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Waifu yandere(Collection) - Capítulo 88

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  4. Capítulo 88 - 88 Mordred pendragon part 3 Fgo
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88: Mordred pendragon part 3 (Fgo) 88: Mordred pendragon part 3 (Fgo) Advertencia ⚠️ ⚠️ Futuro contenido para mayores 18 leer bajo su propio criterio Advertencia contenido grafico de violencia y Advertencia ⚠️ temas cuestionables y sensibles se sugiere que si no es de su agrado salga de aquí y de paso aclaro que personajes o imágenes no me pertenecen crédito a sus autores.

Agrego personajes no me pertenecen.

Imágenes y personajes no me pertenece crédito a sus autores.

Advertencia este capítulo contiene escenas para mayores y lenguaje bulgar están advertidos.

 Mordred se despertó con el cerebro latiendo dentro del cráneo, la boca seca y sabor a orina (cerveza), y un sabor metálico amargo al fondo de la garganta.

Gruñó mientras se incorporaba lentamente, su cabello revuelto como una tormenta, y su ceño fruncido de puro fastidio natural.

—Maldita cerveza de pueblo… —farfulló mientras se tallaba el cuero cabelludo con fuerza—.

Juro que si ese tabernero me volvió a servir orina con espuma, lo parto en dos… No había tiempo para lamentaciones.

Una campana interior resonó con tres golpes cortos, uno largo: la señal para reunir a los caballeros de la Mesa Redonda.

Mordred se arrastró a su armadura a regañadientes, sin molestarse en pulirla, y se dirigió al gran salón con paso pesado.

El ambiente era solemne cuando llegó.

Las grandes antorchas encendidas daban un tono cálido a la piedra fría, y alrededor de la mítica mesa, los caballeros más ilustres del reino tomaban asiento.

Sir Bors el Desterrado Sir Gawain Sir Perceval Rey Pellinore Sir Bedivere Sir Galahad Sir Gareth Sir Kay Sir Lamorak de Gales Sir Lancelot Sir Tristán de Leonis Duque de Rowse Pellers Rey Bagdemagus Rey Uriens de Gore Sir Belmont Sir Accolon de Gaula Sir Agloval Sir Agramore le Desirous Sir Agravín Sir Agrawain Sir Aliduke Sir Arnold Sir Arrock de Gravaunt Sir Astamor Sir Astomore Sir Balan Sir Balin Sir Bawdin de Bretaña Sir Bellengerus le Beuse Sir Belleus Sir Belliance le Orgalous Sir Blachovsky Sir Blamor de Ganis Sir Blamor Sir Bleovaris de Ganis Sir Bogdemogus Sir Boores Sir Bore Le Cure Hardi Sir Brandiles Sir Breunor le Noire Sir Brian de Listonise Sir Cardok Sir Clarrus de Cleremont Sir Clarrus Sir Clegis Sir Clodrus Sir Colgrevance de Gore Sir Constantino Sir Crizael Sir Crosselm Sir Curselaine Sir Dagonet, el caballero bufón Sir Darras Sir Degrane Saunce Velany Sir Dinadan Sir Dinas el Senescal Sir Dordinas le Savage Sir Driant Sir Durnore Sir Edward de Carnevorn Sir Edward de Orkney Sir Epinogrus Sir Erminide Sir Evarist de Castellfidelis Sir Fergus Sir Florence Sir Gahalatine Sir Galardoun Sir Galibard Sir Galihodin Sir Galihud Sir Galleron de Galway Sir Gareth de Orkney (Beaumains) Sir Gautier Sir Gilmer Sir Gimeres Sir Gingalin Sir Griflet le Fise Sir Gromores Sonir Joure Sir Grummor Gummorson Sir Gumrette le Petite Sir Harry le Fise Lake Sir Hebes Sir Hectimere Sir Hector de Maris Sir Heline Blank Sir Herber le Renaumes Sir Hermind Sir Hervis de la Forest Savage Sir Howell Sir ibic Sir Ironside el Caballero Bermejo de las Landas Bermejas Sir Kainus le Strages Sir Kay el Extranjero Sir Lambergus Sir Lamiel de Cardiff Sir Lavaine Sir Lionel Sir Lodinas de la Floresta Sir Lovel Sir Lucan, el mayordomo Sir Mador de la Porte Sir Maliagunt Sir Marhaus Sir Marrok Sir Meliagunt Sir Melion de la Montaña Sir Melion de Lile Sir Meliot de Logres Sir Menaduke Sir Mordred Sir Morganor Sir Nanowne le Petite Sir Nerovens Sir Owein Sir Ozanna le Cure Hardy Sir Palomides Sir Patrise Sir Pelleas el enamorado Sir Pelleas Sir Perimones el Caballero Bermejo Sir Perimones Sir Persant de la India el Caballero Azul Sir Persides Sir Pertolepe el Caballero verde Sir Petelope Sir Petipase de Wincheal Sir Petipase de Winchelsea Sir Pinel le Savage Sir Plaine de Fors Sir Plenorius Sir Priamo Sir Sadok Sir Safer Sir Sagramore le Disirous Sir Segwarides Sir Seliser de la Torre Dolorosa Sir Sentraille Sir Sevrus le Brease Sir Suppinbiles Sir Tor le fiere de Vay Shours Sir Urrie Sir Uwain le Avoutes Sir Uwain Le Fse de Roi Uriens Sir Uwain Sir Villians le Valiant Sir Wingates Todos reunidos siendo los mas importantes los ue reciden dentro del palacio y tienen una silla propia.

