Waifu yandere(Collection) - Capítulo 89
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89: Jeanne d arc ruleta part 2 (fgo) 89: Jeanne d arc ruleta part 2 (fgo) Advertencia ⚠️ ⚠️ Futuro contenido para mayores 18 leer bajo su propio criterio Advertencia contenido grafico de violencia y Advertencia ⚠️ temas cuestionables y sensibles se sugiere que si no es de su agrado salga de aquí y de paso aclaro que personajes o imágenes no me pertenecen crédito a sus autores.
Agrego personajes no me pertenecen.
Imágenes y personajes no me pertenece crédito a sus autores.
Advertencia este capítulo contiene escenas para mayores y lenguaje bulgar están advertidos.
 Tras días de viaje bajo cielos inciertos y caminos embarrados por la lluvia, la ciudadela de Chinon se alzó ante ellos como un gigante dormido: muros de piedra clara, torres viejas cubiertas de musgo, y un río gris que reflejaba el peso de siglos de conflictos.
Para muchos, era solo otra fortaleza real.
Para Tn, era el umbral de su mentira…
y el inicio de una cruzada vestida con el ropaje de una verdad ajena.
El sonido de los cascos resonó en el patio central mientras la carreta cruzaba las puertas.
Varios hombres armados, nobles menores y sirvientes de todo tipo pululaban como moscas en torno a los pasillos.
El Capitán La Hire desmontó y guió a Tn hacia el salón de audiencias sin perder tiempo.
Jeanne, con la cabeza cubierta por su velo blanco, lo siguió en silencio, su paso ligero y su mirada fija en los talones del joven al que había entregado su destino.
—No hables —le susurró Tn al pasar junto a ella—.
No mires a nadie.
No temas… yo te cubriré.
Ella asintió, sin emitir palabra.
El salón del trono no era tan grandioso como las leyendas decían.
Era oscuro, frío, lleno de columnas y de ojos.
Hombres con capas ricas, mujeres con miradas afiladas como cuchillas.
Y entre todos ellos, el Delfín… oculto.
Mezclado entre sus cortesanos a propósito.
Era la prueba final.
—Así sabremos si es un enviado de Dios o un farsante más —susurró uno de los nobles a otro, sin disimulo.
Tn fue llevado al centro de la sala, ante todos, sin saber cuál de esas caras ocultaba al verdadero heredero.
Jeanne lo observaba desde el umbral, oculta tras los guardias, el corazón retumbando en su pecho.
Entonces, el joven cerró los ojos.
Recordó todo lo que Jeanne le había dicho: el cabello castaño claro, el rostro cansado, las ojeras, el anillo con la flor de lis, la leve torcedura de la mano derecha… Y más que eso: recordó el temblor que Jeanne describió.
Abrió los ojos y caminó, lento, entre los cortesanos, bajo el silencio absoluto.
Uno de los nobles se irguió, altanero, como si esperara ser reconocido.
Otro fingía indiferencia.
Pero Tn no se detuvo ante ellos.
Caminó entre figuras y trajes hasta llegar a un joven que intentaba parecer parte del mobiliario.
Cabello castaño claro.
Piel pálida.
Manos escondidas.
Ojos que apenas lo miraban.
Tn cayó de rodillas.
—Mi Señor Delfin —dijo con voz firme—, el cielo no se equivoca.
Usted es el elegido.
El Delfín de Francia, designado por el Altísimo para ser coronado en Reims.
Un murmullo sacudió la sala como una ola.
El joven a quien se dirigía parpadeó… luego sonrió.
—¿Y cómo puedes saberlo?
—preguntó, en voz baja, temblorosa.
—Porque Dios no elige por poder —respondió Tn—.
Sino por corazón.
Y el suyo, aunque cubierto de miedo, aún late con justicia.
Adulacion un principio claro para generar confianza o serbidumbre.
Los nobles cuchicheaban, algunos escandalizados, otros… conmovidos.
Carlos, el Delfín, se puso de pie lentamente.
Su gesto era solemne, pero sus ojos decían otra cosa: sorpresa.
Tensión.
Fe naciente.
—Entonces que así sea.
Preparadlo.
La Hire asintió con orgullo.
Tn fue llevado con urgencia por dos criados y dos escuderos.
Jeanne quiso seguirlo, pero al avanzar un paso, dos soldados le bloquearon el camino.
—¿Quién eres tú?
