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Waifu yandere(Collection) - Capítulo 72

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  4. Capítulo 72 - 72 Glynda Goodwitch part 2 rwby
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72: Glynda Goodwitch part 2 (rwby) 72: Glynda Goodwitch part 2 (rwby) El aire nocturno afuera del club Arkadance era fresco, casi frío para una noche de ciudad.

Los sonidos de la música y las risas aún se filtraban desde el interior, distorsionados por la puerta que se cerraba y abría esporádicamente.

Pero allí, en ese rincón apartado de la entrada lateral, Glynda y Tn se habían aislado del bullicio.

Glynda suspiró mientras deslizaba los tacones fuera de sus pies adoloridos.

Sus dedos estaban ligeramente hinchados, el resultado inevitable de muchas horas entre baile, tensión y zapatos diseñados más para lucir que para cuidar.

Estiró un poco los tobillos y apoyó los pies en el concreto frío, agradecida por el alivio inmediato.

Tn, a su lado, permanecía en silencio, con la mirada fija en el cielo.

Las luces de la ciudad difuminaban las estrellas, pero un par aún se veían titilar allá arriba, lejanas, distantes.

Como sus pensamientos.

Ninguno sentía urgencia de hablar.

Y eso estaba bien.

Glynda, con los brazos sobre las piernas y la cabeza ligeramente inclinada hacia adelante, finalmente rompió el silencio, con un murmullo que apenas parecía su voz—¿Te sientes solo?

Tn no bajó la vista.

No hizo gestos.

Solo respondió, con simpleza—Sí.

Y luego de unos segundos, la misma pregunta regresó hacia ella.

—¿Y tú?

Glynda apretó un poco los labios antes de contestar.

—Trabajo mucho…

—susurró—.

Demasiado, tal vez.

Una respuesta que no negaba, pero que tampoco confirmaba del todo.

Una evasiva honesta.

Porque ambos sabían la verdad.

Los dos estaban solos.

Los dos lo sabían.

Y, aún así, se negaban a rendirse.

Quizás por costumbre.

Quizás porque alguien tenía que hacerlo.

Quizás porque…

no había otra opción.

Tn metió la mano en su chaqueta y sacó una pequeña cajetilla.

Sacó un cigarrillo y lo encendió con un encendedor plateado, cuyas llamas breves proyectaron sombras sobre su rostro.

El olor a tabaco quemado pronto llenó el aire entre ellos, no denso ni agresivo, sino familiar.

Casi reconfortante.

Glynda lo miró de reojo, con una ceja arqueada.

—¿Tienes otro?

Tn giró el rostro hacia ella, con un leve gesto de sorpresa… y luego, sin decir nada, le ofreció uno desde la cajetilla.

Glynda lo tomó con dos dedos.

No fumaba desde hacía años.

Tal vez una década o más.

Pero en ese momento, entre el cansancio, el alcohol desvanecido, la melancolía y la compañía de un extraño, la idea no parecía tan mala.

Solo…

humana.

Tn volvió a encender el encendedor y ella acercó el extremo.

Una calada.

Lenta.

Tosió suavemente al principio, pero luego lo manejó con la naturalidad de alguien que alguna vez lo conoció.

Y así, ambos se quedaron ahí, sentados juntos en la madrugada que comenzaba a enfriar aún más, compartiendo humo y silencio.

Sin máscaras.

Sin títulos.

Sin necesidad de aparentar fuerza.

Solo dos personas, unidas por la fragilidad de saberse rotos…

y aún resistiendo.

El cigarrillo terminó reduciéndose a cenizas entre los dedos de Glynda, y Tn hizo lo mismo con el suyo, apagándolo en un pequeño cenicero improvisado en la esquina del muro cercano.

El silencio ya no pesaba.

Había adquirido un matiz cálido, como si la incomodidad inicial se hubiese disuelto en humo.

Tn se giró hacia ella, sus manos en los bolsillos, su postura relajada.

—¿Quieres que te acompañe a casa?

—preguntó, con la misma neutralidad con la que uno ofrecería un paraguas bajo la lluvia.

