Waifu yandere(Collection) - Capítulo 92
- Inicio
- Todas las novelas
- Waifu yandere(Collection)
- Capítulo 92 - 92 Artoria pendragon saber part 3 rwby
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
92: Artoria pendragon saber part 3 (rwby) 92: Artoria pendragon saber part 3 (rwby) Advertencia ⚠️ ⚠️ Futuro contenido para mayores 18 leer bajo su propio criterio Advertencia contenido grafico de violencia y Advertencia ⚠️ temas cuestionables y sensibles se sugiere que si no es de su agrado salga de aquí y de paso aclaro que personajes o imágenes no me pertenecen crédito a sus autores.
Agrego personajes no me pertenecen.
Imágenes y personajes no me pertenece crédito a sus autores.
Advertencia este capítulo contiene escenas para mayores y lenguaje bulgar están advertidos.
 Espérame en el Puerto Océano… quién diría que en tu vaivén hallaría consuelo, en tus olas encontré el reflejo de los días donde aún lo tenía a él.
Mi capitán… te amé con la fuerza de las mareas, te adoré con cada amanecer que besaba la cubierta.
Hubiera sido tu faro, tu hogar, tu orilla tranquila.
Hasta una familia te habría dado, si el destino no fuera tan cruel.
Pero fue imposible… un dragón no puede ser feliz, un rey no puede tener paz.
Y yo… yo solo pude verte marchar.
Aún así, espero que me esperes.
No importa cuán lejos vuele tu alma, cuando el barco llegue, cuando cruce la niebla y el último horizonte, quiero que estés ahí… Espérame en el puerto.
Con esa sonrisa que el viento aún me canta, con esos ojos que eran mi cielo.
Solo espérame.
Porque al fin y al cabo, a ti… siempre he de volver.
—————————————————— El trayecto a Portugal prosiguió con una rutina que poco a poco se fue volviendo familiar.
El mar estaba en calma, y los vientos eran benevolentes.
Nada de tormentas, nada de sorpresas.
Solo el vaivén constante de las olas, el crujido de la madera y los cantos aislados de los marineros que, cuando el trabajo lo permitía, tarareaban melodías antiguas.
Artoria había empezado a adaptarse.
No era vida de lujo, desde luego, pero después de semanas de naufragio emocional y físico, la monotonía del barco le ofrecía algo parecido a la paz.
Se acostumbró al olor del salitre, al roce de los mapas bajo sus dedos y al sonido de la brújula alineándose con sus trazos.
El aseo, sin embargo, era otra historia.
Las duchas eran inexistentes.
El mejor de los casos era verterse un balde de agua fría sobre la cabeza y frotarse con un trapo áspero, si es que el clima no estaba tan frío como para hacer del intento una tortura.
El recuerdo de los baños de mármol, de las aguas perfumadas y las doncellas a su servicio, era apenas una sombra.
No había fragancias florales en altamar.
Solo madera, pescado, sudor y sal.
Pero no se quejaba.
Había perdido muchas cosas más valiosas que la comodidad.
Y, al menos, aquí no había traiciones.
Los marineros eran toscos, malhablados y algo supersticiosos, pero sabían trabajar.
Cumplían sus turnos, respetaban las órdenes y no molestaban más de lo necesario.
Quizás desconfiaban aún de Artoria, no tanto por pensar que fuera una mujer —aunque su figura delgada y rostro fino levantaban sospechas— sino por su aire distinto, su forma de moverse, de mirar el horizonte como si pudiera escuchar voces que ellos no percibían.
Un porte noble que un simple campesino reconoceria.
El bronce sabe como el oro brilla.El sastre sabe que es la seda y la lana.
Tn, por su parte, era un líder competente.
Firme, pero sin gritar.
Observador, pero sin invadir.
A veces parecía más preocupado por las rutas y los tratados de comercio que por la disciplina de sus hombres, pero eso solo reforzaba la confianza que le tenían.
Se notaba que era respetado, no temido.
Una rareza en estos tiempos.
Una tarde, mientras revisaban juntos los mapas sobre la mesa del camarote, Tn se estiró en su silla y dijo: —Pronto tocaremos puerto.
