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Waifu yandere(Collection) - Capítulo 74

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  4. Capítulo 74 - 74 Yang xiao long part 6 rwby
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74: Yang xiao long part 6 (rwby) 74: Yang xiao long part 6 (rwby) Advertencia ⚠️ ⚠️ Futuro contenido para mayores 18 leer bajo su propio criterio Advertencia contenido grafico de violencia y Advertencia ⚠️ temas cuestionables y sensibles se sugiere que si no es de su agrado salga de aquí y de paso aclaro que personajes o imágenes no me pertenecen crédito a sus autores.

Agrego personajes no me pertenecen.

Imágenes y personajes no me pertenece crédito a sus autores.

Advertencia este capítulo contiene escenas para mayores y lenguaje bulgar están advertidos.

Nejejjejejjejejej esta historia esta llegando al clímax y digamos que le quedan 3 o 5 partes para que al fin concluya y el yandere ya apareció.

Y si quieren el final sigan votando 7w7  Durante varios días, la rutina en la academia Beacon se mantuvo relativamente estable.

Tn seguía su vida como un estudiante promedio, completando sus deberes, entrenando en solitario, y ocasionalmente ayudando a otros con una amabilidad que se estaba volviendo notoria entre sus compañeros.

Era alguien que no destacaba demasiado, pero cuya presencia resultaba difícil de ignorar.

Yang, por otro lado, no corría con la misma suerte.

Su desempeño académico se había desplomado.

Los profesores lo habían notado y Glynda la llamó personalmente para advertirle: si no mejoraba sus calificaciones, la expulsión sería inminente.

Esa advertencia retumbó en su cabeza durante días como una maldición.

Yang, frustrada, se encontró atrapada entre sus deseos personales y sus obligaciones.

La vigilancia constante a Tn tuvo que ser pausada.

Las tareas se apilaban como torres de castigo, y por más que intentaba concentrarse, su mente vagaba de nuevo hacia él.

En otro extremo, Pyrrha había entrenado con intensidad durante ese tiempo.

Cada golpe que daba al maniquí, cada jabalina que lanzaba, llevaba el peso de su resolución.

“No dejaré que alguien como Yang se lo quede.” pensaba.

No se trataba solo de celos, sino de principios.

Tn merecía a alguien más estable, alguien capaz de protegerlo, no alguien que ardía como una mecha encendida con cada emoción.

Finalmente, llegó el día.

Yang estaba sentada en una banca del jardín trasero de la academia, un libro abierto entre sus manos, aunque sus ojos apenas seguían el texto.

Gruñía en voz baja, aburrida, molesta, bloqueada.

Algunas hojas caían alrededor, movidas por la brisa.

Entonces, Pyrrha apareció.

Su presencia fue tan firme y silenciosa que Yang no la notó hasta que levantó la vista y la vio ahí, con los brazos cruzados, el rostro tranquilo pero con una determinación inquebrantable.

—Quiero hablar contigo —dijo Pyrrha, su voz firme, sin sombra de vacilación.

Yang cerró el libro con fuerza.

—¿No ves que estoy ocupada?

—gruñó con fastidio, aunque ya intuía de qué se trataba.

—Te reto a un duelo —declaró Pyrrha sin rodeos—.

En el bosque, esta noche.

Solo tú y yo.

Un silencio se instaló entre ambas.

Yang la observó por unos segundos, su expresión endureciéndose.

Se levantó lentamente, dejando el libro olvidado en el banco.

La rabia bullía en su pecho, pero también algo más…

un ligero cosquilleo de emoción.

—Tch.

¿Y para qué?

¿Para que Tn vea lo buena que eres con la lanza?

—bufó, pero no rechazó la oferta.

—No.

Él no tiene que saber nada —aclaró Pyrrha—.

Esto es entre nosotras.

No quiero que piense mal de …

de mí.

Esa frase hizo que los ojos de Yang chispearan con fuego.

Por un momento pensó en negarse, pero algo en su interior —ese orgullo retorcido y esa necesidad de dominio— no se lo permitió.

—Hecho —dijo al fin, sonriendo con malicia—.

Pero espero que no llores cuando pierdas.

Ambas se dieron la espalda sin decir más.

