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Waifu yandere(Collection) - Capítulo 75

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Capítulo 75: Mordred pendragon part 2 (fgo)

Advertencia ⚠️ ⚠️ Futuro contenido para mayores 18 leer bajo su propio criterio

Advertencia contenido grafico de violencia y Advertencia ⚠️ temas cuestionables y sensibles se sugiere que si no es de su agrado salga de aquí y de paso aclaro que personajes o imágenes no me pertenecen crédito a sus autores.

Agrego personajes no me pertenecen.

Imágenes y personajes no me pertenece crédito a sus autores. Advertencia este capítulo contiene escenas para mayores y lenguaje bulgar están advertidos.

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Neron Claudius



Los primeros rayos del amanecer se filtraban a través de los vitrales, tiñendo la piedra blanca de la habitación con un tenue resplandor dorado. El silencio de la madrugada era apenas interrumpido por el suave chapoteo del agua en un cuenco y la respiración cuidadosa de una joven.

Tn Pendragon abrió los ojos lentamente, sus párpados pesaban como si llevaran cadenas. Su frente ardía, pero un toque húmedo y fresco lo aliviaba por momentos. Giró la cabeza con esfuerzo, encontrándose con el rostro de la misma criada de la noche anterior. Aquella que Mordred había aterrorizado. Su mirada era nerviosa, evitaba hacer contacto visual directo, pero sus manos trabajaban con diligencia, cambiando el paño húmedo que descansaba sobre su frente.

—¿…Qué haces aquí? —preguntó Tn con una voz débil, quebrada por la fiebre.

La joven se sobresaltó, derramando un poco del agua en el suelo antes de reincorporarse torpemente.

—¡P-perdón, mi príncipe! El boticario real no estaba anoche… sal… salió por hierbas. Yo… yo no quise alarmar al castillo… así que… hice lo que pude.

Tn parpadeó, procesando lentamente lo que escuchaba. Una sonrisa leve, casi imperceptible, se formó en sus labios.

—Gracias… por quedarte.

La criada bajó la mirada con timidez. En su pecho, el corazón latía con fuerza, no por miedo esta vez, sino por la cercanía con aquella figura que tantos idealizaban. Tn, el príncipe celestial, descendiente del Dragón Rojo, el hijo perfecto de la gran Artoria.

Pero ese hijo perfecto apenas podía mantenerse en pie. Con cuidado, el príncipe se incorporó. El sudor frío recorría su espalda, y sus músculos temblaban como hojas en la tormenta. La sábana cayó parcialmente de su torso, revelando un cuerpo trabajado, atlético, de líneas nobles… pero su respiración se volvió irregular, entrecortada, mientras sus piernas colgaban del borde de la cama.

La criada lo miró fijamente, sonrojándose de inmediato. Apretó los labios con vergüenza y bajó la cabeza.

—M-mi príncipe… si me permite… ¿puedo retirarme?

Tn asintió, apenas. No podía hablar más.

Ella recogió sus cosas, hizo una reverencia apresurada y salió cerrando la puerta con cuidado.

El silencio volvió.

Tn se quedó sentado al borde de la cama. Intentó incorporarse del todo, con intención de caminar hasta la ventana, pero apenas dio un paso… y su pierna falló. Se sujetó del marco de la cama con fuerza, jadeando. El dolor en su pecho era punzante, como si una lanza invisible lo atravesara de lado a lado.

Sus labios se apretaron. Odiaba esa debilidad. Odiaba sentirse así.

“Soy el príncipe heredero. El único. No puedo… darme el lujo de caer.”

Se arrodilló con dificultad en el suelo. Las venas de sus brazos ardían, como si fuego líquido corriera por ellas. Apretó los dientes, clavando las uñas en el tapiz.

“Padre…”

“Mi deber no es vivir. Mi deber es dejar vida.”

La imagen de Artoria apareció en su mente: imponente, fría, inquebrantable. Nunca le había mostrado cariño. Solo enseñanzas, instrucciones, estrategias. Era un heredero, no un hijo. Y aun así… Tn deseaba su aprobación más que nada.

“Debo resistir. Hasta que me den una esposa. Hasta que tenga hijos. Nietos para Camelot.”