Artoria Pendragon estaba de pie al frente, con el porte de quien lleva siglos sobre los hombros.

Sus ojos no mostraban fatiga, pero todos los que la conocían bien sabían que algo había cambiado.

Mordred lo notó al instante.

Un leve temblor en su mandíbula.

El modo en que sujetaba Excalibur como si se aferrara a un recuerdo.

Y entonces, la orden: —Caballeros —dijo el Rey, sin rodeos—.

Es hora de pensar en el futuro de Camelot.

Deseo que se busquen candidatas de sangre noble en Britania.

Hombres de confianza.

Ustedes tres: Lancelot, Tristan, Gawain.

Vayan en busca de jóvenes con cualidades dignas de ser consorte de un heredero real.

Un susurro recorrió la sala.

Mordred frunció el ceño y cruzó los brazos, pero no dijo nada aún.

Galahad, sin poder contener su sorpresa, se adelantó un paso—¿Mi Rey…?

¿Acaso… ha enfermado?

¿Deseáis preparar al Príncipe Tn para que os suceda?

Artoria guardó silencio un segundo más de lo necesario.

Fue un segundo mortal.

Y luego habló—No es necesario pensar en mi salud.

Tn ya tiene edad suficiente para comenzar a formar alianzas y proyectar descendencia.

El deber de un príncipe no es sólo portar una espada… sino construir un futuro.

Será mejor que esa carga inicie ahora, mientras aún puede llevarla con firmeza.

Mentira.

Perfecta, medida, dicha con la autoridad de una deidad.

Pero Mordred, desde su asiento, la olió al instante.

Artoria no hablaba de legado.

Hablaba de urgencia.

De miedo.

Los demás caballeros aceptaron la decisión.

Lancelot asintió con serenidad.

Gawain cruzó el pecho con el puño, honrado.

Tristan, como siempre, pareció ausente, pero se levantó sin queja.

Nadie lo cuestionó más.

Solo Mordred, desde el fondo de la mesa, apretó la mandíbula y desvió la mirada.

Así que nadie más lo sabe.

Nadie nota cómo sufre al caminar.

Nadie ve cómo su piel palidece por las noches.

Nadie ha oído sus pulmones colapsando detrás de las puertas.

Nadie… excepto ella.

—Tch.

Bastardo —murmuró por lo bajo.

No sabía si se refería a Tn… O a su padre.

O a sí misma.

Pero las piezas se movían.

Y el tablero estaba por inclinarse.

Las antorchas parpadeaban en las paredes del salón, proyectando sombras largas sobre los rostros de los caballeros.

Aunque se reunían bajo la solemne insignia de la Mesa Redonda, la conversación había empezado a desviarse hacia terrenos menos dignos de su estatus.

Lancelot, siempre sereno, apoyaba el mentón en una mano enguantada mientras hablaba—La Casa de Caerleon posee hijas educadas en las artes, refinadas en comportamiento y con linaje limpio.

Podrían asegurar vínculos en la frontera sur.

Gawain, a su lado parecio casi ofendido, respondió—¿Y qué valor tiene la poesía si no saben alzar una espada ni parir sin llorar?

Hay sangre fuerte en el norte.

Las hijas de la Casa Dunharrow podrían ser firmes, resistentes.

Y fieles.

Sir Kay, tan cáustico como siempre, resopló con desprecio—¿Por qué cerrarnos a estas islas?

