Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

Waifu yandere(Collection) - Capítulo 76

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. Waifu yandere(Collection)
  4. Capítulo 76 - Capítulo 76: Neron claudius part 2 (fgo)
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

Capítulo 76: Neron claudius part 2 (fgo)

Advertencia ⚠️ ⚠️ Futuro contenido para mayores 18 leer bajo su propio criterio

Advertencia contenido grafico de violencia y Advertencia ⚠️ temas cuestionables y sensibles se sugiere que si no es de su agrado salga de aquí y de paso aclaro que personajes o imágenes no me pertenecen crédito a sus autores.

Agrego personajes no me pertenecen.

Imágenes y personajes no me pertenece crédito a sus autores. Advertencia este capítulo contiene escenas para mayores y lenguaje bulgar están advertidos.

—

Mi Única Rosa

Por favor… sin mentiras,

que mentir es un veneno que no quiero beber.

Derramar sangre es detestable,

pero si el destino lo exige… lo haré.

No quiero luchar, no quiero,

me lo repito como un niño perdido en el viento.

Cierro los ojos y susurro mi ruego,

aunque nadie responda, aunque solo quede el eco.

Solo quiero sus brazos,

su cálido abrazo contra el frío de este mundo.

Que me cante, que me arrulle,

que su voz me vuelva pequeño, profundo.

Mi bella rosa… mi única flor en este desierto,

aunque sea una fantasía cruel,

aunque nunca me espere al final del sueño,

déjame quedarme en tu jardín, aunque sea un destello.

Solo eso pido al borde del fin,

no redención, no gloria, no sobrevivir.

Solo que ella me mire,

y me diga:

“duerme…

ya puedes dormir”.



Siguiente en actualizar será Artoria lancer y Alter. 7w7

Las puertas de mármol se abrieron suavemente, dejando pasar una corriente de incienso que anunció su presencia antes que sus pasos. Nero Claudius, emperatriz de Roma, la flor dorada del imperio, avanzó con una cadencia que era más teatral que real. Cada movimiento, cada giro de su túnica, era como una pincelada en una pintura viviente.

Y sus ojos esmeralda —cálidos como el fuego y fríos como el hielo— se posaron en él.

Allí estaba su nuevo juguete.

Encadenado. A la vista. Firme, como una escultura viviente. Tn, el bárbaro de las tierras británicas, sus músculos marcados por la guerra, con el cuerpo aún húmedo del baño reciente y las cicatrices cruzando su piel como recuerdos indelebles de la resistencia.

Ah, cómo la miraba. No había reverencia. No había sumisión. Solo odio.

Y eso… eso le encantaba.

Nero se detuvo a pocos pasos, ladeando el rostro como si contemplara una obra maestra aún no terminada.

—Umu… eres un animal interesante. Salvaje. Crudo. Trágicamente hermoso —murmuró, más para sí misma que para él.

No esperaba respuesta. Sabía que él no le respondería. No aún. Esa lengua bárbara era para rugidos, no para súplicas.

Se acercó un poco más. Tn apretó la mandíbula, y por un instante, la emperatriz sintió el latido del peligro. Aquel hombre era una bestia. Uno que, de tener libertad, se lanzaría sobre ella como un lobo hambriento.

Pero no la asustaba. Al contrario.

La excitaba.

En el sentido vulgar, no todavía. No era tiempo para ello. No con un ser tan indómito. Ponerlo en su cama sería como meter un león sin domar entre las sábanas de seda.

—Oh no… aún no, mi flor salvaje —dijo suavemente mientras se dejaba caer con elegancia sobre el borde del lecho, cruzando las piernas.

Con un gesto delicado, tomó un trozo de queso perfumado con miel y almendras de una pequeña bandeja de oro a su lado. Lo llevó a su boca con lentitud, saboreando cada segundo… pero sus ojos no dejaban de recorrer el cuerpo de Tn.

El abdomen tenso. Las viejas heridas. Las manos encadenadas. Las piernas firmes. El cuello fuerte. Y sí… la curiosidad también estaba ahí, viva como una serpiente que se despierta al sol.

—umu Me pregunto qué tan bien dotado estás, bárbaro. —Su voz fue un susurro apenas audible—. Roma ama la belleza. Y tú… tú eres arte crudo, esculpido por las barbaras tierras lejos de la gracia de roma umu.