—escupió uno, mirándola de arriba abajo.
Ella vaciló.
No tenía respuesta que no fuera peligrosa.
Pero entonces, Tn giró sobre sus talones y alzó la voz: —¡Ella es una monja!
Mi acompañante en los caminos.
Hermana de oración y alma pura.Pido por favor que sea tratada con amabilidad.
Los soldados se tensaron, y varios ojos se volvieron hacia ella.
Algunos, de los hombres más viles, la miraron con un tipo distinto de juicio: lujuria, duda, deseo de quebrar lo que parece intocable.
Pero ninguno se atrevió a moverse.
No ahora que el nuevo Santo de Orleans la había proclamado intocable.
Ahora que su palabra era la de un profeta.
Jeanne bajó la mirada, no por vergüenza, sino para ocultar la emoción.
Se quedó en silencio, entre las sombras, como un fantasma fiel… la sombra del Santo, protegiendo su verdad disfrazada.
.
.
.
La habitación que les fue asignada no era lujosa, pero comparada con la cabaña de su aldea, era casi palaciega: paredes de piedra decoradas con tapices gastados por los años, una cama para cada uno, una mesa de madera sólida y una ventana angosta que daba al amanecer.
Tn cerró la puerta con suavidad detrás de sí.
Jeanne estaba de pie junto al ventanuco, su velo blanco cubriendo su cabeza, dejando apenas ver su perfil.
Aún mantenía la misma postura humilde que siempre adoptaba en la iglesia, pero había una tensión en sus hombros, como si el aire de Chinon pesara más que el de su aldea.
—El Delfín está convencido —murmuró ella sin volverse—.
Ya diste el primer paso… pero lo difícil comienza ahora.
Tn se sentó, dejando escapar un suspiro profundo.
—Lo sé.
Dijiste que me entrenarían… que querrán ver si el profeta también sabe blandir una espada.
—Hizo una pausa, luego la miró—.
¿Y si no puedo?
—Podrás —dijo Jeanne con suavidad—.
No porque seas el más fuerte… sino porque Dios ya te usa como instrumento.
Y no hay acero más afilado que aquel que sirve a la voluntad del cielo.
Tn sonrió con un deje de ironía.
—Mentimos, Jeanne.
Y no dejo de pensar que cada palabra que pronuncio me acerca al pecado.
Pero tú… tú pareces segura.
Como si supieras que todo esto, incluso la mentira, está permitido.
Jeanne giró finalmente, su velo rozando sus mejillas.
Su rostro estaba calmo, pero sus ojos eran fuego puro.No sabia si abria consecuencias por cometer tal mentira.
—El camino al infierno está pavimentado de buenas intenciones, sí… pero también de corazones cobardes.
Tú no eres cobarde.
Solo eres humano.
Y por eso, Dios aún puede usarte.
Tn desvió la mirada.
No respondió.
Pero en el fondo de su pecho, donde antes solo había dudas, ahora ardía algo más.
Los días siguientes fueron agotadores.
Tn fue instruido desde el alba por caballeros experimentados que no entendían por qué un joven eclesiástico debía aprender el arte de la guerra, pero que obedecían sin rechistar a las órdenes del Delfín.
Aprendió a montar con lanza, aunque al principio se cayó más veces de las que pudo mantenerse en pie.
El peso de la armadura lo vencía.
La espada parecía una extensión extraña de su brazo.
Sus manos, hechas para libros y rosarios, se cubrieron de callos y heridas abiertas.
Pero Tn no se rindió.
Jeanne observaba desde la distancia, siempre entre las sombras, su velo inmaculado protegiéndola del mundo.
Había hombres que la miraban de reojo cuando pasaba por los pasillos, atraídos por la delicadeza de su andar, por la suavidad con la que cargaba una canasta o se arrodillaba a orar.
Pero ninguno se atrevía a hablarle.
Ella era “la monja del Santo”.
Intocable.
Misteriosa.
Aún más peligrosa por aquello que no mostraba.
Su rostro, sus formas, su voz… todo estaba cubierto, oculto, como si al hacerlo mantuviera su santidad a salvo del juicio impuro.
Tn siempre la buscaba cuando podía.
Después de los entrenamientos, cuando sus músculos dolían y su alma se sentía agotada, la encontraba en la pequeña capilla del ala norte.
Allí oraban juntos.
En silencio.
A veces él cerraba los ojos y pedía perdón.