En Hispania y el continente hay princesas con sangre real, más belleza que las hijas de barro de nuestras tierras.

Deberíamos mirar más allá de la niebla.

Las prostitutas de oriente eran hermosas, imagina a sus princesas, oooooh si el principe podia agradecerle luego.

Una voz más vieja bufó detrás de él.

—¿Y qué harán los granjeros y soldados cuando vean que la esposa de su futuro rey no comparte ni su lengua ni su tierra?

—replicó Sir Aglovale, el más pragmático de los viejos caballeros—.

No es la nobleza la que detenta el trono.

Es la fe del pueblo.

—Bah, que el pueblo mire lo que le digamos que vea —refunfuñó Kay, pero no insistió.

Hubo entonces un momento de distensión, y como ocurre entre soldados demasiado acostumbrados a los campos de batalla, el humor vulgar se coló entre las palabras.

—¿Y qué hay de una esposa con buen busto?

—rió Sir Griflet, levantando su jarra de vino—.

Que le dé al príncipe calor durante el invierno, al menos si saben lo que es bueno para el buahahahaha.

—¡Y que lo ate a la cama tan fuerte que se le cure esa palidez a sentones ahahahahahha!

—añadió otro entre carcajadas.

Las risas estallaron, mezcladas con choques de copas, mientras Sir Bedivere, más respetuoso, intentó devolver algo de compostura—Tal vez deberíamos considerar consultar con la Reina Ginebra.

Su juicio en temas de corte no es menos valioso que el nuestro.

Pero Artoria negó con firmeza.

—No será necesario.

Esto es una decisión política, no de protocolo de salón.

La Reina se mantendrá informada… pero no participa.

El silencio se impuso un instante, seco y definitivo.

La voluntad del Rey no podía ser discutida.

Y desde más allá de la puerta, entre los pilares oscuros del pasillo, Tn Pendragon se mantenía oculto.

Había llegado con la intención de entregarle unos documentos a Gawain… y se encontró escuchando su propio destino decidirse entre jarras y chistes.

Sus ojos estaban serenos, pero su alma no.

“Una esposa…” Claro.

Era lógico.

Era el deber de un príncipe.

No lo amargaba la idea.

No era niño.

Comprendía las obligaciones que arrastraba su nombre.

Pero no podía evitar sentir cómo el eco de esas palabras chocaban contra su enfermedad silenciosa.

Sabía que se estaba muriendo.

Lo supo desde niño, desde la primera vez que su visión se nubló después de entrenar, desde el primer coágulo de sangre en la almohada.

No necesitó que nadie se lo dijera.

Pero Camelot debía perdurar.

Y él…

él tenía que hacer lo necesario.

Suspiró.

Se alejó de la puerta con pasos suaves, sin hacer ruido.

Ya sabía lo que debía hacer.

No necesitaba escuchar más.

El deber tenía que cumplirse, aunque fuera con un corazón que ya no latía por sí mismo.

.

.

.

.

La luz de las antorchas se consumía lentamente mientras la gran sala de la Mesa Redonda se vaciaba.

La reunión había terminado, y los caballeros asignados a la búsqueda partieron con la solemnidad que requería su nueva misión.

Gawain, con su usual rigidez y nobleza, partió rumbo a las tierras del norte para tratar con la Casa Dunharrow.

Lancelot, siempre diplomático, eligió el oeste, hacia las tierras más cercanas a las cortes educadas y ceremoniosas.

Tristan, silencioso y distante, se dirigió al sur, donde las familias nobles cultivaban tanto música como hijas discretas.

Cada uno llevaba una carta sellada con el emblema de Artoria Pendragon.

Un mandato.

Una búsqueda.

Una esperanza.

Y por si acaso fracasaban —si las doncellas nobles se mostraban infértiles, si los linajes puros demostraban ser estériles o si la política impedía uniones sólidas—, se seguirían los consejos de Sir Kay: mirar hacia Hispania, Francia, Oriente.

Buscar sangre extranjera, belleza foránea, fertilidad más allá de las islas.

Pero Artoria sabía que eso era una apuesta peligrosa.

El pueblo podía tolerar una reina extraña… pero jamás la amaría.

Y Camelot no se sostenía solo por acero y escudos.

Se sostenía por fe.

Por simbolismo en la casa Pendragon.

Fue entonces, cuando el salón quedó casi vacío, que la última opción le golpeó con el peso de una espada hundida en el pecho.

