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Waifu yandere(Collection) - Capítulo 71

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  4. Capítulo 71 - 71 Leonardo da vicni part 5 fgo
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71: Leonardo da vicni part 5 (fgo) 71: Leonardo da vicni part 5 (fgo) Después de terminar su comida, da Vinci y Tn se levantaron tranquilamente de la mesa.

El incidente con Medb había quedado atrás, como una piedra sin importancia en el río constante del día.

Tn le había dedicado una mirada algo confundida a da Vinci después de que ella golpeara la mesa con tanta intensidad, pero no dijo nada.

Ya la conocía demasiado bien como para hacer preguntas.

Ella simplemente tomó su bandeja vacía y la acompañó con una sonrisa tensa y una frase casual—Qué raro que la comida hoy… ¿no crees?

Él soltó una risita seca, acostumbrado a su tono irónico.

Ambos caminaron por los pasillos de Chaldea hacia la zona de almacenamiento donde, con permiso —o más bien con indiferencia de Romani, que ahora vivía bajo constante amenaza de exposición pública—, tomaron varios botes de pintura, pinceles, rodillos y una tableta para organizar el diseño del mural.

—Vamos a llenar de vida este lugar frío —comentó Tn, mirando las paredes blancas y sin alma—.

Colores.

Como en nuestras caminatas por Florencia.

Da Vinci asintió, sintiendo cómo su pecho se aligeraba con solo verlo actuar como antes.

A veces olvidaba que aquel Tn que había despertado era también el niño de los campos y los manzanos.

Tn se arrodilló, comenzó a pintar formas simples: ondas, soles, líneas abstractas.

Y fue entonces cuando aparecieron los primeros espectadores.

Primero fue Jack the Ripper, descalza como siempre, silenciosa como una sombra.

Observó los colores con atención hasta que su voz suave rompió el murmullo del pincel.

—oye… ¿puedo pintar a mi mami?

Tn giró la cabeza y la miró.

Había ternura en su voz, y un dejo de nostalgia en su expresión.

Sonrió, dejando a un lado su brocha y señalando un espacio vacío en la pared.

—Claro, Jack.

Este mural también es tuyo.

Jack se sentó en el suelo y, sin decir nada más, comenzó a trazar con dedos temblorosos una figura femenina vagamente parecida a un dibujo.

Su idea de “mamá” estaba compuesta por los retazos que jamás tuvo, y que ahora intentaba plasmar con trazos suaves.

Después vino Nurse Rhyme, flotando casi etéreamente con su libreta mágica danzando a su alrededor.

Tarareaba canciones sin sentido, fragmentos de cuentos olvidados y sueños de papel.

—¡Qué mural más hermoso!

—exclamó—.

¿Puedo dibujar un castillo para que todos vivamos dentro?

—Sí —respondió Tn, sin dudar.

Rhyme rió con alegría y comenzó a llenar el espacio con colores brillantes y figuras fantásticas: dragones, gatos, y lunas con ojos.

Fue entonces que apareció Illyasviel von Einzbern, con su vestido de chica mágica y su sonrisa inocente, aunque demasiado acostumbrada al caos.

Observó a todos un momento, luego cruzó los brazos, con ese aire orgulloso que siempre llevaba.

—¡Si ustedes pueden pintar, yo también!

¡Una chica mágica debe dejar su sello donde pase!

Tn la miró y asintió, moviendo su brocha a un lado para ofrecerle espacio.

—Bienvenida, Illya.

Hazlo tuyo.

—¡Mou~!

¡Gracias!

¡Pintaré un cielo de estrellas!

Con eso, Illya empezó a trabajar, y pronto una galaxia comenzó a formarse por encima de los dibujos infantiles.

Da Vinci los observaba a todos con una mezcla de emoción y vigilancia.

Aunque su corazón se ablandaba con la escena, sus ojos nunca dejaban de analizar.

Aun mientras dibujaba con una brocha en su propia mano, trazando un marco florentino alrededor de todo, su mente se aseguraba de tener bien localizadas a ciertas personas religiosas con cámaras ocultas, y advertencias activas si intentaban acercarse a Tn.

Pero en ese instante, lo importante no eran las paranoias ni los planes.

Era el mural.

El color.

La risa.

Y el hecho de que, por primera vez en años, Tn parecía en paz.

