Waifu yandere(Collection) - Capítulo 77
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Capítulo 77: Artoria lancer and alter part 2 (fgo)
Advertencia ⚠️ ⚠️ Futuro contenido para mayores 18 leer bajo su propio criterio
Advertencia contenido grafico de violencia y Advertencia ⚠️ temas cuestionables y sensibles se sugiere que si no es de su agrado salga de aquí y de paso aclaro que personajes o imágenes no me pertenecen crédito a sus autores.
Agrego personajes no me pertenecen.
Imágenes y personajes no me pertenece crédito a sus autores. Advertencia este capítulo contiene escenas para mayores y lenguaje bulgar están advertidos.
Repugnante, asqueroso, depravado,
eso fue lo que vi, lo que el cuervo ha sembrado.
Una plaga con plumas negras y lengua torcida,
la podredumbre que envenena la vida.
Sonrisas falsas, ídolos de carne muerta,
sectas que se ocultan tras puertas abiertas.
Adoran lo que hacen y escupen al ajeno,
se creen sagrados, pero son puro veneno.
Un cúmulo de pestes con forma de oración,
que insultan al libre y llaman pecado a la razón.
Hipócritas con coronas de óxido y fango,
esclavos del eco, temerosos del cambio.
Almas de plata, frías, huecas, sin raíz,
les desprecio sin medida, sin matiz.
Porque no hay redención en su reflejo,
solo ruina vestida de consejo.
Y así los recordaré,
como sombras sin verdad,
como serpientes que predican,
pero nunca saben amar.

Aver les traigo un cap casi a diario y sigo sin ver comentarios o más votos, digan ideas *me hacen falta* o mencionen en que aspecto afecta la faceta yandere pero bueno continuemos con esto.
Tn avanzaba entre los escombros silenciosos de Britania, sus pasos dejando huellas en un terreno que parecía haberse fundido por el calor. A su alrededor, la niebla no era natural.
Parecía vivir.
El viento era estático, y el cielo retumbaba sin descanso, como si cada trueno recordara que este mundo ya no estaba vivo. Y entonces… lo escuchó.
Un gruñido bajo, gutural. Luego otro. Y otro más.
Emergiendo de la niebla, aparecieron figuras deformes, parecidas a bestias mágicas… pero incompletas, como sombras que habían olvidado su cuerpo.
Eran grotescas: algunas con patas demasiado largas, otras con bocas que chorreaban una sustancia negra, como sangre corrompida. Tn retrocedió instintivamente.
—Aquí Tn —activó su comunicador entre jadeos—. Confirmo presencia hostil. No… no son normales. Parecen espectros mágicos.
—¿Puedes evitarlas? —respondió Da Vinci rápidamente.
—No. Son muchas.
Sin esperar más, giró sobre sus talones y corrió.
Las criaturas lo persiguieron con movimientos espasmódicos, casi como si no estuvieran atadas por huesos. Saltaban entre los escombros, rugiendo con furia incomprensible. Tn levantó su mano derecha, canalizando su escasa energía mágica. Una pequeña esfera de luz se formó en su palma y fue disparada hacia una de las criaturas. Impactó directamente, haciéndola estallar en una niebla negra. Otra, luego otra.
Pero no era suficiente.
Por cada una que caía, tres más emergían.
Los árboles muertos y el terreno irregular complicaban su escape. Una raíz lo hizo tropezar. Cayó rodando, levantándose con la ropa rasgada y un corte leve en la frente. Jadeaba, con el corazón retumbando como un tambor.
Cuando las criaturas lo rodearon, supo que era el fin.
—No… no ahora —murmuró, preparando su última esfera mágica.
Pero nunca la lanzó.
En un parpadeo, una ráfaga cortó el aire.
Una línea blanca brilló como un relámpago entre las sombras. Las bestias fueron cortadas, desintegradas en un solo instante, como si una guadaña invisible hubiera segado sus existencias.
Tn cayó sentado, paralizado. Respiraba con dificultad, pero sus ojos no podían apartarse de la figura que emergía de la bruma.
Un hombre alto, vestido con una capa gris apagado y armadura plateada cubierta de polvo. Su rostro estaba oculto bajo una capucha, pero su porte era firme. Tranquilo. Cansado.
Una espada descansaba en su mano derecha, aún humeante de energía mágica.
El desconocido alzó ligeramente el mentón. Su voz, cuando habló, era serena, melancólica.
—No deberías estar aquí, viajero. Este no es un mundo para los vivos.
Tn intentó responder, pero el caballero alzó una mano, en gesto calmado.
—No temas. No soy enemigo. Mi nombre es… Bedivere, antiguo caballero del Reino de Camelot.
El viento arrastró cenizas entre ambos.
—¡Tn! ¿Puedes confirmar si el Servant frente a ti tiene manifestación física completa? ¿Lecturas de maná? ¡Dime que no estás hablando solo!
Tn se llevó una mano al pecho, jadeando todavía. Alcanzó el comunicador que colgaba de su cuello.
—Sí… puedo verlo. Lo siento. Tiene maná estable. Es real —respondió, su voz áspera por la carrera.