Otras veces pedía fuerza.
“Mi lord no pido una carga más ligera, sino hombros más anchos.” Pero cada vez que abría los ojos, y veía a Jeanne arrodillada junto a él, con el velo cubriéndole la cabeza y las manos entrelazadas… se convencía de que todo lo que hacían tenía un propósito más alto.
Una vez, tras un día particularmente duro, Tn se dejó caer sobre uno de los bancos.
—Me romperán antes de que empiece la guerra —susurró.
Jeanne no respondió.
Solo extendió un pañuelo blanco —el mismo que usaba para cubrirse— y limpió con él el sudor de su frente.
Tn alzó la vista hacia ella.
Era un gesto mínimo.
Pero para él, fue como si Dios mismo lo hubiera tocado con compasión.
.
.
La mañana en que partió hacia Orleans, el cielo estaba gris.
No llovía, pero las nubes cargaban una amenaza silenciosa.
Jeanne lo despidió en la explanada del castillo, su rostro aún cubierto por el velo.
No lloró, no gritó, pero sus ojos —esa mirada firme y pura que siempre lo había acompañado— estaban llenos de una angustia muda.
Tn lo notó.
Por eso, antes de subir al caballo, tomó sus manos entre las suyas.
—Todo irá bien —le dijo, esforzándose en parecer sereno, como si él mismo no sintiera el peso del mundo cayendo sobre sus hombros—.
Rezaré cada día, y lucharé como si fueras tú quien me guía.
Jeanne apretó sus dedos, y luego bajó la mirada.
No dijo nada.
Solo asintió.
Y él marchó.
La llegada a Orleans fue un descenso al infierno.
El aire olía a carne podrida, a sangre, a humo viejo.
Las murallas estaban llenas de flechas y astillas, y los ríos de los alrededores arrastraban cuerpos de soldados sin nombre.
Las banderas francesas ondeaban con desesperación, desgarradas, sujetas por manos cansadas que aún no se rendían.
Tn había leído crónicas de guerras, había escuchado sermones sobre las cruzadas, sobre mártires y santos guerreros.
Pero nada de eso lo preparó para la realidad: el rugido de la guerra no se parecía al canto de los salmos.
Era un grito de desesperación.
El primer día, dudó.
Los capitanes lo miraban con reservas.
Algunos respetaban su posición enviada por el Delfín; otros lo veían como un símbolo, una figura decorativa para alzar la moral.
Pero cuando se puso de pie ante ellos, su sotana ahora oculta por una armadura simple, y su voz se alzó por encima del caos, lo escucharon.
—El cielo no ha olvidado a Francia.
Yo no soy rey, ni noble, ni angel… pero me arrodillé ante la voluntad divina.
Y si hemos de morir, será de pie.
Con espada en mano y fe en el alma.
¡Que tiemble Inglaterra, porque aún hay fuego en nuestras tierras!
El asedio comenzó.
Tn, aunque no era un guerrero consumado, sabía montar, lanzar órdenes, moverse entre los hombres.
Pero más que nada, sabía creer.
Y su fe se convirtió en el núcleo del avance.
Ató su rosario —el que Jeanne le había dado— al mango y la hoja de su espada.
Cada vez que la levantaba, la cruz de madera golpeaba contra la hoja, como si bendijera cada tajo, cada paso, cada decisión.
Los días se volvieron confusos.
La batalla no tenía rostro.
No tenía fin.
Había horas enteras de flechas en el cielo, de gritos al unísono, de hombres muriendo sin nombre ni gloria.
Había noches sin estrellas, donde dormía abrazado al filo de su espada, cubierto en sangre seca, escuchando los lamentos de los moribundos entre los estandartes agujereados.
Tn ya no sabía cuántos días llevaban.
Su alma, aunque firme, empezaba a temblar como su cuerpo.
Había rezado al amanecer, al anochecer, y entre cada muerte.
Pero había una voz dentro de él que crecía, preguntando cosas que no se atrevía a responder: ¿A cuántos has matado en nombre del cielo?
¿Cuántos llorarán por tu fe?
Y aun así, no dudó.
En uno de los pocos momentos de calma, mientras se apoyaba contra un pilar de piedra derrumbado —quizás parte de una antigua capilla—, Tn respiraba con dificultad.
Su rostro, el cabello, las manos… estaban cubiertos de polvo y sangre ajena.