El pasillo blanco, antes impersonal y frío, ahora se teñía de color.

Tn corregía suavemente los trazos de Jack, guiando su mano mientras ella intentaba delinear con torpeza el rostro de una mujer.

—¿Es tu mamá?

—le preguntó con dulzura.

Jack asintió sin mirar, demasiado concentrada en el dibujo.

A su alrededor, Nurse Rhyme dibujaba castillos flotantes mientras Illya insistía en agregar hadas de colores al cielo.

Y entre risas infantiles, Tn se reía también, atrapado en ese instante simple y humano, tan lejos de todo lo que era él.

Da Vinci los observaba desde un poco más atrás, con los brazos cruzados y una sonrisa en el rostro.

Pero no era una sonrisa cualquiera.

Su mirada estaba perdida.

Su pecho, apretado.

Y así… empezó a imaginar.

La escena ante sus ojos se distorsionó, se volvió más cálida, más antigua.

Los muros blancos de Chaldea fueron reemplazados por paredes de piedra decoradas con flores, los techos eran de madera, y la luz del sol entraba por una ventana abierta que daba a las calles de Venecia, tal como ella la recordaba en su juventud.

Allí, en una mesa rústica, Tn estaba sentado, rodeado de risas.

Una niña de cabellos dorados y ojos brillantes, tan parecida a ella, trepaba a su regazo con un cuaderno de dibujo.

A su lado, un niño de ojos grises y cabello oscuro —tan serio, tan callado— garabateaba ecuaciones junto a un pequeño mapa celeste.

—“¿Papá, esto está bien?” —preguntaba la niña, mostrando un dibujo torpe de un animal mítico.

Tn reía, acariciándole la cabeza.

—“Está perfecto, pequeña genio.” Y ahí estaba ella, da Vinci, con un vestido simple, el cabello recogido con un lazo azul.

Los miraba desde la cocina, girando una cuchara dentro de una olla.

La escena era absurda.

Imposible.

Pero dolía de tan real que se sentía.

Porque en algún universo… en alguna línea que el tiempo jamás permitió… eso pudo haber ocurrido.

Ella, Tn… sus hijos.

Caminando por los mercados de Venecia, enseñándoles ciencia, arte, historia.

Viéndolos correr entre los canales, riendo, aprendiendo, creciendo.

Y ella se lo permitió.

Por un solo instante, se permitió creerlo.

Llevarse la mano a su vientre plano y preguntarse cómo sería… si en lugar de todo esto, hubieran sido solo una pareja anónima, un científico y una artista, padres de dos pequeños soñadores.

Pero el sueño se rompió.

La risa de Jack la devolvió al presente.

Tn le había dado un golpecito en la nariz, haciendo que ella riera y manchara su mejilla con pintura.

Él sonreía.

Un gesto tan raro, tan escaso… pero que cuando aparecía, bastaba para iluminar toda una habitación.

Da Vinci respiró hondo.

El aire de Chaldea era frío, seco.

Muy distinto al de aquella Venecia imaginaria.

Y sin embargo… la sonrisa seguía en su rostro.

Porque aunque ese futuro nunca ocurrió, aunque jamás existieron esos hijos, ni ese hogar, ella los soñó.

Y en ese sueño… ella fue feliz.Solo por un instante.

Da Vinci parpadeó lentamente, el eco de aquella fantasía aún reverberando en su pecho.

Temblaba.

No por frío.

Sino por esa punzada extraña en lo más profundo de su cuerpo.

Una picazón absurda y lejana, como si su cuerpo —recreado, reconstruido, rediseñado— recordara una función que jamás le perteneció.

“Soy un Servant.” “Él también lo es.” “No es posible.” …Pero.

¿Y si lo fuera?

Una idea germinó con lentitud, con el mismo cuidado con el que los antiguos sabios abrían libros prohibidos.

El cálido murmullo de los niños pintando, la imagen de Tn arrodillado junto a ellos, cubierto de manchas de pintura, todo eso… todo eso la envolvía.

Una sonrisa felina, fina, casi ladina, se deslizó por su rostro.

Los Griales.

Antiguas reliquias.

Contenedores de milagros.

Fuentes infinitas de maná puro.

Y si uno podía desear cualquier cosa con ellos… ¿por qué no?