Del otro lado, se oyó un suspiro de alivio.
—Al menos diste con uno decente —murmuró Da Vinci—. Según lo que describes y por las fluctuaciones mágicas, debe ser uno de los Caballeros de la Mesa Redonda. Caballero Bedivere… un alma noble. Si alguien puede ayudarte en ese mundo quemado, es él.
Tn giró hacia el caballero, que lo observaba con expresión tranquila, casi compasiva, como quien ve a un niño perdido en un campo de guerra.
—¿Cómo supiste que no pertenezco a este lugar? —preguntó, aún con cautela.
Bedivere asintió, sin bajar su espada, aunque ya no brillaba.
—Los Servants podemos percibir las fluctuaciones de existencia. Tu maná es… diferente. Vibras con el tiempo correcto, con una humanidad no corrompida. Eres una anomalía aquí…
Además —añadió, bajando la mirada hacia la tierra calcinada—, este mundo no tolera humanos. Mi Rey, la Rey de las Tormentas, exterminó toda vida en Britania. La esterilizó. Incluso las bestias mágicas son meras sombras sin alma. Si fueras un mortal cualquiera… ya estarías muerto.
Tn tragó saliva. El aire, ahora que lo pensaba, estaba demasiado denso. Pesado, como si el mundo mismo quisiera aplastarlo.
—Entonces… ¿no hay nadie más? ¿Ningún civil, ninguna ciudad escondida?
Bedivere negó con la cabeza, y por un instante su rostro mostró algo parecido a culpa.
—Lo hubo. Hasta que Ella desató a Rhongomyniad. Las ciudades ardieron. El mar se retiró. Los cielos se cerraron. Y nosotros… los caballeros, uno a uno, la abandonamos.
Tn bajó la vista. Apretó los puños.Chaldea había enviado un emisario, no un héroe. Y ahora se encontraba en la tumba de un reino hecho cenizas por su propio Rey.
Entonces, su comunicador vibró una vez más.
—¿Puedo hablar con él directamente? —pidió Da Vinci, y Tn asintió sin decir palabra, tendiéndoselo a Bedivere.
El caballero miró el pequeño artefacto con algo de curiosidad, lo tomó con cuidado entre dos dedos y lo acercó a su oído, como si aún respetara los modales de un mundo más civilizado.
—¿Leonardo da Vinci? —preguntó con voz calmada.
—¡Exacto! Encantada, caballero. Soy la científica encargada de la base Chaldea. Hemos detectado esta singularidad y… como puedes imaginar, estamos desesperadamente cortos de personal. Nuestro único agente es el muchacho frente a ti. ¿Podrías ayudarlo a completar su misión?
Bedivere cerró los ojos. Su voz, cuando respondió, fue lenta, como si cada palabra le costara recordar algo enterrado.
—Si puedo salvar lo que queda… lo haré. Pero entiéndelo bien: yo no soy rival para El. Lo intenté una vez. Lo intentamos todos. La Rey que gobierna esta Britania no es la misma que lideró Camelot en los libros. Su corazón fue tragado por el cielo.
Da Vinci guardó silencio, captando el peso en sus palabras. Finalmente respondió con tono grave—No pediremos que luches por nosotros… solo que nos ayudes a sobrevivir.
Bedivere asintió lentamente y devolvió el comunicador a Tn.
—Caminaré contigo, viajero. Pero debes saber algo más…
Tn alzó la vista, atento.
—Ella sabe que has llegado.
Y entonces, el cielo volvió a rugir con violencia.
Como si el Rey del Fin hubiera abierto los ojos.
El bosque era una parodia de vida.
Troncos ennegrecidos, ramas que crujían con un viento que ya no traía aroma. No había canto de aves, ni insectos, ni rastro de humedad. Solo ceniza, silencio y raíces secas.
Tn caminaba a paso controlado, su cuerpo aún resentido por la tensión anterior. Bedivere iba delante, su espada siempre al alcance, cortando sin piedad a cualquier sombra de bestia que se cruzara.
No hablaban mucho. Solo los pasos sobre hojas muertas llenaban el aire.
Finalmente, Tn rompió el silencio—Dijiste que el Rey sabía que estaba aquí… ¿cómo?
Bedivere no se volvió al hablar.
—Desde que tomó a Rhongomyniad, la Reina se convirtió en algo más que humano. Su espíritu y la lanza están unidos al tejido de esta tierra. Todo lo que ocurre aquí… cada paso, cada brisa, cada latido, Ella lo siente.
—¿Entonces… estamos atrapados?
—No puedes abandonar Britania. No importa si navegas. El mar se pliega sobre sí mismo, como un espejo que te devuelve al mismo punto. Las islas cercanas están en ruinas, también tocadas por su poder. Estamos en una prisión hecha de tierra muerta y cielo inmóvil.
Tn se detuvo por un momento, mirando hacia arriba.
Las nubes no se movían. El sol parecía estático.
Era como si el tiempo también hubiera muerto.
