Waifu yandere(Collection) - Capítulo 87
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87: Leonardo da vinci part 6 (fgo) 87: Leonardo da vinci part 6 (fgo) Advertencia ⚠️ ⚠️ Futuro contenido para mayores 18 leer bajo su propio criterio Advertencia contenido grafico de violencia y Advertencia ⚠️ temas cuestionables y sensibles se sugiere que si no es de su agrado salga de aquí y de paso aclaro que personajes o imágenes no me pertenecen crédito a sus autores.
Agrego personajes no me pertenecen.
Imágenes y personajes no me pertenece crédito a sus autores.
Advertencia este capítulo contiene escenas para mayores y lenguaje bulgar están advertidos.
 La esencia de la suculencia 7w7.
______________________________________ Da Vinci caminaba con pasos medidos, controlados, sus suaves tacones resonaban apenas en los pasillos helados de Chaldea.
El ala donde reposaban los Griales estaba vacía, protegida solo por algunos sellos mágicos y vigilancia arcana…
que ella misma había diseñado y, por tanto, sabía desactivar.
Con una leve risa que se escapaba como susurro, desvió las cámaras de seguridad y puso fuera de funcionamiento los sensores.
Su mano temblaba ligeramente, no de miedo, sino de excitación intelectual.
—Como decía yo misma… “nada es imposible, sólo falta método” —susurró con una sonrisa.
Dentro del recinto dorado donde los Griales eran almacenados, el aire vibraba con una energía densa y mística.
El corazón de Da Vinci latía rápido.
En sus manos sostenía una réplica perfecta, con peso y textura casi indistinguibles del original.
Como una escena salida de sus recuerdos de aventuras “Ufff bien Leo tu puedes,tu puedes” Sus manos temblaron mientras preparaba para cambiar ambos griales.
intercambió los objetos con una rapidez y precisión milimétrica.
Espero a que alguna trampa se activara y cayera alguna roca gigante sobre ella.
—Touché.
—murmuró, guardando el verdadero Grial en un compartimiento secreto oculto en su vestido, reforzado con sellos ilusorios y sellado con una runa de privacidad.
Sin voltear atrás, salió del lugar como una sombra elegante.
Mientras tanto, en el otro lado de Chaldea, el ambiente era diametralmente distinto.
Jack seguía riendo, manchada de pintura hasta las mejillas, mientras Tn pacientemente le ayudaba a trazar una luna en el mural.
Su voz era suave, calmada, guiando sus pequeñas manos con precisión casi paternal.
—Así…
traza el círculo con firmeza, y luego rellenas los bordes.
No importa si se sale un poco —le decía, sonriendo con suavidad.
—¡Mami es el mejor maestro de pintura!
—declaró Jack orgullosa, mientras Illia asentía de acuerdo con una paleta de colores mágicos flotando a su lado.
Mordred y Caenis estaban en su propio rincón, pintando una calavera con llamas rojas y azules.
—¡Dale más fuego, Caenis!
¡Esto tiene que arder como el infierno mismo!
—exclamaba Mordred emocionada.
—¡Ya te dije que si sigues así te pateare el tracero, idiota!
—gruñó Caenis, aunque con una sonrisa en los labios.
Unos pasos más allá, Merlin —en su clásico comportamiento evasivo— jugaba con la pintura, haciendo combinaciones que flotaban en el aire.
Un cubo entero de color púrpura se derramó por accidente justo sobre Fou, quien soltó un grito extraño, más bufido que ladrido.
—¡¡KYUAA!!
—bramó la criatura mientras saltaba como un rayo directo al rostro de Merlin.
“!!!FOUUUUUU KYUUUUU YOUUUUU!!” (Nt:traduccion, Jodete merlin) —¡Gah!
¡¡Fou, alto!!
¡No es necesario recurrir a la violencia ahghghgh en la cara noooo!
—gritaba el mago blanco mientras tropezaba entre pinceles y servilletas, cayendo de espaldas entre risas de los presentes.
Nadie se preocupo cuando el animal intento morder la entrepierna del mago.
A pesar del alboroto, todos parecían estar disfrutando.
Incluso los Servants más intensos como Kintoki y Lu Bu se habían unido, pintando con trazos torpes pero ya era un intento.
Mientras eso sucedía, Da Vinci llegó a su habitación en silencio, cerrando la puerta con cinco cerrojos mágicos y una barrera de contención.