Glynda lo miró por el rabillo del ojo, arqueando una ceja.

—¿Eso es un intento encubierto de llevarme a la cama?

—preguntó con tono seco, casi divertido.

Tn soltó un resoplido breve, no ofendido, sino resignado.

—No.

Solo es cortesía.

Las calles no están vacías… y tú estás algo descalza.

Glynda soltó una pequeña risa por lo bajo, una que no sonaba burlona, sino cansada.

—Bueno… cortesía aceptada.

—Suspiró mientras se ponía nuevamente los tacones, aunque sin apuro—.

Pero te advierto, no hay desayuno para visitas sorpresa.

—Anotado —respondió Tn, con una leve sonrisa, girándose para comenzar a andar.

Antes de seguirlo, Glynda sacó su pergamino y escribió rápidamente un mensaje para Leyla: “Volveré temprano.

Estoy bien.

No me sigas, loca.

No es lo que piensas.” Envió el mensaje y guardó el aparato con un suspiro, caminando a la par de Tn por las veredas semidesiertas de Vale.

El aire seguía fresco, la ciudad envuelta en ese letargo previo al amanecer donde los bares están cerrando y los primeros trabajadores apenas despiertan.

Caminaron sin hablar demasiado.

A veces sus pasos se sincronizaban, otras se desfasaban por algún charco o desnivel en la acera.

Glynda notó cómo Tn caminaba sin prisa, relajado, como si no tuviera nada que demostrar.

Eso le resultó…

inusual.

Casi refrescante.

—Pareces joven —dijo de pronto, más como un pensamiento en voz alta que una observación punzante.

Tn ladeó la cabeza con un gesto neutral.

—Lo soy.

Pero no tanto como crees.

—Leyla dijo que tenías mi edad… no sé si creerle.

—Tiene razón.

Más o menos.

Solo… no tengo tantas canas visibles como otros —respondió él, encogiéndose de hombros—.

Tal vez no he tenido que enseñar a adolescentes rebeldes con armas.

Glynda rió con sinceridad esta vez, una carcajada breve pero real.—Eso envejecería a cualquiera.

Caminaron unas calles más, el ritmo lento, sin apuros.

Cuando finalmente llegaron al complejo de apartamentos donde vivía Glynda, se detuvieron frente al portón.

No había más palabras necesarias.

No se sentía incómodo.

Solo…

natural.

Tn se detuvo un poco apartado de la entrada, con las manos aún en los bolsillos.

—Gracias por la noche —dijo simplemente—.

Fue… agradable.

Glynda asintió, buscando sus llaves.

—Lo fue —respondió, y por un instante, lo miró a los ojos—.

Más de lo que esperaba.

Él hizo un pequeño gesto de cabeza, una despedida silenciosa, y se dio la vuelta, comenzando a alejarse por la acera con la misma tranquilidad con la que había llegado.

Glynda lo observó unos segundos antes de entrar.

Y por primera vez en mucho tiempo…

no se sintió vacía al volver a casa.

El sonido del portón al cerrarse resonó suavemente tras ella.

Glynda se apoyó contra la puerta, soltando un suspiro largo, profundo, como si el peso de la noche —y de muchos días anteriores— se derramara por fin de sus hombros.

Sus tacones cayeron al suelo con un golpe seco.

Siguió caminando descalza, sus pies agradeciendo cada paso sobre el frío suelo de su apartamento.

Sin encender las luces, caminó hasta el baño, despojándose lentamente del vestido.

La tela cayó al suelo sin ceremonia, y ella se quedó unos segundos mirándose en el espejo, notando el leve enrojecimiento en sus ojos, la sombra apenas disimulada del cansancio.

Sus pechos grandes y ago firmes aun mantenian su buena forma, bajo mas la mirada notando el bello puvico recortado en forma de tirangulo, tener buena higiene era parte de su rutina.

Abrió la ducha.

El agua caliente comenzó a llenar el pequeño recinto, y ella entró sin pensarlo demasiado.

