la perdida les hace… a los que sobreviven.
Ella se dejó caer de rodillas también, enfrente de él.
Los ojos brillantes, la boca entreabierta en un grito que no salía.
Por primera vez, la asesina perfecta, la estratega fría, la figura de control… temblaba como una niña.
Su gato, como si hubiera sentido el cambio desde kilómetros, maulló desde su apartamento, en una escena lejana que ya no tenía lugar en este instante.
Solo quedaban ellos dos.
Y el vacío de una memoria fracturada.
Tn cerró los ojos un momento, su pecho subiendo y bajando con dificultad.
—Esto… esto se puede tratar, Miyabi.
No estás rota.
Solo… estás herida.
Y por primera vez, Miyabi no supo qué responder.
La sangre que Tn escupió cayó al suelo con un sonido húmedo, denso.
El consultorio olía a hierro y a ceniza vieja.
Miyabi se inclinó de inmediato, movida por el impulso, por la culpa, por el horror.
—Lo siento… yo no… yo no quería… —murmuró, extendiendo la mano temblorosa hacia él.
Pero Tn se apartó con suavidad.
No con temor, sino con la dignidad tranquila de quien entendía.
Sus dedos buscaron su sien ensangrentada mientras se reincorporaba lentamente, luchando contra la debilidad que aún sacudía sus músculos.
—No es la primera vez —susurró con la voz ronca—.
No será la última.
Miyabi bajó la mirada, las palabras se le atragantaban.
—Lo siento… —repitió—.
No puedo… quedarme.
Tn apenas logró asentir.
La vio levantarse, con movimientos automáticos, duros.
Sus orejas se mantenían rígidas, como si temieran escuchar algo más, como si estuvieran listas para detectar un peligro inexistente.
Su espalda recta, pero quebrada por dentro.
—Cancela… la cita.
La de dentro de dos días.
No vendré.
Fue todo lo que dijo antes de abrir la puerta y desaparecer.
Tn se quedó en silencio, solo acompañado por el eco de sus pasos que se perdían en el pasillo.
Cerró los ojos, apretando los dientes.
Su cuaderno seguía en el suelo, manchado de sangre y tinta.
Apuntes interrumpidos.
Las calles de Eridu pasaban a su lado como manchas borrosas.
Miyabi corría.
No pensaba.
No escuchaba.
Solo sentía el viento pegándole en el rostro y las lágrimas cayendo sin control por sus mejillas endurecidas.
La ciudad estaba viva, sí, pero para ella era un zumbido sordo.
Todo era ruido.
Todo era frío.
Pasó frente a transeúntes sin verlos.
Automóviles sin notar su bocina.
Luces sin percibir su color.
Hasta que por fin, la oscuridad de su edificio le dio tregua.
Entró como una ráfaga.
Cerró la puerta con fuerza, echando todos los cerrojos.
Uno.
Dos.
Tres.
Aseguró ventanas, apagó luces, bajó persianas.
Su gato maulló desde el sofá.
La miraba con ojos redondos y extrañados.
Ella lo ignoró.
Se metió en el baño.
Cerró la puerta con seguro.
Y entonces…Por fin se miró en el espejo.
Sus ojos aún tenían el rojo residual del colapso.
Su rostro, pálido, mostraba venas apenas marcadas: finos trazos violetas y azulados que recorrían sus mejillas, sienes y cuello como si algo dentro de ella intentara salir, recordar, o simplemente romper.
Respiró agitada.
Sus manos se aferraron al lavabo.
El silencio la rodeó.
Solo el goteo intermitente de la llave sin cerrar.
Una gota.
Otra.
Otra más.
Miyabi bajó la cabeza.
Su reflejo se desdibujaba con cada lágrima que caía, aunque ella ya no sollozaba.
No.
Solo temblaba.
La bestia que llevaba dentro había mostrado los dientes.
Había golpeado.
Y eso la aterraba más que cualquier misión, cualquier simulacro, cualquier enemigo.
No era el daño que podía hacer a otros lo que más temía.
Era el hecho de que ya no sabía si podía evitarlo.
Se quedó quieta.
Completamente inmóvil.
Como si al no moverse, al no respirar demasiado fuerte, todo pudiera olvidarse.
Como si quedarse así pudiera mantener encerrado lo que había dentro.
Eso que no era solo estrés, ni trauma.
Eso que tenía forma, peso… y memoria.
Miyabi se dejó caer con torpeza sobre la tapa del inodoro.
Su cuerpo temblaba apenas.
Sus ojos… no lloraban ya.
Solo miraban.
Miraban sus manos.
Las levantó, las giró.
Sus dedos, sus palmas… Estaban limpias.
No había ni una mancha, ni una gota, ni una sombra.
Pero ella no podía verlas así.
No las sentía así.
—Sucias… —susurró, como si confesara algo vergonzoso.
Volvió a mirarlas con más fuerza.
Como si al observarlas lo suficiente, pudiera descubrir lo que otros no veían.
Como si allí estuviera la verdad.
La carne.
El error.
La culpa.
Se las talló.
Primero con una toalla húmeda.
Luego con sus propias uñas.
No sirvió.
No servía.
No alcanzaba.
Entonces, se levantó.