El grial brillaba, pulsando con una luz profunda, como si respirara.
Lo sostuvo con ambas manos y lo colocó con reverencia en una mesa especial, escondida tras una estantería falsa.
—Solo por un corto tiempo… solo lo estudiaré —susurró para sí misma, aunque su corazón sabía que era mentira.
El picor en su vientre volvió.
Una punzada que no era dolor, sino un eco de deseo: la ilusión de crear vida.
Un anhelo imposible para un espíritu heroico.
Pero Leonardo da Vinci no era alguien que aceptaba imposibles.
Con una sonrisa más afilada que dulce, empezó a escribir ecuaciones en su pizarra.
—Fantasía o no… yo haré que suceda.
Porque soy Da Vinci.
Da Vinci se sumergió en su taller, rodeada de bocetos, diagramas de circuitos mágicos, notas alquímicas y complejas fórmulas de transmutación.
Con el Grial oculto bajo una campana de cristal reforzada con runas de protección, sus manos se movían con agilidad mientras trazaba círculos mágicos en el suelo y sincronizaba su tableta con el viejo sistema de análisis de maná profundo.
Sus ojos brillaban con esa chispa de genialidad caótica que la caracterizaba, aunque su expresión era más intensa, más enfocada… más desesperadamente humana.
Mientras tanto, el evento artístico en Chaldea llegaba a su fase final.
Las paredes, antes blancas y grises, ahora estallaban en colores, formas, historias y símbolos pintados por decenas de Servants.
Algunos ya se retiraban, exhaustos y cubiertos de pintura.
Altera, la siempre seria guerrera, estaba manchada completamente de pies a cabeza con pintura roja y azul, como una escultura viviente.
Medb, fiel a su falta de pudor, simplemente había optado por desnudarse y cubrir su cuerpo únicamente con pintura rosa, caminando por los pasillos con una confianza que ya nadie intentaba corregir.
Era Medb, al fin y al cabo.
Dejo pisadas de sus pies en su andar.
Merlin, por su parte, no corría con la misma suerte.
Fou aún no perdonaba la ducha involuntaria de pintura, y tras una emboscada certera, el pequeño familiar le había mordido directamente en la entrepierna.
Merlin chillaba de forma indigna, con la túnica rasgada, mientras se arrastraba por el suelo murmurando maldiciones floridas que sólo un mago blanco podría pronunciar con tal elegancia.
Tn, con la calma que lo definía, observó el resultado de la jornada con una sonrisa leve.
Se acercó a Jack, quien reía con energía, el rostro manchado de rojo y amarillo.
—Ve a limpiarte, pequeña artista.
Lo hiciste bien hoy —le dijo con ternura.
Jack asintió animada y corrió hacia los baños con Nurse Rhyme e Illya, dejando a Tn solo.
Sin tener mucho más que hacer, Tn caminó hacia su habitación.
La proximidad a la de Da Vinci no le incomodaba; de hecho, le resultaba reconfortante.
Entró, se quitó el abrigo salpicado de pintura, y se dejó caer sobre la cama.
No era que necesitara dormir, pero descansar… siempre había sido un placer humano que disfrutaba.
Cerró los ojos.
Un momento de silencio, de paz.
Y al otro lado de la pared, Da Vinci escribía como si el tiempo se le acabara, el corazón latiéndole con una mezcla de deseo, ambición y una punzada persistente en el vientre y el pecho.
Ella no solo quería crear.
Esta vez… quería crear vida.
.
.
.
Durante horas, el taller de Da Vinci fue un santuario de ideas frenéticas, ecuaciones imposibles y pruebas arcanas.
Las fórmulas flotaban en pantallas translúcidas, mientras el Grial pulsaba con una energía dorada cada vez más inestable.
Ella ya no pestañeaba con normalidad; sus ojos brillaban con un fulgor extraño, entre la genialidad desbordada y una emoción más profunda…
más peligrosa.
Su mente, en su constante actividad, había llegado a una conclusión lógica… pero no moral.
Un Servant era solo una manifestación parcial.
Su verdadera esencia estaba atada al Trono de los Héroes, y su cuerpo físico aquí en Chaldea era solo un constructo hecho de maná.
Para concebir vida, Da Vinci sabía que necesitaba más que ese reflejo.
Necesitaba su verdadero cuerpo, algo que rompiera las reglas de lo establecido.
Pero no podía arriesgarse consigo misma, no aún.