No tenía sobrinas.

No había descendencia lateral útil.

No quedaban más ramas confiables en el árbol familiar.

Pero sí había una hermana.

Una mujer que dominaba la hechicería, que tejía su voluntad en los pliegues del viento y que caminaba descalza por los hilos del destino: Morgan le Fay.

Maldita bruja.

El mero pensamiento hizo que los dientes de Artoria rechinaran en su boca.

Su puño se apretó sobre la empuñadura de Excalibur.

Odiaba esa idea.

La detestaba en su alma, en su sangre, en sus huesos.

Porque si Morgan entregaba un heredero… aunque no gobernara, aunque el trono no fuera suyo…

su linaje se alzaría.

La bruja del bosque, con una corona a través del vientre.

Una traición perfecta.

Una burla escrita en la carne.

Y sin embargo… los Habsburgo lo habían hecho.

Reinos antiguos, desesperados, se habían sostenido durante generaciones mediante uniones impensables.

Incesto disfrazado de necesidad.

Sangre cerrada, purificada por el tiempo… y condenada por la misma pureza.

—Que los dioses me perdonen si debo llegar a eso —murmuró Artoria para sí, en el vacío del salón.

Mordred, aún sentada entre los restos de jarras vacías y migajas de pan, mantenía el casco puesto.

No por decoro.

No por disciplina.

Sino porque, de habérselo quitado, todos habrían visto el aburrimiento mortal en su rostro, el asco sordo en sus ojos hesmeralda y la casi traicionera náusea que le recorría el vientre por la cerveza mal fermentada del burdel.

—Podría haberme quedado dormida con una prostituta encima y habría tenido mejor entretenimiento —susurró entre dientes.

Sus pensamientos, sin embargo, no estaban del todo en el vino ni en los chistes.

Había notado la tensión del Rey.

Había sentido cómo la atmósfera cambiaba cada vez que el nombre de Tn surgía.

No conocía los detalles.

Pero intuía la urgencia.

Y cuando Mordred intuía… se volvía peligrosa.

Apretó los dientes y, aún con el casco puesto, se alzó para marcharse sin pedir permiso.

Ya tenía suficiente teatro por un día.

Pero una parte de ella… Una pequeña, venenosa parte…Quería saber más.

.

.

.

.

Los preparativos para la partida estaban casi concluidos.

El corcel de Gawain ya había sido ensillado con armadura ligera para viajes largos, su espada envainada descansaba al costado, y su escudero empaquetaba provisiones en una de las alforjas.

El sol de la mañana doraba los estandartes de Camelot, mientras el eco de cascos resonaba suavemente por el patio de armas.

Gawain estaba listo para irse.

Hasta que una voz seca, áspera, y demasiado conocida lo detuvo.

—¿Ya te marchas, Gawain?

—dijo Mordred, cruzando el patio con paso relajado, su casco ya bajo el brazo, el cabello rubio despeinado por el viento.

Gawain suspiró apenas.

No porque le molestara ver a Mordred.

Sino porque no quería iniciar ese tipo de conversación.

Sabía quién era Mordred.

Sabía de las cortes secretas de Morgan le Fay una adultera, de los susurros que decían que había mancillado su propio linaje jugando con la sangre de reyes.

Y también sabía que el Rey nunca reconocería a Mordred más allá del título de caballero.

No como “hijo”.

No como legítimo.

Mordred lo alcanzó y lo observó con una expresión ambigua, mezcla de hastío y sarcasmo.

—¿Hacia el norte?

—preguntó, señalando el estandarte que adornaba la montura—.

No se te da muy bien hablar con mujeres, si mal no recuerdo.

—No es conversación lo que buscan, sino alianzas —respondió Gawain con frialdad.

—¿Y si en medio de tu travesía aparece un grupo de bandidos?

¿O un emisario hostil de algún reino que aún guarda rencor por la última guerra?

—insistió Mordred, ajustando el guantelete izquierdo—.

No podrás proteger a la candidata si estás muerto antes de conocerla.

Gawain se cruzó de brazos.

—¿Y por qué te importa?

Mordred sonrió de lado.

—Porque no tengo nada mejor que hacer.

Y me aburren las paredes del castillo.

Quiero ver qué clase de “princesas fértiles” hay en este reino podrido.

—Se encogió de hombros—.

Además… soy tan caballero de Camelot como tú.

No es un crimen querer asegurar el futuro del reino.

Gawain lo observó en silencio.