Tn no bajó la mirada. Ni se estremeció. Pero sus labios temblaron apenas. ¿Frustración? ¿Ira? ¿Humillación?

—No te preocupes. No te tocaré hoy. Sería una locura acostarme con un animal sin bozal. Y yo… yo soy muchas cosas, umu, pero no una tonta —rió suavemente, y el sonido se deslizó como vino espeso por los muros del cuarto.

Chasqueó los dedos. Dos esclavas entraron con cofres de madera adornada. Nero se levantó y caminó hacia ellos. Dentro había ropas lujosas, capas con bordados rojos, collares de cuero teñido, y hasta una túnica imperial de esclavo ceremonial.

—Tú, Tn. Serás mi esclavo real. No uno cualquiera. No un portador de cargas. Serás mi sombra. Mi entretenimiento. Mi propiedad.

Volvió hacia él, sonriendo, con un látigo delgado entre sus dedos. No lo usó. Solo lo hizo chasquear en el aire, como una promesa.

—Te vestirás como mi sirviente. Comerás de mi mesa. Te sentarás a mis pies. Y con el tiempo… —hizo una pausa, saboreando las palabras— con el tiempo, quizás, duermas a mi lado.

Sus ojos se entrecerraron, evaluando su reacción como un gato evalúa el temblor de su presa.

—Roma no teme al deseo. Roma lo convierte en ley. Pero tú… aún no mereces mi cama. Aún no te has quebrado del todo.

Se inclinó hacia él, tan cerca que su aliento tocó la piel de su esclavo.

—Umu… pero me emociona imaginar el momento en que eso cambie.

Dio media vuelta con gracia, dejando atrás el sonido sutil de las cadenas que vibraban con la respiración contenida de Tn. El juego había comenzado. Pero no sería rápido. No sería simple.

Y eso lo hacía más delicioso.

El mármol de los aposentos imperiales aún conservaba el eco del chasquido de cadenas cuando las sirvientas regresaron para vestir al esclavo. Tn no se movía, pero su cuerpo era tensión pura, como un resorte a punto de soltarse.

Llevaron una túnica ligera, de seda púrpura bordada con hilos dorados, símbolo no solo de propiedad sino de humillación; esa tela no estaba hecha para la comodidad del esclavo, sino para el deleite visual de la emperatriz.

Las sirvientas intentaron colocarle la prenda, pero Tn —aún encadenado— usó la fuerza de su furia. De un tirón, rompió uno de los grilletes de bronce que lo ataban a la argolla inferior del suelo. Aún tenía otras sujeciones, pero bastó ese instante para que su cuerpo se impulsara.

—¡GRRAAH! —bramó con rabia tribal, como un león desatado.

En un solo movimiento, apartó a una de las sirvientas con el hombro, desgarrando la túnica en su camino, y se lanzó con el puño hacia donde Nero lo observaba, sentada en su lecho imperial.

Pero no la tocó.

—¡Deténganlo! —tronó la voz de un centurión antes de que el bárbaro pudiera acercarse más de dos pasos.

Tres figuras se interpusieron entre él y la emperatriz: los Pretorianos de Élite, vestidos con capas purpúreas, armaduras ornamentadas en oro y acero, gladius listos.

Uno le propinó un golpe seco en las costillas con el borde de su escudo. Otro lo sujetó por el cuello, presionándolo con fuerza. El tercero, sin decir una palabra, usó su rodilla para derribarlo. Tn fue reducido como un toro furioso domado en la arena.

Nero no gritó. No se movió. Solo observó.

Su mirada esmeralda estaba extasiada. Como si acabara de presenciar el primer rugido de un dios prisionero. Se incorporó del lecho con languidez, caminando hacia el grupo con pasos lentos, como si no pesara más que una flor.

—Umu… qué rápido revelas tu naturaleza salvaje —murmuró, deteniéndose frente a él.

Los guardias lo levantaron bruscamente, apretándolo contra la pared de mármol, extendiendo sus brazos. Uno de ellos rasgó lo que quedaba de la túnica, dejando su espalda expuesta.