No había placer en el baño, ni tampoco prisa.

Solo rutina.

Solo la necesidad de quitarse el olor a alcohol, a humo, a noche.

Al salir, con una toalla envuelta en el cabello y otra en el cuerpo, caminó hacia su habitación.

Se puso una pijama ligera, y se metió en la cama.

Miró el techo por unos segundos antes de cerrar los ojos.

Al menos fue una velada tranquila, pensó.

Ojalá no tenga resaca mañana.

••• El amanecer llegó con un golpe sordo detrás de los ojos.

Glynda se despertó con un gruñido leve, su frente palpitando por dentro.

La luz del sol entrando por las rendijas de la ventana no ayudaba.

Se arrastró hasta la cocina, donde tomó un vaso de agua y una aspirina sin decir una sola palabra.

Después se quedó un momento de pie, simplemente apoyada contra el mueble de la cocina, dejando que el silencio matutino la rodeara.

Era lunes.

Había clases.

Otra vez.

••• Como siempre, se preparó.

Se maquilló un poco más de lo habitual para disimular el cansancio.

Su falda, su blusa, su capa.

Gafas.

Zapatos.

Todo en su lugar.

Al llegar a la academia, todo estaba como lo había dejado: los mismos estudiantes dispersos, algunos saludando por compromiso, otros ni siquiera eso.

Las mismas miradas que la evitaban, no por respeto sino por una mezcla de miedo y fastidio.

Era una figura de autoridad.

Y nada más.

Entró a su aula.

Dio clase.

O intentó hacerlo.

Bolas de papel.

Murmullos mientras su espalda estaba girada.

Algunos con el pergamino encendido bajo la mesa.

Comentarios al oído, risitas contenidas.

Chicos que aún no sabían lo que valía el tiempo de una persona adulta.

Por dentro, tuvo que recordarse que era profesional.

Que no iba a gritar.

Que no iba a levantar la voz.

Que no iba a usar su fusta.

La campana fue su redención.

Mientras los estudiantes salían del aula como una estampida, Glynda cerró los ojos por unos segundos, apoyando ambas manos en el escritorio.

Sus hombros descendieron, aliviados solo por el silencio que volvió a llenar la sala.

Una más.

Una clase más.

El día apenas comenzaba.

Glynda comenzaba a guardar sus cosas: pergamino, notas, evaluaciones inconclusas.

Estaba lista para irse.

Lista.

Solo quería volver a casa, quitarse los zapatos y dejar de fingir que todo iba bien.

Pero entonces, un profesor más joven —probablemente uno de los nuevos— se le acercó con gesto incómodo.

—Profesora Goodwitch… hay una reunión de emergencia en la sala de profesores.

El director pidió que estemos todos.

Glynda cerró los ojos por un momento y reprimió un suspiro de fastidio.—Perfecto —murmuró con el tono de alguien que ya sabía que sería mala noticia.

Tomó sus cosas con más fuerza de la necesaria y se dirigió al ala administrativa.

El salón de reuniones ya estaba ocupado por algunos rostros familiares: profesores cansados, otros indiferentes, unos más murmurando entre sí como si estuvieran al borde de un colapso de nervios… o del aburrimiento total.

Glynda se sentó sin saludar a nadie.

Simplemente cruzó las piernas y se acomodó sus gafas, esperando que lo que fuera que debían escuchar pasara rápido.

Ozpin llegó a los pocos minutos, con su usual andar tranquilo, taza en mano, mirada serena…

como si no estuviera a punto de decir algo que le afectaría a todos.

—Gracias por venir con tan poca antelación —dijo con su voz calmada—.

Seré directo: La academia enfrentará una serie de recortes operativos.

Esto incluye ajustes en el presupuesto y, por consecuencia, reestructuración del personal.

Un murmullo creció al instante en la sala.

Antes de que alguien pudiera preguntar, Ozpin continuó, como si ya hubiera previsto sus reacciones—Una nueva institución ha sido inaugurada en el sector norte de Vale.

Tiene financiamiento privado, y lamentablemente… está ganando notoriedad.