—“Un deseo divino…” —susurró para sí—.

“…dirigido por manos humanas y moldeado por ciencia moderna.” Ya no era una simple fantasía.

Era una teoría.

Un esquema mental ya se construía dentro de su cabeza.

Primero, un análisis profundo del tipo de maná contenido en cada Grial.

Segundo, una recreación experimental de tejidos humanos fértiles a partir de su estructura éterica.

Tercero, la estabilización de una matriz artificial implantable.

Y por último… Por último, solo faltaría una chispa de información genética complementaria.

Un patrón.

Una semilla.

Y la mirada de da Vinci se posó, sin querer —o tal vez queriendo demasiado— en Tn.

Él reía mientras Illya lo pintaba de verde.

Jack le ofrecía una flor improvisada hecha con pintura de dedos, y Nurse Rhyme le ponía una corona de papel.

Tn, el viajero, el perdido, el curioso.

Un ser fuera del tiempo.

Igual que ella.

La ecuación perfecta.

—“¿Da Vinci?” —la voz suave de Illya la sacó de sus pensamientos.

La niña mágica alzó la mirada hacia ella, con la cara toda manchada de pintura rosa.

—¿Nos ayudas a pintar un arcoíris aquí?

Da Vinci sonrió… con calma.

Ocultando la tempestad de cálculos y posibilidades que ardían dentro de su cráneo.

—Por supuesto, pequeña artista —respondió, agachándose con elegancia—.

Hagamos el más brillante de todos.

Mientras tomaba el pincel, su mente seguía corriendo.

Era una genio.

Una científica.

Una soñadora.

Y ahora… Una madre en potencia.

Todo lo que necesitaba era tiempo.

Y un Grial.

La risa de Jack resonaba como campanillas por el pasillo.

Tn se inclinó levemente, guiando su mano con la suya para que los trazos de pintura sobre la pared formaran un suave atardecer sobre las torres de Chaldea.

—Te quedó muy bien —dijo con suavidad, sin alzar la voz, sus dedos manchados de colores como si fueran pinceles vivientes.

Jack rió, ilusionada.

—¡Quiero pintar más, mucho más!

¡Vamos, Tn!

¡Todavía hay paredes blancas!

Tn sonrió con calma, sus ojos observando el pasillo aún cubierto de lienzos vacíos.—Aún queda bastante espacio… Si quieren, podemos continuar.

Las niñas alzaron los brazos entre aplausos, mientras Illya giraba sobre sí misma con una brocha entre los dedos.

Nurse Rhyme empezó a escribir poesía colorida en una esquina.

Da Vinci, de pie a un lado, miraba… pero no solo los murales.

Miraba a Tn.

Y con él, la imagen que su mente proyectaba: una realidad alterna, casi palpable, donde su corazón latía distinto.

Una punzada.

En el pecho.

Y más abajo.

Un latido que no debería existir.

Una punzada tibia, leve… dulce, que despertaba en su vientre una sensación que nunca había sentido como servant.

No física, sino simbólica.

Pero la conocía bien.

Deseo.

Anhelo.

Maternidad.

Un impulso biológico que jamás fue suyo… pero que ahora exigía atención.

—Iré por más pinturas —dijo de repente, su voz clara, serena, aún sonriendo.

—¿No tienes más en tu taller?

—preguntó Illya.

—Exactamente a eso me refiero, querida.

No tardo.

Sigan creando maravillas.

Se alejó con paso tranquilo.

Pero su mente era un torbellino.

Ya en su taller, cerró la puerta con seguridad.

El silencio la envolvió como un manto.

Activó su consola, la familiar interfaz holográfica iluminando su rostro con un resplandor frío.

Deslizó el dedo por varias capas de archivos… hasta llegar a los sectores restringidos.

Allí estaban los datos de los Santos Griales recolectados.

Siete.

Activos.

Sellados.

Dormidos.

Da Vinci observó los informes de seguridad con una expresión que oscilaba entre la calma científica… y la obsesión contenida.

—Necesito uno.

Solo uno… para estudiar su núcleo de maná.

Solo para teorizar… aún no para experimentar.

“Todavía no.” Pero incluso mientras se lo repetía, su cuerpo vibraba.

Su corazón latía con un eco que no era suyo.