—¿No te agrada la seda de Roma, mi flor negra? —preguntó Nero con dulzura cruel—. Entonces no la mereces.

Le hizo un gesto al tercer guardia, quien arrojó la túnica al suelo como si fuera basura sucia. Nero entonces extendió la mano y uno de sus asistentes le entregó un objeto enrollado en cuero: un látigo romano tradicional. Un flagrum.

Tres correas cortas. Pesadas. Con nudos de hueso en los extremos. El mismo que se usaba para castigar soldados… y esclavos díscolos. Incluso, el mismo instrumento de tortura que, siglos antes, usado en la ejecución de un profeta llamado Jesús.

—El adiestramiento… comienza ahora.

El primer golpe fue seco. Cruel. Las correas se estrellaron contra la piel de Tn, cortando carne y dejando tres líneas rojas y abiertas. No gritó. Solo exhaló con fuerza.

El segundo fue más feroz. El flagrum silbó en el aire y se estrelló contra la misma carne abierta. Un espasmo involuntario recorrió el cuerpo del bárbaro.

Tres,cuatro,cinco,seis,dies,

Nero jadeaba. Su rostro enrojecido por la emoción. Había algo en ese poder. En esa violencia controlada. En tener al guerrero más fiero encadenado, sometido. A su merced.

—¿umu Aprenderás a comportarte, o debo seguir? —preguntó con un susurro envenenado, antes de soltar el onceavo latigazo con más fuerza que los anteriores.

Pero el decimo golpe fue débil. El brazo de Nero ya temblaba, exhausto. Sus dedos apenas sostenían el látigo, y su pecho subía y bajaba como el de una criatura en celo.

Dejó caer el flagrum al suelo. Se acercó a Tn, ahora con la espalda ensangrentada, y acarició su mejilla con la punta de sus dedos.

—Umu… tan duro, tan orgulloso. Pero tu sangre corre por mis suelos. Eso es lo que eres ahora: un pedazo de Roma.

Ordenó con voz baja—Soltadlo.

Los guardias lo dejaron caer. Tn cayó de rodillas, con sangre resbalando por su espalda. No gritó. No lloró. Solo levantó el rostro. Sus ojos aún brillaban con ira. Implacables.

—Oh… ¿aún me miras así? —dijo Nero, decepcionada y encantada al mismo tiempo—. Bien. Me gusta que no te hayas roto. Aún.

Se volvió hacia sus sirvientes, ahora manchados con la sangre del bárbaro.

—Estoy sucia —anunció con desdén—. No quiero que mi piel toque esa sangre. Llevadme al baño imperial. Y que limpien este lugar antes que la sangre seque en mi mármol.

Hizo una última pausa. Miró a Tn por encima del hombro.

—Y a él… llevadlo al boticario. Que lo mantengan vivo. Aún no ha aprendido nada.

Con un movimiento de su expuesto vestido, Nero se alejó, envuelta en rosas y el aroma del incienso. Y mientras el bárbaro era arrastrado por los pasillos hacia los boticarios imperiales, cada herida ardía no solo por el dolor… sino por el odio que hervía en su pecho.

No sería el último castigo.

Tn fue arrastrado como un animal herido por dos guardias. El eco de sus grilletes repicaba en los pasillos de piedra como un tambor de guerra silenciado. Su espalda ardía con cada movimiento, y la sangre goteaba, dejando un rastro rojo en los mosaicos pulidos.

La puerta del boticario se abrió con un chirrido, y el aroma cambió al instante: no incienso ni perfume, sino hierbas, aceites y un toque tenue de humo medicinal.

Dentro, bajo la luz temblorosa de lámparas de aceite, un hombre alto, de piel ébano(negro) y ojos serenos, los esperaba. Llevaba una túnica sencilla, ceñida al cuerpo, y colgaban de su cuello talismanes de hueso y madera que no eran romanos. Cuando vio el estado de Tn, dejó a un lado su mortero y frascos y alzó una ceja con leve compasión.

—Déjenlo aquí —ordenó con voz firme pero sin servilismo. Los guardias obedecieron. El respeto hacia él no era por su estatus, sino por su utilidad.

Tn fue depositado sobre una losa fría. El esclavo boticario se acercó y, con manos entrenadas, comenzó a limpiar las heridas. No habló al principio. El silencio pesaba como un manto entre ambos.

