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Waifu yandere(Collection) - Capítulo 84

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  4. Capítulo 84 - 84 Blue Diamond Steven universe
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84: Blue Diamond (Steven universe) 84: Blue Diamond (Steven universe) Advertencia ⚠️ ⚠️ Futuro contenido para mayores 18 leer bajo su propio criterio Advertencia contenido grafico de violencia y Advertencia ⚠️ temas cuestionables y sensibles se sugiere que si no es de su agrado salga de aquí y de paso aclaro que personajes o imágenes no me pertenecen crédito a sus autores.

Agrego personajes no me pertenecen.

Imágenes y personajes no me pertenece crédito a sus autores.

Advertencia este capítulo contiene escenas para mayores y lenguaje bulgar están advertidos.

A diablos… cómo duele, pero ¿para qué quejarme?

El consuelo que tengo es saber que un día iré con ella, más allá del ruido, más allá del hambre.

Miro el cielo, y el tiempo me susurra: ya basta.

Apago el cigarro con dedos cansados, el humo se eleva, dejando su rastro, como mis recuerdos… lentos, amargos.

La ceniza cae, como mis ganas de seguir, como un suspiro que no quiere insistir.

Pero entonces… una estrella cruzó el cielo gris.

Y supe que era ella.

La luz que no se olvida, la promesa que aún brilla.

Aunque esté roto, aunque esté por partir… en esa estrella, ella sigue…  ___________________________________________________ Volver a la Tierra siempre era una herida que no cerraba.

Diamante Azul descendió lentamente, su nave oculta tras las nubes eternamente grises de aquella región olvidada del planeta.

El sitio —donde supuestamente Rosa cayó— no era más que una sombra en su memoria.

Pero para Azul, cada visita era como arrancarse parte del pecho otra vez.

Le dolía.

Siempre dolía.

Las piedras aún estaban allí.

Las grietas en el suelo.

La carroza rota.

El leve perfume de las rosas marchitas, como un susurro del pasado.

Pero esta vez… algo era distinto.

El aire no olía a polvo y abandono.

Había… fragancia.

Vida.

Las rosas no estaban marchitas.

Había flores frescas.

Las malezas no crecían entre los escombros, y las piedras estaban pulcramente alineadas, formando patrones delicados, casi ceremoniales.

Un sendero de grava gris bordeado de pétalos blancos.

Y entonces lo vio.

Un humano.

Solo uno.

Tenía una pala entre las manos.

Rústica, de metal oxidado y mango de madera desgastada.

El hombre parecía concentrado, ajustando unas piedras cerca del artilugio donde Rosa supuestamente había desaparecido.

Su rostro era joven, pero en sus ojos cargaba más peso que su espalda.

Diamante Azul descendió con suavidad, su figura colosal oscureciendo parte del cielo.

La luz azul de su gema se reflejaba sobre las rocas, y el sonido de su andar era como una sinfonía grave entre las hojas.

El humano levantó la cabeza.

Su mirada se cruzó con la de ella.

Y por un segundo… por un breve segundo, Azul vio algo que no había sentido en siglos: reconocimiento sin miedo.

—No deberías estar aquí —dijo ella, su voz un eco melancólico que hacía vibrar las hojas de los árboles.

Tn no respondió de inmediato.

Cerró la pala, la apoyó en el suelo y se quedó inmóvil, mirándola.

—Podría decir lo mismo —murmuró, casi en broma.

No había agresividad, solo una extraña calma.

Diamante Azul ladeó el rostro.

Él no gritaba.

No huía.

No la señalaba como un monstruo o un dios.

Solo… la aceptaba como parte del escenario.

Como si fuese una estatua que decidió moverse.

—¿Fuiste tú quien… cuidó esto?

—preguntó Azul, sus dedos señalando los senderos, las flores, la armonía que ahora decoraba las ruinas.

Tn asintió, sin apartar la vista.

—¿Por qué?

Tn desvió los ojos.

Se fijó en las ruinas teñidas de rosa, en el cielo nublado, en el artilugio que parecía más un altar que una nave caída.

Luego suspiró.

—Porque alguien que amaba murió aquí —respondió, con voz firme, sin drama ni lágrimas—.