Y en su vientre, esa picazón etérea —imaginaria, simbólica, visceral— palpitaba con más fuerza.

Recordó sus propias palabras, hace años, mientras diseñaba su cuerpo servant.

“No necesito las funciones reproductivas.” “Soy arte.

Soy ciencia.

Soy legado.” Pero ahora… ¿y si pudiera crear ese legado con sus propias manos?

¿Con Tn?

Buscó entre los sistemas.

Encontró el almacenamiento subterráneo de los Griales.

Ya formulaba una excusa en su mente, una necesidad falsa de análisis estructural para verificar integridad mágica.

Mentiras piadosas.

No sería la primera vez que una genio mentía para alcanzar lo imposible.

Y tampoco sería la última.

Se llevó una mano al pecho, y luego más abajo, sobre su abdomen plano.

Un gesto que no era racional, pero sí humano.

El amor se mezclaba con ciencia.

El deseo con posibilidad.

La fantasía con diseño.

Da Vinci sonrió.

Una sonrisa cargada de peligro, ternura, y la chispa insana de un genio.

—Solo necesito uno.

Y él.

Da Vinci revisó los datos con precisión quirúrgica, dejando que su mente de genio encajara cada línea de código, cada ubicación, cada medida de seguridad.

Localizar los Griales no le tomó mucho; después de todo, parte del diseño de seguridad era suyo.

Tomar uno no sería un problema…

aún no, se dijo.

Cerró los archivos, dejando todo como lo había encontrado, antes de recoger varias latas de pintura y brochas para no levantar sospechas.

Caminó por los pasillos de Chaldea con una expresión serena, aunque en el fondo una emoción antigua y poderosa latía tras sus ojos.

Un deseo que ya no podía ignorar.

Al regresar, la escena era como un fresco viviente: Tn y Jack estaban cubiertos de manchas de pintura, sus manos trabajando juntas para completar una sección en la que se dibujaban montañas flotantes bajo lunas dobles.

Las antes austeras paredes blancas de Chaldea ahora parecían una galería encantada, viva, respirando color y sueños infantiles.

Las risas de Illya y Nurse Rhyme llenaban el aire como una melodía improvisada.

El arte era imperfecto, desigual, espontáneo…

pero era hermoso.

Y entonces, la disonancia.

La interrupción.

—¿Qué es esto?

¿Dibujos de jardín de infancia?

—La voz de Ritsuka Fujimaru cortó el ambiente como una cuchilla sin filo pero ruidosa.

El joven maestro observó uno de los dibujos—, este está mal hecho —añadió con una risa breve y seca, señalando sin tacto la pintura de Jack, donde los colores se habían salido de los bordes y las proporciones eran imposibles.

—Podemos limpiar esto después —continuó—.

No es como si fuera permanente.

El silencio que siguió fue gélido.

Tn no dijo nada, pero su mirada, cargada de quietud contenida, se clavó en él.

Jack bajó la cabeza, su sonrisa desdibujándose como la pintura húmeda.

Entonces, el brazo de Da Vinci se posó sobre el hombro de Ritsuka.

Frío.

Preciso.

Inamovible.

Su sonrisa habitual había desaparecido.

—Un tonto ignorante nunca comprenderá el arte —dijo, sin elevar la voz, pero con una firmeza que heló la sangre.

Sus ojos no brillaban con dulzura, sino con un juicio casi demencial—.

Y mucho menos cuando ese arte nace de una niña que jamás tuvo infancia.

Ritsuka se tensó.

Se giró hacia ella, pero no encontró rastro de cordialidad en su rostro.

Por un segundo, solo un segundo, Da Vinci consideró arrojarlo contra cinco o seis paredes.

Su cuerpo servant lo permitiría.

Su mente tenía más de mil formas de hacerlo sin dejar rastro.

Pero se contuvo.

Solo porque, lastimosamente, era el último maestro que tenían.

Y no valía la pena arruinar ese momento por un idiota sin sensibilidad.

—No digas estupideces cerca de los niños otra vez —susurró, casi con una dulzura criminal.

Luego retiró la mano, recogió una brocha, y fue con Jack, agachándose para ayudarla a terminar el mural que había comenzado.

Jack la miró con ojos grandes y algo de confusión.

—¿Dibujé mal?

—No, querida —respondió Da Vinci, acariciándole la cabeza—.