Sus dedos temblaron, no por miedo… sino por la presión invisible de un destino que no había elegido, pero que estaba obligado a cumplir.

Y en lo más profundo de su alma, esa soledad helada seguía creciendo, como la enfermedad en su sangre.

El agua helada golpeó el rostro de Tn con una intensidad que le sacó el aire de los pulmones, pero no se estremeció. No podía darse ese lujo. Se sostuvo del borde del lavabo de piedra con los dedos tensos, clavando la mirada en su reflejo empañado. Bajo sus ojos, unas tenues sombras violáceas empezaban a notarse, y el sudor en su frente se mezclaba con las gotas del agua fría.

—No debo ceder… aún no.

Tomó su vestimenta con manos cuidadosas. Un jubón azul oscuro con bordes dorados, un broche en forma de dragón y una capa blanca. Era la ropa del heredero legítimo de Camelot, bordada con el símbolo de Artoria. Cada botón, cada tela, le recordaba la corona que no heredaría del todo, pero que debía proteger con su vida.

Al salir de su habitación, su espalda se mantuvo recta. Su paso, firme. Nadie debía notar el leve temblor en sus piernas ni el ardor que le quemaba el pecho con cada respiración profunda.

El día de Tn se extendía como una cadena.

Primero fue el estudio de la lengua y diplomacia. Discursos, tratados, genealogía real.

Después, fue la clase de estrategia, donde debía analizar batallas pasadas y responder preguntas con precisión casi mecánica. Más tarde, el almuerzo en compañía de varios caballeros. Nadie notó que apenas probó bocado. Y luego, la temida sesión de esgrima, donde tuvo que medirse con Gawain —el Sol de los Caballeros—, quien no le tuvo piedad.

Aun así, resistió.

Sangre seca en sus palmas, el pulso dispar, pero jamás se arrodilló.

Al final del entrenamiento, mientras se secaba el sudor, una figura más pequeña lo abordó con energía desbordante.

—¡Príncipe Tn! ¡Esa última estocada fue impresionante! ¡Me gustaría enfrentarme a usted algún día!

Gareth, con su cabello rubio corto, ojos brillantes y sonrisa inocente, irradiaba entusiasmo. Tn no pudo evitar devolverle una pequeña sonrisa, genuina aunque cansada.

—Algún día, joven Gareth. Cuando esté lista —dijo, consciente de la farsa que envolvía su “identidad masculina”.

—¡Estoy listo desde ya! —respondió ella sin pensar.

—Gareth, modérate —interrumpió Gawain con una ceja levantada, acercándose con su usual porte de caballero perfecto—. Un caballero no se comporta como un escudero frente a la realeza. Guarda tu emoción.

—Sí, hermano… —dijo Gareth, bajando un poco la cabeza, aunque seguía sonriendo de lado.

Tn asintió a ambos, y continuó su camino.

Mientras tanto, en otra ala del castillo…

El cuarto de Mordred era una mezcla entre lo espartano y lo caótico. Paredes desnudas, armas colgadas por doquier, ropa dispersa, olor a sudor, cuero, vino y algo más sutil: perfume barato.

En la cama, bajo unas mantas gruesas, una joven sirvienta dormía profundamente, el cabello enmarañado cubriendo parcialmente su rostro. Su pecho subía y bajaba en calma. Mordred, desnuda como vino al mundo, estaba sentada en el borde de la cama, bebiendo de una copa de estaño mientras observaba el techo con mirada ausente.

Los músculos de su espalda se tensaban con cada respiración. La escena era propia de un caballero de la edad media que vivía según sus propios códigos: batallar, beber, fornicar, dormir. Repetir.

—”Al menos a mí nadie me pide que deje herederos antes de morirme…” —murmuró con amargura, antes de vaciar la copa de un trago.

Miró por la ventana entreabierta, el aire matutino entrando sin pudor.

El rostro de Tn apareció en su mente. Su piel sudorosa, su respiración rota, sus ojos azules suplicando sin palabras. Mordred apretó los dientes.

—”¿Qué carajos me pasa…? Solo es un bastardo de oro más.”

Pero algo dentro de ella ardía. No de deseo carnal como con la sirvienta entre las sábanas. Era distinto. Más agrio. Más visceral. Una mezcla de envidia, rabia, y algo mucho más oscuro: culpa.