Su última voluntad fue que su tumba estuviera rodeada de belleza.

Así que… me pareció justo.

Las palabras colgaron en el aire como una oración.

Diamante Azul sintió algo en su pecho.

Un cosquilleo.

Un tirón que no venía de su gema, sino de más profundo.

De donde los siglos de luto no habían alcanzado.

Sus mejillas —de un tono frío y azul noche— se tornaron más oscuras, como si un rubor extraño quisiera traicionar su solemnidad.

Un humano…

cuidando de un lugar marcado por el dolor.

Un humano…

entendiendo la importancia de recordar con belleza.

Azul no dijo nada por un momento.

Solo lo observó.

Lo escuchó respirar.

Sintió la tristeza en su cuerpo como si fuera suya.

La sinceridad de sus palabras le golpeó más fuerte que cualquier sermón de las otras Diamantes.

Por fin… una criatura que conocía la pérdida como ella.

Y por primera vez en mucho tiempo, Diamante Azul no se sintió sola.

Aunque.

El silencio era cómodo, como si el mundo supiera que debía callar en presencia del dolor compartido.

Diamante Azul lo observaba con atención, como si aún intentara comprenderlo.

Era tan pequeño, tan frágil a simple vista, pero hablaba y se movía con una tranquilidad que descolocaba.

Había visto imperios temblar ante su sola sombra… pero aquel humano no parecía temerle.

—¿No te asusto?

—preguntó finalmente, su voz suave, casi etérea, como una melodía rota que se negaba a desaparecer.

Tn ladeó la cabeza.

Su expresión no fue desafiante, ni indiferente.

Era honesta.

—He visto muchas cosas raras en mi vida —respondió, apoyándose de nuevo en su pala como si esa herramienta fuera su bastón de vida—.

Una mujer gigante de piel azul no es lo más extraño, créeme.

Por un momento, Diamante Azul simplemente lo miró… y rió.

Fue un sonido suave, casi inaudible, pero real.

No se reía mucho.

No desde hace miles de años.

Pero esa respuesta tan sencilla, tan humana, la desarmó.

—Curioso… —murmuró—.

Eres muy curioso.

Tn esbozó una sonrisa cansada, la de alguien que aprendió a vivir con peso en el pecho.

—Mi prometida… —dijo de pronto, con la voz más baja, como si necesitara escarbar dentro de sí mismo para decirlo—.

Le gustaba este lugar.

Era tranquilo, callado… hermoso.

La brisa movió algunas flores cercanas, y por un instante el aroma a cerezo fue más fuerte.

—La enterré bajo ese árbol —continuó, señalando un cerezo solitario a unos metros, en una pequeña colina donde la sombra caía perfecta al atardecer—.

Dijo que quería descansar en un sitio donde pudiera ver flores, incluso si ya no podía verlas.

El agarre en la pala se forzo,el lijero temblor podia notarse pero la mirada perdida se relajo.

Diamante Azul sintió cómo algo se apretaba dentro de ella.

Una emoción espesa, densa… pero no desconocida.

Era como ver su propio reflejo en una historia diferente.

La devoción que emanaba de ese humano no era servil ni dramática.

Era real.

Dolor auténtico, cargado de amor.

Sin pensarlo demasiado, se arrodilló.

El acto fue lento, elegante… pero también profundamente íntimo.

Las gemas no solían inclinarse ante nada, pero en ese momento no era una Diamante.

Era solo una criatura rota sentándose junto a otra.

Sus ojos recorrieron el espacio, las piedras acomodadas con cuidado, los rosales sembrados a mano, los detalles apenas visibles que hablaban de ternura, de alguien que ponía el alma en cada rincón.

—Es hermoso —dijo finalmente, su voz impregnada de nostalgia—.

A Rosa… le hubiera encantado este lugar.

Tn se sentó también, su cuerpo descansando tras el trabajo.

No muy cerca, pero lo suficiente para que sus voces se compartieran sin alzar el tono.

—¿Rosa?

—preguntó con curiosidad, mirando el artilugio central—.

¿Era alguien importante para ti?

Diamante Azul asintió despacio.

Sus manos, tan delicadas como colosales, tocaron la tierra suavemente, como si temiera dañar el momento.