Ha atraído parte del alumnado que históricamente nos elegía.

La Junta no considera prudente mantener la misma infraestructura cuando la matrícula ha disminuido un 17% este trimestre.

Glynda no dijo nada.

Solo se quedó mirando hacia el fondo de la sala, su rostro imperturbable.

Por dentro, ya sabía lo que eso significaba.

Menos recursos.

Menos salario.

Más carga de trabajo.

Otra grieta en su ya frágil ánimo.

Y no era como si pudiera simplemente dejarlo todo.

No.

Ser profesora en la academia todavía era preferible a la alternativa: misiones en el campo.

Enfrentarse a grimm.

Poner en riesgo su vida por un puñado de lien, o por una causa que ya no le parecía tan clara.

El resto de la reunión se volvió ruido blanco para ella.

Comentarios, protestas suaves, preguntas envueltas en diplomacia.

Ozpin mantenía su porte intacto, pero Glynda sabía que incluso él estaba recibiendo órdenes de más arriba.

Nadie era inmune a la realidad.

Cuando finalmente se les permitió marcharse, Glynda no dijo una palabra a nadie.

Recogió sus cosas, caminó por los pasillos ahora vacíos de Beacon, y bajó lentamente las escaleras que la llevarían al exterior.

El viento de la tarde golpeó su rostro cuando cruzó las puertas principales.

No era refrescante.

Solo frío.

Se sentía agotada.

No físicamente… sino del alma.

Había dado años de su vida a esta academia.

A formar generaciones de cazadores.

A imponer orden.

A sostener algo que parecía agrietarse más con cada ciclo escolar.

Ahora, Beacon ni siquiera podía asegurarle estabilidad.

Genial, pensó con ironía.

A este paso, terminaré enseñando gratis… o barriendo los pasillos entre clases.

El camino a casa fue silencioso.

No hubo mensajes.

No hubo llamadas.

Solo ella… y el eco de un sistema que comenzaba a olvidarla.

Al salir de Beacon, Glynda caminaba con pasos rígidos.

El día había sido insoportable… como si el mundo no dejara de recordarle que estaba envejeciendo, quedándose sola, y que cada esfuerzo que hacía era como empujar una roca colina arriba solo para verla rodar de vuelta.

Metió la mano en su bolso casi con desesperación, buscando a tientas un pequeño paquete que sabía ya no estaba allí.

—Vamos… solo uno… murmuró para sí, revisando con más urgencia de la que habría admitido en voz alta.

Pero nada.

Ni un cigarrillo.

Ni una colilla.

Solo papeles arrugados, un bolígrafo que no servía y restos de una galleta energética que ya no recordaba haber guardado.

Suspiró, derrotada.

Pensó brevemente en pasar por la tienda de la esquina y comprar un nuevo paquete.

Pero su otra voz —la responsable, la aburrida— le recordó que era un gasto innecesario.

Especialmente si su sueldo sería recortado en poco tiempo.

—Nada de fumar…

estupendo, murmuró con ironía.

Así que, resignada, emprendió camino a casa.

Su departamento la recibió como siempre: con un silencio abrumador.

Se quitó los tacones, dejó caer su bolso en el sofá, y comenzó a repetir la misma rutina que ya conocía de memoria: ropa fuera, pijama puesta, refrigerador abierto, algo ligero para cenar… lo de siempre.

Pero cuando miró el reloj digital sobre la encimera, la pantalla marcaba las 7:03 PM.

Se quedó inmóvil por unos segundos, observando el parpadeo del reloj.

Las siete… Entonces, lo recordó.

Tn.

El club.

Arkadance.

No sabía por qué lo pensaba.

No tenía ningún motivo real para ir allá.

Solo se habían visto una vez, y hablado por un breve rato.

Pero ese encuentro había dejado una impresión en ella.

No por lo que él dijo, sino por cómo lo dijo.

Por cómo su tristeza parecía reflejar la suya.

Además… si Beacon realmente comenzaba a hundirse como temía, tener otra opción de trabajo no sonaba tan mal.