Giró la llave de la regadera.
El chorro de agua cayó con una fuerza que pareció romper el silencio de todo el apartamento.
Y ella dio un paso adelante.
No se quitó la ropa.
No al principio.
Se dejó mojar.
Que el agua empapara su blusa, su ropa interior, sus muslos temblorosos.
El cabello le cayó sobre la frente, pegado al rostro como una cortina desordenada.
Cuando la tela húmeda se volvió tan pesada que dolía, comenzó a quitársela con movimientos lentos, torpes.
Como si fuera una piel ajena que no quería soltarla.
La arrojó al suelo, junto a sus rodillas.
Entonces, desnuda bajo la ducha, Miyabi empezó a tallarse.
Primero los brazos.
Luego los hombros.
Después el pecho, el vientre, las piernas.
Y no con suavidad.
Las yemas de sus dedos se volvieron agresivas.
La esponja áspera, una herramienta de exorcismo.
Talla.
Talla.
Talla.
Una y otra vez.
Como si al remover la primera capa, pudiera deshacerse del horror que cargaba bajo la piel.
El agua seguía cayendo, cálida al principio.
Hirviendo después.
La piel le ardía.
Roja.
Irritada.
Sensibilizada hasta el mínimo contacto.
Pero Miyabi no se detenía.
—No está… no está… no hay sangre.
No hay sangre… —murmuraba una y otra vez, como si necesitara convencerse.
Pero la sensación no desaparecía.
Ese rastro invisible, esa huella de violencia, esa sombra del grito que Tn no dio mientras ella lo sujetaba con furia descontrolada.
La palabra “etéreos” aún resonaba en su cabeza.
Y el recuerdo de la presión bajo sus dedos.
De la fuerza.
De su fuerza.
Y eso la aterraba más que cualquier cicatriz real.
Cuando por fin el dolor le ganó a la necesidad de seguir, cayó de rodillas sobre el piso de la regadera.
El agua resbalaba por su cuerpo como si quisiera llevarse algo con ella, pero no lo conseguía.
Solo quedaba la carne viva.
La piel herida.
Y un corazón tambaleante.
Después de lo que pareció una eternidad, apagó la ducha.
El sonido cesó.
Solo el goteo persistía, como un reloj molesto.
Abrió la puerta de vidrio, el vapor escapó en una bocanada densa.
Tomó una toalla sin mirar su reflejo.
No quería verse.
Porque ya no sabía a quién vería al otro lado.
Se envolvió.
Sus pasos eran lentos, casi infantiles.
Como si hubiera vuelto a nacer… pero cargando algo que no le pertenecía.
Cruzó el pasillo del baño sin encender luces.
Ni una sola.
Y desapareció dentro de la penumbra, envuelta en tela, silencio… y algo que aún no podía nombrar.
El cuarto estaba en penumbra.
Ni una lámpara encendida, ni el zumbido de la computadora, ni el eco de la calle más allá de los muros.
Solo la quietud.
Miyabi se deslizó bajo las sábanas con una lentitud que no era física, sino emocional.
Como si moverse demasiado rápido pudiera romper lo que quedaba de ella.
La camisa que llevaba se aferraba aún al leve vapor de la piel húmeda.
Le caía como una caricia áspera sobre la espalda enrojecida, cubierta en parte por mechones oscuros de su cabello largo.
Sus piernas desnudas se rozaban bajo la tela, generando pequeñas punzadas de ardor que ella simplemente… ignoró.
El dolor ya no era relevante.
La sangre no estaba.
Ya no estaba.
Su pecho subía y bajaba con lentitud, pero sus ojos… Sus ojos no se cerraban.
Eran como dos rubíes encendidos en la penumbra.
Rígidos.
Abiertos.
Fijos en el vacío, clavados en un punto más allá del techo, como si pudieran atravesar las paredes del mundo.
Y entonces, un sonido.
Un pequeño maullido.
Su gato, ignorado antes, ahora trepaba por la cama con esa elegancia casi sagrada que tienen los felinos.
Miyabi no se movió.
No dijo su nombre.
Ni siquiera lo miró.
Solo lo sintió.
El peso cálido de su cuerpo cayó sobre ella, justo sobre su abdomen.
El animal la olfateó brevemente y luego se acurrucó, con movimientos circulares, hasta que encontró la posición perfecta para enroscarse.
Se quedó dormido al instante.
Como si no hubiera pasado nada.
Como si nada estuviera roto.
Miyabi levantó lentamente una mano.
Dudó.
Y luego la dejó caer con suavidad sobre el lomo de su gato.
Lo acarició con ternura, como si esa acción pudiera conectarla de nuevo con la realidad, con la idea de que todavía era humana.
Que todavía sentía.
Pero sus ojos seguían abiertos.
La mirada sin parpadeos.
En la penumbra, parecía una figura atrapada en su propio cuerpo.
Su respiración era calma.
Su cuerpo, quieto.
El mundo, detenido.
Y sin embargo, dentro de ella… las aguas turbias del vacío seguían agitándose.
Lentas.
Profundas.
Insondables.
No pensaba.
No hablaba.
No soñaba.
Solo estaba.
Y el silencio que la envolvía, más denso que las cobijas, era el único que parecía comprenderla.
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