Dibujaste con el corazón.

Y eso es más de lo que muchos pueden hacer.

Tn, desde su posición, no dijo palabra.

Pero sus ojos se posaron un momento en Da Vinci, en su cuerpo bañado de pigmento y autoridad, y en su sonrisa que había regresado… aunque con una chispa diferente.

Una chispa peligrosa.

Una chispa fértil.

Una chispa que no tenía nada que ver con pintura.

Y todo que ver con crear.

Da Vinci continuó ayudando a Jack, guiando con ternura su manita manchada de azul cielo, mientras la niña hacía trazos torpes pero llenos de intención sobre la pared.

La atmósfera volvió a llenarse de risa y calor, de esas pequeñas chispas que se encienden solo cuando la inocencia y la creación comparten un mismo espacio.

Ritsuka, por su parte, se retiró lentamente, tambaleándose, como si su columna hubiese sido reemplazada por gelatina.

Sus ojos evitaban cruzarse con los de Da Vinci, y cada paso lo alejaba más rápido del pasillo como si una bestia mitológica lo hubiese sentenciado.

A nadie le importó su partida.

Tn suspiró, no por molestia, sino por la realidad que se hacía evidente—Si queremos terminar todos los murales…

—comentó mientras limpiaba su pincel y veía la extensión blanca que aún quedaba—.

Vamos a necesitar días.

Jack lo miró con ojos brillantes, claramente dispuesta a pasar ese tiempo con él.

Pero Illya, que revoloteaba con una varita en la mano, se llevó un dedo al mentón, pensativa.

—¡Podemos pedir ayuda!

Hay un montón de Servants que querrían participar, ¿verdad?

¡Podemos hacer algo grande, como una galería mágica de arte!

La idea flotó unos segundos en el aire.

Tn entrecerró los ojos, meditándola.

Luego, como si algo despertara en su memoria, giró levemente hacia Da Vinci, una media sonrisa en su rostro.

—¿Te acuerdas de aquella capilla en Venecia… Leo?

—dijo con suavidad.

El nombre cayó como una piedra en un lago tranquilo.

Da Vinci parpadeó.

Sus mejillas se tiñeron de un rosa casi infantil.

Leo.

Solo él la llamaba así.

Ni siquiera Romani.

Solo él.

Y sí, lo recordaba.

Cómo olvidarlo.

La pequeña capilla que se levantaba en los bordes de Venecia, olvidada por el clero, dejada al abandono.

Tn había convencido a los niños huérfanos, a los pescadores, a los artesanos y a las mujeres del puerto para que pintaran las paredes con escenas de su vida diaria.

No santos ni mártires, sino ellos.

Era un lugar que se había vuelto sagrado por el simple hecho de contener humanidad pura.

Leo—Da Vinci—había llorado en silencio ese día mientras pintaba un niño con una flor en las manos.

Fue uno de los pocos momentos donde ella no se sintió sola.

—Sí… —respondió, apenas un susurro.

Sonrió, aún sonrojada—.

Creo que tu idea puede funcionar.

Y mucho.

Tn asintió suavemente, su mirada volviendo a las paredes, midiendo el espacio como un arquitecto de sueños.

—Entonces podríamos organizar un evento cooperativo.

Una especie de… semana del arte en Chaldea.

Que cada Servant que quiera venga y pinte una parte, deje algo suyo en los muros.

Algo que lo represente.

Puede ser simple, puede ser abstracto.

No importa.

—¡Sí!

—exclamó Illya dando un saltito—.

¡Y podríamos tener premios!

¡O dulces!

¡O ambos!

Jack aplaudió también, emocionada, mientras Nurse Rhyme asentía vigorosamente con los ojos brillantes.

Da Vinci los observó a todos, pero sus ojos se detuvieron en Tn.

La idea era suya.

Como siempre, él sabía cómo encender el corazón de otros con lo sencillo, lo tangible.

No con fórmulas ni teorías… sino con actos.

Su mano, casi sin notarlo, se posó sobre su vientre otra vez.

—Entonces… —dijo, alzando la voz con elegancia—.

Haré correr la voz.

Y conseguiré más pinturas, pinceles, todo lo que necesiten.

Tn asintió.

—Gracias, Leo.