Esa noche marcaría el inicio de una batalla que no era solo de fuerza, sino de emociones contenidas, de obsesiones no declaradas, y de un deseo retorcido por ser la única figura en el corazón de un chico que todavía no entendía cuán deseado era.

La noche descendió sobre Beacon con un silencio pesado.

El cielo estaba nublado, apenas dejando ver algunas estrellas parpadeantes.

El bosque que se extendía detrás de la academia estaba envuelto en una penumbra azulada, solo interrumpida por la suave brisa que agitaba las hojas y el distante murmullo de los árboles.

Pyrrha ya estaba allí.

Vestida con su armadura de entrenamiento, ajustó los guanteletes de sus brazos con calma.

Su lanza descansaba clavada a su lado en la tierra, como un símbolo de su determinación.

Sus ojos estaban serenos, pero detrás de esa máscara tranquila, su mente se mantenía firme, como una guerrera que sabía que su oponente no se podía subestimar.

“Esto no es solo por mí… Es por él.

No dejaré que alguien inestable como Yang lo arrastre.” Desde la distancia, se escuchó el crujido de ramas pisadas con fuerza.

Pyrrha alzó la mirada.

Yang apareció entre los árboles, envuelta en una presencia abrasadora.

Sus botas hundían la hierba con cada paso pesado, su chaqueta abierta dejaba ver el protector de sus brazos.

No traía su sonrisa habitual.

Esta vez, no había bromas.

Solo ira contenida.

En su habitación momentos antes, había estado sentada con las manos apretadas en su regazo, su semblanza burbujeando bajo la piel.

Ruby no había dicho nada; estaba absorta en su libro.

Weiss, como siempre, revisaba su Dust en silencio.

Blake…

ni siquiera la miró.

Tal vez era mejor así.

Yang había tomado sus guantes con movimientos rápidos, mecánicos.

El ardor en su pecho no era solo rabia: era la sensación de que alguien intentaba arrancarle lo que era suyo.

Ahora frente a Pyrrha, entre sombras danzantes y el eco del viento, Yang frunció el ceño cuando escuchó sus palabras.

—La que gane…

podrá cortejar a Tn —declaró Pyrrha con firmeza—.

Y la otra, se retirará.

No habrá más juegos, ni vigilancias, ni interferencias.

Un segundo de absoluto silencio.

Los labios de Yang temblaron con una risa contenida que jamás se hizo voz.

¿Cortejar?

¿Tn como trofeo de una apuesta?

¿Y ella…

diciéndole qué hacer?

Maldita perra.

Yang bajó la mirada un segundo…

y luego alzó los ojos.

Ya no eran lilas.

Brillaban en un rojo profundo como brasas encendidas.

Su cabello onduló una vez, prendido en llamas.

—¿Tú me estás poniendo condiciones?

—dijo con voz baja, casi divertida—.

Qué gracioso, Pyrrha…

pensé que eras más inteligente.

Se crujió los nudillos, avanzando unos pasos mientras su silueta brillaba entre el humo que comenzaba a rodearla.

—No voy a perder.

Pero si lo hago…

—añadió, deteniéndose justo frente a Pyrrha, su mirada fija, peligrosa— no esperes que desaparezca tan fácil.

Yo no funciono así.

Pyrrha no respondió.

Solo tomó su lanza, girándola con elegancia y firmeza, su semblanza preparada bajo la piel como un resplandor rojo tenue.

Ambas sabían que esa noche no era un simple duelo.

Era una declaración de guerra emocional, una colisión inevitable entre obsesión, orgullo…

y un deseo demasiado intenso como para ser sano.

La tensión crepitaba en el aire.

El duelo estaba por comenzar.

Yang se lanzó como un proyectil encendido, envuelta en un estallido de llamas.

El rugido de su semblanza resonaba entre los árboles, cada paso suyo dejando cráteres en la tierra húmeda.

Pyrrha no vaciló: alzó su escudo justo a tiempo para contener el puñetazo brutal que habría hecho volar a cualquiera.

El impacto resonó como un trueno, y el escudo se hundió unos centímetros por la fuerza del golpe.

Pyrrha giró sobre sí misma, con la lanza danzando en su mano como una extensión viva de su voluntad.