Sí, Mordred era arrogante.

Sí, tenía esa energía de pólvora húmeda, lista para estallar.

Y sí, siempre parecía estar al borde de una afrenta personal con el mundo.

Pero tenía lógica.

Mordred era fuerte.

Letal.

Confiable en combate, y sobre todo, impredecible.

Su presencia podría intimidar a posibles emboscadores o adversarios políticos.

Aunque le molestara admitirlo… tenerlo al lado aumentaba las probabilidades de éxito.

—Lo consultaré con el Rey —dijo finalmente.

—No hace falta —replicó Mordred con una sonrisa lobuna—.

Ya lo sabe.

—¿Y qué dijo?

—Que no dijera nada estúpido —se burló—.

No te preocupes, eso solo te aplica a ti.

Gawain cerró los ojos por un segundo y exhaló.

—Está bien.

Pero no te metas en mis decisiones diplomáticas.

—Mientras no elijas una perra que parezca un sapo, lo pensaré —rió Mordred mientras caminaba hacia su caballo.

Ambos se prepararon en silencio, y al poco tiempo, el sonido de sus monturas retumbó en los caminos que salían de Camelot.

Dos caballeros, dos herencias distintas… Y un viaje que, sin saberlo, pondría sus destinos en conflicto más de una vez.

.

.

.

.

El viento de la mañana silbaba entre los árboles, cargado con el aroma fresco del rocío sobre la tierra, mientras dos figuras cabalgaban por los antiguos senderos que se alejaban de Camelot.

A la cabeza iba Gawain, su postura firme como la de un caballero esculpido en piedra, la mirada al frente, siempre alerta a cualquier peligro o desvío.

Sus pensamientos eran rectos, prácticos.

Estaba concentrado en su misión, tal como el Rey lo había ordenado.

Encontrar una esposa noble.

Una madre para el linaje.

Pero Mordred, unos metros detrás, cabalgaba con el cuerpo relajado, el rostro oculto por la sombra de su capa, y una tormenta silenciosa en la cabeza.

No le había dicho nada al Rey.

Ni una sola palabra sobre su intención de unirse al viaje.

Ni un gesto de cortesía, ni una solicitud formal.

Solo se presentó ante Gawain con descaro, y ahora cabalgaban juntos hacia los confines del norte.

Pero Mordred no estaba allí para cumplir una misión.

No del todo.

No le importaban las princesas con sangre azul, ni los linajes puros, ni las alianzas de casas.

Lo único que resonaba en su mente era una idea retorcida, obsesiva, una verdad que había madurado lentamente en su interior desde aquella noche en que vio a Tn temblando en la cama, bañado en sudor, tan fuerte y tan roto a la vez.

—Ese trono debería ser mío… —murmuró entre dientes, con el ceño fruncido.

Sí, Mordred odiaba a Tn.

Pero no podía soportar verlo pudrirse.

No así.

No como un príncipe que se marchita en la oscuridad.

Ella quería matarlo de pie, con la espada entre los dientes y el orgullo hirviendo en la sangre.

No postrado, no debilitado por una maldición estúpida de nacimiento.

Por eso, antes de partir, Mordred había irrumpido en la torre de Merlin, como una sombra maldita, y robó uno de sus libros.

Era pesado, antiguo, con cubiertas de cuero marcado por siglos y hojas cubiertas de símbolos arcanos.

No sabía leer.

Pero sabía observar.

Y tenia dibujos.

Había visto ilustraciones.

Hierbas, hongos, flores.

Una que parecía brillar con aura dorada, otra con raíces retorcidas como dedos humanos, y una más que mostraba una luna mordiéndole al tallo.

No entendía su propósito… pero algo le decía que entre esas páginas estaba lo que Tn necesitaba para vivir.

Vivir lo suficiente para luchar contra ella.

Y perder.

Y cederle el trono por la fuerza, no por sangre.

El caballo de Mordred resopló bajo su peso.

Ella acarició su montura sin apartar la mirada del camino.

—No dejaré que el heredero de Camelot se muera como un perro…

—dijo con una media sonrisa, cínica, mientras pensaba en Tn—.

No hasta que me lo gane.

Gawain, al frente, no se giró.

Pero escuchó la voz de Mordred, y con su intuición de caballero curtido, supo que no era una broma cualquiera.

No dijo nada.

Pero el silencio entre ellos se tensó un poco más.

Y el viaje, apenas iniciado, ya cargaba con un peso que ninguno quería reconocer.