Mordred gruñó, se levantó, caminó desnuda hasta el escritorio y golpeó la superficie con el puño.

—”¡No me importas!” —gritó, como si gritárselo al aire fuera suficiente para hacerlo realidad.

La sirvienta se removió en la cama, murmurando algo entre sueños.

Mordred volvió a la cama, se dejó caer de espaldas, con el brazo cubriéndose los ojos.

—”No me importas…” —repitió, más bajo esta vez. Pero el nudo en su pecho no desaparecía.

La habitación de Mordred estaba envuelta en la tenue luz grisácea del amanecer. Entre las sábanas revueltas, la sirvienta con la que había compartido la noche emitía suaves respiraciones, dormida boca abajo, apenas cubierta. Su espalda mostraba leves marcas del encuentro, aunque su expresión era de calma. Mordred, sentada en el borde de la cama, la miraba sin emoción.

—Tch… ni siquiera gritó como las otras —gruñó, fastidiada, pasando una mano por su cabello rubio y desordenado.

Lo cierto es que no había sentido mucho placer, al menos no más allá de lo físico. Todo fue mecánico. Un intercambio carnal sin chispa. Una costumbre que repetía más por frustración que por deseo real.

Pero algo comenzó a hacerle ruido en su cabeza.

—He estado con varias de ellas… y ni una ha quedado preñada. Ni una me busca después. ¿No se supone que así nacen los críos?

Frunció el ceño. Se levantó, el cuerpo desnudo bajo la luz. Se estiró con fuerza, los músculos definidos moviéndose como un resorte de acero, y miró por la ventana un momento antes de soltar un bufido.

—¿Será que soy tan mal amante? —masculló con sarcasmo, poniéndose un pantalón de cuero y una camisa holgada—. O tal vez… ellas son las raras.

Caminó hasta su espejo de cuerpo entero y se miró. Ahí estaba: su reflejo, fuerte, rebelde, indómito. No había señales visibles que delataran su verdadera naturaleza… salvo por esos pequeños detalles que ella misma ignoraba o se negaba a aceptar completamente.

—Quizás no soy tan hombre como digo ser… pero eso no importa. Yo soy Mordred. Hijo del Rey Arturo.

Reforzarse esa idea era casi un rezo matutino.

Mientras tanto, la sirvienta aún dormía profundamente. Ella, como otras, había sentido miedo más que deseo al estar con Mordred. No por su violencia… sino por el misterio que la envolvía. Todas sabían algo, aunque no podían decirlo. Había un velo, un encantamiento sutil, como si un susurro invisible les sellara la lengua cada vez que intentaban mencionar lo evidente.

Y ese velo tenía nombre: Morgan Le Fay.

En las profundidades del bosque, la bruja reía suavemente entre rituales. Había lanzado su hechizo desde el nacimiento de Mordred, una forma de proteger a su creación. Mientras la ilusión estuviera intacta, el mundo vería a Mordred como un hombre. Incluso quienes compartían su lecho.

Mordred terminó de vestirse. Se colocó su capa corta, ajustó el cinturón de su espada al costado —aunque no pensaba usarla hoy— y salió de su habitación.

Los pasillos del castillo estaban silenciosos a esa hora. Algunos guardias bostezaban en sus puestos, y unos pocos nobles madrugadores murmuraban entre sí en voz baja. Pero Mordred caminaba sin prisa, sin prestarles atención.

No buscaba pelea esta vez.

Tenía hambre. Y sed. Mucha sed.

Bajó las escaleras de piedra hasta la zona de servicio. Las cocinas reales eran enormes, casi un laberinto de estufas de hierro, hornos de leña, barriles de vino y despensas llenas de pan y queso. El olor a carne cocida aún persistía del día anterior.

Una cocinera, que al verla palideció levemente, hizo una leve reverencia sin atreverse a mirarla a los ojos.

—¿Hay algo para comer? Y trae vino, del fuerte —ordenó Mordred, sentándose en un banco y estirando las piernas.

—S-sí, mi señor… enseguida —respondió la mujer, girando rápidamente para cumplir la orden.