La armadura tenía grietas, su ropa estaba rasgada, y su aliento olía a hierro y oración.
Miró hacia el estandarte francés.
Aún ondeaba.
Aún resistían.
Los ingleses no habían caído, pero retrocedían.
La batalla era dura… pero se inclinaba.
Francia, por primera vez en años, avanzaba.
Y en su interior, Tn supo que una mentira bendita había encendido la chispa que el cielo necesitaba.
No hubo descanso.
El cuerpo de Tn apenas había tocado el suelo cuando sintió un temblor tras él.
Un grito.
Un susurro de muerte.
Se giró con reflejos prestados por el instinto, y su espada trazó un arco en el aire antes de hundirse en la carne del soldado inglés que intentó asesinarlo.
Un estómago atravesado.
Un aliento cortado.
Un alma arrancada.
La sangre brotó como agua de un odre roto, y manchó el rostro de Tn.
El inglés se tambaleó, sus ojos aún abiertos cuando cayó de rodillas, y luego al suelo.
Muerto.
Uno más.
Una vida más… robada en nombre de la salvación.
Tn quedó quieto.
La espada, aún vibrando de la violencia, temblaba en su mano.
Sus dedos no reaccionaban.
Sus piernas le pesaban como si el pecado se hubiera encarnado en sus músculos.
El sudor le resbalaba por las mejillas, se mezclaba con la sangre.
No sabía si era suya o ajena.
La mirada se le nubló.
Quiso gritar, pero su voz estaba enterrada bajo capas de culpa.
¿Esto era lo que el cielo quería?
¿Este infierno de barro, vísceras y plegarias ahogadas?
Entonces, un leve sonido rompió la bruma: tint, tint, tint… El rosario atado a su espada tintineaba con el movimiento de la hoja.
Una cruz de madera manchada, que aún colgaba del mango como un faro en medio del abismo.
Su respiración se detuvo.
Cerró los ojos.
Visualizó el rostro de Jeanne.
Su voz recitando salmos.
Sus manos cerradas en oración.
Y el mundo volvió.
Tn dio un paso.
Luego otro.
Su espada, aún manchada, volvió a levantarse.
Y con ella, el ejército francés avanzó.
Horas —o quizás un día entero— después, Orleans ya no pertenecía a los ingleses.
La bandera francesa ondeaba sobre las ruinas de las torres.
Las calles estaban teñidas de rojo y humo.
Los vivos gemían, los muertos reposaban, y los héroes simplemente respiraban… o fingían hacerlo.
Tn, con las rodillas débiles, se apoyó en su espada clavada en la tierra.
El peso de su armadura le dolía hasta en los huesos, pero su alma cargaba más.
Habían ganado.
Pero a qué precio.
Muy lejos de allí, en la fría seguridad de Chinon, Jeanne no salía de su habitación.
Las sirvientas dejaban pan, frutas y agua frente a su puerta.
A veces, pequeñas cartas del Delfín, preguntando por su estado.
O palabras piadosas firmadas por clérigos que la habían visto rezar en el pasado.
Jeanne rara vez respondía.
En el silencio, rezaba.
Pasaba horas en la pequeña alfombra junto a la ventana, con los ojos cerrados y las manos temblorosas.
No comía mucho.
No hablaba con nadie.
Se quitó el velo al segundo día de la marcha de Tn.
No por rebeldía.
Sino porque ya no necesitaba esconderse de sí misma.
No frente al cielo.
No en la soledad de sus cuatro paredes.
Cuando escuchaba pasos acercándose a su puerta, se lo volvía a poner, como un reflejo.
Sabía que no todos los hombres eran santos.
Algunos la miraban con esa mezcla de deseo y duda que la enfermaba.
Pero dentro de su habitación, con la ventana abierta al campo, era libre de sentir.
De temer.
De amar.
De esperar.
Y eso hacía.
Esperaba.
Porque su corazón aún estaba allá afuera, cubierto de barro y fuego, luchando bajo una mentira nacida del cielo.
Jeanne abrió los ojos tras horas de oración.
Su cuerpo estaba adormecido, los huesos fríos pese al manto que cubría sus hombros.
El sol apenas se colaba por la estrecha ventana de piedra, teñido de gris por la bruma matinal.
Había rezado por él, como siempre.
Por su alma, su cuerpo, su espíritu.
Pero ese día el silencio pesaba distinto.