Artoria levantó la mirada de los documentos.
El pergamino que tenía bajo sus dedos mostraba una costa que ella misma había marcado, una línea curva que descendía desde Galicia hacia el Atlántico sur.
—¿Y qué haremos primero?
—preguntó, sin emoción, pero con la precisión de quien no quiere sorpresas.
Sin su espada no se sentia tan segura, podia pelear incluso portar otra espada, pero eso no quitaba que excalibur fue unica.
Tn sonrió un poco.
Tenía ojeras marcadas por las noches sin dormir, pero sus ojos mantenían el mismo brillo calculador.
Que nadie diga que el hombre no se preocupa en su trabajo.
—Venderemos parte de la mercancía.
Telas, especias, y unas herramientas que valen bien aquí en Portugal.
—Hizo una pausa, estirando los hombros—.
Luego seguiremos bordeando.
Pero tomaremos una ruta más estrecha…
entre España y el norte de África.
Hay un paso angosto, un canal natural.
Si lo cruzamos bien, entraremos al mar Mediterráneo.
Y desde allí…
hacia Francia.
Artoria no respondió de inmediato.
Francia otra vez.
El nombre ya no dolía como antes.
Ahora solo pesaba.
Tn, quizás notando su silencio, bajó la mirada al mapa y murmuró como si hablara para sí: —Es un paso traicionero.
Pero si lo manejamos bien, ahorramos días de viaje.
Y con los vientos actuales…
es viable.
Artoria inclinó la cabeza, observando las líneas azules que indicaban corrientes, profundidades y posibles arrecifes.
El canal era angosto, sí.
Pero no imposible.
—Entendido —fue todo lo que dijo.
El silencio entre ellos volvió a instalarse, cómodo, sereno.
Solo las velas parpadeaban suavemente en el camarote, y el murmullo lejano del mar golpeando contra el casco mantenía su ritmo constante.
Mientras Tn volvía a sus notas, Artoria deslizó los dedos sobre el mapa.
Francia.
Ese nombre aún tenía ecos.
Pero ya no controlaba su voluntad.
No más.
Que se joda Francia ellos fueron los primeros en aceptar los cien caballeros que Lancelot se llevo.
Artoria se retiró del camerino del capitán con paso tranquilo, los brazos cruzados dentro del abrigo que le habían dado semanas atrás.
Subió a la cubierta, donde el aire salado y fresco de la tarde le acarició el rostro con una suavidad casi maternal.
El cielo estaba claro, teñido de naranjas y azules pálidos, mientras el sol descendía con calma hacia el horizonte.
Sus ojos, verdes como un bosque al anochecer, se entrecerraron.
Portugal no sonaba tan mal.
Una tierra templada, de puertos amplios, mercados bulliciosos y oportunidades que nacían al margen del Imperio.
Tal vez… solo tal vez, podría conseguir una espada allí.
Nada como Excalibur, por supuesto.
Aquella hoja no podía ser reemplazada, ni replicada.
Era un símbolo tanto como un arma, y su vacío en la vaina colgaba de su cadera como un hueco en su alma.
Pero cualquier acero era mejor que caminar desarmada.
Una simple hoja bastaría.
Al menos, para seguir caminando con dignidad.
Al cruzar el umbral de la bodega, escuchó el murmullo jovial de algunos marineros.
Reían fuerte, con esa vulgaridad ruda y directa que se gana en altamar, hablando de cómo gastarían su parte del dinero al llegar a Portugal.
—Un buen ron y una mujer caliente.
O dos, si el pago alcanza —decía uno entre carcajadas.
—Yo quiero una cama real —decía otro—.
Nada de costales o madera.
Quiero dormir como un rey.
—Tú apenas puedes mantenerte en pie, idiota, ¿cómo vas a durar en un prostíbulo?
Las risas explotaron.
Artoria solo los escuchó desde las sombras de la escalera, sin ser vista.
No sentía disgusto ni enojo.
Solo… distancia.
Negó con la cabeza suavemente.
No por desprecio, sino por costumbre.
Ese tipo de placeres nunca habían formado parte de su vida.
Ni siquiera cuando la corte celebraba.
Ni siquiera cuando tenía el derecho de hacerlo.