Y aunque era solo una palabra, ella sintió como si le hubiera dicho algo íntimo.

Algo solo de ellos.

Sonrió, y por un instante, el pasillo dejó de ser un espacio funcional.

Era una iglesia de color y memoria.

Y ellos, los primeros en creer que el arte, como la vida, podía ser compartido.

La voz de Da Vinci resonó clara y elegante a través de los altavoces de Chaldea, su tono era entusiasta, casi musical, como si anunciara una gran exposición de renombre mundial.

—¡Atención a todos los Servants en las instalaciones!

—inició—.

Se ha inaugurado un evento artístico colaborativo en los pasillos principales de Chaldea.

¡Sí, han oído bien!

Están cordialmente invitados a dejar su huella, su color, su visión, en un gran mural que celebra nuestra existencia más allá del combate.

¡Pintura, pinceles y lienzos de pared ilimitados!

Vengan, liberen su creatividad.

¡La participación es libre… aunque muy recomendada!

—hizo una pausa elegante—.

Y recuerden, todos pueden aportar algo, aunque sea una simple pincelada.

Al mismo tiempo, en la cafetería, las paredes comenzaron a llenarse de carteles coloridos escritos con letras brillantes: “¡Día del Mural de Chaldea!

Deja tu marca, pinta un recuerdo.

Pinceles y pintura disponible al instante.

NO se requiere talento, solo intención.” Debajo, en una caligrafía notablemente distinta (y más agresiva), aparecía una posdata escrita por Illya: “PD: Heracles te va a buscar si no participas.” Muchos Servants lo leyeron entre cucharadas de curry o bocados de pan.

Algunos arqueaban cejas, otros soltaron risas.

—¿Pintar?

Tch, qué pérdida de tiempo… —murmuró Lancelot, pero fue jalado por las orejas (literalmente) por Nursery Rhyme y Gareth, quienes estaban encantadas con la idea.

Mientras tanto, Illya se acercó a Heracles, que estaba sentado en silencio mirando una taza de té.

—¡Heracles!

¡Ven!

Puedes ayudarnos a pintar.

Aunque solo hagas rayas grandes… ¡te necesitamos!

El enorme Berserker asintió lentamente y se levantó.

Los pasillos temblaron.—Grrr…

pintar… bonito… con Illya —dijo con su profunda voz mientras aceptaba un pincel que parecía un palillo en sus manos.

Sin perder tiempo, Heracles comenzó a caminar por Chaldea.

Y cada vez que encontraba a un Servant que no parecía dispuesto a colaborar, simplemente se acercaba, lo miraba fijamente…

y extendía un pincel.

—…Pinta —gruñía, sin levantar la voz.

No necesitaba hacerlo.

Nadie quería saber qué pasaba si se negaban.

Hasta el arrogante Gilgamesh apareció, sosteniendo un pincel con expresión disgustada.

—Tsk.

Qué ridículo… ¿yo, el Rey de Uruk, manchando paredes como un artesano barato?

—Vamos, Gil.

No es tan malo —dijo Enkidu con una sonrisa, dibujando formas de animales simples pero encantadoras—.

Mira, hice un ciervo.

¿Te gusta?

—Tu ciervo parece un puerco con cuernos —bufó Gilgamesh, girando la cabeza con fastidio—.

¡Apártate!

¡Déjame enseñarte cómo lo haría un rey!

En eso, desde el techo, Ishtar se inclinó con una brocha enorme, coloreando con energía desbordante.

—¡Eh, mira esto!

¡Estoy haciendo una constelación sobre los cielos de Uruk!

¡Va a quedar increíble!

Gilgamesh alzó una ceja.—¿Qué haces ahí arriba, diosa cabeza hueca?

¡Cuidado con la pin—!

Splosh.

Un charco de pintura violeta cayó directamente sobre su dorada cabellera.

Hubo un instante de silencio.

—…¡INEPTA!

¡DIOSA INÚTIL!

¡TE HARÉ PAGAR ESTO!

—rugió Gilgamesh, soltando el pincel y corriendo tras Ishtar que reía y huía entre carcajadas.

—¡Fue un accidente!

¡No fue mi culpa que tengas la cabeza tan grande y brillante!

Mientras tanto, Enkidu sonreía tranquilo, pintando árboles y conejos.—…Esto se siente… agradable —susurró, mezclando colores con los dedos.