Aún no llegaban noticias de Orleans.
Se incorporó con lentitud, sintiendo el cosquilleo en las piernas entumecidas.
Caminó hacia la puerta, recogió el plato que le habían dejado la noche anterior —sin tocar— y volvió a colocarlo sobre la mesa.
Solo comía lo justo.
No porque quisiera mortificarse, sino porque su estómago simplemente se cerraba con cada día de espera.
Con cada minuto sin respuesta.
¿Y si Tn estaba muerto?
La idea la estremeció.
No por la pérdida de un líder, sino por algo más… profundo.
Más íntimo.
No había noche en que no pensara en su rostro cubierto de sangre, entre los cuerpos, solo.
No había plegaria que no llevara su nombre.
Pero entonces, como si el cielo respondiera con el trueno de una trompeta, un grito rompió la quietud de los pasillos.
—¡Noticias de Orleans!
¡Victoria!
¡El Santo ha vencido!
Los pasos se multiplicaron.
Las puertas se abrieron.
Sirvientes, cortesanos, soldados: todos se agolpaban en los corredores, buscando confirmar lo que parecía imposible.
Jeanne sintió que sus piernas casi cedían.
Salió de su habitación por primera vez en días.
Aún llevaba el velo, pero sus ojos brillaban detrás de él como brasas húmedas.
Una doncella se le acercó, temblando de emoción.
—Mi señora… —dijo, aún sin saber cómo llamarla realmente—, ha vencido.
El ejército francés ha tomado Orleans.
¡Los ingleses han sido repelidos!
¡El Delfín dice que es gracias a él… a su fe!
Jeanne no respondió.
Solo asintió y se llevó una mano al pecho.
En su mente, la imagen de Tn con la espada fue lo primero que apareció.
Sintió alivio, pero también culpa.
Ella debía haber estado allí.
A su lado.
Como siempre.
La noticia recorrió la corte como un incendio.
Carlos, el Delfín, sonreía con el aire de quien empieza a saborear el poder.
Los nobles brindaban con vino, los cocineros comenzaban los preparativos para un banquete.
La victoria de Orleans no era solo una hazaña militar: era un símbolo, un punto de inflexión.
Carlos, gracias al “enviado de Dios”, podría reclamar su corona con autoridad.
Y el Santo… el joven Tn, era ya una leyenda viva.
Mientras tanto, en Orleans, el aire olía a hierro y humo seco.
Tn estaba de pie, en medio del campo devastado, con la espada aún en mano.
La sangre —ajena y propia— goteaba lenta desde el filo hacia la tierra húmeda.
A su alrededor, capitanes daban órdenes, soldados recogían cuerpos, reconstruían defensas, quemaban los restos.
Voces, ruido, movimiento constante… pero él ya no los escuchaba.
Todo era un zumbido distante.
Sus ojos estaban vacíos, pero dentro de su mente solo había un nombre: Jeanne.
No como símbolo, no como origen de la misión.
Sino como refugio.
Como faro.
Como la única prueba tangible de que aún quedaba algo puro dentro de él.
‘My belle flour’ Se aferraba a sus recuerdos con desesperación: su voz mientras le dictaba las profecías, su risa tímida al comer pan caliente, sus manos sobre la Biblia.
Lo repetía como un salmo.
Porque si lo olvidaba, también olvidaría quién era.
—Señor… —una voz le habló, una figura le tocó el hombro—.
El Delfín ha solicitado su regreso a Chinon.
Quieren celebrar la victoria.
Quieren… verlo.
Tn no respondió de inmediato.
Solo miró su espada.
El rosario seguía atado al mango, manchado.
Le temblaban los dedos.
Cerró los ojos, apretó la empuñadura con fuerza, y murmuró algo que nadie oyó.
Después asintió.
—Preparad los caballos.
Partiremos al amanecer.
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(Chinon) La luna sobre Chinon brillaba alta y pálida, como el ojo impasible de un dios ausente.
El castillo, antaño frío y solemne, ahora palpitaba como un corazón corrompido.
El banquete que debía celebrar la victoria en Orleans se había desbordado en algo más… primitivo.
La música, que empezó suave y eclesiástica, degeneró pronto en tambores y risas groseras.
Las copas rebosaban, no de agua pura, sino de vino oscuro y dulzón.
Nobles reían con la boca manchada, cortesanos danzaban con los cuerpos pegados como amantes sin pudor.