—Mucho.

Fue una de las nuestras.

Alguien que… rompió muchas reglas.

Y muchos corazones también —confesó con una tristeza que parecía no tener fondo—.

Pero también trajo luz.

Incluso cuando no sabíamos que la necesitábamos.

Por un instante, Tn no supo qué responder.

No entendía del todo lo que significaban esas palabras, pero sí reconocía el tono de quien hablaba de una herida que nunca cerró.

—Debe haber sido especial —dijo, simplemente—.

Como mi…

como ella.

Otro silencio.

La brisa sopló otra vez.

Algunos pétalos cayeron sobre la pierna de Diamante Azul.

No los apartó.

Los miró como si fuesen cenizas de una estrella vieja.

—Me llamo Diamante Azul —se presentó con una solemnidad que parecía parte de su ser.

Tn alzó las cejas con leve sorpresa.

No era el tipo de nombre que uno escuchara todos los días.

Silbó, impresionado de forma sencilla, sin burlas ni sarcasmo.—Pues… un placer, supongo.

Yo soy Tn.

Diamante Azul lo miró por unos segundos que parecieron detener el tiempo.

Sus ojos celestes, eternamente nublados de nostalgia, se fijaron en aquel humano con una intensidad suave, como si intentara leer los fragmentos rotos de su alma.

—Podría llevarte a un lugar mejor —dijo finalmente, con la voz que hacía temblar los árboles a lo lejos—.

Un pequeño… regalo, por haber cuidado este lugar.

El lugar donde cayó Rosa.

Tn giró el rostro para mirarla, un ceño leve dibujándose entre sus cejas.

No parecía confundido ni halagado.

Solo…

desconcertado.

Y tras un par de segundos, rió un poco.

Un sonido bajo, honesto.

Nada burlón.

—¿El paraíso, solo por un poco de jardinería?

—dijo, aún sonriendo—.

Suena como un mal trato.

Muy desequilibrado, la verdad.

Azul parpadeó.

No estaba acostumbrada a eso.

A respuestas que no eran súplicas o reverencias.

A una risa como respuesta a una oferta hecha por una Diamante.

Tn volvió a hablar, su voz mas serena mientras una brisa suave movia su cabello.—Tiempos difíciles crean hombres fuertes.

Hombres fuertes crean tiempos de paz.

Y yo… no creo merecer una paz fácil.- Un veterano no fue entrenado para eso, no, recibian azotes y golpes para ganarselo.

Las palabras golpearon a Diamante Azul como una corriente de energía suave pero firme.

Lo observó con renovado interés.

Aquella frase —tan simple y tan firme— no era propia de una criatura pequeña.

Ninguna gema común rechazaría semejante oferta.

Un diamante había hablado.

¿Y este humano…

simplemente lo negó?

Había algo… distinto en él.

No solo tristeza.

Tenía principios.

Tenía espinas, heridas abiertas, pero aún así mantenía la cabeza en alto.

Se negó no por orgullo, sino por convicción.

Intrigada, Azul inclinó su cabeza, observándolo desde lo alto.

Había compartido palabras con muchas especies.

Había sido adorada y temida.

Pero nunca había conocido una criatura así.

Entonces, una idea —pequeña, fugaz, peligrosa— cruzó su mente.

Recordó las palabras de Diamante Amarillo.

La Tierra estaba condenada.

Su destino, negociado en los pasillos de Homeworld: destrucción a cambio de un arma antigua.

Ningún humano sobreviviría.

Todo lo que no fuese gema… quedaría reducido a polvo.

Y sin embargo, allí estaba ese hombre.

Solo.

Dedicando sus días a cuidar el eco de alguien a quien nunca conoció.

Manteniendo con vida un lugar que muchos ya habían olvidado.

No.

Él no merecía morir así.

Antes de que pudiera decir otra palabra, Tn sintió una sombra cubrirlo por completo.

Las manos de Azul, grandes como estructuras, se acercaron con una delicadeza imposible para su tamaño.

En un instante, lo sujetó entre sus dedos, con tanta suavidad como si al mínimo error pudiera romperlo.