Si fallaba… perdería a Tn.
Y eso no era aceptable.
No.
Antes debía probar.
Comprobar que podía invocar completamente un cuerpo desde el Trono sin romper la estructura espiritual.
Hacer de una copia, un original.
Fue entonces cuando surgió una idea.
Una víctima perfecta.
—Osakabehime… —murmuró con una sonrisa que se curvaba demasiado, peligrosamente suave.
La asesina hikikomori, encerrada en su cuarto desde que fue invocada, creando doujinshis de contenido cuestionable, era invisible para la mayoría de Chaldea.
Nadie se preocuparía si no salía durante días… porque ya no lo hacía.
Era prescindible.
Silenciosa.
Desconectada.
—Nadie la notará.
Nadie preguntará.
Nadie la echará de menos.
—Da Vinci lo susurró como un cántico mientras buscaba un dispositivo que anulaba la conciencia mágica con un pulso específico de maná, algo originalmente diseñado para detener Berserkers fuera de control.
Una parte racional de su mente —esa que aún conservaba ética— gritaba en su interior, cuestionando la moralidad del acto.
Pero fue rápidamente silenciada.
Porque Da Vinci no estaba pensando como una científica…
sino como una mujer desesperada por lograr lo imposible.
La imagen de Tn, con un niño de cabello cafe y una niña de ojos violetas corriendo por las calles de Venecia, se filtraba constantemente entre sus pensamientos lógicos.
No era sólo un deseo…
ya era un proyecto vital.
Tomó el dispositivo, lo escondió dentro de su abrigo, y salió de su taller en completo silencio.
Su rostro seguía sonriendo… pero sus pasos eran los de una cazadora.
No como Caster.
Como algo más peligroso: alguien que amaba hasta lo irracional.
Mientras caminaba por los pasillos de Chaldea, Da Vinci murmuraba entre dientes, aún con la expresión amable pero los ojos inyectados en fuego contenido.
—¿Una santa perra?
¿Una loca en traje de baño sobre mi Tn?
¿Una niña que cree que lo divino se mide en martirios?
Habría sido tan fácil tomar a una de ellas… tan… justo.
Su mano tembló levemente.
Apretó los puños.
No.
Todavía no.
Si desaparecía una figura “importante” relacionada con la Iglesia, Romani o Ritsuka empezarían a levantar informes, y eso entorpecería sus planes.
No podía arriesgarse.
No todavía.
Fue entonces cuando llegó a la habitación de Osakabehime.
La puerta… estaba entreabierta.
Da Vinci empujó con la punta de un dedo, y al instante un hedor infernal golpeó su rostro.
—¡Santo infierno de Dante!
—murmuró, tapándose la nariz con el dobladillo de su túnica.
La escena que se desplegó ante sus ojos era una mezcla de basura, descomposición y absoluta decadencia.
Bolsas apiladas, restos de comida en estado de fermentación, latas de ramen abiertas y cerradas como tótems putrefactos.
Y el olor.
Sudor.
Basura.
Esmegma.
Un carnaval de microbios bailando al compás de la desesperación.
Da Vinci sintió un espasmo en la ceja.
—¿Esta es una habitación o el quinto círculo del infierno?-Ni ella era tan floja para limpiar su taller.
Osakabehime estaba sentada, en ropa interior vieja y camiseta raída, con auriculares puestos y dibujando como si el mundo no existiera.
Sobre la mesa, un doujinshi a medio terminar captó la atención de Da Vinci.
Se acercó con asco, y cuando vio el contenido… sus ojos se abrieron con una mezcla de horror y furia.
Jalter.
Tn.
Posiciones.
Gráficas.
…Muy gráficas…………era un chingo de porno.
 —Te… mato.
—murmuró con una sonrisa helada.
Ni siquiera usó el dispositivo.
No hizo falta.
Da Vinci levantó un objeto pesado —una laptop empolvada— y sin dudarlo golpeó a Osakabehime en la cabeza.
La servant cayó al suelo con los ojos en espiral, desmayada con un gemido torpe.
Ni siquiera se quejó.
Solo colapsó como una bolsa de carne vacía.
—Qué clase de aberración mental crea esto…?
¡Ni siquiera tiene proporción anatómica lógica!
Ademas Tn la tiene mas grande y esa perra palidad no tiene muslos tan gruesos —bufó Da Vinci mientras pateaba una pila de basura con frustración.