Y tras las cortinas, en habitaciones cerradas, se escuchaban jadeos y gemidos, promesas rotas, el sonido de cuerpos pecando sin vergüenza.
Jeanne había salido brevemente de su habitación, atraída por la música.
Quizá, sólo quizá, buscaba compartir por un instante la alegría… o confirmar que la victoria de Tn era valorada por lo que representaba.
Pero lo que vio —y escuchó— la hizo detenerse en seco al doblar el pasillo.
Un par de nobles, apenas vestidos, entraban riendo en una de las habitaciones.
Una sirvienta huía con el corsé en las manos, sus mejillas rojas por el deseo o la humillación.
Una mujer del norte —una condesa quizás— bailaba descalza sobre la mesa, el vestido rasgado y la mirada perdida.
Jeanne retrocedió.
Volvió a su cuarto casi corriendo, cerró la puerta con fuerza, y se dejó caer de rodillas junto a la cama.
Su corazón latía como si fuera a explotar.
No por miedo.
No por rabia.
Por pena.
Por dolor……….exictacion.
Cubrió sus oídos con las manos mientras los sonidos del pecado filtraban a través de los muros como gusanos en madera.
—¿Por qué…?
—murmuró—.
¿Por qué, Señor…?
Si la victoria fue tuya… ¿por qué celebran con lujuria?
Las lágrimas brotaron sin aviso.
Se limpió el rostro con las mangas de su vestido.
No quería llorar.
No debía.
Pero esa noche, lo hizo.
Por los soldados que murieron.
Por las almas que se vendían por un poco de placer.
Por Tn… que aún no estaba con ella.
Tn…
Se arrastró hacia el rincón donde solía rezar.
Se sentó con la espalda contra la pared, las piernas abrazadas, los oídos aún tapados.
Las oraciones que quiso pronunciar se le atascaron en la garganta.
Lo único que pudo repetir, una y otra vez, fue su nombre.
—Tn…
Tn…
Tn…
por favor, regresa pronto…
Como un conjuro.
Como un anhelo desesperado.
Como si al nombrarlo, lo atrajera del abismo.
Muy lejos de allí, bajo un cielo ennegrecido por nubes frías, Tn cabalgaba.
El aire era pesado.
Las ruedas de los carros que transportaban provisiones y heridos chirriaban entre el barro del camino.
El estandarte de Francia ondeaba débilmente al frente de la marcha, pero ya nadie cantaba.
No había música.
Sólo silencio y el crujido de cuerpos doloridos.
Tn, con la espalda recta sobre su caballo, parecía una estatua.
Su armadura estaba limpia, al menos en apariencia, pero su mirada no.
Ya no rezaba.
No porque hubiera perdido la fe.
Sino porque temía que Dios no quisiera escucharle más.
Cada noche en el campamento cerraba los ojos y recordaba los rostros que había matado.
El grito del inglés que atravesó.
El joven arquero que suplicó, con una voz parecida a la suya.
El hombre que no logró rematar y fue llevado por sus hombres entre espasmos.
Y el peso de todo ello… lo cargaba solo.
Pensaba en Jeanne.
En su voz, su tacto, su presencia serena.
En cómo lo cuidaba sin juzgar.
En cómo lo miraba sin esperar nada.
Era su refugio, su pilar.
Pero ahora, después de haber matado tantos, ¿qué vería ella cuando lo mirara a los ojos?
Quizá ya no vería al joven de la capilla.
Quizá vería al Santo de Orleans… o al pecador que fingía serlo.
Tn no sabía qué encontraría al volver a Chinon.
Pero lo único que deseaba —más que la aprobación del Delfín, más que los vítores, más que el banquete— era verla.
Saber que seguía allí.
Viva.
Pura.
Esperándolo.
.
.
.
El amanecer se filtró por la pequeña rendija de su ventana, pálido y silencioso.
Jeanne despertó con el cuerpo encorvado sobre el suelo de piedra.
Se había dormido en su rincón de oración, con el rostro apoyado en las rodillas y los dedos aún entrelazados en un gesto de súplica.
El frío le había entumecido los brazos, y el camisón se aferraba a su piel como si también se rehusara a dejarla salir.
Se movió con lentitud, despacio, maldeceria si no fuera muy devota.
Su cuello crujió al alzarse.
Sus piernas protestaron.
Pero se incorporó.
Se lavó el rostro en silencio.