Un club no era la idea más digna para una profesora condecorada… pero al menos Arkadance parecía tener clase.

Y Tn… Tn no parecía del tipo que permitiera que su lugar se convirtiera en una pocilga.

—No pierdo nada por pasar —se dijo, más a sí misma que al vacío que la rodeaba.

Fue hasta su cuarto y se cambió con ropa más de civil.

Nada provocativo.

Jeans oscuros, una blusa sencilla, su cabello atado en una coleta alta y su abrigo largo que la protegía del frío de la noche.

Se quitó las gafas por comodidad, aunque sabía que se vería algo distinta sin ellas.

No quería parecer que estaba “yendo a buscar a alguien”, aunque en el fondo sabía que eso hacía.

Salió de su apartamento sin pensarlo mucho más.

Caminó con paso firme hacia la estación de transporte, y desde allí tomó una pequeña línea hacia el distrito donde estaba el club.

La ciudad ya estaba viva con luces, voces, autos y ese murmullo constante de miles de personas pretendiendo que sus vidas tenían dirección.

Glynda no buscaba dirección esa noche.

Solo… algo.

Una distracción.

Una mirada honesta.

Una posible puerta si la otra se cerraba.

Y si Tn estaba ahí… bueno, entonces quizás no se sentiría tan invisible por unas horas.

El club Arkadance aún no se llenaba de luces danzantes ni del estruendo de la música.

Era el momento entre el sueño y el despertar del lugar, donde los trabajadores se movían con ritmo aprendido y eficiencia mecánica: copas limpias siendo alineadas, botellas acomodadas, cables desenredados por el DJ que probaba mezclas silenciosas con sus auriculares puestos.

Glynda se detuvo en la entrada y respiró hondo.

No estaba vestida para impresionar.

No venía con perfume caro ni joyas brillantes.

Pero por alguna razón, al ver a todos esos jóvenes correteando en preparación, sintió que desentonaba con la escena.

No como extraña… sino como algo fuera de tiempo.

Y entonces lo vio.

Tn, sentado en un sofá de cuero cerca del bar, con la mirada fija en una tableta de proyección.

Su postura era relajada, casi descuidada, pero había una seriedad en su rostro que revelaba que estaba revisando algo importante.

Tal vez cuentas.

Tal vez el calendario de apertura.

Quizá algo más personal.

Glynda se acercó y lo saludó con un suave “hola”.

Tn alzó la vista, y le devolvió el gesto con una pequeña sonrisa neutral, de esas que se dan cuando no sabes aún qué tono tomará una conversación.

—¿Qué haces aquí?

—preguntó, sin dureza ni desconfianza, solo con un tono sincero de curiosidad—.

Aún no abrimos.

Las fiestas comienzan a las once y terminan a las cuatro… como siempre.

—Lo sé —respondió ella, mientras acomodaba un mechón rebelde detrás de su oreja—.

No vine por la fiesta.

Quería hablar un poco… y visitarte, si no es molestia.

Tn hizo un leve gesto con la cabeza, dejando la tableta sobre la mesa baja.

Con un ademán, le ofreció asiento a su lado.

Ella aceptó, sentándose con delicadeza, cruzando las piernas con naturalidad.

No se miraron de inmediato.

Solo compartieron ese silencio típico de dos personas que aún están tanteando los márgenes del otro.

—¿Tú administras esto tú solo?

—preguntó Glynda, mirando el lugar con detenimiento.

—No del todo.

Pero soy uno de los principales socios.

Manejo la parte de inversión, las bebidas, y algo del ambiente general… —Tn giró levemente hacia ella—.

¿Por qué preguntas?

Glynda dudó solo un momento, antes de lanzar la pregunta: —¿Están contratando?

Tn pareció pensarlo por un segundo, como si no se esperara esa línea directa de conversación.

Luego asintió, mirando el techo unos instantes mientras hablaba.

—El club ha crecido más rápido de lo esperado.

Estamos abriendo otras dos sucursales… uno en Vale Este y otro cerca de Mistral.