Después, resopló, se agachó y comenzó a arrastrar el cuerpo de Osakabehime fuera de la habitación.
El sonido que hacían los pliegues del pijama rozando contra las bolsas de papas fritas era lo suficientemente desagradable como para hacerla acelerar el paso.
—Al menos servirá de algo por primera vez en su vida… —susurró, mientras ocultaba su rastro.
Cada cámara del pasillo ya había sido apagada.
No había testigos.
No había alertas.
Con la mente fría y el corazón latiendo con una excitación peligrosa, Da Vinci jaló a Osakabehime por una puerta lateral rumbo a su taller.
Ya había hecho espacio.
Ya tenía las herramientas.
Y lo más importante: ya había cruzado el umbral de lo que una vez fue moralidad.
Porque si alguien se interponía entre ella y el sueño de crear una nueva vida con Tn, estaba dispuesto a desaparecer.
Sin testigos.
Sin remordimientos.
Y Osakabehime… solo era el comienzo.
.
.
.
La habitación estaba en penumbra, iluminada solo por la luz azulada de los monitores y el resplandor intermitente de los tubos de energía mágica que serpenteaban por el techo y el suelo.
Un zumbido constante llenaba el aire, junto al olor metálico del mana condensado.
Osakabehime despertó con un estremecimiento violento, sintiendo de inmediato la tensión de los amarres en sus muñecas y tobillos.
Tenía cables conectados al pecho, abdomen y sienes.
Su ropa —si podía llamarse así— consistía en su camiseta vieja y su ropa interior sin lavar.
El frío de la mesa metálica la atravesaba como cuchillas.
—¿¡Qué…
qué es esto!?
¿¡DÓNDE ESTOY!?
—chilló, forcejeando.
Una puerta se abrió suavemente.
El sonido de unos tacones refinados resonó por el taller, y Da Vinci apareció, impecable, con una sonrisa tan serena que helaba la sangre.
—Buenos días, Hime-chan.
Espero que hayas descansado lo suficiente para el procedimiento —dijo con voz melosa, caminando lentamente hacia la consola principal.
—¡E-Esto es ilegal!
¡NO PUEDES HACERME ESTO!
¡SOY UN SERVANT RECONOCIDO DE LA CLASE ASESINO!
¡VOY A GRITAR!
¡VOY A—!
Zzzzt— Kyaaaaaaaaaa Un chispazo.
El cuerpo de Osakabehime se arqueó con violencia.
Un gemido ahogado le quedó atrapado en la garganta, y su piel se estremeció bajo los electrodos.
Da Vinci suspiró, apagando el botón con delicadeza.
—Yo también quería hacerlo sin dolor.
Créeme.
Pero luego encontré esto.
—Hizo un gesto hacia una pila de impresiones grotescas esparcidas sobre una mesa auxiliar.
Algunos dibujos estaban a medio entintar.
Otros, lamentablemente, terminados.
—No solo te atreviste a dibujar a Tn con esa versión descarada y desequilibrada de Jeanne Alter kughh otras servants incluidas, ¡¡también hiciste una sección entera conmigo y golems!!
¡¡GOLEMS!!
—Su sonrisa se contrajo en un tic nervioso.
Un ojo le temblaba.
Su voz, aunque aún suave, destilaba un odio frío.
—¡¡Era un encargo!!
¡¡Yo solo dibujo lo que me piden!!
—chilló Osakabehime, apenas encontrando aire.
—¡Yo no quise—!
—¿Y la carpeta “autoproyectos-secretos” también era encargo?
¿Con escenarios absurdos en los baños de Chaldea, picnics con tentáculos, y una orgía con doppelgangers?
—Da Vinci levantó una ceja.
—Créeme, estuve a un clic de devolverte al Trono por aberración existencial… Pero… —se volvió hacia una mesa metálica con instrumentos quirúrgicos y frascos de éter— …necesito comprobar la viabilidad de reconstituir cuerpos independientes usando fragmentos del Grial y receptores de mana estable.
Y tú, “reina otaku”, eres lo suficientemente prescindible y estructuralmente apta para el primer test.
Osakabehime palideció.
—…¿Me vas a matar?
Da Vinci sonrió con falsa dulzura.—No si colaboras.
Pero si mueres, bueno… científicamente hablando, también será útil.
Y además —añadió entre dientes—, no vuelvas a dibujar a Tn en situaciones indecorosas si quieres conservar tus dedos para seguir trazando líneas.