—¿Qué haces aquí? —gruñó Tn finalmente, sin poder contener su rabia—. ¿Sirviendo a quienes esclavizaron a tu pueblo?

El boticario no se ofendió. Con paciencia, untó un ungüento espeso en las laceraciones y respondió—Me llamo Aman, vengo de la tierra que ustedes llaman Etiopía.

Hizo una pausa. El ungüento ardía, pero Tn no se quejó.

—Paz, hermano. Como tú, fui traído aquí encadenado. Roma destruyó mi aldea, pero no mató mi gente. Descubrieron que mi pueblo conocía las plantas, las curas, los secretos del cuerpo… y el Emperador, al enterarse, me conservó.

—¿Conservar? —espetó Tn con desdén—. ¿Eso es lo que crees que hicieron? ¿Te conservó como se guarda un perro raro?

Aman solo sonrió con tristeza.

—Tal vez. Pero un perro aún puede morder si es sabio. He aprendido a vivir… para sanar, no para morir gritando como muchos.

Tn escupió al suelo.

—No te respeto por aceptar tus cadenas.

Aman asintió lentamente.

—Ni yo te juzgo por tus cicatrices. Pero ten cuidado, joven lobo… no mueras por orgullo cuando podrías vivir para morder más tarde.

Terminó de vendarlo con tiras limpias de lino. Tn no respondió. No podía odiar al hombre. Era solo otra pieza en el juego sucio de Roma. Otro espíritu apagado… o quizás latente.

Mientras tanto, en otro ala del palacio, tras puertas custodiadas por eunucos y cortinas de seda, la emperatriz Nero se sumergía en su baño personal.

Un estanque redondo, en el corazón de los jardines interiores, lleno de leche de burra y pétalos de rosa, desprendía una fragancia embriagadora. Un ritual de lujo que, según sus filósofos y sanadores, mantenía su juventud, belleza… y divinidad.

Dos esclavas la ayudaban, vertiendo cántaros de leche lentamente por su cabello, mientras otras masajeaban sus hombros.

Nero cerraba los ojos con una expresión casi espiritual.

—Umu… no hay placer como la victoria, y no hay victoria más dulce que domar lo indomable —susurró.

Su mente regresó a la imagen de Tn encadenado, sangrando, pero con esa mirada indómita. Esa ira. Ese fuego. Oh, cómo lo deseaba. No como amante, aún no… como criatura, como símbolo. Un dios bárbaro caído bajo su pie.

—Mi tío… Calígula… —murmuró mientras una esclava peinaba sus cabellos—, siempre decía que un imperio no se mide por su oro, sino por los hombres que hace arrodillarse.

Sonrió con dulzura enferma.

—Yo… haré que Tn bese el mármol de mis pies.

Extendió una mano, y una esclava le colocó una copa de vino especiado en los dedos.

—Y si no lo hace…

Su sonrisa se volvió peligrosa.

—Lo haré sangrar otra vez, y otra, y otra, hasta que Roma lo convierta en algo hermoso.

El sol comenzaba a ocultarse sobre la ciudad eterna, pero para los que vivían bajo su trono, la noche apenas comenzaba. Y en alguna celda húmeda, un joven bárbaro con el corazón lleno de fuego pensaba en cómo destruir aquel imperio… o morir intentando.

El vapor aún flotaba en el aire mientras Nero era envuelta en suaves toallas bordadas con hilos dorados. Las esclavas secaban cada rincón de su piel con esmero reverencial, como si de una diosa se tratara. Nero suspiró, satisfecha. Su cuerpo brillaba, perfumado con esencias de rosas, mirra y leche.

—¿Crees que el bárbaro soñó conmigo mientras lo curaban? —preguntó con una sonrisa ladina, mirando a su reflejo en el espejo de bronce.

—Tal vez sueñe con escapar, mi emperatriz —respondió una de sus asistentes, con voz temblorosa.

Nero rio, suave pero cortante.

—Umu… Que sueñe, sí. Todo hombre necesita una ilusión antes de rendirse. Háganlo regresar a mis aposentos. Pero… con menos cadenas. Quiero ver si empieza a arrastrarse sin que se lo ordene.