El filo cortó el aire con elegancia asesina, buscando la abertura que Yang dejaba tras cada embestida.

Pero Yang no era lenta; agachó la cabeza, esquivando por poco, y disparó proyectiles de sus guanteletes con un giro de muñeca.

Pyrrha giró la lanza horizontalmente, desviando las ráfagas con destreza impecable.

Las chispas volaron.

El olor a polvo quemado invadió el aire.

Ambas se abalanzaron al mismo tiempo.

Una explosión de energía, metal contra metal, fuego contra temple.

Yang rugía con cada golpe, sus ojos ardiendo como brasas mientras arremetía una y otra vez.

Sus puños se estrellaban contra el escudo de Pyrrha, cada impacto más violento que el anterior.

Pero Pyrrha no se rendía.

Mantenía la defensa con una precisión casi inhumana, y cuando encontraba una abertura, lanzaba golpes veloces al abdomen de Yang, buscando romper su ritmo.

Pero algo era evidente.

Cada golpe que Yang recibía no la debilitaba.

La volvía más fuerte.

Pyrrha lo notaba: sus ataques que antes la tambaleaban ya no la hacían retroceder.

El último puñetazo de Yang pasó tan cerca de su rostro que sintió el calor quemarle la mejilla antes de que golpeara un árbol detrás de ella, partiendo su tronco grueso como si fuera una rama seca.

El árbol cayó con estrépito, arrastrando otros dos consigo.

Pyrrha retrocedió con rapidez, rodando por el suelo y recuperando la distancia, jadeando.

Sus piernas dolían, sus brazos vibraban del choque constante.

Yang, en cambio, se levantó de la nube de hojas y tierra con una media sonrisa torcida.

El fuego de su semblanza danzaba sobre su cuerpo, y sus cabellos brillaban como una antorcha viviente.

—Eres demasiado rápida… —murmuró, limpiándose una gota de sudor de la frente—.

Pero solo necesito un golpe certero.

Sus ojos rojos brillaron.

Y entonces volvió a avanzar, lenta al principio, como una fiera midiendo a su presa.

Pyrrha alzó su lanza de nuevo, con la respiración medida.

Uno de las dos va a caer esta noche…

y ninguna aceptará perderlo.

La batalla apenas comenzaba.

Yang golpeó el suelo con una fuerza brutal, levantando una nube de polvo y escombros que estallaron a su alrededor.

Pyrrha reaccionó rápido, esquivando el ataque justo a tiempo, y esa pequeña apertura fue todo lo que Yang necesitaba para lanzarse contra ella con toda su fuerza.

La embistió y la sostuvo en un abrazo feroz, arrastrándola contra el tronco grueso de un árbol cercano.

El impacto resonó en el bosque, y Pyrrha dejó escapar un quejido de dolor al sentir la presión contra sus costillas.

—¡Suéltame!

—exigió Pyrrha, intentando empujar a Yang con la punta de su lanza, que logró sujetar contra la espalda de su rival, haciendo presión para que la soltase.

Yang gruñó, resistiéndose, pero no disminuyó la fuerza de su agarre.

Con cada embestida, estampaba a Pyrrha contra el árbol un par de veces más, buscando desorientarla y doblegar su voluntad.

—¡Nunca!

—respondió Yang con furia—.

¿Sabes cuánto odio que te metas en lo que no te importa?

Siempre tan perfecta, tan arrogante… como si el mundo girara a tu alrededor.

Pyrrha apretó los dientes, el dolor no la detenía, pero empezó a sentir cómo el agarre de Yang comenzaba a desgastarla.

Entonces, con un último esfuerzo, empujó con la lanza, y Yang, con un gruñido, finalmente soltó la presión.

Pyrrha perdió el equilibrio, y en ese instante, su lanza cayó al suelo con un ruido sordo.

Yang aprovechó sin dudarlo.

Agarró a Pyrrha por la cintura, levantándola con un movimiento rápido y brutal para ejecutarle un suplex alemán, lanzándola hacia atrás con una fuerza imponente.

Pyrrha aterrizó de espaldas, el golpe retumbando en sus huesos, y antes de que pudiera recuperarse, Yang le propinó una patada que la hizo dar media vuelta, dejándola vulnerable.