La servant trató de sollozar, pero incluso sus lágrimas parecían congeladas del miedo.
Da Vinci giró el interruptor principal del equipo, y la habitación vibró con energía.
En el fondo, el Grial brillaba con un resplandor dorado sellado en un cilindro prismático.
Las pruebas estaban a punto de comenzar.
Y en la mente de Da Vinci, solo una frase se repetía como un mantra febril“Si los dioses no me conceden un hijo con él… entonces los haré yo.” Las luces del laboratorio parpadeaban suavemente, tenues y controladas, bañando la sala en un resplandor blanco que no parecía provenir de ninguna fuente física.
Da Vinci, con el cabello desordenado y ojeras marcadas, seguía revisando gráficos y lecturas mágicas proyectadas en el aire.
Osakabehime, aún conectada a los sistemas de monitoreo, no hablaba.
El sedante mágico seguía fluyendo a través del círculo que Da Vinci había trazado bajo la mesa, manteniéndola en un estado de quietud profunda pero segura.
No le había causado daño directo —al menos, no todavía—.
Era una observación, un análisis.
Todo seguía siendo teórico.
—”Si la estructura espiritual puede estabilizarse con suficiente maná externo… entonces no sería necesario depender del Trono… Podría… extraerse, contenerse y, eventualmente, recrearse.” —susurró Da Vinci, escribiendo con rapidez.
Una gota de sudor cayó de su frente mientras su corazón latía más rápido.
La sensación en su pecho era una mezcla de euforia y miedo.
No era una experimentación cruel, al menos no en su mente.
Era una búsqueda desesperada, una carrera contra las limitaciones de lo que significaba ser un Servant.
Un leve zumbido llamó su atención.
Los signos vitales de Osakabehime se mantenían estables, aunque Da Vinci no se molestó en mirarla directamente.
Sabía que no estaba despierta, pero también sabía que no podría seguir por mucho más tiempo sin tomar decisiones difíciles.
—”Necesito un modelo funcional…
una prueba real,” —murmuró.
Su voz temblaba ligeramente.
Abrió un compartimento en su escritorio y extrajo un pequeño vial de cristal.
En su interior brillaba el Grial que había robado: una joya de maná concentrado que irradiaba un poder tan denso como peligroso.
Lo sostuvo entre sus dedos como si fuera un cáliz sagrado.
—”Con esto… con esto podré crear un útero arcano… uno que simule las condiciones… y después… después, solo faltaría una cosa.” Miró hacia la tableta donde aún estaba el rostro escaneado de Tn.
No una imagen cualquiera, sino un registro de su estructura espiritual, recuperado desde su invocación.
Da Vinci apretó el frasco contra su pecho y, por un instante, su rostro mostró una mezcla de anhelo y miedo.
Anhelo de algo imposible.
Miedo de que, aún con todo su genio, no bastara.
—”Tn…
¿qué pensarías si supieras que haría esto…
por nosotros?” Las alarmas del sistema mágico interno parpadearon un momento.
Da Vinci rápidamente las desactivó.
Nadie debía saberlo aún.
Nadie debía enterarse que, en lo más profundo de Chaldea, una mujer que una vez fue el mayor genio del Renacimiento ahora soñaba con vencer incluso las reglas de los dioses.
Solo por la fantasía de ser… una familia.
Da Vinci se mantuvo en completo silencio mientras ajustaba los niveles de maná del entorno.
En su taller, convertido ahora en un improvisado quirófano etéreo, los instrumentos quirúrgicos flotaban suspendidos en campos de levitación mágica.
El cuerpo de Osakabehime, mantenido en suspensión por una cápsula de estabilización, respiraba con lentitud bajo el efecto de la anestesia arcana.
Da Vinci, vestida con bata reforzada y gafas de inspección, estudiaba los signos vitales con detenimiento.
—”Fusión de maná en tejidos espirituales…
estabilidad 86%…
aún dentro de parámetros.” —anotó mentalmente.
Frente a ella, un grimorio abierto mostraba ilustraciones anatómicas humanas detalladas.
A su lado, otro libro flotaba, uno que ella misma escribió en sus años de estudio: Comparación entre anatomía humana y manifestación espiritual.
En él, Da Vinci analizaba las diferencias estructurales entre un útero humano y uno recreado por maná denso.
Las diferencias eran muchas… pero no insalvables.