Los recuerdos vinieron como una brisa suave.
Sus caballeros escapándose del castillo con excusas torpes para perderse en tabernas, beber hasta caer, compartir mujeres que ofrecían más consuelo que afecto.
Hasta Gawain, tan recto y leal, había cedido una vez.
Y ella… Siempre vigilante.
Siempre Rey.
Nunca mujer.
Nunca libre.
Una pequeña risa, seca pero sincera, escapó de sus labios.
—Marineros y caballeros… —susurró, mientras bajaba a la bodega—.
Más parecidos de lo que cualquiera admitiría.
Eran hombres jurando fidelidad a ideales que apenas entendían, soportando años de soledad, guerra, tormenta… y buscando alivio donde pudieran.
A veces en brazos ajenos, a veces en alcohol, a veces en la ilusión de un regreso que sabían que nunca llegaría.
Se recostó en su lugar entre los costales de paja, cubriéndose con la manta desgastada.
El crujido de la madera acompañaba sus pensamientos como una nana rústica.
Cerró los ojos sin miedo.
Los sueños no la acosaban como antes.
Quizás porque ya no tenía tanto que perder.
O quizás porque, por primera vez, había aceptado el silencio como una forma de redención.
Su respiración se hizo lenta, profunda.
El murmullo de los marineros se desvanecía en el fondo.
Y la calma… era real.
Artoria durmió.
No como un rey caído.
Sino como una viajera más.
Cruzando el mar.
.
.
.
El primer rayo del sol entró por la rendija del techo como una aguja de oro, marcando el despertar de Artoria.
Abrió los ojos lentamente, frotándoselos con el dorso de la mano.
Su cuerpo aún protestaba por el colchón de paja, pero se había acostumbrado al mal dormir.
Ya no soñaba con gritos ni con espadas quebradas.
Solo con el sonido del mar, una constante infinita.
Se incorporó, se colocó la ropa con movimientos automáticos, recogiendo su vieja capa gastada y atando bien la bolsa que contenía Avalon a su costado.
Subió a la cubierta mientras el viento mañanero le revolvía los mechones dorados.
 El puerto de Portugal ya se alzaba en la distancia, con sus tejados rojizos y mercados que apenas despertaban.
Algunos barcos más pequeños entraban y salían del muelle, y una bandera local ondeaba perezosamente en la torre de vigilancia.
El olor a tierra firme y pescado fresco lo impregnaba todo.
Tn ya estaba en su puesto, una mano en el timón y la otra señalando.
—¡Muchachos!
—gritó con una sonrisa amplia—.
¡Cuando toquemos puerto descargamos todo rápido y vendemos bien!
¡Y luego nos iremos a celebrar, como Dios manda!
“!Vamos por putas!” “!AAAAAYEEEEEE!” Todos de acuerdo.
Un coro de vítores le respondió desde cubierta.
Artoria solo negó con la cabeza, apenas esbozando una sonrisa torcida.
Había aprendido a tolerar la rudeza jovial de la tripulación.
E incluso… a encontrarle algo de calidez.
El barco atracó suavemente.
El golpe leve del casco contra el muelle fue la señal para que los marineros empezaran a moverse como enjambre entrenado.
Cuerdas, cajas, barriles, todo comenzaba a bajar con una sincronía propia de hombres que conocían bien su oficio.
Algunos comerciantes locales se acercaron de inmediato, saludando con acentos espesos y manos abiertas.
Empezaron las negociaciones.
Ropa, especias, herramientas.
Tn se bajó del barco y comenzó a hablar en un portugués fluido, firmando con tinta y sellando acuerdos con palmadas en la espalda.
Artoria, aún en cubierta, intentó seguir la conversación, pero se le escapaban palabras, tonos y giros del idioma que no dominaba.
Frunció el ceño, frustrada.
Entonces, una mano se apoyó sobre su hombro.
Firme, pero sin malicia.
—Déjame eso a mí —dijo Tn con una sonrisa tranquila—.
Ya tengo a los mercaderes comiendo de la palma de la mano.
Un par de tragos incluso podria tener descuentos si el les compraba.
Le tendió una pequeña bolsa de cuero.