—Entonces…

—susurró, mientras lo alzaba— si no aceptarás el paraíso como recompensa…

serás mi cuidado personal.

Mi responsabilidad.

Tn no alcanzó a protestar antes de sentirse rodeado por el calor tibio de su cuerpo.

Azul lo acercó a su pecho.

No con pasión, sino con una ternura, casi maternal, casi… posesiva.

El latido de su gema vibraba suave, profunda, y se mezclaba con la brisa que aún traía el aroma de los cerezos.

—Te cuidaré yo misma —murmuró con una decisión de cristal, irrompible—.

A cambio de lo que hiciste por Rosa.

No permitiré que desaparezcas con este planeta.

Tn sintió cómo su corazón se agitaba, no de miedo… sino de una inquietud más compleja.

No sabía si estaba siendo salvado… o capturado.

Pero en ese momento, en el abrazo cálido y azul de una criatura que no sabía amar sin dolor, no tenía escapatoria.

Tn se removió, inquieto, tratando de apartarse… pero el agarre de Diamante Azul era inquebrantable.

No era violento, pero sí imposible para un humano.

Como si una montaña lo sujetara con la delicadeza de un pétalo… que igual podía romperle los huesos.

Sentía la presión en sus costillas, cómo el aire comenzaba a faltarle por momentos.

El corazón le latía con fuerza, más por desconcierto que por miedo real.

La gigante azul comenzó a elevarse.

A su alrededor, los árboles y flores parecían empequeñecerse aún más conforme se acercaba a la nave.

La nave no era como ninguna que un humano hubiera visto jamás.

No era una estructura mecánica común, sino una maravilla flotante, como el brazo extendido de una divinidad.

Azul.

Pulida.

Orgánica.

Viva.

Sus luces danzaban como respiraciones en la superficie de un océano celeste.

Con pasos elegantes, Diamante Azul entró en la nave.

No hizo mención alguna del humano entre sus brazos, como si él fuera un objeto sagrado, una reliquia.

En su rostro solo había calma.

Y debajo… algo más.

—Perla —dijo suavemente, y su voz resonó en cada rincón de la nave como si invocara una sinfonía—.

Dirige el rumbo a mi santuario.

No quiero interrupciones.

La gema de menor estatura apareció de inmediato, bajando la cabeza en señal de respeto.

—Sí, mi Diamante —respondió, antes de desaparecer tras una pared de luz.

Pero lo que ninguna otra gema vio… era lo que sucedía más allá del velo de elegancia.

Tn, oculto bajo el inmenso vestido azul, estaba atrapado.

No podía moverse.

El calor era intenso, casi asfixiante.

No era como estar envuelto en tela… era como si la atmósfera misma lo aprisionara.

Cada movimiento era resistido por una fuerza invisible, como si la nave entera conspirara para mantenerlo quieto.

El viaje no duró más de unos minutos, pero para él pareció eterno.

Cuando por fin llegaron, Diamante Azul se dirigió a sus aposentos privados.

Un domo colosal, silencioso, cubierto de cristales flotantes y espejos que mostraban reflejos que no correspondían del todo a la realidad.

Allí, al fin, ella lo soltó.

Tn cayó sobre una superficie acolchada, blanda y tibia.

Algo parecido a una cama… aunque del tamaño de una pequeña sala entera.

La tela era de un azul profundo, como el mar antes de una tormenta, y olía a algo que no sabía describir.

Ni del todo floral, ni del todo metálico… un aroma ajeno.

Tn se incorporó lentamente, sobándose el pecho, dispuesto a alzar la voz, a exigir explicaciones.

—¿Oye, estás loca o qué demonios—?

No terminó la frase.

Diamante Azul se inclinó de nuevo.

Sus manos lo tomaron con una suavidad extrema, pero sin dejarle opción.

Esta vez lo alzó hasta que sus ojos casi quedaron a la altura de los suyos.

Y fue entonces que Tn la vio llorar.

No lágrimas humanas, sino gemas líquidas que se deslizaban como fragmentos de luz cristalina por su rostro perfecto.

Gotas azules que brillaban como estrellas quebradas.

—Es cruel —dijo ella con voz quebrada—.

Me parece tan cruel…

Tn dejó de forcejear.