Vestida con un atuendo escarlata y dorado, un vestido ajustado de telas ligeras que dejaba su espalda y piernas expuestas, Nero salió de sus jardines interiores hacia los pasillos del palacio. Delegó sus deberes en escribas y burócratas sin siquiera leer los documentos. Hoy no le interesaba Roma. Hoy, su imperio era un solo cuerpo encadenado.

En la sala del boticario, Tn se había incorporado con dificultad. Las vendas en su espalda aún estaban húmedas de ungüento, pero la hemorragia se había detenido. El esclavo africano, Aman, continuaba trabajando en silencio, moliendo hojas secas y midiendo gotas de aceite en frascos de cerámica.

El silencio era denso… hasta que Tn rompió el aire con una pregunta.

—¿Cómo era tu tribu, Aman?

El hombre levantó la mirada, sorprendido, pero sonrió.

—Éramos pastores y sanadores, en las tierras altas. Mi madre decía que venimos del vientre del sol. Caminábamos con los elefantes y bebíamos del cielo cuando llovía. No conocíamos imperios… solo espíritus.

Tn asintió, luego bajó la mirada.

—Mi pueblo… no tenía nombre importante. Éramos solo una de tantas tribus del Norte. Vivíamos de la caza y el bosque. No éramos guerreros.

Hizo una pausa, respirando hondo.

—Eso cambió cuando la Reina Boudica y su esposo Prasutago se alzaron. Roma los dejó vivir… conservando sus tierras a cambio de tributo. Pero nosotros no teníamos reyes ni oro. Cuando el Imperio vino, no teníamos nada que ofrecer. Ni siquiera una promesa.

Aman dejó el mortero y lo escuchó en silencio. Había algo sagrado en el testimonio de un hombre roto que aún hablaba.

—Vinieron con fuego y espadas. Quemaron los árboles. Mataron a los ancianos. A las mujeres…

Tn apretó los puños.

—Fui uno de los pocos jóvenes capturados. ¿Por qué? Porque tenía los músculos para resistir y la cara para entretener.

Su voz se llenó de veneno.

—Y ahora estoy aquí… en un palacio de mármol, esperando que una mujer vestida como un dios decida qué hacer conmigo. ¿Qué clase de mundo permite esto?

Aman suspiró y colocó una mano en el hombro vendado de Tn.

—Uno donde resistir sin quebrarse… ya es una forma de victoria.

Justo en ese momento, la puerta se abrió. Dos guardias romanos con armaduras pulidas entraron, seguidos de un eunuco que anunciaba:

—El esclavo debe volver a los aposentos de la emperatriz. Por orden directa.

—¿Otra vez? —murmuró Tn, sin moverse.

—Con menos ataduras —añadió uno de los guardias, divertido—. Parece que la emperatriz quiere ver si puedes comportarte sin correas… como un perro adiestrado.

Tn lanzó una mirada feroz, pero no luchó. No aún. Aman le dio una última venda limpia envuelta en tela.

—Guárdala. Nunca se sabe cuándo un vendaje puede ser cuerda… o arma.

Los ojos de ambos se encontraron por un instante. En silencio, se entendieron: la resistencia aún vivía.

Tn fue llevado de nuevo al corazón del palacio, cruzando corredores donde el lujo insultaba su memoria. Esclavos alineados, flores colgadas del techo, fuentes de vino, y músicos tocando melodías suaves para nadie.

Y al fondo, aguardando en su cama como un león entre sábanas de oro, Nero Claudius, la emperatriz caprichosa de Roma, sonreía con los labios húmedos de uvas recién partidas.

El dulce perfume de uvas frescas llenaba la habitación. Nero Claudius, emperatriz de Roma, descansaba sobre su cama con sábanas rojas bordadas en hilo de oro, mientras una bandeja de frutas y queso se mantenía al alcance de su mano, como si fuera una extensión natural de su autoridad.

La puerta se abrió. Dos guardias de élite —con capas púrpuras y espadas de acero reluciente— arrastraban a Tn, ahora vendado en la espalda, pero nuevamente prisionero. Las correas de cuero que lo sujetaban eran más ligeras que antes, no lo mantenían clavado al suelo, pero sí restringían sus movimientos. Lo dejaron junto al borde de la cama, con la mirada fija en el suelo.