—”Los ovarios son simulaciones etéreas, pero… tienen una respuesta básica a la estimulación mágica.
Tal vez no produzcan óvulos verdaderos, pero pueden ser programados…” Utilizando una microaguja de extracción, Da Vinci insertó un filamento conductor de maná directamente en la región ovárica.
Observó el pulso que emitía: tenue, irregular, pero ahí.
—”La teoría se mantiene.
Un cuerpo espiritual suficientemente reforzado con maná estable —como el de un Servant que porta un Grial— podría, en principio, sostener una gestación…
pero ¿y el alma?
¿y la conciencia?
¿el hijo sería… real?” El pensamiento provocó un leve estremecimiento en su pecho.
Se tocó el vientre por reflejo.
No era sólo curiosidad científica.
Era deseo.
Esperanza.
Un sueño que había enterrado siglos atrás junto a Tn.
Miró a Osakabehime.
La Servant seguía inconsciente.
Da Vinci se acercó al núcleo espiritual, una pequeña esfera luminosa incrustada en el pecho, conectada a múltiples tubos de transferencia.
—”Necesito recalibrar tu flujo espiritual… adaptar esta matriz a una función que jamás tuvo.” Con el cuidado de un escultor y la frialdad de un médico, Da Vinci comenzó a reconfigurar el patrón espiritual de Osakabehime, como si fuera una máquina de alquimia viviente.
Cambios mínimos, no letales, pero decisivos.
Si funcionaba, podría transferir el procedimiento a sí misma.
Si no… Suspiró.
—”…no hay progreso sin riesgo.” Una alarma suave sonó.
Los signos vitales se mantenían estables.
El maná circulaba sin rechazo.
Da Vinci cerró su libro de anatomía humana, lo apoyó sobre la mesa, y registró los resultados.
—”Etapa uno completada.
Simulación funcional ovárica, posible.” No era ética.
No era legal.
Y no era humana.
Pero ella no era ninguna de esas cosas ya.
Solo era una genio con una meta: crear un futuro imposible.
Y todo eso… por alguien que una vez la llamó “Leo”.
.
.
.
.
Da Vinci retiró sus guantes manchados de sangre espiritual condensada, sus dedos temblaban levemente no por debilidad, sino por la exigencia de precisión que el procedimiento había requerido.
Aun con su mente prodigiosa y su habilidad como ingeniera, trabajar directamente sobre el soporte vital de un espíritu heroico era algo completamente distinto a sus viejos esquemas renacentistas de anatomía humana.
Había utilizado una técnica quirúrgica experimental basada en una combinación de endoscopia mágica y manipulación del núcleo espiritual.
Insertando una sonda especializada por el canal vaginal, pudo observar la conformación física parcial que Osakabehime había desarrollado como servant.
Con ayuda de un grimorio médico de tiempos antiguos y tecnología moderna de Chaldea, logró realizar una simulación de funcionalidad ovárica, más como experimento que con la expectativa inmediata de fertilidad.
No se trataba solo de lo físico.
El cuerpo de un servant era sostenido por maná, y reproducir procesos biológicos requería modificar ese flujo sin romper el núcleo.
Da Vinci lo sabía.
Por eso, cada corte, cada sutura, cada pulsación de maná medido era acompañada por una revisión de constantes vitales, no físicas, sino espirituales.
La paciente había sido estabilizada y conectada a un sistema de sueño inducido que mantenía su conciencia suspendida, similar a una cámara criogénica temporal.
Finalmente, da Vinci se quitó la bata.
Respiró hondo.
Su espalda estaba tensa y su mente, por una vez, no brillaba con ideas sino que simplemente buscaba silencio.
A pesar de ser la genio de la humanidad, sentía en carne propia los límites de trabajar sin un equipo, sin asistentes, sin tiempo.
Caminó hacia sus aposentos, donde un baño caliente ya la esperaba, preparado por un sistema automatizado.
Se desnudó con calma, dejó caer sus ropas como si se quitara también el peso de todo lo que acababa de hacer, y entró en el agua humeante.
Cerró los ojos.
Su mente no callaba del todo.
Pensaba en Tn.
Pensaba en el futuro.
Pensaba en lo que estaba dispuesta a arriesgar con tal de alcanzar ese sueño imposible.
¿Era obsesión?
¿Amor?
¿Venganza contra el destino?
Tal vez era todo a la vez.
Pero por ahora… solo necesitaba descansar.
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