Heracles, desde una esquina, vigilaba que todos al menos tocaran una brocha.

El evento apenas empezaba… y ya estaba siendo legendario.

En uno de los pasillos laterales, decorado ya con formas geométricas y palmeras estilizadas, Nitocris se encontraba completamente concentrada, con su rostro en una mezcla de dignidad y entusiasmo infantil.

Sostenía una paleta de colores y trazaba con cuidado una escena del Nilo bajo la luna.

—¡Oh, noble Osiris, contempla mi arte!

—dijo mientras echaba una mirada de reojo hacia el otro lado del pasillo donde Ozymandias, cruzado de brazos, la observaba con una sonrisa engreída.

—Pft… ¿eso es todo, Nitocris?

—respondió el rey sol—.

El verdadero arte debe transmitir poder.

Mira y aprende.

Con un gesto elegante, el faraón alzó una brocha y comenzó a pintar, sin guía ni boceto, una figura gigantesca de sí mismo montado sobre una esfinge dorada, rodeado por rayos solares.

—¡El esplendor eterno de Ra encarnado!

Este será el centro de todo el mural, ¡una obra que merecerá adoración milenaria!

Nitocris infló las mejillas.—¡Buena trabajo,Lord Ramsés!

Mientras tanto, Da Vinci flotaba ligeramente sobre el suelo gracias a su dispositivo antigravedad, observando la participación con una felicidad genuina.

Aunque su sonrisa titiló ligeramente al notar una congregación peculiar al fondo del pasillo.

Ahí estaban varios Servants con vínculos a la fe cristiana: Jeanne d’Arc, enfocada y serena, trataba de pintar una figura sagrada con un trazo tembloroso.

—Creo que…

esta es la túnica del Salvador, ¿no, hermana?

—preguntó con duda.

—Así es, aunque…

—Martha entrecerró los ojos mientras pintaba una mano levantada en bendición—, parece que está flotando en una nube de…

¿….No tengo idea si es un brazo?

—¡Es luz celestial!

—respondió Jeanne, ruborizada.

Da Vinci sintió un leve temblor en su ojo izquierdo.

—Por favor que no pinten la crucifixión…

por favor que no pinten la crucifixión…

—murmuró para sí misma, controlando el impulso de intervenir.

Más adelante, un grito dramático resonó como trueno en un teatro romano—¡Mi cuerpo está listo para la inmortalidad del arte!

¡Pintadme, oh musas, como una diosa renacida!

—exclamó Nero Claudius mientras, sin el más mínimo pudor, dejaba caer su toga ceremonial.

—¡Oooohhh diosa emperatriz!

¡Permíteme capturar tu perfección con mi tinta inmunda!

—chilló Barbanegra, ojos brillando con pasión indecente mientras tomaba pincel y tintero como si fueran reliquias sagradas.

Sin embargo, no llegó muy lejos.

Una sombra imponente lo cubrió y antes de que pudiera tocar el muro, el enorme brazo de Heracles descendió, agarrándolo de la cabeza como si fuera un pollo.

—No pervertido… no arte cochino —gruñó con voz grave.

—¡¡AAAAAHHH!!

¡¡MI INSPIRACIÓN!!

—gritó Barbanegra mientras era arrastrado lejos como un saco de harina, sus piernas pataleando inútilmente.

Nero se quedó posando como una estatua viva hasta que un sonido sutil llamó su atención.

Sherlock Holmes apareció a su lado, envolviéndola con una manta con una seriedad impecable.

—Perdóneme, emperatriz, pero este no es el espacio para excentricidades teatrales.

Este mural busca representar unidad, no escándalos romanos.

—¡¿Pero acaso la belleza no es una forma de verdad?!

—reclamó Nero mientras aceptaba la manta con dramatismo—.

¡Oh, cruel mundo que censura la inspiración divina!

Da Vinci, flotando justo encima de ellos, soltó una carcajada suave.—Y pensar que esto iba a ser solo un mural… —musitó.

A su lado, Jack terminaba de pintar flores junto a Illia, mientras Tn contemplaba el pasillo con los brazos cruzados, ligeramente maravillado por cómo la simple idea se había transformado en un carnaval artístico viviente.

—Todavía faltan diez pasillos más… —murmuró.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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