Su cuerpo quedó quieto, sostenido a centímetros del rostro de un ser inmortal que… lloraba por él.

—¿Qué cosa…?

—preguntó, confundido, aunque su voz perdió parte de la rabia.

—La vida humana —susurró Azul—.

Tan corta… tan frágil.

Nacen, crecen, se enamoran, sufren, y luego mueren.

Como si su existencia fuera una chispa.

Fugaz.

Dolorosa.

¿Cómo puede ser eso justo?

Tn tragó saliva.

No sabía si estaba siendo interrogado, consolado… o en medio de un desahogo.

—Así es la vida —respondió al fin, bajo—.

No elegimos cuánto dura.

Solo qué hacemos con ella.

Diamante Azul lo miró, y en sus ojos no había burla, ni superioridad… solo un vacío enorme, profundo, lleno de ecos de siglos de contemplación.

—Y tú… tú elegiste cuidar lo que otros olvidaron.

Un recuerdo.

Un campo de flores.

Una tumba.

Eso… es más de lo que muchas gemas han hecho en miles de años.

Sus dedos temblaron levemente al sostenerlo.

—No dejaré que tu chispa se apague sin sentido —murmuró—.

No después de lo que hiciste por Rosa.

No después de lo que haces por amor.

Diamante Azul lo depositó con cuidado sobre el inmenso colchón.

El peso de su gesto, la solemnidad de sus movimientos, hacían que todo se sintiera menos como un favor… y más como un juramento.

—Te lo prometo —dijo con voz grave, sus lágrimas ya secas—.

Te cuidaré.

No permitiré que nada te dañe.

Tn se sentó despacio, su cuerpo aún adolorido por el agarre anterior.

Sus ojos exploraban su alrededor, pero era difícil procesar el lugar.

No parecía una habitación.

Era más bien como un templo privado hecho con intenciones estéticas imposibles de descifrar.

Las paredes eran cristales vivos que vibraban con el paso de Azul, y el techo… el techo parecía una noche estrellada eterna.

(Nt:Las habitaciones de la gemas parecen dimensiones de bolsillo, porque hostias son enormes mas grandes como para que ellas no toquen siquiera el techo) Tn bajó la cabeza.

Respiró hondo.

Sus pensamientos eran un remolino.

—Solo quiero volver a casa… —murmuró, sin mirarla.

Azul no respondió de inmediato.

Caminó hacia una ventana flotante, una especie de vitral suspendido en el aire.

Desde ahí, la luz de una estrella lejana bañaba su silueta en un resplandor melancólico.

Cuando giró para verlo, su expresión era distinta.

No triste.

No compasiva.

Lastimera.

—Tu hogar… —susurró— pronto dejará de existir.

El tono no fue frío.

Fue devastador.

Tn alzó la mirada, tenso.

Su voz salió más controlada de lo que esperaba.

—¿A qué te refieres?

Pero Azul no contestó de inmediato.

Sus ojos, tan azules como las profundidades más solitarias del mar, se perdieron en alguna memoria inalcanzable.

Su rostro dibujó una línea de sombras, y la luz que la iluminaba pareció atenuarse.

—Nada que debas preocuparte —dijo finalmente, su voz ahora más firme, distante—.

Solo… descansa.

Tn no se sintió tranquilo con esa respuesta.

De hecho, no se sintió tranquilo con nada.

Azul se inclinó un poco, como si aún quisiera tocarlo, pero se contuvo.

En su lugar, extendió una mano hacia una puerta sin marco en el aire.

Esta se abrió con un resplandor suave, como si la realidad misma se partiera en dos para dejarla pasar.

—Quédate aquí —le pidió con un tono que era suave… pero innegociable—.

Tengo asuntos que atender.

No salgas de esta habitación, por favor.

Y sin esperar respuesta, atravesó la luz y desapareció.

Tn se quedó en silencio por un largo rato.

Se levantó con cuidado del enorme colchón, sus pies tocando una superficie suave como agua sólida.

Caminó un poco.

Observó.

Todo parecía construido para hacer sentir pequeño a quien estuviera allí, y sin embargo, no había barrotes ni cadenas.

Solo… exceso de espacio.