Con un brillo de determinación feroz en los ojos, Yang se subió encima de Pyrrha y comenzó a golpearla con puños fuertes y precisos, buscando noquearla.

—¡Maldita seas, Pyrrha!

—jadeó Yang entre golpes—.

Siempre tratando de robarme todo…

a Tn, a los demás.

No sabes lo que es perder, pero te aseguro que te haré sentir lo que es que te destruyan.

Pyrrha, aturdida pero sin rendirse, logró levantar una mano y con voz jadeante replicó—No creas que …….kgghgh esto cambia algo, Yang.

No me importa cuánto me odies… Tn merece alguien que pueda protegerlo, no a una loca.

Yang se detuvo un instante, mirando fijamente a Pyrrha con una mezcla de rabia y dolor.

—¿Y tú crees que eres mejor?

¿Con esa sonrisa falsa y tu necesidad de perra sumisa?

Lo único que haces es esconder tus miedos detrás de tu cara.

—Su voz se quebró un poco, pero la furia seguía en su mirada—.

Somos iguales, Pyrrha.

Solo que yo no voy a fingir más.

Pyrrha apretó los puños contra el suelo, respirando con dificultad, pero en su mirada seguía brillando la determinación inquebrantable.

—Quizás… —susurró—, pero al menos yo no dejo que mi orgullo destruya todo a mi alrededor.

El aire vibraba con la tensión, la lluvia de golpes se pausaba mientras ambas se miraban, heridas y exhaustas, conscientes de que esa batalla era mucho más que un duelo físico.

La noche las envolvía como testigo mudo de una guerra que apenas comenzaba.

(Unas horas de golpes mas) Yang se levantó despacio, su respiración aún agitada, sus puños manchados de sangre y tierra.

Miró a Pyrrha, derrumbada en el suelo, con una mezcla de desprecio y satisfacción ardiente en los ojos.

El viento nocturno agitaba su melena dorada, aún teñida con destellos de su semblanza extinguida.

—Gané —declaró con voz grave, casi ronca por el esfuerzo, y cargada de orgullo venenoso—.

Tn es mío.

Siempre lo ha sido.

Pyrrha, con el rostro cubierto de polvo y sangre seca en la comisura de los labios, apenas logró incorporarse sobre un codo.

Tosió y escupió hacia un lado, dejando una mezcla rojiza sobre la hojarasca.

Su mirada, aún en su derrota, no había perdido su filo.

—Puedes haberte quedado con esta pelea, Yang…

—espetó con una voz débil pero firme—, pero sigues siendo una loca compulsiva.

Al final, Tn va a terminar con alguien que pueda respirar sin vigilarlo…

alguien que no dé miedo.

Esas palabras fueron más que un insulto.

Fueron una chispa.

La última.

Yang se quedó quieta por un segundo.

Luego su rostro se endureció en una mueca de furia pura, sus ojos encendidos por esa rabia que siempre había luchado por contener…

y que ahora ya no quería esconder.

—¿Qué dijiste?

—gruñó, dando un paso al frente.

Pyrrha intentó girarse para alejarse, pero no llegó lejos.

Yang la sujetó del cabello ensangrentado con una fuerza brutal, y sin dudar, estrelló su rostro contra el suelo.

Una vez.

Dos veces.

Tres.

Siete.

El crujido sordo del impacto se mezclaba con el jadeo agitado de Yang.

Solo paró cuando Pyrrha dejó de intentar moverse.

No inconsciente aún, pero sí completamente rota y aturdida, apenas balbuceando.

—No…

vuelvas…

a decir su nombre —murmuró Yang con frialdad venenosa, escupiéndole al lado de la cabeza antes de ponerse de pie.

Miró los árboles a su alrededor, las marcas de la pelea, el aire denso.

Exhaló con fuerza.

No se arrepentía.

Miro a la campeona en el suelo y le dio otra patada, y otra y otra, ya fuera espalda, costillas, entrepierna, iba a dejar tan mal a esta zorra que nunca se acercaria a tn.

Pasaron un par de horas.

El silencio reinaba en la habitación del equipo RWBY.

Ruby dormía con sus auriculares puestos, Weiss dormía de lado con un antifaz, y la cama de Blake permanecía vacía como siempre.