En su interior, monedas de plata y algunas de bronce tintineaban con el peso justo de una paga generosa.
—Toma esto —añadió—.
Compra más papel para los mapas.
El bueno.
El que no se arruga que necesitamos algo bueno en los meses.
Y… de paso —le guiñó un ojo con picardía—, gástalo en algo para ti.
Tal vez una mujer que te saque esa rigidez de los hombros.
Artoria lo miró con una expresión ilegible.
Solo un leve tic en el ojo izquierdo reveló su incomodidad.
—No creo que eso sea necesario —respondió con frialdad, ajustando la bolsa en su cinturón—.
Volveré al barco antes del mediodía.
Tn soltó una risa corta, sin tomárselo a mal.
Sabía que su “nuevo cartógrafo” era extraño, pero nunca se metía más de la cuenta.
Con un gesto, se giró hacia sus hombres y gritó—¡A cobrar, ratas sarnozas del mar!
Los marineros celebraron a gritos.
Algunos lo alzaron en vilo por los hombros entre risas y le vitorearon como si fuese un general que regresaba de la guerra.
Él se dejó llevar, sonriendo con ese aire despreocupado y encantador que le había hecho ganarse el respeto de todos.
Artoria los miró desde el muelle, la bolsa aún en su mano.
Podía sentir el bullicio del puerto en el aire: voces gritando precios, animales chillando, el golpe de martillos contra cajas.
Era caos… pero un caos vivo.
Humano.
Real……..tal y como en casa.
Y ella, por primera vez, formaba parte de él.
Aunque aún no supiera quién era.
O si quería volver a serlo.
Artoria caminó por las calles empedradas del mercado, la bolsa con monedas firmemente sujeta contra su costado.
Las voces en portugués la rodeaban como una marea viva: vendedores gritando sus ofertas, niños correteando, músicos callejeros improvisando melodías con flautas y laúdes.
El bullicio era tan distinto a la calma de la cubierta que por un instante le zumbaban los oídos.
Buscaba papel.
Papel de calidad, de esos que pudieran resistir la humedad del mar y conservar las líneas trazadas por semanas.
Pero se perdió más de una vez.
Preguntar en un idioma que apenas entendía fue inútil; señalar tampoco ayudaba.
Una vez, confundió la entrada de un local con una papelería y terminó, sin querer, en el interior de un prostíbulo adornado con cortinas rojas y perfume espeso flotando en el aire.
Y tetas….tetas al aire libre.
—¡Oh, mira lo que el mar nos trajo!
—dijo una mujer de piel morena y vestido apretado, acercándosele con sonrisa provocadora.
—¿Tan joven y ya tan…
reservado?
—añadió otra, deslizando su dedo por el pecho de Artoria.
Ella retrocedió rápidamente, el rostro encendido, los ojos abiertos como si hubiera visto un demonio.
—¡N-não!
Não, obrigado…!
—balbuceó lo poco que sabía, dándose media vuelta mientras las risas quedaban atrás.
Con el rostro aún rojo y el corazón acelerado, se juró no volver a entrar en un edificio sin leer bien el letrero.
Y mataria a Merlin por que su maldita vara de carne se puso dura.
Finalmente, tras seguir una pequeña calle empedrada flanqueada por casas de piedra blanca, encontró lo que buscaba: una biblioteca de fachada sencilla, con ventanas arqueadas y olor a pergamino antiguo.
El interior era tranquilo, fresco, con estanterías bien cuidadas y un mostrador donde un anciano de barba blanca la recibió con una sonrisa amable.
—Papel?
Sim, sim…
qualidade excelente —dijo el hombre, mostrándole varios rollos con textura firme y color marfil.
Artoria los examinó, palpó su consistencia y asintió satisfecha.
Compró varios con parte de la paga que Tn le había dado y los guardó cuidadosamente en un envoltorio de cuero.
La siguiente parada fue una herrería.
El calor del fuego la recibió como una bofetada cuando cruzó el umbral.
El herrero, un hombre fornido y tatuado, la saludó con una ceja arqueada.
Las espadas estaban expuestas en una tabla gruesa, sin lujos ni ornamentos, pero bien forjadas.
Las observó con cuidado.