Mordred se quedó ahí, en silencio, golpeando la mesa con los dedos. Por primera vez en mucho tiempo, sentía una sensación extraña… como un hueco. La lujuria ya no le llenaba, la rabia no la impulsaba con la misma fuerza. Su mente volvía, inevitablemente, a ese príncipe enfermizo, a su mirada de hielo ardiendo en fiebre, a sus músculos marcados por la fragilidad, a esa contradicción viviente que representaba Tn Pendragon.

Y sin poder evitarlo, murmuró.

—Maldito crío… ¿qué tienes que yo no?

(Nt:un pene XD)

Mientras la cocinera preparaba su desayuno y el vino comenzaba a servirse, Mordred permanecía con el ceño fruncido, bebiendo lentamente, sin saber que en el fondo, el inicio de su obsesión ya había empezado.

El pan desapareció en un par de mordidas, la carne fue destrozada con los dientes, y el vino bajó por la garganta de Mordred como si fuera agua. No hubo etiqueta, ni cortesía, ni paciencia. Solo hambre, rabia y frustración en cada movimiento. La cocinera ni siquiera osó decirle que bajara la voz cuando arrojó el hueso de costado como si fuera un perro de guerra terminando su presa.

Mordred se limpió la boca con la manga, se levantó sin decir palabra y abandonó la cocina, ignorando las reverencias apuradas de los sirvientes a su paso.

—Maldito palacio aburrido… —gruñó, frotándose el cuello—. Sin guerras, sin prostitutas adecuadas… solo libros, bailes y farsantes…

Sus pasos resonaban en los pasillos, sólidos, firmes, sin rumbo fijo. El acero de sus botas repicaba contra la piedra, como un recordatorio de que el león sin corona aún vagaba por el castillo.

Al cruzar el umbral hacia los jardines reales, la luz del sol la recibió de lleno. El aire fresco de la mañana llevaba consigo el olor de la hierba húmeda y el metal pulido, mezclado con el sudor de los caballeros entrenando a la distancia.

Pero entonces lo vio.

No entre los guerreros, sino apartado, bajo un árbol frondoso, con un par de manuscritos desplegados sobre una mesa de piedra. Era Tn Pendragon.

Vestía ropa de noble sencillo pero elegante: una camisa blanca de lino con el cuello abierto, y un jubón azul marino apenas abrochado. La luz del día resaltaba el brillo plateado de su cabello y el tono pálido de su piel. Su postura era recta, digna. No como un enfermo… sino como un príncipe que llevaba siglos entrenando para parecer invulnerable.

Pero Mordred lo sabía mejor.

Apretó los dientes, sintiendo cómo una chispa de rabia y duda le recorría el pecho. Se acercó unos pasos, decidida a soltarle algún insulto o retarlo por pura provocación… pero se detuvo.

Lo escuchó.

Era imperceptible para cualquiera sin entrenamiento, pero Mordred era un caballero. Su oído estaba aguzado por años de batalla, y lo que oyó fue una respiración irregular, trabajosa… casi dolorosa.

Los pulmones de Tn jadeaban en silencio, aunque él mantenía una expresión serena. Cada inhalación era como una batalla perdida, cada exhalación un susurro apenas contenido de sufrimiento. La punta de su pluma temblaba al escribir, pero jamás soltó una queja.

Mordred entrecerró los ojos.

—¿Ayer estabas medio muerto… y hoy finges que todo está bien?

Podía haberse reído. Burlado. Pero no lo hizo. Porque en ese momento, algo en ella se quebró un poco. No de debilidad. Sino de confusión.

—¿Por qué cargas eso… sin decir nada?

Era casi doloroso verlo. Un guerrero de hierro encerrado en un cuerpo de cristal. Y aún así, seguía de pie, leyendo, escribiendo, instruyéndose… tratando de cumplir con la imagen del hijo perfecto que el Rey y el Reino esperaban.

Mordred no avanzó. Solo lo observó.

En silencio.

Con una mezcla de admiración, rabia y algo más… algo peligroso.

Un calor nuevo en su pecho. No rabia. No lujuria. Un hambre distinta. Más íntima. Más visceral. No por su cuerpo, sino por su atención. Por su aprobación. Por su debilidad. Por su todo.

—Maldito bastardo enfermo… ¿qué diablos me estás haciendo sentir?