Yang estaba en el baño.

La luz blanca rebotaba sobre los azulejos.

El agua fría corría en el lavamanos, teñida a ratos de rojo.

Se estaba lavando los nudillos, sus dedos temblaban ligeramente con cada roce.

Algunos cortes eran profundos, y los moretones ya empezaban a formarse, oscuros bajo la piel.

Pero Yang sonreía.

Una sonrisa cansada, torcida, casi vacía.Se miró al espejo con ojos encendidos.

—No me quitarás lo que es mío —se dijo a sí misma, como un mantra.

Tomó un pequeño estuche del botiquín y comenzó a aplicar maquillaje cuidadosamente, cubriendo las marcas visibles.

Luego vendó un par de dedos, ajustando las gasas con precisión.

No podía darse el lujo de levantar sospechas.

Ruby no entendería.

Nadie lo haría.

Observó su reflejo una vez más.

Detrás de sus ojos, algo hervía.

Una mezcla de deseo, necesidad y rabia mal contenida.

Pero bajo todo eso…

había una certeza fría.

Pyrrha estaba fuera del camino.

Y solo quedaba una molestia más.

Velvet.

Yang apoyó las manos aún húmedas en el lavabo, inclinándose hacia el espejo.

Sus ojos llameaban, su sonrisa se ensanchó con esa dulzura enferma que solo podía provenir de una mente que confundía el amor con la posesión.

—Pronto, Tn…

—susurró suavemente—.

Pronto no quedará nadie más.

La noche en Beacon avanzó con el silencio que suele acompañar a los secretos.

Yang, tras limpiar sus manos y cubrir los rastros de su rabia, regresó a su cama.

El cuerpo le dolía —espalda, hombros, nudillos entumecidos por los golpes—, pero nada que su aura no pudiera empezar a curar lentamente.

Se dejó caer sobre el colchón con un suspiro profundo, mirando el techo de la habitación mientras la oscuridad envolvía todo.

El dolor físico era pasajero.

La sensación de victoria, no.

Cerró los ojos, con una sonrisa ligera, y se durmió con la imagen de Pyrrha derrotada aún fresca en su mente.

Había una calma en su pecho, pero era una calma vacía… el tipo de tranquilidad que solo llega cuando todo lo demás ha sido aplastado.

Mientras tanto, lejos de esa falsa paz, en el borde del bosque de Beacon, Pyrrha se arrastraba con el rostro oculto por el sudor, la sangre seca, y el orgullo herido.

Apenas se sostenía en pie.

Usaba su lanza como bastón, cada paso le arrancaba una mueca silenciosa de dolor.

Sus costillas dolían, sus piernas tambaleaban y sentía un latido persistente en su sien, como si su propio cuerpo estuviera castigándola por haber perdido.

Pero lo que más dolía… era otra cosa.

La humillación.

El haber sido dejada en ese estado, como si no valiera nada.

Como si Yang pudiera hacer lo que quisiera.

—No…

—susurró mientras avanzaba por los pasillos exteriores de Beacon, casi a rastras—.

No voy a ceder…

La rabia le nublaba los pensamientos, pero no la empujaba hacia la venganza inmediata.

Pyrrha no era como Yang.

Ella no necesitaba desquitarse ahora.

Lo que necesitaba…

era paciencia.

Tiempo.

Y sanar.

Finalmente, llegó a la puerta del dormitorio de su equipo.

Nadie la vio.

Abrió sin hacer ruido, cruzó la habitación con pasos temblorosos, y se dejó caer en su cama.

Se cubrió con las mantas con movimientos torpes, como un animal herido buscando calor.

Sus lágrimas seguían corriendo en silencio.

Pero ya no eran por la derrota.

Eran por la impotencia.

No podía permitir que Yang se saliera con la suya.

No por él.

No por Tn.

Cerró los ojos.

Y dejó que su aura, al fin, comenzara a trabajar.

El amanecer llegó.

La luz entró perezosamente por las ventanas de la habitación del equipo RWBY.

Ruby, Weiss y Blake ya se habían ido a clase, dejando la habitación en un silencio matutino casi reconfortante.

Yang abrió los ojos lentamente, con un gesto de molestia.