Ninguna tenía la elegancia o la gravedad de una hoja real, mucho menos de una sagrada.
Pero necesitaba algo funcional.
Algo que pudiera encajar en Avalon.
Finalmente, sus dedos se cerraron alrededor de una espada de hoja recta, equilibrada, con una empuñadura simple pero sólida.
Probó deslizarla dentro de su vaina.
Encajaba.
No era Excalibur.
Pero sería suficiente.
Pagó el arma, asintió en silencio al herrero, y abandonó el lugar justo cuando el sol comenzaba a hundirse detrás del horizonte.
La caminata de regreso al barco fue más tranquila.
Ya no se perdió, y evitó calles con letreros en rojo.
Al llegar al muelle, el Sigilosa María reposaba como un animal dormido, sus velas bajadas y sus cuerdas bien atadas.
No había señales de los marineros.
—Bar…
o burdel —murmuró con un suspiro.
No estaba segura si envidia o alivio pesaba más en su voz.
Subió al barco.
El crujido de la madera bajo sus botas fue el único sonido que la acompañó mientras cruzaba la cubierta vacía.
El cielo ya era un manto azul oscuro tachonado de estrellas.
Por primera vez desde que abordó ese barco, tenía todo el silencio para ella sola.
Se acomodó en su rincón.
Sacó el nuevo papel, lo ordenó con cuidado, colocó la espada junto a Avalon, y se recostó entre los costales de paja, mirando la luna ascender.
No era una cama real.
No era un trono.
Pero esa noche, Artoria Pendragon durmió como una viajera.
Y no soñó con sangre.
La noche había traído un silencio reconfortante, apenas roto por el lejano murmullo del mar contra el casco del barco.
Artoria, aún con el cuerpo cubierto por la capa vieja y tendida sobre los costales de paja, intentaba entregarse al descanso.
Su espada recién adquirida yacía junto a Avalon, todo en orden.
Pero el sonido de pasos sobre la cubierta rompió su paz.
Abrió los ojos al instante.
Alerta.
Precisa.
Alguien subía a bordo.
Las pisadas eran irregulares, arrastradas, como si quien caminaba no tuviera plena conciencia de sus movimientos.
Instinto puro, Artoria se incorporó, agarró su espada y desenfundó sin dudar.
La hoja brilló tenuemente a la luz de la luna.
Subió por las escaleras hacia la cubierta con movimientos ágiles pero sigilosos, el corazón en calma, los sentidos agudos.
Entonces vio una figura.
Una sombra envuelta en una capa, tambaleante, como acechando.
Sin emitir palabra alguna, Artoria se lanzó con un tajo limpio, apuntando a desarmar… pero su ataque fue detenido.
¡CLANG!
Una espada curva bloqueó la suya con firmeza sorprendente.
Los ojos de Artoria se abrieron con desconcierto.
El desconocido tenía reflejos.
Volvió a cargar con una serie de estocadas rápidas, obligando al otro a retroceder, pero cuando la figura salió de la sombra, la sorpresa fue aún mayor.
—¿Capitán…?
—murmuró, confundida.
Era Tn.
El joven capitán tambaleaba, su espada empuñada de forma descuidada mientras murmuraba palabras incoherentes.
—¡Te tengo, perro bucanero…!
¡Esta es mi maldita nave…!
—gruñó con voz espesa.
Artoria bajó su hoja al instante, comprendiendo la situación.
—¡Tn, basta!
¡Soy yo!
¡Artoria!
Pero fue demasiado tarde.
Tn, completamente ebrio, lanzó un intento de ataque que era más un paso descoordinado que un verdadero tajo.
Resbaló en la madera húmeda, tropezó, y terminó cayendo sobre Artoria, derribándola con su peso completo.
—¡Gh—!
Ambos cayeron al suelo con un golpe seco.
Artoria soltó un quejido, atrapada debajo de su capitán, quien olía intensamente a ron, sal y sudor.
Su aliento cálido golpeaba su cuello, y su cuerpo estaba casi inerte.
Su pierna presionaba el bulto en los pantalones de Arotria.
—Eres… más fuerte de lo que pareces… —murmuró él, con una sonrisa tonta antes de cerrar los ojos—.