Pero no lo dijo en voz alta.

Solo lo pensó, mientras seguía mirándolo desde la sombra de una columna.

Mordred no despegó la mirada de Tn ni por un segundo.

Su vista era aguda, entrenada. Había rastreado bestias salvajes por el bosque, leído el lenguaje corporal de hombres al borde del colapso en la guerra, sentido el titubeo previo a una traición. Y lo que vio en Tn no era solo dolor físico. Era algo peor. Algo más… personal.

El sirviente que se aproximó interrumpió su concentración. Vestía con los colores del ala interna del castillo, uno de los mensajeros de confianza. Habló con cortesía, pero sin florituras.

—Mi príncipe, Su Majestad le solicita en la sala del trono.

Tn asintió con serenidad. Dejó sus manuscritos a un lado, se puso de pie despacio… demasiado despacio. Mordred, desde la distancia, no solo vio el dolor —lo sintió. Fue como un golpe invisible en el pecho.

Los hombros de Tn apenas temblaron, pero sus ojos se ensancharon como si una espada invisible hubiera atravesado su costado. Sus piernas dudaron una fracción de segundo. Mordred incluso notó cómo apretaba los puños para no soltar un quejido. Ni una palabra. Ni un maldito suspiro.

Caminaron por los pasillos con su porte de príncipe intacto, pero Mordred ahora lo miraba con otros ojos. No de envidia… sino de algo mucho más peligroso: respeto. Y eso la enfurecía.

—¿Por qué me haces verte como igual… si te estás muriendo?

La puerta de la sala del trono se abrió con lentitud. Los heraldos no anunciaron su llegada con estridencia, quizás por instrucción directa del Rey… o quizás por respeto a la figura que entraba, más frágil de lo que parecía.

Tn avanzó hasta el centro de la sala.

La figura del Rey Artoria Pendragon se erguía al fondo, su capa blanca cayendo como un río sobre los peldaños del trono. El brillo de Excalibur descansaba a un lado, y su rostro estaba tranquilo… hasta que vio a Tn.

Su hijo caminaba recto, con elegancia. Pero Artoria notó la rigidez en sus hombros, la tensión en su cuello, el leve retraso entre cada paso. Pequeños gestos que un rey entrenado en la observación notaba con dolor silencioso.

Tn se arrodilló. O al menos, lo intentó.

Una rodilla descendió… y entonces, antes de que el peso de su cuerpo pudiera caer por completo, una voz lo detuvo.

—Basta —ordenó Artoria, suave pero firme.

Tn se congeló. El eco de la sala aumentó el peso de aquella única palabra. No se atrevió a mirar a su padre. Solo quedó allí, suspendido en su movimiento, temblando ligeramente.

Los pasos del Rey fueron suaves al descender del trono.

Mordred, observando a través de un ventanal, frunció el ceño.—¿Qué haces… padre?

Artoria se acercó. Vio de cerca los ojos enrojecidos de Tn, las ojeras que el maquillaje no ocultaba del todo, el esfuerzo hercúleo por mantenerse firme ante su mirada. Y entonces entendió. Que no era fortaleza lo que hacía que Tn callara su dolor… sino amor. Amor a su deber. A su familia. Al pueblo.

Artoria extendió su mano, deteniéndolo por el hombro antes de que pudiera agacharse del todo.

—No vuelvas a arrodillarte… cuando tu cuerpo no lo permite.

Tn apretó los labios. Sus ojos no se alzaron. Estaba avergonzado.—Majestad… padre… yo… estoy bien.

Artoria sintió un nudo apretarse en su pecho. Si tan solo Merlin no hubiese sido tan ambiguo… si su destino no estuviera contado en pétalos de dolor…

¿Cómo puede un padre pedirle a su hijo que lo ame, si su existencia ha sido solo sufrimiento desde el primer aliento?

Pero no dijo nada de eso.

Solo lo miró.

Mordred observaba desde las sombras de una galería superior, donde las cortinas gruesas y las columnas antiguas brindaban el escondite perfecto. Desde allí, veía la escena que su corazón se negaba a aceptar.

El Rey, su padre —Artoria Pendragon, el símbolo de todo lo que Mordred había deseado ser— estaba frente a Tn, con una expresión que jamás le había mostrado a ella. Una mezcla de compasión, pena y amor silencioso.