.

.

.

El sol había trepado alto sobre los árboles, dejando caer su luz implacable sobre la llanura.

Tras varias horas de cabalgar a buen ritmo, Gawain decidió que era tiempo de detenerse.

No por sí mismo, sino por los caballos.

Incluso la más noble de las bestias podía caer si no se le permitía descansar.

A orillas de un río ancho y tranquilo, donde el agua corría clara sobre piedras suaves, ambos caballeros desmontaron.

Los caballos relincharon con alivio y se acercaron al cauce, bebiendo con avidez mientras agitaban sus crines húmedas.

Gawain les acarició el cuello con una mano callosa, aún sosteniendo con la otra el pergamino sellado con el mandato real.

Se sentó sobre una roca y, por un momento, estiró los hombros rígidos por la cabalgata.

El sol le golpeaba la armadura, haciéndola sentir como un horno.

Suspiró.

—Si seguimos así, me fundiré dentro de este maldito acero —murmuró, más para sí que para nadie.

Y entonces… —¡AHHH!

¡Maldito paraíso!

—gritó Mordred, ya desnuda sin una gota de pudor, lanzándose al río con un chapoteo que levantó agua hasta las ramas bajas.

Gawain ni siquiera se molestó en girar la cabeza.

—¿Tienes que hacer eso con tanto escándalo?

—gruñó mientras revisaba el pergamino.

—¿Tú has sentido este calor?

Mi trasero está más cocido que el jabalí de la última cacería —rió Mordred desde el agua, pasando sus manos por su cabello empapado.Claro que el bastardo no sentia calor, era Gawain el caballero del sol, su fuerza proviene de el.

Gawain resopló, sin molestarse en responder.

Atribuyó la falta de decoro de Mordred a su sangre rebelde, y al hecho de que desde niño —o eso creía— nunca fue como los demás caballeros.

Demasiado impulsivo, demasiado caótico, demasiado informal.

Lo que no sabía, y no podía saber, era que sus ojos estaban siendo engañados.

La magia de Morgan le Fay, la madre de Mordred, tejía un hechizo sutil y constante que distorsionaba la percepción de todos los que rodeaban a su hija.

Mientras el encantamiento persistiera, nadie —ni siquiera un caballero tan perceptivo como Gawain— podría notar las curvas sutiles, la estructura ósea femenina, o el timbre oculto en su voz.

Para el mundo, Mordred era Sir Mordred, el caballero malhablado y temerario de la Mesa Redonda.

Y Mordred tampoco lo sabía.

Por eso podía lanzarse al río sin preocupación.

Nadar desnuda, refrescarse como si fuera uno más… Aunque, en el fondo, sabía que no lo era.

—¿No vas a entrar?

—preguntó con voz burlona, flotando de espaldas, el agua abrazando su cuerpo atlético.

—No tengo ganas de compartir el agua con alguien que probablemente no se ha bañado desde hace tres campañas —respondió Gawain, sin levantar la mirada del pergamino.

Mordred soltó una carcajada.

—¡Cobarde!

El día que me ganes en una justa, te dejaré elegir el baño primero.

Gawain, por un momento, sonrió muy apenas.

Pero luego volvió a su seriedad natural.

Releyó las indicaciones del Rey: nombres, regiones, condiciones de alianza.

El peso del futuro sobre los hombros de su joven príncipe… y tal vez, sobre los suyos.

Mientras tanto, Mordred chapoteaba despreocupada, aunque dentro de su mente bullía una tensión que ni el agua fría podía apagar.

“Ese libro debe tener algo.

Si encontramos la planta, si consigo que Tn se cure… podré desafiarlo.

Arrebatarle el derecho sin que me digan bastarda o brujo.

Y si pierde… que sepa que fue en su mejor momento.

No cuando se moría.” Los caballos terminaron de beber y empezaron a pastar la hierba cercana.

El sol siguió su paso hacia el oeste, mientras los dos caballeros —cada uno con sus propios planes, dudas y silencios— se perdían por un instante en un momento de calma antes de continuar su viaje hacia lo desconocido.

Votos.

jeanne d arc gobernante parte 2.sera la siguiente en llegar y aver *saca su luguer* quiero al menos opiniones de las viejas locas *carga el arma pero se atasca* y el que me diga oye y la siguiente parte >:v deje en claro que seria democracia, asi que ustedes votan y si no se ponen de acuerdo me toca me toca actualizar de forma random.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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