Nero no le habló de inmediato.

Solo continuó comiendo. Tomaba una uva, la colocaba entre sus labios y la mordía lentamente, dejando que el jugo le escurriera ligeramente por la comisura. El látigo aún descansaba a su lado, doblado con cuidado, como un cetro alternativo. Su símbolo de dominio.

—¿Sabes, mi pequeño bárbaro? —murmuró finalmente, su voz suave como el vino añejo—. Hay algo… placentero en el silencio umu. —Sonrió con cierta malicia—. Roma grita. El Senado grita. Mis consejeros lloran, los pueblos conquistados claman al cielo. Pero tú… tú eliges callar. Umu~… fascinante.

Tn no respondió. No alzó la vista. No porque temiera a la mujer, sino porque su mente era un campo de guerra. La venda que Aman le había entregado estaba escondida, enrollada alrededor de su cintura bajo la tela que los sirvientes le colocaron. Su mirada se desvió un instante al cielo de seda sobre la cama imperial. Sí, si lograba sujetarla allí, con fuerza suficiente… podría hacerlo.

Pero no. No ahora. Los guardias afuera eran muchos. Las paredes tenían oídos. Y Nero era una fiera en su territorio, una reina que podía gritar y hacer que los pasillos se llenaran de lanzas.

Lo matarian antes de poder colocarle la tela al cuello.

Nero estiró la pierna lentamente. Su pie desnudo, de piel blanquísima y uñas pintadas en rojo, rozó el rostro de Tn.

—¿Tienes hambre? —preguntó como quien habla a un perro callejero—. ¿Quieres uvas? ¿Queso? Tal vez un trozo de pan… o quizás sueñes con mi garganta entre tus manos o miembro.

Tn apretó la mandíbula.

La emperatriz rio.

—Ah, esos ojos… ¿ves por qué no puedo dejarte ir, mi juguete del norte? —Pasó el pie por su mejilla, luego por su barbilla—. Todos los hombres que me rodean solo suplican por monedas o poder. Tú… tú suplicas por otra cosa. Por venganza. Umu~… deliciosa.

Se recostó de lado, apoyando la cabeza en su brazo. Sus rizos rubios caían sobre la almohada con una gracia estudiada.

—¿Sabes? En Britania decían que los bosques tenían espíritus. Que los árboles hablaban. Que las mujeres eran brujas. —Suspiró y se llevó otra uva a la boca—. Pero aquí no hay árboles. Solo mármol, vino y dioses. Y tú, mi querido bárbaro, estás aquí para recordarme lo que aún puede doler.

Tn cerró los ojos un instante.

Su respiración era lenta. Controlada. Soportaba. Resistía. Planeaba.

Nero, al no obtener respuesta, se incorporó un poco y estiró el brazo hacia el látigo. No para usarlo, sino para que Tn lo viera, para que recordara que aunque las correas eran más suaves, la cadena seguía existiendo.

—Mañana, quiero verte con nuevas ropas. No las de un esclavo… no aún. Pero algo que combine mejor con tus cicatrices.

Dejó el látigo a un lado, luego se reclinó de nuevo con la naturalidad de quien se siente invencible. El oro, el mármol, la seda y el silencio eran su imperio.

—Duerme aquí, junto a mí. Pero no te acerques demasiado. No quiero tener que limpiar la sangre del colchón.

Tn no respondió. No gruñó. No insultó. No lloró.

Solo pensó.

Y en su mente, la venda de Aman se tensaba como una serpiente silenciosa, esperando… esperando el momento exacto en que Roma bajara la guardia.

La noche cayó sobre Roma. La luna se filtraba por los cortinajes de seda, proyectando sombras danzantes sobre las columnas del dormitorio imperial. Nero Claudius, ya recostada, murmuraba en sueños, rodeada por perfumes de loto y vino añejo. Su respiración era tranquila, como la de un niño satisfecho tras un día de juegos crueles.

Tn, encadenado aún con correas, yacía en el suelo a pocos pasos de la cama. No dormía con paz, solo cerraba los ojos para ahorrar energía. Su cuerpo adolorido, sus pensamientos turbios. La venda aún permanecía escondida, enrollada como un voto de venganza no cumplido.