Maldito pirata, robaste mis joyas… —No soy un pirata, idiota —espetó Artoria con el ceño fruncido.
Con esfuerzo, logró zafarse de debajo de él.
Tn no opuso resistencia.
De hecho, parecía ya medio dormido, murmurando palabras sin sentido como si aún estuviera peleando en su sueño.
—”Velas rotas… los cañones… ¡ajusten la proa…!” —farfullaba.
Artoria se puso en pie, mirándolo un momento.
Respiró hondo.
—Qué hombre más irresponsable… Lo sujetó del brazo, tirando de él con esfuerzo hasta ponerlo de pie.
Tn murmuraba algo sobre una “sirena de cabello negro”.
Ella simplemente lo ignoró.
Paso a paso, lo fue arrastrando hasta el camerote.
Le abrió la puerta de una patada leve, entró y lo dejó caer suavemente sobre la hamaca del capitán.
Él se acomodó como si nada, soltando un suspiro aliviado, casi agradecido.
Artoria se quedó allí un momento, observándolo.
El capitán.
El hombre que la había recibido sin preguntar, que le dio trabajo, y ahora estaba completamente rendido al ron y al cansancio.
—Imbécil… —susurró, aunque sin rabia.
Apagó la lámpara del cuarto.Artoria había alcanzado la manija de la puerta, lista para deslizarse fuera del camarote y dejar al capitán dormir su borrachera en soledad.
Pero entonces, lo oyó.
—No…
no te vayas…
La voz de Tn fue apenas un murmullo, débil, ahogado en alcohol y en algo más profundo.
No era una orden.
No era una queja.
Era un ruego.
—No quiero estar solo…
Artoria se detuvo.
El aire se volvió pesado por un instante, como si la madera misma del barco contuviera la respiración.
Se giró, mirándolo con ojos entrecerrados.
El joven capitán, siempre de pie, siempre gritando con energía, ahora parecía un niño extraviado bajo la manta, con los cabellos alborotados, la frente perlada de sudor, y los labios temblando entre sueños.
Melancolía.
Soledad.
Vulnerabilidad.
Ella conocía bien ese lenguaje.
Había sido su idioma durante años, incluso cuando portaba una corona.
Pensó en Calamn.
En los escombros ennegrecidos, en las espadas rotas, en Mordred empalada por su lanza, en Lancelot huyendo como un cobarde tras traicionarla, en Ginebra, en sus ojos apagados y sus caricias vacías.
Pensó en cómo fingió su muerte.
En cómo Bedivere la lloró sin saber que su Rey aún caminaba entre los hombres.
En cómo había vagado desde entonces como un fantasma sin tumba.
Artoria exhaló, un suspiro largo y áspero, como si soltara el nombre de alguien que no quería recordar.
Luego, sin decir palabra, se giró del todo, cerró la puerta del camarote tras ella con un clic sutil… y caminó hacia la hamaca.
Tn no se movió.
Ella se acercó con lentitud, dejó la espada a un lado, y sin despojarse de su ropa, se acostó junto a él.
No era su sitio.
No era su costumbre.
Pero por alguna razón, la idea de dormir allí, esa noche, no le causaba rechazo.
Tn se removió apenas.
Se calmó.
Su respiración se volvió más tranquila, menos irregular.
El olor a ron seguía presente, pero ya no era ofensivo.
Solo parte del ambiente.
Artoria lo miró de lado.
Tan joven, y ya con tanto peso sobre los hombros.
Tan libre, y aún así… tan solo.
—Tontos los dos…
—murmuró para sí misma, sin amargura.
Se acomodó sin acercarse demasiado, pero sin alejarse del todo.
Por un momento, se sintió…
no cómoda, pero al menos en paz.
No había castillo.
No había espada sagrada.
No había corona.
Solo dos personas compartiendo la noche.
Nada más.
Cerró los ojos, y antes de que el sueño la envolviera, murmuró con voz baja, apenas audible—Al menos no tengo que copular contigo como lo hice con Ginebra…
Una sombra amarga cruzó por su mente.
—Maldito Merlin…
Y luego, el silencio la tomó con brazos suaves.