Su cuerpo seguía resentido, pero ya no tanto.

Su aura, trabajando durante la noche, había aliviado los peores estragos.

Se sentó en la cama, estirando los brazos con un gruñido leve.

Luego se rascó la espalda y el pecho perezosamente, notando algunos moretones que ya comenzaban a desaparecer.

Se levantó y caminó al espejo.

Con un pequeño peine, comenzó a cepillarse el cabello, desenredando mechones con una paciencia casi mecánica.

Su expresión era neutral, tranquila… pero por dentro, un fuego suave seguía ardiendo, constante.

Miró su reflejo un largo rato, como evaluándose.

No había duda.

Se veía perfecta.

Las heridas, ocultas.

El control, firme.

Y lo mejor: estaba sola.

El cuarto entero para ella.

Sonrió levemente.

Un día más.

Un paso más cerca.

El juego seguía.

Y si alguna creía que podía arrebatarle a Tn, aún no entendía con quién estaba jugando.

El cuarto estaba en silencio.

Solo se escuchaba el suave pasar de las hojas cuando Yang las hojeaba con creciente frustración.

Sentada en la cama, tenía varios libros abiertos frente a ella.

Algunos estaban subrayados, otros llenos de anotaciones que apenas entendía.

No era que fuera incapaz… pero su mente simplemente no estaba hecha para la rigidez académica.

Las letras parecían bailar en la página cuando su atención comenzaba a flaquear.

Gruñó en voz baja.

—Ugh… ¿cómo se supone que esto ayude en una pelea real?

—murmuró, rascándose la cabeza con fastidio.

Se estiró, harta, y con una mueca se quitó la blusa que llevaba.

De entre su cajón sacó una camiseta arrugada.

Al desplegarla, la reconoció de inmediato: era de Tn.

La llevó a su rostro por un instante, inspirando su aroma como si fuera una droga suave que calmara sus pensamientos.

Era una prenda simple, pero el solo hecho de tenerla la hacía sentir mejor.

Casi… protegida.

Como si al usarla, él estuviera con ella.

Como si ya fuera suyo.

Se la colocó sin más.

Le quedaba un poco suelta, lo justo para que se notara que no era de su talla, pero eso no le molestó.

Sonrió para sí misma mientras se sentaba de nuevo, cruzando las piernas.

El tejido aún conservaba el calor de su obsesión.

—Todo esto vale la pena —susurró mientras tomaba el libro otra vez, marcando las páginas con un dedo—.

Si sigo aquí, si apruebo…

estaré un paso más cerca de ti.

Estudiar no era su fuerte, pero por él…

lo haría todo.

Del otro lado de la academia, en una habitación mucho más silenciosa de lo habitual, Pyrrha permanecía bajo las mantas.

Las persianas seguían medio cerradas, y apenas entraba la luz del día.

Sus músculos dolían con cada mínimo movimiento.

El aura hacía su trabajo, pero lento, como si su cuerpo también se negara a olvidar lo ocurrido.

Estaba cubierta hasta el cuello, encogida, con la cara medio escondida entre la almohada y el colchón.

Ren había entrado más temprano a dejarle té y pan, sin hacer preguntas.

Nora lo acompañó, pero no insistió en quedarse.

Ambos entendían que Pyrrha necesitaba espacio.

El problema, claro, fue Jaune.

—Oye… ¿estás bien?

—preguntó desde la puerta, con su tono inseguro de siempre—.

¿Quieres que…

hablemos?

Silencio.

Jaune se acercó un poco, pero antes de que pudiera tocar la cama, una voz salió de entre las mantas.

—Si no te alejas, contaré lo de tu falsificación a los profesores —gruñó Pyrrha con una voz seca, áspera, cargada de agotamiento y desprecio.

Eso fue todo lo que necesitó decir.

Jaune se quedó helado.

Su rostro se tensó por un momento, y bajó la mirada.

—Vale…

lo entiendo —murmuró antes de marcharse, cerrando la puerta con un leve clic tras él.

Pyrrha soltó un suspiro profundo, aún bajo las cobijas.

No tenía energía para lidiar con él.

Ni hoy, ni tal vez nunca.

El desprecio hervía dentro de ella.