Y entonces ocurrió.

La mano enguantada del Rey descendió con lentitud, con el cuidado de quien acaricia a un ser frágil, casi de cristal, y rozó con ternura la mejilla de Tn. Un gesto silencioso. Pero en ese instante, para Mordred, fue como si el universo entero hubiera decidido escupirle en la cara.

Su pecho ardió.

Sus dedos se cerraron, crujieron las articulaciones.

El mana en su núcleo empezó a agitarse como una tormenta atrapada en su carne, queriendo salir, queriendo gritar. Un empuje natural, casi violento, de su indignación reprimida. Pero Mordred sabía lo que significaba dejarlo escapar. En ese lugar, en esa sala, lo sentirían todos. El Rey. Los guardias. El mismísimo Merlin.

—No… aún no —masculló con rabia contenida.

Se obligó a dar media vuelta. Sus pasos eran rápidos, erráticos. Sus botas resonaban en el mármol, y cada paso era una blasfemia que su alma no podía callar.

Cruzó los corredores hasta que encontró un sector vacío del palacio, una zona olvidada entre jardines y depósitos donde las sirvientas rara vez pasaban. Allí, en la sombra de una fuente sin agua, Mordred se dejó caer contra una columna y apretó los dientes.

—¡¿Por qué…?! —escupió.

Golpeó la piedra con fuerza. El impacto hizo sangrar sus nudillos, pero no lo notó.

—¿Por qué él? ¿Por qué no yo? ¡Soy el hijo legítimo! ¡Soy el caballero perfecto! ¡Soy fuerte! ¡Soy digno!

El eco de su voz se perdió en el pasillo deshabitado.

Mordred temblaba.

Y no era solo por ira. Había algo más. Algo que no se atrevía a nombrar.

El recuerdo la golpeó sin aviso.

Su madre, Morgana, aquella mujer que todos temían —y con razón—, la había llevado a un altar oscuro, años atrás. Recitó nombres antiguos, palabras cargadas de odio y hechicería. Le habló de su “derecho de nacimiento”, del “sangre de Pendragon” que corría por sus venas. Y entonces lo dijo—Tu padre… es el Rey. El León del Alba. Artoria Pendragon.

Mordred, una niña aún, no pudo creerlo. En su pecho explotó la esperanza, el amor incluso. Un Rey tan justo, tan noble, debía amarla, debía aceptarla. Debía llamarla “hijo”, enseñarle, abrazarla.

Pero no.

El Rey nunca la reconoció. Nunca la miró con la ternura que acababa de ver en los ojos de Artoria hacia Tn.

Y ahora…

Ahora no sabía si quería quebrar a Tn… o ser como él.

—¿Qué eres tú, príncipe maldito? —murmuró, apoyando la cabeza contra la fría piedra.

Era odio.

Y era respeto.

Y era confusión.

Pero sobre todo… era soledad.

(Luego de un par de horas)

El mundo exterior a Camelot era un problema ordenado, un lugar donde el estatus de “caballero de la Mesa Redonda” no era un deber sino una insignia que abría puertas, jarras de cerveza, y muslos dispuestos. Mordred, aún con los rastros del resentimiento hervido en su pecho, cabalgó sin escudero, sin emblemas, solo con su capa ondeando y su espada bien sujeta.

La ciudad la recibió como siempre: entre reverencias forzadas y miradas de respeto teñidas de miedo. Mordred odiaba ese tipo de respeto, el que se ofrecía más por temor a su temperamento que por sus hazañas.

Y así, como quien busca perderse para no enfrentarse a sí mismo, Mordred se sumergió en la rutina decadente que le ofrecía la ciudad.

El bar, primero.

La cerveza era amarga y los hombres ruidosos. Apostó en una pelea de dados, ganó dos veces, perdió una. Golpeó a un borracho que intentó tocarle la hombrera y luego se carcajeó mientras bebía desde la jarra robada del mismo imbécil.

El prostíbulo, después.

No por lujuria real, sino por costumbre, por inercia. Las mujeres le sonreían, sabían quién era… pero no sabían qué era. Las ropas se deslizaron, los gemidos fueron falsos, y Mordred salió con el alma aún más vacía que antes, murmurando que todo era una farsa.