Por primera vez en mucho tiempo, no soñó con traiciones, ni con fuego, ni con sangre.
Solo con el murmullo del mar…
y una respiración tranquila a su lado.
.
.
.
El sol comenzaba a elevarse sobre el puerto, pintando las velas del Sigilosa María con tonos dorados.
En la cubierta, los marineros yacían desperdigados como náufragos de su propia fiesta.
Algunos dormían abrazando botellas medio vacías, otros entre risas inconscientes junto a mujeres de rostro pintado y vestidos despojados.
El hedor a ron, sal y perfume barato llenaba el aire.
Dentro del camarote, todo era más silencioso.
Tn se removió entre las mantas con una expresión relajada.
Sus ojos entrecerrados miraban al techo de madera mientras se tallaba el rostro con una mano perezosa.
Su aliento aún tenía el rastro del alcohol, pero no el peso total de la resaca.
Se sentía… bien.
Muy bien, en realidad.
Sintió algo cálido a su lado.
Una figura junto a él.
El cuello al descubierto.
Una hebra de cabello dorado asomando por el borde de la manta.
Una sonrisa ladeada se dibujó en sus labios.
—Heh…
debí traerme a una bonita anoche…
—murmuró con voz ronca y relajada, como si narrara su propia buena suerte.
Sin pensar demasiado, se inclinó y presionó un beso lento en la curva del cuello de quien compartía su cama.
Notó la suavidad de la piel, su calor…
y de pronto, la sensación extrañamente tensa del cuerpo bajo él.
Fue entonces cuando la realidad comenzó a cuajar como hielo en su mente.
Ese cabello.
Esa mandíbula.
Esos…
ropajes conocidos.
Se apartó de golpe.
Sus ojos se abrieron de par en par.
Su cuerpo se incorporó con la velocidad de alguien que acaba de darse cuenta que se ha dormido en el campo de batalla.
Observó con detenimiento.
La figura a su lado dormía aún, con el ceño apenas fruncido, en una posición que no denotaba ninguna intimidad física.
La manta cubría lo justo.
Y entonces su mente procesó tres cosas con brutal claridad.
Uno: todavía tenía la ropa puesta.
Dos: la figura junto a él… era Artoria.
Tres: había estado a punto de besar a quien creía era un hombre.
—Por el amor…
de…
todos los santos…
—susurró con una mezcla de horror y autocensura.
Se pasó la mano por la cara como si quisiera arrancarse los recuerdos.
—No pasó nada.
No pasó nada.
No pasó nada…
—repitió entre dientes, intentando convencerse.No se follo a su cartografo verdad.
Oh…….oh no.
Miró alrededor, buscando pruebas de lo contrario.
No las había.
Todo estaba intacto.
Ninguna prenda fuera de lugar.
Solo la espada de Artoria, descansando junto a esa extraña vaina decorada que aún no entendía.
Ningún desorden.
Ningún indicio de… eso.
Entonces, la figura se movió.
Bostezó.
Tn se quedó rígido, como un gato atrapado en plena fechoría.
Artoria abrió los ojos lentamente, estirando los brazos por encima de su cabeza.
Sus cabellos dorados cayeron con soltura sobre su rostro mientras su mirada se ajustaba a la luz.
Tn dio un paso atrás, disimulando el sudor en su frente.
Sonrió.
Inseguro.
—Eh… buenos días…
compañero.
(OK la relación empezará a florecer 7w7) Votos.
Nitocris fgo parte 2.siguiente y ahi pondre los nombres de votaciones Pondría imágenes suculentas de las waifus pero…..wattpad y los tards no me dejarían en paz 😑 así que ni modo.
(algunas opiniones sobre que les parece el cap).
(y no, no pondre mucha suculencia porque como dije solo quería yanderes pero como mi método será capítulos para darles desarrollo.
Ejemplo Nitocris ya empezó a mostrar mas dependencia de tn, osea que para el capitulo dos tendremos un avance en su emoción y obsesión.
Esto lo hago porque ya es aburrido ver lo mismo waifu loca yandere que secuestra, abusa y tiene hijas con el prota y fin……..Eso ya cansa asi que pense en este metodo darles sentimientos alocados poco a poco.).
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com