Matarla en ese momento habría sido fácil… si no estuviera custodiada. Si no supiera que, incluso muerto, su cadáver sería arrastrado como el de un perro y su tribu olvidada por completo. Debía vivir. Sobrevivir.

Más allá del mar… en Britania

Las lluvias golpeaban con furia los techos de barro y madera de los Icenos.

En un gran salón ceremonial, el rey Prasutago agonizaba. Sus ojos vacíos se alzaban al techo de madera negra mientras su esposa, Boudicca, lo sujetaba con fuerza. El anciano rey, sabio pero debilitado, le susurró en su lengua ancestral—”No te sometas… ni a Roma… ni a tu ira… protégelas… a ellas.”

Hablaba de sus hijas.

Y con ese último suspiro, el corazón del rey se detuvo.

Boudicca, aún joven, aún fuerte, se mantuvo de pie, dejando que las llamas del hogar iluminaran su rostro lleno de lágrimas y furia.

—Roma ha quebrado nuestro pacto. No respetarán su testamento. Vendrán por nuestras tierras… por nuestras hijas…

A su alrededor, los druidas y guerreros murmuraban plegarias. Pero lo que se encendía no era esperanza, sino guerra.

Mientras tanto, en Roma…

El Senado hervía de discusiones. Las túnicas blancas contrastaban con las sombras proyectadas por las antorchas del recinto. El tema: los cristianos.

—“¡Esta secta de esclavos amenaza la estructura misma del imperio!” —bramó un senador de rostro enjuto—. “Hablan de un solo dios. Rechazan a Júpiter, a Marte, incluso a la, emperatriz. ¿Permitiremos que florezca ese veneno bajo nuestra nariz?”

Otro senador, más joven, replicó con calma—“Los cristianos son débiles. Y los esclavos, fáciles de controlar. Lo que debemos temer… es lo que germina en el norte. Las tribus no están sometidas, solo adormecidas.”

—“¿Y nuestra emperatriz? ¿Qué piensa Neron de todo esto?”

Silencio.

Todos sabían que Nero Claudius estaba cada vez más absorta en sus juegos personales, en el teatro, en sus esclavos… en ese bárbaro del norte. Sus prioridades parecían moverse como el incienso en el templo de Venus: bellas, suaves… y sin dirección.

Pero algunos sabían que cuando Nero se concentraba… Roma ardía.

Regreso al dormitorio imperial

Nero despertó. El amanecer apenas coloreaba los muros dorados. Se desperezó como una gata sobre seda. Tn seguía allí. Despierto. Observándola.

—Ah… buenos días, mi precioso animalillo. —Dijo con voz suave—. ¿Has soñado con tu reina? ¿O con tu libertad?

Tn no respondió. Pero la mirada que le lanzó hablaba.

—Umu~… aún no rompes. Bien. Me divierte más así.

Se acercó, se arrodilló frente a él. Tomó su rostro con ambas manos, y durante un instante, el poder de Roma lo envolvió. Era como si estuviera cara a cara con la mismísima diosa Minerva, si esta hubiese decidido bajar.

—Pronto… me mostrarás cómo se comportan los reyes del norte cuando se arrodillan ante Roma. —Le sonrió con brillo cruel—. Y yo decidiré si el trono de tu gente merece ser aplastado… o coronado bajo mi voluntad.

Ella lo sujeto firmemente.

Una simple accion, un leve capricho, ambos labios se cerraron con fuerza.

El beso fue largo, cargado de deseo unilateral, un gesto que buscaba más provocar que seducir. Tn no correspondió. Sus labios se mantuvieron firmes, secos, inmóviles como su voluntad. Gruñó, y Nero, lejos de ofenderse, sonrió con deleite.

—Umu~… aún muerdes. Como un lobo joven. Ya aprenderás a obedecer… o disfrutarás haciéndolo. —murmuró con voz melosa.

Con una sonrisa maliciosa, Nero se incorporó lentamente, dejando que su túnica cayera al suelo. Su cuerpo quedó desnudo ante él, no por vulnerabilidad, sino como una manifestación pura de poder. Era su manera de demostrar que no tenía miedo. Que no lo necesitaba ni como hombre ni como guerrero. Solo como entretenimiento.