Y finalmente, de regreso, el peso de la noche y de las malas decisiones le pesaban sobre los hombros. Su paso era errático, con una leve cojera que no era del cuerpo, sino del espíritu. Camelot la esperaba con su torreón inmenso, con su luz tenue y sus reglas férreas. El portón se abrió apenas ella se presentó, los guardias no dijeron palabra.

Tristan la recibió en los corredores interiores, su laúd colgando de la espalda y una expresión que combinaba resignación y hastío.

—Sir Mordred… ¿otra vez? —dijo con tono apagado, como quien canta una misma melodía por décima vez.

—Ve a componerle canciones a tu reflejo, melodramático de mierda —gruñó Mordred, empujándolo con el hombro mientras pasaba.

Tristan no insistió. Sabía que cuando Mordred bebía, su lengua era más afilada que su espada.

Mordred llegó a su habitación, pateó la puerta abierta como de costumbre. La oscuridad la recibió. Cerró tras de sí, se despojó de su capa polvorienta y la arrojó al suelo sin mirarla.

Se quedó en el umbral unos segundos, mascullando.

—Mierda de cuarto —espetó mientras encendía una lámpara de aceite—. ¿Por qué demonios Gawain tiene muebles de roble y yo sigo durmiendo en esta pocilga?

Se dejó caer en la cama con un gruñido. El cuerpo cansado, la mente en guerra.

Pensó en Tn.

Pensó en Artoria.

Pensó en Morgan y en esa estúpida revelación que la había condenado a esta vida incompleta.

Pensó en si existía alguna gloria real… o si todo era sólo otra farsa como los gemidos de las cortesanas.

—…Maldito príncipe de mierda debil enfermiso —murmuró al fin.

Y el silencio del cuarto fue la única respuesta.

Mordred cayó dormida en su cama, aún vestida a medias, el olor a alcohol flotando en el aire, el rostro enterrado en las mantas y la mandíbula entrecerrada en una mueca de rabia contenida. Sus sueños eran un revoltijo de recuerdos borrosos, espadas ensangrentadas, carcajadas de Morgan, y los ojos verdes de su padre mirándola como si fuera un error.

Mientras tanto, en los altos salones del castillo, más allá del mármol, más allá del hierro, más allá incluso de la sangre derramada, Tn Pendragon se encontraba en su escritorio, con el cuerpo rígido y la voluntad hecha cenizas.

Las velas apenas iluminaban la estancia. La noche era espesa y el viento rasgaba las cortinas como manos fantasmas. El joven príncipe apretaba con fuerza la pluma de ave entre los dedos, escribiendo con precisión real, dibujando símbolos y frases en una carta que jamás entregaría. La tinta se deslizaba por el pergamino… hasta que, sin previo aviso, su pecho se contrajo en un espasmo violento.

Un sonido seco.

Un temblor.

Y la sangre.

Tn escupió un hilo de sangre sobre el pergamino.

La pluma estalló en su mano, incinerada por el exceso de mana que había empezado a filtrarse sin control desde sus circuitos mágicos internos. El príncipe apretó la boca, mordiendo su lengua para evitar gritar. Su cuerpo, esculpido como el de un héroe, estaba traicionándolo lentamente desde dentro.

Se dejó caer de rodillas, con la respiración agitada, una mano presionando su estómago y la otra aferrándose a la mesa como si pudiera absorber algo de fuerza de ella.

Y entonces… algo cambió.

Desde la ventana entreabierta, una brisa suave entró, portando con ella pétalos de flores blancas, como copos de nieve en primavera. Los pétalos se arremolinaron en el aire como si danzaran, suaves y perfumados. El maná que los rodeaba era sutil, casi imperceptible… pero no para él.

—Merlin… —susurró Tn, con un pequeño gesto de alivio.

Su cuerpo empezó a aflojarse. El dolor, si bien aún ardía, se deslizaba como una fiebre distante. Sentía cómo su conciencia era arrullada, como si una voz le cantara una melodía antigua en un idioma que ya no existía. La cama lo recibió, y por primera vez en días, pudo dormir sin dolor.