—¿Y si invocamos a otro Servant? —preguntó, con voz apenas audible—. Quizá alguien que pueda luchar contra ella…
Bedivere guardó silencio por unos segundos, antes de responder con franqueza.—Podrías intentarlo. Pero necesitas una reliquia. Algo poderoso. La Reina es una figura divina ahora. Invocar a un héroe al azar sería condenarlo… y a ti también.
Tn bajó la cabeza. Sabía que era cierto.
No tenían recursos. No tenían tiempo.
Y estaban completamente solos.
Mientras tanto, en Chaldea, el aire era denso, saturado de ozono y tensión.
Olga Marie se encontraba sola en su oficina, los monitores cubriendo las paredes con datos que no alcanzaba a leer. Su escritorio estaba cubierto de papeles arrugados, documentos que no había firmado, y un café frío olvidado hacía horas.
Se sujetaba la cabeza con ambas manos, los codos presionando contra la mesa. Un dolor punzante le recorría el cráneo como una lanza ardiente, clavándose detrás de su ojo izquierdo… el mismo que mantenía vendado.
—Nghh… hhh… —gimió, entre dientes, mordiéndose los labios con fuerza.
Su cuerpo temblaba.
La venda empezaba a empaparse con sangre fresca. El sudor le corría por la frente, y su respiración se volvió errática, casi entre sollozos. Sentía el peso de cada decisión, cada pérdida, cada muerte. De los cien magos que habían entrenado… solo ocho quedaban en condiciones. Solo ocho.
Mash seguía inconsciente.
Romani no había salido del quirófano.
Y Tn… lo habían enviado prácticamente como sacrificio.
Una lágrima cayó al suelo, seguida por otra.
—…Padre… —susurró entre labios partidos—. ¿Por qué…? ¿Por qué me dejaste este infierno…?
Cerró los ojos, pero no encontró paz. Solo oscuridad, dolor y la imagen de un grial flotando en el cielo de una Britania arrasada.
El frío del suelo le robó el aliento.
Olga yacía boca abajo sobre las baldosas heladas de su oficina, su cuerpo temblando de cansancio, fiebre y tensión. Se arrastró, jadeando como una bestia herida, con las uñas rasgando apenas el piso metálico hasta alcanzar el sofá de terciopelo rojo oscuro que tantas noches la había contenido.
Con manos torpes, tanteó sobre la mesa de noche cercana.
Tocó la base de una lámpara. Luego papeles arrugados. Y al fin, la botella de cristal ámbar. El líquido adentro aún se agitaba con el movimiento de sus dedos.
—Sólo un poco… —murmuró, con voz áspera y garganta reseca.
Destapó la botella con un golpe seco y le dio un trago directo, sin medir la cantidad. El alcohol ardió como fuego en su garganta, obligándola a toser, pero no se detuvo. Levantó la botella y vertió el resto sobre su cabeza con una furia desesperada, como si el licor pudiera lavar el dolor, el fracaso, el miedo.
El ardor punzante en su ojo cesó.
La sangre se detuvo.
Por un segundo, solo hubo silencio y calor alcohólico.
La ropa ahora empapada se pegaba a su cuerpo. La piel le ardía y el cabello goteaba, dejando un rastro de gotas etílicas sobre la alfombra. Pero cuando se recostó un segundo contra el sofá, soltó una risa seca, amarga, completamente hueca.
—Esto es ridículo… —musitó, entre dientes—. Ridículo…
Se limpió el rostro con la manga. Luego se incorporó, con movimientos torpes, tambaleantes, como si pesara el doble de lo que debería. Salió de la oficina sin siquiera cerrar la puerta, arrastrando los pies como una sombra humana por los corredores semioscuros de Chaldea.
Pasaron técnicos. Nadie dijo nada. Todos la vieron. Nadie se atrevió a hablar.
El olor a licor se mezclaba con el del metal, ozono, y el incienso quemado que usaban para mitigar las fallas de las cámaras de invocación. Su único ojo visible estaba enrojecido, pero no lloraba ya. Solo observaba, gélido y resignado, como si su voluntad se hubiera congelado.
Cuando llegó a la sala de mando, Leonardo da Vinci la recibió con una ceja alzada y una sonrisa incómoda que intentaba ocultar su preocupación.
—Marie… ese no es un perfume muy digno de una directora. —bromeó suavemente, olfateando el aire con disimulo—. ¿De verdad es momento de beber?
Olga no respondió. Solo la miró, con el rostro mojado, las mejillas rojas por el alcohol y la piel fría.
—No era para beber. —respondió finalmente, en voz baja.
Da Vinci ladeó la cabeza, entendiendo de inmediato. No dijo nada por unos segundos. Miró los monitores. La lectura de la Singularidad fluctuaba, pero sin cambios catastróficos aún.
—¿Tu ojo sigue sangrando?
—No ahora.
—¿Y tú? —preguntó la genio, sin adornos—. ¿Sigues sangrando, Olga?
La directora contuvo la respuesta. Miró la mesa de control. Las siluetas de los ocho Masters restantes. El parpadeo de Tn en el mapa. Mash aún en cama. Romani sin dormir.
Olga suspiró.
—No importa si yo sangro —dijo finalmente—. Mientras no lo hagan ellos…
Da Vinci sonrió levemente, aunque no era una sonrisa feliz.
—Lo dices como tu padre.
—No soy mi padre. —Olga murmuró de inmediato—. Él no estaría arrojándose alcohol sobre la cabeza para seguir trabajando.
—No, pero también era un bastardo que dejó este lugar a medio arder… —replicó Da Vinci, más en confianza que en reproche—. Tú, al menos, no has huido.
Olga tragó saliva, sin responder.
Los monitores parpadearon con una leve interferencia. Da Vinci volvió a enfocarse en el panel. Olga se sentó en una de las sillas auxiliares, exhausta. No quería volver a su oficina. No quería dormir. No quería soñar.
Solo quería que esto terminara.
—¿No podemos invocar a un servant decente y enviarlo a ayudar a Tn? —la voz de Olga era apenas más que un susurro exasperado, su rostro ojeroso reflejado en las pantallas del centro de mando.
Da Vinci suspiró, sin dejar de monitorear los niveles de energía y estabilidad del sistema de invocación. El agotamiento se notaba en sus dedos temblorosos, aunque su expresión seguía siendo la de una mujer que no podía permitirse detenerse.
—Podemos… pero nos costaría demasiado. Usar lo que queda del reactor para forzar una invocación ahora nos dejaría a ciegas si algo sale mal. Necesitaríamos canalizar el maná de uno de los Masters restantes, y no cualquiera: alguien estable, al menos en términos de suministro mágico. —Pausa. Mirada lateral a Olga—. ¿Te arriesgarías a eso?
Olga cerró los ojos. Podía oír el zumbido de los servidores, las luces parpadeantes, el corazón mecánico de Chaldea latiendo como un moribundo sostenido por tubos.
—Entonces… —murmuró—. Llama a una de las mujeres.
—¿Estás segura?
—Los hombres no están en condiciones. Están… destrozados. Uno apenas habla. Otro ni siquiera duerme. Las chicas al menos… algunas aún caminan recto. Lláma a la rusa.
Fue cuestión de minutos. El protocolo ya estaba listo.
Alisa Mikhailovna Kujou, descendiente de una familia de magos moscovitas venidos a menos, llegó a la sala de invocación temblando ligeramente. Tenía ojeras profundas, la piel demasiado pálida y las manos enfundadas en guantes para no delatar las pequeñas heridas que la magia ritual había dejado en sus palmas.
—¿Estoy aquí para morir? —preguntó en voz baja, sin amargura, más como una afirmación.
—No —le respondió Da Vinci, con suavidad—. Solo vas a prestar maná. Y no estarás sola.
Alisa asintió, aunque la mirada vacía de sus ojos hablaba de noches sin sueño y terrores que no acababan al cerrar los párpados.
Da Vinci se dirigió a una de las bóvedas del almacén. Volvió con un fragmento envuelto en lino encantado. Al desenvolverlo, reveló una placa metálica azulada, una pieza claramente perteneciente a una antigua armadura. El borde estaba mellado, pero aún se sentía un aura feroz, orgullosa.
—Una reliquia menor, pero con suerte… lo suficiente. —dijo, colocándola en el círculo.
La luz del suelo comenzó a intensificarse, como si el aire se cargara con chispas invisibles. El circuito mágico tallado en el piso brilló con un fulgor azul, mientras Alisa se preparaba para recitar el conjuro.
Su voz temblaba, pero no se rompió.
—Argento lux. Argentum magister. Argentum servus… Yo convoco al espíritu que ha oído mi llamado…(al chile no dire todo el encantamiento)
La energía se condensó. El aire vibraba. Los sensores enloquecieron.
Un estallido de luz.
Y del humo azul, emergió una figura.
Alto, musculoso, cabello azul alborotado y una lanza tan roja como la sangre. Llevaba una armadura de placas oscuras con ribetes azul cobalto, y sus ojos eran feroces, salvajes. Pero no hostiles.
El nuevo Servant giró su arma antes de apuntarla al suelo y clavarla con gesto elegante.
—Clase: Lancer. Cu Chulainn. He oído tu llamado. ¿Quién necesita mis colmillos esta vez?
Su voz era grave, áspera, como la de un guerrero que vivía más en el campo de batalla que en las cortes.
Da Vinci apenas se contuvo de sonreír.—Dame cinco minutos, Lancer. Necesitarás entender en qué infierno acabas de caer.
Cu Chulainn soltó una breve carcajada.—Mientras haya algo que apuñalar, me adapto rápido.
Y así, por primera vez en días, un destello de esperanza pareció despertar en Chaldea.
Pero todos sabían… no sería suficiente.
Tras recibir la explicación completa por parte de Da Vinci —una versión condensada y plagada de términos urgentes, más orientada a resultados que a teorías—, Cu Chulainn soltó un largo suspiro y se rascó la nuca.
—Vaya… —masculló, entre dientes—. Parece que me van a hacer sudar esta vez.
—¿Te arrepientes? —preguntó Da Vinci con una media sonrisa, aunque sus ojos seguían midiendo cada pulso de maná en el sistema.
El héroe celta se encogió de hombros con una sonrisa despreocupada.
—¿Arrepentirme? Nah. Al menos esta vez no soy Caster. Por fin podré clavarle mi lanza a algo sin que me llamen viejo brujo.
A su lado, Alisa ya estaba temblando. La joven rusa tenía el rostro completamente pálido, como una vela a punto de consumirse. El sello de comando ardía débilmente en el dorso de su mano, testimonio de haber sido usado en su máxima potencia apenas segundos antes.
—No te preocupes, chica —le dijo Cu Chulainn con una sonrisa inesperadamente amable—. Con lo que me diste, tengo de sobra para bailar con la muerte unas cuantas veces. Solo descansa.
Alisa apenas pudo asentir antes de caer arrodillada, jadeando.
Da Vinci no perdió tiempo.
—Preparando Rayshift… Coordenadas selladas. Singularidad: Gran Bretaña destruida. Distorsión clase A+ detectada… ¡Transmitiendo ahora!
En Britania, la tierra devastada seguía cubierta por una bruma sobrenatural. Las nubes perpetuas arremolinadas ocultaban el cielo, y un estruendo lejano de truenos parecía constante, como el lamento eterno de un reino que se negaba a morir.
Tn apenas había terminado de trazar un sello de barrera improvisado alrededor del área en que se encontraban, usando su propia sangre como catalizador, cuando el comunicador vibró.
—Aquí Da Vinci —su voz estaba distorsionada por la interferencia, pero era audible—. Refuerzo en camino. Manténganse alejados del punto de invocación. El héroe ha sido enviado.
Tn alzó una ceja, cansado.
—¿El héroe…? ¿Se refiere al sabueso de Ulster?
Bedivere lo escuchó y su semblante, aunque tranquilo, se volvió pensativo.
—He oído leyendas. Un guerrero irlandés que combatía como una bestia, mitad dios, mitad hombre. El hijo de la luz… —hizo una pausa—. Aunque no sé si eso bastará para enfrentar al Rey.
—Yo tampoco —murmuró Tn—. Pero si no tenemos fe en nuestros aliados, estamos acabados.
Fue entonces cuando los cielos se partieron.
Una fisura de luz azul se abrió como una herida en la realidad misma, empujando el aire alrededor con un golpe sónico. Las nubes se separaron momentáneamente y un haz descendió como una lanza divina desde los cielos.
Rayos azules crepitaron y la tierra se levantó. En el centro, surgió una figura de pie, completamente erguida, como si hubiera aterrizado allí por voluntad propia, no por la fuerza del ritual.
Cu Chulainn se agachó un momento, respiró hondo el aire de la tierra arrasada y se puso de pie lentamente, sus ojos recorriendo el paisaje con mirada de cazador.
—Heh… —una sonrisa se dibujó en su rostro mientras hacía girar su lanza roja con una soltura casi felina—. Huele a muerte, magia tal como a la vieja bruja le gusta.
Levantó la vista y vio a Tn y a Bedivere observándolo desde la distancia.
—Hora de ganarse el pan.
Se acercó tranquilamente, aún girando su lanza con una mano. Su caminar era seguro, relajado, casi como si no estuviera en medio de una tierra condenada por la divinidad.
—Gracias por invocarme como Lancer esta vez —murmuró con una media sonrisa hacia el cielo encapotado—. Realmente necesitaba una excusa para desahogarme.
Y así, el Sabueso de Ulster se reunió con los últimos dos testigos del Reino Caído.
Los tres avanzaban sin detenerse, cruzando las tierras devastadas a un ritmo forzado. Cu Chulainn, con su lanza al hombro y Tn sujetado firmemente sobre su espalda, se desplazaba con una velocidad inhumana, esquivando raíces marchitas, ruinas humeantes y pozos de niebla venenosa con la agilidad de un sabueso en cacería. Tn apenas podía quejarse: cada zancada de Cu parecía desafiar la lógica del terreno.
—Podría caminar, ¿sabes? —murmuró Tn.
—Podrías, sí —respondió Cu sin girar la cabeza—. Pero si mueres antes de llegar, ¿de qué sirve tu caminata heroica? Aguanta. Ya casi estamos.
Bedivere los seguía no muy atrás, su armadura cubierta de hollín y barro, sus ojos clavados en la silueta que se aproximaba: una estructura flotante, sostenida por columnas de viento, rayos y poder divino. No era un castillo, sino una reliquia de orgullo convertido en maldición. Camelot, o lo que quedaba de él.
El aire comenzó a cambiar. Ya no era solo el hedor de la descomposición mágica o la quietud anormal. Era presión. Gravedad alterada. El mana pesaba en la atmósfera como plomo líquido, y Cu Chulainn frenó de golpe, sus músculos tensándose.
—…Esto no es natural —murmuró—. Algo está mirando.
Bedivere se detuvo junto a ellos. Tn bajó lentamente al suelo, sus rodillas temblaban, pero logró mantenerse de pie.
En lo alto del castillo flotante, entre torres derruidas y relámpagos suspendidos, Artoria observaba. Una silueta sola entre el trono y el cielo partido. Sus ojos centelleaban con una mezcla de vacío y algo más. Algo antiguo. Algo desesperado.
Cuando sus ojos cayeron sobre Tn… su corazón —ese corazón ya muerto, sepultado bajo siglos de ruina y decisiones imperdonables— titubeó.
Una brisa invisible, tenue como una plegaria, rozó su cabello plateado. Y Artoria, Reina de las Tormentas, apretó su lanza divina.
—¿Eres tú…? —murmuró sin que nadie pudiera oírla—. ¿El juicio… o la redención?
Sin otra palabra, levantó Rhongomyniad.
La lanza, símbolo de estabilidad cósmica y ancla del mundo, canalizó el cielo.
Entonces, el mundo se partió.
Desde las nubes eternas que cubrían Britania, una lluvia de jabalinas de luz descendió con una rabia que quebraba la atmósfera. Cada una cargada con el peso de un reino que se negó a morir, cada una silbando como el juicio de un dios que había abandonado el amor por el deber.
Cu Chulainn lo vio venir. Y por primera vez desde su invocación, no sonrió.
—¡MIERDA! ¡Retrocedan!
Saltó hacia un lado, con Tn en brazos otra vez, mientras las primeras lanzas de luz impactaban el suelo. El terreno explotó, se levantaron columnas de fuego arcano, y el sonido del choque era ensordecedor.
Bedivere no se movió. En cambio, levantó su brazo izquierdo, el de plata. Sus ojos se abrieron con resolución mientras gritaba—¡Forgive me, my king! —y liberó el sello.
El brazo falso —el que portaba el secreto de su traición, su último acto de amor— se iluminó. Desde sus venas mecánicas emergió un arco de luz que se expandió como una barrera improvisada. Una cúpula parcial de radiación mágica se alzó, deteniendo parte del bombardeo celestial.
Pero no era suficiente.
Cada jabalina que impactaba debilitaba la defensa. El sudor caía por la frente de Bedivere. Sus piernas temblaban. El brazo de plata ardía.
—¡No resistiré mucho tiempo! —rugió.
Tn, apenas consciente, sintió el sabor metálico de su propia sangre en la boca. Las llamas, el poder divino, la presencia abrumadora… ¿así se sentía morir?
Cu Chulainn, aún con él a cuestas, se agachó tras una roca pulverizada, su lanza en posición defensiva, los dientes apretados.
—¡Esto no es una bienvenida… carajo! —gruñó—. ¿Quién demonios te hizo tanto daño, Perra?
Y desde las alturas, Artoria seguía observando. Sin sonreír. Sin hablar. Pero su alma… temblaba.
El cielo no cesaba.
Las jabalinas de luz llovían con una cadencia inhumana, cada una una condena escrita por manos que antaño bendijeron un reino. Cu Chulainn gruñía entre dientes, su lanza silbaba con cada giro, desviando los proyectiles que podía, aunque las vibraciones quemaban sus brazos.
—¡Maldita sea mujer, sal y pelea como hombre! —exclamó, sus músculos al borde del límite.
Tn, aún aturdido por la brutal descarga, logró articular un hechizo de contención. Pequeñas esferas de energía chocaban con algunas jabalinas, haciéndolas estallar antes de que alcanzaran el suelo. No eran suficientes, pero ralentizaban la marea asesina.
Bedivere, mientras tanto, había alzado su brazo de plata nuevamente. Con un grito de esfuerzo, lo cargó de energía hasta el límite, apuntándolo al castillo flotante.
—¡Por el honor perdido…! —rugió, liberando una explosión de luz blanca. El rayo golpeó uno de los pilares externos de la fortaleza, y con un estruendo como el colapso de los cielos, una sección lateral del castillo se desplomó.
Los escombros caídos abrieron una grieta en el suelo, una herida en la tierra retorcida. Cu Chulainn no dudó. Arrojó su lanza hacia el cielo, haciéndola girar como una hélice de poder, y en el mismo instante se giró, tomó a Tn con una mano, a Bedivere con la otra, y corrió.
—¡AGÁRRATE!
La velocidad fue demencial. Los rayos los rozaban, quemaban los bordes de su existencia. Tn sintió cómo su ropa se desgarraba, su piel cortada por fragmentos de luz. Bedivere apenas podía mantener su compostura. Cu no paró.
Corrieron.
Cayeron.
Rodaron dentro de la grieta abierta por los escombros caídos del castillo. Las jabalinas siguieron descendiendo unos segundos más, hasta que, como si la reina de la tormenta hubiera perdido interés, el bombardeo cesó.
Por fin, silencio.
Los tres jadeaban. Cu se recostó sobre una roca rota, la frente empapada.
—Joder… —murmuró, mirando el cielo por la abertura—. Eso *jadear* no bromea… Esa fue la primera vez en mucho tiempo que pensé que iba a morir. Al menos ya no me siento oxidado.
Tn estaba pálido. Su cuerpo temblaba, su garganta seca. Levantó con manos temblorosas el comunicador, intentando abrir canal con Chaldea. Interferencia. Por ahora, estaban solos.
Bedivere, por su parte, se quedó en silencio. Su brazo de plata aún irradiaba luz residual, pero estaba comenzando a apagarse. Respiraba profundo, como alguien que acababa de ver una vieja herida abrirse.
Cu Chulainn giró lentamente la cabeza hacia él. Su mirada no era de burla, ni siquiera de sospecha. Era desconfianza nacida de la experiencia.
—…Eso no es cualquier brazo —dijo con tono bajo, casi molesto—. Lo sentí. Ese poder no es británico… ni siquiera humano. Lo reconocí al instante.
Bedivere no respondió.
Cu se sentó, sus ojos clavados en el caballero.
—Airgetlám… El “brazo de plata”. Es un nombre prohibido incluso entre nuestras leyendas. Ese brazo era de Nuada, rey de los Tuatha Dé Danann. ¡Un dios celta! ¿Me quieres explicar qué carajos hace eso en ti?
El silencio de Bedivere fue cortado por el eco de su propia respiración. Bajó la mirada, no por culpa, sino por algo más profundo: resignación.
—…No es tu asunto —murmuró con calma.
—¡No me vengas con eso! —Cu apretó los puños—. ¡Estamos peleando juntos! Si ese brazo trae consigo algo más —maldiciones, memorias, deudas— lo tengo que saber. No voy a morir por una maldición celta que alguien robó.
Bedivere cerró los ojos. Su rostro seguía estoico, pero su voz fue más baja esta vez.
—No lo robé. Lo… heredé. A un precio.
—¿Y cuál fue ese precio?
El caballero no respondió. Tn observó en silencio. El ambiente se había vuelto más denso que nunca. La grieta era profunda, húmeda y cargada de magia residual. La tensión podía cortarse con una daga.
Cu chasqueó la lengua, girándose. Escupió al suelo.
—Tsk. Más te vale que no nos explote en la cara, Bedivere. Porque si lo hace… ni el Rey Arturo podrá salvarte de mí.
Bedivere no replicó. Solo murmuró—No me salvaría de nadie. Ni siquiera de mí mismo.
Tn estaba sentado tratando de comunicarse.
El canal de comunicación se estabilizó entre interferencias mágicas, y la voz de Tn retumbó en la sala de mando de Chaldea.
—Aquí Tn. Primer contacto confirmado. El objetivo está dentro de la fortaleza aérea. Artoria Pendragon, clase desconocida, hostil confirmada. Acompañado de dos Servants: Bedivere, cooperativo, y Cu Chulainn, recientemente invocado.
Da Vinci se acercó al monitor con una media sonrisa. Su tono fue más relajado que de costumbre, como si necesitara aferrarse a pequeñas victorias.
—Eso es un progreso real, Tn. Buen trabajo. Ya era hora de tener algo concreto.
Tn no respondió, solo asintió con la cabeza antes de que la interferencia interrumpiera la transmisión.
Olga observaba desde la esquina de la sala de control, sentada frente a una pantalla secundaria. Su ojo vendado ardía, pero ahora el dolor que la atenazaba venía de más abajo, punzante, como si algo dentro de su abdomen la estrangulara desde dentro.
No dijo nada.
Se levantó de golpe.
El hormigueo en su vejiga era insoportable. Un dolor agudo la hizo doblarse en el pasillo. Trató de caminar rápido hacia su habitación, pero cada paso era un suplicio. No lo logró. Cayó en el suelo justo frente a la puerta de su cuarto, jadeando, mordiéndose el labio hasta hacerlo sangrar. Se llevó la mano a la parte baja del abdomen, lágrimas escapando sin permiso. El pánico le revolvía el estómago, y su cuerpo le advertía con urgencia: no lo vas a aguantar más.
Las gotas empezaron a correr por sus piernas cuando la figura de Romani apareció desde el otro extremo del pasillo.
Él se quedó congelado un segundo.
—¡OLGA!
Corrió hacia ella, dejando atrás su bata manchada del último procedimiento en la enfermería. Se arrodilló, tomándola con cuidado.
—¡Tranquila, ya estás conmigo! ¡Te voy a ayudar!
Ella no podía ni responder, apenas podía mantener los ojos abiertos.
Romani no perdió el tiempo. La levantó con fuerza inesperada, la metió en su habitación y la colocó con rapidez sobre su cama médica improvisada. Con movimientos entrenados, le retiró la parte inferior de la ropa, activando el escáner médico. Olga gimió de incomodidad, los ojos desorbitados por la mezcla de vergüenza, dolor y vulnerabilidad.
El escáner hizo su trabajo. Romani lo miró y apretó los dientes.
—…Irritación aguda de vejiga, inflamación severa del revestimiento, signos de micción forzada y descontrol muscular. ¡¿Tú sabes lo que significa esto, Olga?! —exclamó, ahora más furioso que preocupado—. ¡Esto es por el alcohol, por todo el maldito estrés, y por ignorar cada maldita advertencia que te hice!
Ella no respondió.
—¡Tú! —Romani señaló con el dedo—. ¡Tú me dijiste que podías con esto! ¡Que no necesitabas descansar! ¡Y ahora mira lo que hiciste! ¡Te estás matando sola!
—¡Solo… sólo quería… que se detuviera el dolor! —Olga sollozó, cubriéndose el rostro con el brazo sano—. ¡El maldito ojo! ¡El maldito grial! ¡La responsabilidad! ¡Todo… duele…!
Romani guardó silencio unos segundos. Luego respiró hondo. Su tono se suavizó.—…Ya lo sé. No estás sola, Olga. Pero si sigues ignorando tus límites, nadie podrá ayudarte.
Ella solo murmuró algo ininteligible, y él comenzó a limpiar sus piernas con cuidado, colocándole un catéter y aplicando un sedante suave. Al cabo de unos minutos, Olga ya estaba dormida.
Romani se sentó en la silla junto a la cama. Su rostro agotado, sus manos temblorosas.
—¿Por qué te haces esto a ti misma? —susurró, pero no esperaba respuesta.
Y en silencio, Chaldea volvió a sumirse en la penumbra, esperando el siguiente desastre.
Romani cerró con cuidado la puerta de la habitación de Olga, observando un momento más su figura dormida, envuelta entre sábanas, su rostro aún crispado por el dolor incluso en sueños. Había hecho lo posible por estabilizarla. Nada era irreversible aún… pero eso no quitaba el hecho de que estaba tambaleándose al borde de la autodestrucción.
El médico caminó lentamente por los pasillos oscuros de Chaldea, apenas iluminados por la luz azul pálida de los monitores encendidos, de los artefactos mágicos que nunca dormían.
Su cuerpo pesaba como plomo.
Los hombros le dolían, los ojos le ardían, y sentía un leve temblor en los dedos. Llevaba días en el quirófano, atendiendo casos de hemorragias de prana, infecciones, fracturas provocadas por fallas en la sincronización de los Circuits. Una tras otra. Como si Chaldea misma fuera un hospital de guerra improvisado.
Abrió la puerta de la habitación de Mash.
Allí estaba.
Dormía plácidamente, respiración tranquila, su pecho subiendo y bajando con calma. El monitor al lado de su cama mostraba signos estables. Un pequeño alivio. Romani se acercó, contempló su rostro, y por un segundo sintió que todo… valía la pena.
Ella había sobrevivido. Contra todo pronóstico. A costa de tantas cosas, pero aún estaba allí.
—Quédate así un poco más… —murmuró con un dejo de ternura—. No te preocupes por el mundo todavía.
Pero al cerrar la puerta detrás de sí, el rostro del médico se endureció. El recuerdo de las cámaras selladas, de las cápsulas rotas del Equipo A, de los candidatos muertos o arrastrados por anomalías… Todo volvía como un puño al estómago. Romani caminó, murmurando entre dientes, hasta que se detuvo frente al panel de seguridad restringida en el ala este de Chaldea.
Su mano se deslizó al bolsillo.
Tocó el borde metálico del objeto frío.
El anillo de Salomón.
Lo sintió arder suavemente, como si respondiera a su desesperación. Con él… podría arreglarlo todo. Obligar al mundo a corregirse. Devolver la vida a los perdidos. Doblegar las leyes mágicas con su nombre verdadero.
Pero respiró.
Largo. Doloroso. Controlado.
—No… aún no.
Depositó su fe en los últimos ocho. Tn, Alisa, los demás. Si no podían cargar con el peso del destino, entonces sí… entonces decidiría qué clase de rey sería.
Romani giró en seco y regresó al quirófano.
Todavía quedaban pacientes por atender.
Mientras tanto, en Britania…
La noche había caído como una manta de ceniza sobre la tierra muerta. El castillo flotante de Camelot apenas era visible, cubierto por nubes de tormenta y relámpagos silenciosos. Tn, Bedivere y Cu Chulainn descansaban en la grieta formada por los escombros, convertida en refugio improvisado.
Las paredes estaban húmedas. El aire olía a ozono, a tierra chamuscada.
Cu Chulainn se estiró, su lanza descansando a su lado.—Necesito cazar algo. —Su voz era baja, como si hablara consigo mismo—. Comer, respirar ……..despejarme.
Se levantó de un salto.
Tn alzó la mirada.—¿Vas solo?
—Sí. No tardaré —dijo el celta, y luego lanzó una última mirada a Bedivere—. Sólo… vigila ese brazo, ¿quieres?
El tono era ligero, pero la tensión era obvia.
Bedivere no respondió. Sus ojos estaban fijos en su brazo de plata, como si temiera lo que contenía.
Cu desapareció en las sombras, dejando a los otros dos en un silencio incómodo. Tn se acomodó en una piedra y comenzó a revisar sus reservas de maná, notando que la cantidad estaba por debajo del mínimo ideal.
El brazo de Bedivere brillaba tenuemente, respirando con un pulso propio.
—Ese caballero… ¿es siempre así de desconfiado? —preguntó Bedivere, sin apartar la vista de su extremidad.
Tn solo murmuró:—No lo culpo.
La noche continuó, pesada, densa.
Y el viento traía consigo el eco de la lanza de Artoria, todavía suspendida en el firmamento.
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Uffffff mírenlo escogí a este porque no están op como arjuna, ni tan débil como Shakespeare
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