Demasiado espacio.

Las paredes reflejaban cosas.

A veces su rostro.

A veces sistemas.

A veces una silueta femenina que no reconocía.

La luz cambiaba con su respiración.

Los sonidos eran suaves, como suspiros lejanos de algún coral marino dormido.

Tn apretó los puños.

La impotencia comenzaba a hacerse sentir.

No sabía en qué parte estaba.

No sabía qué era esa nave, ese lugar.

Solo que lo habían apartado de la Tierra.

De su hogar.

Y sobre todo… que esa mirada que Diamante Azul le dio antes de marcharse, no era de una que le haya gustado recibir.

.

.

.

Los pasos de Diamante Azul resonaban con un eco solemne en los corredores internos de la nave, vastos como catedrales sin dioses.

Cada paso medido, cada leve movimiento de su manto, era observado con reverencia por las gemas que la servían.

Eran formas variadas, estilizadas, todas de tonos celestes, índigos y aguamarinas.

Ninguna se atrevía a alzar la mirada más allá de lo necesario.

Una de ellas se arrodilló al verla pasar, la frente tocando el suelo pulido como cristal.

Otra simplemente se inclinó, como si la presencia misma de Azul fuese sagrada.

Diamante Azul no les dedicó una palabra.

No porque las despreciara… sino porque en ese momento, su mente no estaba allí.

—Mi Diamante —la voz de su Perla surgió suavemente junto a ella, discreta, obediente como una sombra—.

En breves ciclos entraremos en la órbita de Homeworld.

¿Desea preparar su descenso?

Azul no detuvo su andar, pero su mirada se entornó, como quien observa a través de pensamientos demasiado densos.

—No aún —dijo finalmente, en tono suave pero con firmeza—.

Dirígete primero a mi satélite privado.

Quiero… reorganizar mi espacio antes de presentarme ante los demás.

Perla asintió, sin cuestionar.

Sabía cuándo no insistir.

—Como ordene, mi Diamante.

Y entonces, volvió el silencio.

Diamante Azul caminó más despacio.

A solas en su corredor, los cristales del suelo reflejaban su silueta multiplicada, pero ninguna imagen devolvía lo que realmente sentía.

Por fuera, su rostro era impecable, su postura recta, su manto flotando como niebla azul bajo el agua.

Pero por dentro… Agitacion.

Tn seguía en su pensamiento.

Esa criatura, ese humano… ese fragmento efímero que hablaba de pérdidas como si compartiera su idioma.

Esa chispa de honestidad sin filtros, sin intereses, sin miedo… la había tocado más de lo que estaba dispuesta a admitir en voz alta.

Y ahora lo tenía.

A salvo, lejos del destino de la Tierra.

Y sin embargo… no debería tenerlo.

No podían saberlo.

¿Qué pasaría si Diamante Amarillo descubría que guardaba a un humano como algo propio?

Amarillo era práctica, severa.

Seguramente lo vería como una distracción innecesaria o, peor aún, como una debilidad.

Pero Azul sabía también que Amarillo estaba ocupada.

Demasiado ocupada.

En conflictos, en armamento, en expansiones.

Y Diamante Blanco… Diamante Azul sintió una presión sutil en su pecho.

Blanco no se había comunicado con ellas desde hacía milenios.

Nadie sabía si aún las vigilaba o si simplemente se había retirado a su santuario eterno.

En su silencio, había algo peor: el olvido.

Azul desvió la mirada hacia una pared de luz que mostraba las trayectorias de sus satélites.

El suyo, el santuario privado donde solía ir para meditar, almacenar recuerdos, llorar sin testigos… estaba cerca.

Pensó.

“Si se enteran… puedo decir que es una mascota.

Un objeto curioso.

Una distracción para mi tristeza.” No era mentira.

No del todo.

Aunque ya comenzaba a notar que no era solo tristeza lo que sentía.

Era apego.

Era necesidad.

Era el deseo profundo de que alguien —aunque sea uno solo— no se rompiera lejos de ella.

Y si para proteger esa sensación debía mentir, disfrazarlo, ocultarlo entre capas de formalidad… lo haría.Después de todo, nadie cuestiona a un Diamante.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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