A kilómetros de distancia, en lo alto de una torre vieja del castillo, Merlin extendía su mano al cielo nocturno. Su túnica ondeaba con el viento mientras su mirada permanecía fija en la luna creciente. Desde su boca escapaba un murmullo constante, palabras viejas, olvidadas por la humanidad.

Sus dedos trazaban runas en el aire que se disolvían lentamente, cayendo como gotas de luz hacia donde dormía el joven príncipe.

—Tonto y valiente chico… —murmuró el mago, con una mezcla de cariño y melancolía—. Te esfuerzas por parecer invulnerable, pero tu fuego se apaga más rápido de lo que te atreves a admitir.

La imagen de Artoria se cruzó en su mente. La forma en que lo había confrontado. La severidad en su voz.

“Si lo dejas morir, Merlin… no importa cuántas veces me salves, esta vez… te detestaré.”

Merlin suspiró profundamente.

—No soy un dios, mi Rey. Solo soy un soñador… atrapado en la historia de un mundo que ya está destinado a romperse.

La brisa aumentó, y los pétalos siguieron volando, como si llevaran los sueños de Tn sobre sus alas.

Y en ese instante, por breve que fuera, el dolor desapareció.

En lo alto de la torre más antigua de Camelot, donde los muros parecían susurrar en lenguas que sólo los sabios comprendían y el aire era más denso, como si el tiempo se filtrara por las piedras, Merlin se recostó en su diván de madera encantada, cruzando los brazos tras la cabeza, con los ojos entrecerrados. Su baston reposaba sobre una mesa baja cubierta de pergaminos, y una copa de vino de uvas nunca sembradas en este mundo temblaba levemente por la energía residual de sus hechizos.

La brisa nocturna no lo molestaba.Tampoco el silencio sepulcral de la torre.Lo que lo incomodaba era Tn.

—Ese niño… —musitó, como quien habla con una estrella que no responde—. No deberías haber nacido.

El mago de las flores no era cruel por elección, sino por propósito. Su visión del mundo era más grande que la de cualquier rey o caballero. Él no vivía atado al presente. Veía líneas del tiempo como ríos en un valle de espejos, y sabía que Camelot debía caer.

Camelot debía morir para que el ciclo de reyes rotos se cerrara, para que el mundo girara hacia una nueva era.Una civilización debía perecer para que otra naciera.

Ese era el precio.

La ley de la historia.

La voluntad del futuro.

Y todo había ido conforme al plan… hasta que Tn rompió la profecía con su simple existencia.

—Artoria no debía tener descendencia real. Ni tú, ni él, ni siquiera Mordred. Pero ahí estás… desafiando las grietas del destino con cada respiración quebrada que exhalas. —Merlin apretó los dientes. Su tono era amargo, más del que incluso él esperaba de sí mismo.

Sabía que Tn no viviría lo suficiente para gobernar. Había hecho los cálculos, observado los signos, leído los ecos. Veintitrés, quizá veintisiete años. Eso era todo lo que el príncipe tendría, una vida breve y gloriosa… si dejaba hijos, no serían una amenaza. El linaje se apagaría rápido, igual que él.

Y sin embargo… había algo en ese joven que inquietaba al mago. No sólo el fuego de su maná desbordado o su compostura inquebrantable ante el dolor. Era esa obstinada humanidad. Una cualidad que no debía existir en alguien hecho para morir como parte de una historia más grande.

—No le dije nada a Artoria. Ni a Uther, ese viejo arrogante… Y claro que no te lo diré a ti, pequeño príncipe. —se burló en voz baja—. ¿De qué serviría llenar tu cabeza de muerte si igual no puedes evitarla?

Se sentó lentamente, dejando que su cabello flotara por su espalda como seda encantada. En la mesa frente a él, una proyección de Camelot flotaba entre dos cristales arcanos: los salones, los caminos, los bosques… y al centro, como una herida en el tejido del destino, Tn brillaba tenuemente, rojo y azul, como un sol agonizante.

—Si eso me hace el villano de tu historia… entonces que así sea. —alzó su copa—. Por el futuro que necesita sangre para germinar.

Y bebió.

La flor dorada que flotaba en el cáliz se cerró lentamente, como si ella también supiera que algo se estaba marchitando.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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