Las sirvientas, con precisión ensayada, comenzaron a vestirla: finas telas bordadas con hilos de oro, brazaletes con símbolos de Marte, anillos imperiales con su emblema personal. Finalmente, se colocó una capa púrpura real y giró hacia una de sus esclavas.

—Tráeme una túnica para él. Algo que deje ver esas marcas… sería una pena que el jardín no gozara de una vista tan interesante. —Dijo, refiriéndose a las heridas aún frescas de Tn.

Las mujeres obedecieron, trayendo un atuendo de lino claro, sin mangas, abierto por los costados, que dejaba expuesta su espalda flagelada. Una humillación más. Una decoración viviente. Una forma de recordar a todos que Roma no solo conquistaba cuerpos, también almas.

—Colóquenlo en el jardín trasero. Atado al obelisco de piedra. Dejad que los músicos toquen, que los poetas reciten… y que él contemple la belleza del imperio mientras sangra por dentro. Yo tengo asuntos más importantes. —ordenó Nero con indiferencia, antes de marcharse.

En los Jardines Imperiales

Tn fue conducido por dos guardias a través de los pasillos marmóreos del palacio. Las columnas decoradas con viñas y estatuas de dioses observaban en silencio su andar. En los jardines traseros, fuentes burbujeaban entre rosas rojas y blancas. Pequeños grupos de artistas practicaban bajo la sombra de los laureles. Música suave de lira flotaba en el aire, ajena al sufrimiento humano.

Tn fue atado al obelisco, su túnica ondeando con la brisa romana. Sus heridas aún ardían, pero su espíritu seguía intacto. Observaba el esplendor de Roma no con asombro, sino con rencor. Era una jaula de mármol, y sus barrotes eran el arte, la belleza y el lujo que solo los opresores podían permitirse.

“Un día… caerá.”, pensó. No sabía cómo ni cuándo. Pero la semilla ya estaba en su pecho.

Mientras tanto, en el Senado

Nero ingresó al Senado rodeada de su séquito. Los senadores se levantaron, algunos con respeto, otros por obligación. Las columnas del Senado estaban repletas de símbolos de Júpiter, Minerva y Marte. Pero había un olor nuevo en el aire… no a incienso, sino a temor religioso.

—Emperatriz Nero —dijo uno de los senadores más viejos, su voz retumbando en el recinto—. El número de cristianos en nuestras calles se multiplica. Se niegan a rendir tributo a los dioses, a ti, al Imperio mismo. ¿Hasta cuándo toleraremos esta insolencia?

Otro senador, más radical, golpeó la mesa con el puño—¡Se infiltran entre los esclavos! Hablan de igualdad, de un único dios que perdona incluso a traidores y asesinos. Si no actuamos ahora… la plaga crecerá.

Nero se sentó en su trono de mármol rojo, con una copa de vino en la mano. Cerró los ojos un momento. El eco de las palabras de los senadores la hería como un tambor en la sien.

Dolor de cabeza. Otra vez.

—Umu… qué molestos son los creyentes sin poder. Y qué peligrosos se vuelven cuando encuentran uno con espada. —susurró a sí misma.

Abrió los ojos, esmeraldas brillando bajo la luz de las antorchas.

—¿Y qué proponéis? —preguntó, casi aburrida.

—¡Persecución! Quema de sus templos. Arresto de sus líderes. Que el pueblo vea quién manda.

—O bien, podríamos convertir a algunos de sus seguidores en ejemplos… uno en la cruz, uno en la arena, uno para las llamas. Que su dios elija a quién salva. —dijo otro, más teatral.

Nero sonrió.

—Umu… quemar es… interesante. Pero aún no. Si los aplastamos muy pronto, se harán mártires. Necesitamos que se enfrenten entre ellos. Que duden. Que se culpen. Que se consuman desde dentro… antes de encender la antorcha imperial.

Una visión al futuro

Mientras Roma debatía su poder sobre los cielos, en Britannia, Boudicca era coronada por su gente como Reina, con lágrimas en sus ojos y fuego en el corazón.

Y en los jardines imperiales, Tn alzaba la vista al cielo azul de Roma, preguntándose si algún día ese mismo cielo se teñiría del rojo de la rebelión.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo