Waifu yandere(Collection) - Capítulo 80
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- Capítulo 80 - 80 Jane doe part 2 Zenless zone zero
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80: Jane doe part 2 (Zenless zone zero) 80: Jane doe part 2 (Zenless zone zero) Advertencia ⚠️ ⚠️ Futuro contenido para mayores 18 leer bajo su propio criterio Advertencia contenido grafico de violencia y Advertencia ⚠️ temas cuestionables y sensibles se sugiere que si no es de su agrado salga de aquí y de paso aclaro que personajes o imágenes no me pertenecen crédito a sus autores.
Agrego personajes no me pertenecen.
Imágenes y personajes no me pertenece crédito a sus autores.
Advertencia este capítulo contiene escenas para mayores y lenguaje bulgar están advertidos.
 El murmullo de la ciudad apenas se filtraba entre los cristales cuando Jane abrió los ojos.
La luz tenue que se colaba por las rendijas no le molestaba.
Estaba acostumbrada a dormir en cualquier lado… pero despertar sobre Tn, aún tibio bajo ella, tenía algo reconfortante.
Más reconfortante que cualquier cama lujosa o sueño profundo.
Sonrió sin querer.
Se permitió ese pequeño lujo, esa muestra de ternura que solo existía cuando él no podía verla.
Se estiró con suavidad, dejando escapar un gemido leve —más por costumbre que necesidad—, y luego, con movimientos ligeros, se separó de su enfermero personal.
No lo despertó.
Él aún dormía profundamente, de lado, como si su presencia no hubiera sido una carga sino una manta más.
No lo merezco, pensó brevemente.
Pero no se detuvo en la idea.
Fue directamente a la cocina.
Con pasos descalzos, se abrió camino hasta el refrigerador, ya memorizado por costumbre.
No lo hacía con sigilo porque ya no lo necesitaba.
Si Tn la sorprendía robando comida, solo rodaría los ojos, suspiraría y volvería a dormir.
Y ella contaba con eso.
Sacó un paquete mal cerrado de dumplings congelados, una botella de té de cebada y —con un destello de triunfo— esa caja olvidada de galletas de menta que él había escondido detrás de una bolsa de tofu.
“Patético intento, Tn…” murmuró, divertida.
Comió lo que pudo de pie, en silencio, mirando por la ventana.
Su cola se movía con lentitud, como marcando el ritmo de sus pensamientos.
No dijo nada.
No dejó nota.
Solo se fue, cerrando la puerta sin hacer ruido.
Era una nueva mañana.
Y como cada mañana, la ciudad le exigía que fuera otra vez la Jane que funcionaba.
Ya en la estación de policía, la rutina era diferente.
Nadie allí le ofrecía calor.
Nadie le abría la cocina o la cama.
Solo órdenes, miradas medidas, respeto forzado.
Recibió su misión con un gesto indiferente: vigilancia encubierta en zonas dominadas por pandillas.
Otra operación solitaria, otra noche en calles que no perdonaban a los que caminaban distraídos.
Lo de siempre.
Suspiró, ajustando el cinturón con su bolsa de herramientas, esa que todos creían un simple neceser.
Se sacudió la chaqueta y la cola se movió con un ligero vaivén.
Ya no por comodidad, sino como una señal.
Era momento de ponerse la máscara.
Sus caderas comenzaron a balancearse mientras se alejaba del escritorio, paso firme, controlado… sensual.
Una danza cuidadosamente ensayada.
No por coquetería vacía, sino por supervivencia.
Porque Jane lo sabía.
El deseo era un arma.
Su figura, su sonrisa torcida, su tono entre juguetón y peligroso: todo eso era parte del disfraz.
Un escudo tejido con los hilos de la debilidad ajena.
Los hombres la subestimaban.
Las mujeres la miraban con recelo.
Nadie la consideraba una amenaza… hasta que era demasiado tarde.
Y eso la mantenía viva.
—Eh, Jane.
—la voz ronca de Yanagi la alcanzó desde el fondo del pasillo.
Jane giró levemente, solo un poco, suficiente para que la luz acariciara su sonrisa.
—Yanagi~… ¿otra vez revisando mis informes o solo extrañabas mi perfume?
Él chasqueó la lengua, sin saber si responder en serio o no.
Jane siguió caminando.
Su cola se balanceó al ritmo de sus pasos.
El mundo podía arder, pero su fachada seguía intacta.
Mientras caminara como si no tuviera miedo, nadie notaría que sí lo tenía.
Los callejones de la zona este de Nueva Eridu olían a metal, sudor y miseria.
Jane caminaba entre luces intermitentes y muros cubiertos de grafiti, transformada en otra persona.
Su reflejo en los escaparates la devolvía una mujer de cabello castaño claro, labios carnosos, vestida con ropa barata que dejaba demasiado al descubierto.
Tacones desgastados, pulseras llamativas, maquillaje corrido.
Una máscara vulgar… perfecta.
Sabía moverse.
Sabía mirar como si no viera nada.
Sabía cuándo reír con picardía o encorvarse para parecer vulnerable.
Cada gesto, cada pestañeo estaba calculado.
Ella era su papel.
Los hombres no la miraban con respeto.
Algunos la tocaron de paso, con dedos grasientos o curiosos.
Nada fuera de control.
Nada que ella no pudiera manejar.
No todavía.
—¿Qué haces por aquí, preciosa?
—preguntó uno, con dientes de oro y mirada turbia.
Jane le ofreció una risa breve, inclinándose un poco para dejar ver más de su escote.
—Buscando problemas… ¿conoces alguno?
Él se rió, satisfecho.
Y Jane sonrió también, pero por dentro ya lo tenía.
Nombre.
Jerarquía.
Estúpido.
Pero útil.
Horas pasaron.
Fue acercándose a distintos grupos, cambiando levemente su actitud.
A veces más torpe, a veces más directa.
Escuchó más de lo que habló.
Dejó que asumieran que era una simple chica más en busca de atención o algún favor rápido.
Les dio lo que querían ver… y les robó lo que necesitaba saber.
Su verdadera arma era la información.
Su segundo filo, el cuerpo que todos subestimaban.
Pero entre cada mano posada en su cintura, entre cada sonrisa forzada y mirada lasciva, su mente divagaba… “Si al menos una vez… fueran las manos de Tn.” Pensamiento estúpido.
Débil.
Pero ahí estaba, latiendo con fuerza.
Como un deseo que no sabía desaparecer.
A veces fantaseaba con que él la tocara con intención, que su tacto fuera algo más que clínico.
Que en vez de vendarle las heridas, deseara acariciar su piel por placer.
No lo admitiría en voz alta.
Ni siquiera se permitiría soñarlo mucho.
Pero lo quería.
Lo anhelaba.
Cuando la tensión empezó a subir en la zona demasiadas miradas, demasiados silencios incómodos—, Jane desapareció.
Con movimientos sigilosos, se metió por un pasaje secundario, subió por una escalera oxidada hasta un edificio abandonado, y allí se quitó la peluca.
El sudor caía de su cuello, y su expresión dejó de ser la de la muñeca provocadora.
Ahora era Jane.
Solo Jane.
Cansada.
En silencio.
Sacó su libreta compacta de datos.
Revisó la grabadora de audio, anotó nombres, posiciones, patrones.
Tenía todo: listados de armas, rutas de contrabando, los horarios de guardias.
Incluso un par de ubicaciones clave.
Misión cumplida, al menos en papel.
Pero su cuerpo dolía.
No por los roces.
No por los tacones.
Dolía por dentro.
Se apoyó en la pared, dejando que su cola se enredara alrededor de su propia pierna, un gesto inconsciente, reconfortante.
Miró hacia la ventana sucia y murmuró:—Tn… si supieras lo que hago para sobrevivir en este lugar.
No buscaba aprobación.
No buscaba compasión.
Solo quería imaginar, por un segundo, que alguien en algún lugar la veía de verdad, sin todo el disfraz.
Con los datos asegurados, Jane cerró la libreta.
El trabajo seguía, pero por un momento más, permaneció ahí, envuelta en esa sombra rota de lo que nunca podría decir.
El sonido de sus botas sobre el asfalto era el único ritmo que la acompañaba en su caminata de regreso.
Las luces de neón aún brillaban, parpadeantes, en los barrios que conectaban la zona marginal con los sectores operativos.
Jane caminaba con paso firme, pero con los hombros apenas encorvados.
Sabía que la miraban.
Podía sentirlo en la nuca, en la espalda, en el movimiento de su cola que se crispaba con cada paso.
Lujuria.
Desaprobación.
Asco.
Envidia.
Era lo normal.
Lo cotidiano.
Había nacido en ese juicio.
Se había criado en él.
Pero nunca, por más que se repitiera lo mucho que no le importaba, dejaba de doler.
Cuando cruzó la entrada de la estación 6, la rutina no varió.
Entregó el reporte sin fanfarrias.
Zhuyuan la miró de reojo mientras firmaba, apenas arrugando el ceño como si leyera una receta mal escrita, y luego se desentendió sin decir una palabra.
Como siempre.
Miyabi fue un poco más cortés, pero su felicitación sonó igual de vacía.
—Buen trabajo, Jane.
—una pausa breve, una mirada que no llegó a sus ojos— Puedes retirarte.
Y así terminó.
Una noche de actuación perfecta.
Datos precisos.
Riesgos calculados.
El cuerpo usado como cebo.
La mente afilada como un bisturí.
¿Y qué le quedaba?
Una felicitación seca, una mirada indiferente, y otra vez… estar sola.
Caminó fuera de la estación, cruzando el pasillo metálico que daba a la calle trasera.
El frío comenzaba a filtrarse, pero no se abrochó la chaqueta.
Lo único que realmente deseaba era… Tn.
Volver a esa clínica pequeña, desordenada pero cálida.
Sentarse en la camilla, aunque sea fingiendo estar adolorida.
Escuchar su voz neutral mientras curaba sus heridas.
Sentir que a alguien, aunque fuera de forma profesional, todavía le importaba si ella sangraba.
Y entonces, una idea surgió.
Su mano se deslizó automáticamente hasta el cinturón.
Ahí estaba: su navaja mariposa.
Pequeña.
Afilada.
Silenciosa.
Se detuvo.
Miró la hoja abierta que reflejaba la luz de un letrero titilante.
No era más que un rasguño lo que necesitaba.
Algo que justificara su presencia.
Una excusa perfecta.
Un corte en el muslo.
O en el brazo.
Algo superficial.
Nada peligroso.
Pero algo que doliera.
Y eso era lo más trágico.
Porque doler no era el problema.
El problema era no sentir nada cuando no lo veía.
Jane bajó lentamente la navaja.
Aún no se cortaba.
Pero la decisión ya estaba hecha.
El metal tocó su piel apenas, acariciando la idea de lo que vendría.
—Solo un poco, —murmuró para sí misma— lo suficiente para verte otra vez.
El corte fue rápido.
Limpio.
Jane dejó escapar un siseo entre los dientes, apenas contenido, mezclado con un gemido casi gutural.
El ardor se propagó en su muslo izquierdo como una llama tenue, controlada… suficiente para sangrar, pero no para incapacitarla.
Perfecto.
Su corazón latía más rápido, no por la herida en sí, sino por lo que vendría después.
Por lo que significaba.
Corrió entre callejones y puentes secundarios, el zumbido lejano de la ciudad acompañándola.
No le importó el goteo de sangre que manchaba su pantimedia.
Cuanto más convincente, mejor.
Cruzó la puerta de la clínica sin anunciarse, como de costumbre.
Era ya su segundo hogar.
Allí estaba él.
Tn, con el torso levemente encorvado sobre su mesa de metal improvisada.
Un recipiente de ramen en la mano y los palillos entre los labios.
Parecía cansado.
Las ojeras le marcaban ligeramente el rostro, pero aun así mantenía esa expresión tranquila, estoica… la que Jane tanto envidiaba, tanto deseaba tocar.
Él alzó la vista.
Un silencio.
Un suspiro.
—¿Otra vez?
Jane sonrió.
Era una mezcla extraña de orgullo y alivio.
No necesitaba inventar una historia.
No con él.
No hacía falta fingir que la herida no dolía.
Solo necesitaba estar ahí.
—No fue mi culpa.
Los tacones y las escaleras…
ya sabes.
—se encogió de hombros mientras caminaba lentamente.
Tn ya se estaba levantando.
Dejó el bol a un lado, apagó la pequeña lámpara de escritorio, y le indicó con la cabeza que se sentara en la camilla.
Pero antes de hacerle caso, Jane se giró con una sonrisa ladeada.
Su cola, flexible y hábil, se deslizó por la mesa y atrapó el recipiente aún humeante de ramen.
—Al menos déjame tomar algo, ¿sí?
Estoy desnutrida, mira.
—le dio un mordisco con teatralidad y le guiñó un ojo.
Tn negó suavemente con la cabeza.
No dijo nada.
Ni una queja.
Ni una risa.
Jane se sentó, dejando el bol a un lado, y con la misma calma que si quitara un pendiente, abrió la pantimedia con los dedos, bajándola hasta dejar al descubierto la herida.
El pequeño corte todavía sangraba.
Una línea roja que resbalaba por su piel pálida.
No era profunda, pero era precisa.
Lo bastante para no parecer fingida.
Tn se acercó con su botiquín y se arrodilló frente a ella.
Jane contuvo el aliento por un momento.
Sus ojos lo miraban de arriba hacia abajo, con una mezcla de deseo, necesidad y algo mucho más viejo…
soledad.
Tn tomó una gasa con desinfectante.
—Esto puede arder —advirtió con su tono habitual, como si fueran palabras programadas.
Jane no respondió.