Aún no hemos lanzado convocatoria oficial, pero sí.

Contrataremos pronto.

Ella asintió en silencio, su mirada vagando entre las luces del techo que aún no estaban encendidas y las botellas organizadas por color y marca detrás del bar.

Tres clubes… inversión sólida… trabajo seguro, pensó.

No era lo que había soñado cuando ingresó a Beacon.

No era el lugar donde usaría su semblanza para entrenar a la próxima generación de cazadores.

Pero tampoco era una pesadilla.

No si podía estar en un lugar donde no fuera invisible… donde alguien como Tn, joven pero serio, la escuchara sin que ella tuviera que imponer respeto con una mirada severa.

—¿Tienes experiencia en este tipo de cosas?

—preguntó él de pronto, rompiendo el hilo de sus pensamientos.

—No como tal… pero aprendo rápido —respondió ella con una media sonrisa, algo desafiante, algo esperanzada.

Tn asintió una vez más.

No hizo promesas.

No hizo ofertas.

Pero tampoco cerró ninguna puerta.

Glynda se recostó un poco en el respaldo del sofá, cruzando los brazos, y quedó pensativa.

¿Estoy realmente considerando esto?

Sí.

Lo estaba.

Porque la idea de ser prescindible en Beacon, de ver cómo su mundo se marchitaba sin que nadie lo notara… era más amarga que el vino barato.

Y porque frente a ella había un hombre con dolor en los ojos, con pasado incierto, pero con un proyecto firme que —quién sabe— podría salvarlos a ambos de seguir cayendo.

La conversación fluía, tranquila pero cargada de significado.

Tn no era de hablar mucho, pero sus palabras eran claras y firmes, sin rodeos ni adornos innecesarios.

—Si quieres trabajo… puedes pedirlo —murmuró finalmente, después de unos minutos en silencio.

Estaba revisando algo en su pergamino cuando lo dijo, como si fuera una observación casual.

Glynda lo miró de reojo, arqueando una ceja.

—¿Así de fácil?

Tn levantó los ojos y se encogió de hombros.

—No tengo razón para complicártelo.

Además… —hizo una pausa, como sopesando algo—.

Tienes autoridad.

Podrías ser bartender si te interesa, o… jefa de seguridad.

Con tu presencia, dudo que alguien se atreva a causar problemas.

La idea la hizo soltar una pequeña risa nasal.

Ella, Glynda Goodwitch, estricta profesora de Beacon… ¿detrás de una barra o vigilando borrachos?

Pero no sonaba tan descabellado como pensó al principio.

—¿Y el salario?

Tn no dudó.

—Bueno.

Muy bueno, de hecho.

Los clubes han ganado notoriedad últimamente en Remnant… especialmente en Vale.

Los cazadores, los jóvenes… todos están estresados por las misiones.

Quieren lugares donde relajarse, donde puedan olvidar el Grimm, los informes.

La lógica era innegable.

Glynda asintió en silencio, bajando la mirada.

Su mente comenzó a hacer cálculos, escenarios.

Si me recortan… si me reasignan… si me obligan a retirarme antes de tiempo… —Quizás… luego te pida empleo —murmuró con honestidad.

Tn sonrió levemente, como si ya lo hubiera anticipado.

—No hay prisa.

Se quedaron así unos segundos más, con esa calma cómoda que solo se comparte entre quienes han vivido decepciones similares.

—Podrías quedarte hasta que comience la fiesta —sugirió él, sin presión—.

Ver el lugar lleno, ver cómo se mueve todo.

Te daría mejor idea de lo que podrías esperar.

Glynda dudó.

—Solo tengo ropa casual.

Esto no es precisamente… apropiado —dijo, mirando su blusa de botones simple y sus pantalones oscuros.

Nada mal, pero lejos del estilo glamuroso del club nocturno.

Tn se levantó sin decir nada más y chasqueó los dedos.

Una joven, de cabello rojizo y uniforme negro con el logo de Arkadance, se acercó con rapidez.

—Llévala a los cuartos de arriba.

A la sala tres.

Que escoja algo.

—¿Sala tres?

—preguntó Glynda, alzando una ceja, un tanto desconfiada.

—Arriba tenemos habitaciones privadas —explicó Tn—.

Guardan los monitores de seguridad, archivos, pero también cambios de ropa.

Algunas de nuestras chicas a veces llegan sin tiempo para cambiarse o sin algo adecuado.

Tenemos opciones de sobra.

La asistente le hizo una señal amable con la cabeza.

—Por aquí, señora Goodwitch.

Glynda dudó una fracción de segundo.

Luego se puso de pie, recogió su bolso, y lanzó una última mirada a Tn.

—¿Siempre tratas así a tus empleadas potenciales?

Tn soltó una risa baja.

—Solo a las que respeto.

Eso bastó para que Glynda no respondiera.

Solo sonrió, casi imperceptiblemente, y siguió a la joven por las escaleras traseras, donde comenzaría a ver un lado de la vida que nunca se había permitido explorar del todo.

Y aún no sabía si debía emocionarse… o temerlo.

La habitación era sorprendentemente elegante, con una iluminación tenue y estanterías llenas de ropa, organizadas por estilo y color.

Había desde trajes extravagantes de lentejuelas hasta elegantes vestidos de noche y conjuntos modernos con ese toque francés que aún conservaba una sobria sofisticación.

Glynda se detuvo frente a un conjunto cuidadosamente colgado: pantalón entallado de tela suave, blusa blanca con cuello amplio, un chaleco negro ajustado y una boina del mismo tono.

Era clásico, moderno y curioso.

Diferente a mí… pero no ajeno.

Tardó unos minutos en cambiarse, observando su reflejo en el espejo del vestidor.

Era… otra Glynda.

No la profesora rígida de Beacon, sino una mujer que aún podía tener una noche de respiro.

Se recogió ligeramente el cabello y ajustó la boina sobre su cabeza con cuidado.

Una mirada más al espejo… y decidió bajar.

Cuando llegó al salón principal, el club aún estaba en sombras suaves, las luces bajas encendidas para los preparativos.

El DJ hacía sus pruebas en la cabina, el aroma de bebidas y limpieza reciente aún flotaba en el aire.

Tn estaba de pie en la barra, revisando su pergamino, con la mirada algo ausente.

Al escuchar sus pasos, levantó la vista.

Su expresión no cambió mucho, pero en su mirada hubo algo… un breve destello de aprobación genuina, aunque su rostro mantenía esa melancolía habitual.

—Te ves bien —murmuró.

Glynda se cruzó de brazos con una leve sonrisa, caminando hacia él.

—No pareces impresionado.

Tn se encogió de hombros.

—Lo estoy.

Solo… no estoy de humor para mostrarlo, supongo.

Ella lo observó más de cerca.

La misma sombra en su expresión.

Esa pesadez detrás de sus ojos.

Glynda no dijo nada más por el momento, solo tomó asiento en uno de los taburetes del bar.

—¿Cuándo empieza?

—preguntó, observando cómo los trabajadores terminaban de encender luces y limpiar las superficies.

—En una hora o menos —respondió Tn, sin dejar de mirar el frente, como si hablara más para sí que para ella—.

Hoy viene un grupo ruidoso.

Cazadores, creo.

Uno de esos escuadrones.

Glynda asintió.

Lo entendía demasiado bien.

Tn hizo un gesto al bartender, quien ya comenzaba a acomodarse tras la barra.

Él mismo pidió: —Agua fresca para mí.

Glynda lo miró de reojo y, tras pensar un momento, dijo: —Un cóctel suave.

Algo dulce.

El bartender asintió sin hablar.

Y así permanecieron unos minutos en silencio, uno al lado del otro, sin necesidad de conversación.

Era una calma extraña pero no incómoda, como si ambos supieran que esa noche no requería máscaras ni grandes palabras.

Solo estar allí, juntos, en la breve quietud antes de que el mundo nocturno cobrara vida.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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