Se cubrió con su velo, más por necesidad que por hábito.
Hoy era el día.
Hoy… él regresaría.
Salió de su habitación con paso contenido, esperando encontrar aún los ecos del pecado.
Los corredores, sin embargo, estaban llenos de sirvientas apuradas, cargando cubiertos, jarras, platos y flores.
Había silencio, pero no el sagrado.
Era el silencio de la culpa maquillada con actividad.
Los restos del banquete de la noche anterior se recogían con prisa.
Copas volcadas, manteles manchados de vino, pétalos marchitos y frutas pisoteadas, predas de vestir ais como manchas en el suelo.
Jeanne caminó entre todo aquello como si cruzara un campo de batalla invisible.
No miraba a los lados.
No hablaba.
Pero los murmullos iban y venían a su paso.
—¿Esa es la mujer del Santo?
—Dicen que vive encerrada, rezando.
—¿La viste ayer?
No salió siquiera cuando trajeron el vino dulce.
—Algunos creen que es una santa.
Otros dicen que es su amante.
-Je me gustaria follarla como merece.
Jeanne no reaccionó.
Había aprendido, desde pequeña, que las palabras no se detenían.
Lo único que importaba era no dejar que mancharan su alma.
Caminó con el rosario entre los dedos, sus pasos firmes sobre el suelo de piedra que aún olía a vino y sudor.
En el gran salón, los nobles estaban ya reunidos.
Algunos de los rostros que recordaba de la noche anterior —manchados de vergüenza, ebrios de deseo— estaban ahora cubiertos de perfume y sonrisa.
Hablaban de Orleans.
De la gloria del ejército.
De la certeza de la coronación.
La palabra “Tn” era dicha con la misma reverencia con la que antes pronunciaban “Cristo”.
Jeanne los escuchaba sin acercarse.
Desde un rincón, con el velo cubriéndole el rostro, su presencia era como la de una sombra piadosa.
Algunos la miraban de reojo.
Otros fingían no verla.
Sólo Carlos, el Delfín, parecía mirarla con un respeto sin adornos.
Él no había participado en la lujuria de la noche anterior o eso esperaba.
Su asiento había permanecido vacío durante las horas más impuras.
Jeanne lo notó.
Lo había agradecido en silencio.
Quizá no todos los hombres en el poder estaban podridos.
El Delfín levantó la vista y, al verla de pie, con las manos cruzadas y la figura recta, la llamó con un leve gesto.
—Hermana D arc —dijo, con esa voz suave que aún no se endurecía como la de un rey—, se nos ha dicho que el Santo regresa al fin.
Esta tarde cruzará las puertas de Chinon.
Jeanne bajó la cabeza, con un suspiro invisible.
—Gracias a Dios… —murmuró.
Carlos sonrió apenas, y luego se inclinó un poco hacia ella.
—Deseo que estés presente en su recibimiento.
Él… seguramente anhela verte tanto como tú a él.
Me parecería injusto que no estés en el jardín cuando llegue.
Jeanne lo miró detrás del velo.
No era una orden.
Era una invitación sincera.
Quizá la más humana que había recibido desde que puso pie en el castillo.
—Acepto, mi señor.
Y así, una hora después, Jeanne fue conducida al jardín principal.
Las flores habían sido dispuestas con cuidado, los caminos de piedra adornados con cintas blancas y cruces doradas.
El aire era fresco.
El cielo estaba despejado, como si el firmamento quisiera bendecir el retorno del “santo guerrero”.
Jeanne se sentó en una banca de mármol junto a una fuente, en el centro del jardín.
Apretó el rosario en su mano y cerró los ojos.
Podía sentir cómo el mundo giraba más deprisa alrededor de ese momento.
Pronto… pronto, él estaría aquí.
Y ella no sabía si iba a llorar, arrodillarse, o simplemente abrazarlo.
Pero lo esperaba.
Con cada latido, lo esperaba.
Votos.
ruby rose parte 6.siguiente en el llegar y prepárense para la esencia de un lobo.
Pondría imágenes suculentas de las waifus pero…..wattpad y los tards no me dejarían en paz 😑 así que ni modo.
(10 estrellas y algunas opiniones sobre que les parece el cap).
Haber Jeanne es una mojigata fiel así que lo yandere lo iré metiendo poco a poco y pum cuando menos lo esperen tendremos esencia 7w7.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com