Solo observó cómo su mano rozaba su piel.
Cómo sus dedos la tocaban con ese cuidado casi clínico.
El tipo de contacto que no se puede comprar.
Ni fingir.
—Deberías tener más cuidado, Jane —añadió mientras presionaba con suavidad.
Ella se encogió apenas.
No por el dolor.
Sino porque le gustaba escucharlo decir su nombre.
—¿Y si te digo que me gusta cuando me curas?
—susurró ella con una sonrisa felina.
—Entonces deja de herirte —respondió sin levantar la vista, pero con firmeza.
Un silencio se instaló.
Jane lo miró.
Quiso decirle algo más.
Quiso abrir la boca y confesar… …que era el único lugar donde sentía algo.
Que si él no estaba, no sabía quién la curaría.
Pero no lo dijo.
Solo se quedó allí.
Sentada.
Mirándolo.
Sintiendo su calor.
Su aliento.
Su cercanía.
Suficiente.
Por ahora.
Jane comía con gusto, dejando que pequeños gemidos de satisfacción escaparan de sus labios, exagerando cada tanto.
Sabía que Tn ya no se sobresaltaba con eso, pero igual lo intentaba.
Por costumbre.
Por deseo.
Por esa absurda esperanza de que un día él giraría la cabeza y le respondería con lo que ella anhelaba.
Tn solo levantó una ceja al escucharla, sin girarse.
Con precisión habitual, terminó de vendar la herida en su muslo, aseguró la gasa con cinta médica, y se apartó.
—No hagas movimientos bruscos.
Podría abrirse —murmuró, casi en automático.
Jane asintió sin dejar de comer.
Su cola se movía perezosa, serpenteando por el sofá hasta alcanzar el control remoto.
Lo alzó con naturalidad y comenzó a cambiar los canales.
Tn, sin decir palabra, encendió el televisor y se dejó caer en el sillón de descanso.
Era su rutina después de cada jornada, como si eso ayudara a desconectar el peso acumulado en los hombros.
Mientras tanto, Jane se quitó la chaqueta, los zapatos, y sin preocuparse por el pudor, se deshizo de todo salvo de sus bragas y una de las camisas largas de Tn, que le robaba cada vez que se quedaba a dormir.
El olor a su loción le reconfortaba.
Se dejó caer a su lado, ladeando el cuerpo con despreocupación felina, y usó su cola no solo para cambiar canales, sino también para juguetear entre sus piernas, enredarla con las suyas, como una amante que no quiere soltar a su presa.
Pero ella no era su amante.
Ni su pareja.
Ni siquiera una amiga oficial.
Solo…
Jane.
El murmullo del televisor llenaba el silencio entre ellos.
Un noticiero hablaba de un incendio en la zona este de Nueva Eridu.
Jane no prestaba atención.
Lo único que escuchaba era la respiración constante de Tn, su calor.
El ritmo sereno de alguien que no se inmutaba por su cercanía.
Horas pasaron.
El reloj marcaba la medianoche y Tn finalmente se levantó, estirando los brazos.
—Me voy a dormir.
Jane asintió, sabiendo lo que venía.
Terminó de masticar el último bocado del ramen frío y lo siguió sin decir nada.
Casi como un reflejo, como una sombra que lo acompaña sin necesidad de ser invitada.
El dormitorio era oscuro, sencillo, limpio.
Tn se recostó boca abajo en el colchón sin siquiera encender la luz.
Jane, tras dejar el control a un lado, caminó descalza hasta él y, sin pedir permiso, se subió con la ligereza de alguien que ya se sabía parte del paisaje.
Una vez encima, lo acomodó como si él fuera su almohada.
Sus piernas se cruzaron en torno a las de él, y su cola —larga, suave, decidida— se enroscó alrededor de su cintura, anclándola ahí, como cada noche.
Ese era su lugar.
No por derecho.
No por amor correspondido.
Sino porque era el único sitio donde se sentía segura.
Donde podía respirar.
Tn no protestó.
Solo suspiró.
Ya estaba acostumbrado.
No tenía fuerzas ni razones para pelear con ella por eso.
En el fondo, tal vez entendía.
Jane cerró los ojos.
Su rostro descansó en la nuca de Tn, sintiendo el leve calor de su piel.
Su mano se aferró a la camisa que aún llevaba puesta, como si eso pudiera detener el paso de la noche, o protegerla de sus recuerdos.
Dormir así no curaba su soledad, pero la adormecía.
Y por ahora, eso era suficiente.
lucifer helltaker parte será el siguiente.
Votos.
Pondría imágenes suculentas de las waifus pero…..wattpad y los tards no me dejarían en paz 😑 así que ni modo.
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