No solo por Jaune, sino por todo lo que estaba mal.

Por la debilidad que le había permitido perder.

Por la impotencia.

Solo quería dormir.

Solo quería sanar.

Y luego… pensar.

El rostro de Yang volvía a su mente como una sombra molesta, con los ojos rojos, la sonrisa torcida, la violencia.

No iba a olvidarlo.

Ni perdonarlo.

Pero ahora, solo necesitaba tiempo.

Tiempo para reconstruirse.

Así, cerró los ojos lentamente, dejando que su mente se fundiera con el vacío del cansancio.

El baño estaba frío.

El vapor apenas podía formarse con el agua helada que caía sobre su cuerpo maltrecho, pero eso era precisamente lo que necesitaba.

El frío mordía su piel, apaciguaba la hinchazón y, de paso, callaba su orgullo herido.

Frente al espejo, Pyrrha Nikos se miró en silencio.

Su rostro tenía moretones en la mejilla derecha, un corte pequeño cerca del labio, y una inflamación cerca del ojo.

Pudo haber sido peor… mucho peor.

Yang había estado fuera de control, guiada por algo más que simple rivalidad.

Era odio.

Locura.

Y, sin embargo, había perdido.

Pyrrha cerró los ojos un instante, sus dedos aferrándose al borde del lavamanos.

Había sido superada.

Físicamente, sí… pero también emocionalmente.

Esas ultimas padas y la que fue directo a su vagina le dolio tanto que apenas y podia caminar.

Yang peleaba como si no solo quisiera ganar, sino matarla en el proceso.

—Una maldita psicópata… —susurró Pyrrha con un tono que sonó más como un escupitajo que como una queja.

Terminó la ducha y se secó lentamente.

Sus músculos dolían.

Su espalda tenía marcas rojas y moretones morados, sus costillas aún le latían con cada respiración profunda.

Apenas y logró vestirse con ropa ligera y floja antes de regresar a su cama.

Al recostarse, soltó un gemido sordo, enterrando su rostro en la almohada.

Solo entonces encendió su pergamino.

Lo revisó como distracción… y fue allí donde lo vio: “Baile de Fin de Trimestre.

Formal.

Invitaciones abiertas.” Pyrrha alzó las cejas, sorprendida por un segundo.

Sus ojos repasaron las letras lentamente, como si no pudieran creer lo que leían.

El baile.

Claro.

El mismo evento que tantas veces había evitado.

Pero ahora…

Una chispa temblorosa se encendió en su pecho.

¿Y si le confesaba a Tn lo que sentía allí?

No importaba que hubiera perdido.

No importaba que Yang la hubiera dejado golpeada.

Pyrrha se sentó lentamente, con una mano sobre su estómago dolorido, mirando la pantalla como si de repente hubiera encontrado la salida de un laberinto.

No era que estuviera enamorada de Tn como una adolescente cualquiera.

Era respeto.

Era conexión.

Era deseo de equilibrio.

Él era alguien que, pese a las tormentas de Beacon, se mantenía firme, observando, actuando con sentido propio.

Ella lo admiraba… y no podía permitir que una perra insufrible como Yang lo envolviera con su locura.

Pero…

La promesa del duelo estaba ahí.

Ella aceptó que quien ganara tendría el derecho de cortejarlo sin interferencias.

Suspiró con fuerza, sintiendo que algo le oprimía el pecho como un puño cerrado.

—¿Qué haría una Nikos?

—se preguntó en voz baja.

El silencio le respondió.

Un silencio duro, molesto, pero justo.

“Una Nikos no se queda sentada viendo cómo destruyen lo que es valioso.” Apretó los dientes.

Sabía que rompería la regla no escrita entre ambas.

Sabía que eso escalaría la situación.

Pero… —No voy a dejar que Tn termine atrapado con una bestia disfrazada de mujer.

Hundió el rostro en las mantas nuevamente, apretando la pantalla contra su pecho.

Aún no tenía un plan.

Aún no estaba lista para moverse.

Su cuerpo necesitaba sanar.

Su mente necesitaba ordenarse.

Pero ya estaba decidido.

Pyrrha Nikos no se rendiría.

Aunque tuviera que enfrentar el infierno que Yang llevaba dentro.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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