Waifu yandere(Collection) - Capítulo 93
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Capítulo 93: Nitocris part 2 fgo
Advertencia ⚠️ ⚠️ Futuro contenido para mayores 18 leer bajo su propio criterio
Advertencia contenido grafico de violencia y Advertencia ⚠️ temas cuestionables y sensibles se sugiere que si no es de su agrado salga de aquí y de paso aclaro que personajes o imágenes no me pertenecen crédito a sus autores.
Agrego personajes no me pertenecen.
Imágenes y personajes no me pertenece crédito a sus autores. Advertencia este capítulo contiene escenas para mayores y lenguaje bulgar están advertidos.

Señoras y señores, les presento futuramente en este canal.
Cyber café (Metallic rouge lover)
básicamente le haré fic de un oc x esta franquicia por si les interesa
Si ya se, ni muchos conozcan o gusten de este anime en particular y bueno se que mis fics oc no son tan aclamados como los tn pero bueno. No hay que perder costumbre.
Solo que……bueno el anime Metallic rouge me gustó, me recordó un poco a trigun y tank op destiny y bueno quiero crear algo bueno para esa franquicia.
Bueno obviamente dudo que les interese pero hay estará 7w7.
Ahora comencemos con el capitulo
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La seda suave abrazaba el cuerpo de Nitocris como si aún quisiera retenerla en el mundo de los sueños, allí donde aún podía oír la voz de su hermano, reír sin culpa bajo el sol del Nilo, y sentir las aguas frescas de los manantiales rozando su piel sin la carga del oro ni los títulos. Pero el amanecer no perdonaba, y ese rayo de luz dorada que se filtraba por las cortinas pesadas de lino era como una lanza sagrada, un recordatorio brutal de que el día ya había comenzado.
—Ra… ya navegas por el cielo, ¿no es así…? —murmuró con voz rasposa por el sueño interrumpido.
Bostezó, estirando sus brazos finos por encima de su cabeza. El movimiento hizo que la seda resbalara aún más sobre su piel, revelando lentamente su silueta de tono moca, suave como el mármol bañado por aceite. Nitocris no sintió pudor por su desnudez. En su habitación privada, rodeada de pilares con inscripciones sagradas y tapices de loto, no había nada más que su reflejo, el juicio silencioso de los dioses… y el peso constante de la soledad.
Se incorporó y dejó que sus pies tocaran el suelo frío, alejándose de los suaves cojines del lecho. El aire matinal era fresco, y por un momento, eso le trajo calma. Solo un momento.
Caminó lentamente hacia el centro de la habitación, donde un recipiente grande de bronce contenía agua pura, adornado con motivos de ibis y flores de papiro. Se arrodilló frente a él, su cabello desordenado cayendo como una cortina purpura sobre sus hombros y mejillas. Se inclinó y observó su rostro reflejado en la superficie temblorosa del agua.
Ojos oscuros, pestañas largas, orejas de conejo erguidas pero temblorosas,pechos algo pequeños… labios que no sabían cómo dar órdenes sin dudar, un rostro que aún se sentía demasiado joven para tener tanto poder.
—Patética… —susurró, y su voz se quebró en el agua.
No era la primera vez que lo decía, pero esta vez sonó más real. Más pesada.
Había asumido el trono no por elección, sino por tragedia. Su hermano, el verdadero heredero, el que sabía cómo hablar con los sumos sacerdotes, el que dominaba la lengua de los sabios, el que hacía que los soldados lo siguieran sin dudar… él había muerto. Una traición. Un veneno lento. Una sombra en la copa de vino.
Y entonces los ojos de todos se volvieron hacia ella.
Ella, la princesa inocente, que apenas sabía leer los textos rituales sin tartamudear, que pasaba las tardes jugando en los jardines con sus gatos sagrados y riendo mientras colocaba coronas de flores sobre su sirviente favorito, Tn.
Tn, el muchacho que siempre estaba allí. Con las manos torpes pero el corazón firme. Siempre dispuesto a recoger las joyas que ella dejaba caer. Siempre inclinado con respeto, incluso cuando ella se burlaba de él con inocente malicia, como cuando le ató una pluma de ibis en el cabello y declaró que era su escriba personal. “Mi pequeño Toth”, lo había llamado en broma.
Casi lo cuelgan por llamarlo como un Dios.
Pero ahora, no quedaba ni rastro de aquella ligereza.
Ella era faraona. Ella era la hija del Nilo. Ella era la representante viviente de los dioses.
Y aún así…
—No soy digna… —volvió a susurrar, esta vez con más amargura. Sus uñas se clavaron en el borde del recipiente, dejando una pequeña marca en el bronce. —No sé gobernar. No sé proteger. No sé…
Sus orejas temblaron, agitadas por una brisa imperceptible. Era como si incluso el viento dudara de ella.
Nitocris se arrodilló por completo, cerrando los ojos. Por un instante deseó que algún dios descendiera y le hablara. Que Osiris le diera una señal. Que Anubis le susurrara el juicio de su alma. Que Bastet le acariciara la mejilla y le dijera que aún era una niña, que podía despertar y correr hacia los manantiales, y que todo esto había sido un sueño.
Pero no hubo dioses. Solo el silencio. El peso del oro. La carga del incienso y los susurros de los sirvientes tras las columnas. La soledad del trono.
Se quedó allí, desnuda, arrodillada frente al reflejo distorsionado del agua, como una niña castigada por los cielos. Su mirada se endureció poco a poco. El dolor, como siempre, debía ocultarse tras la máscara de lo divino.
Y entonces, con lentitud, se puso de pie.
Recuperó la compostura. Se envolvió nuevamente en la seda, como si se colocara una armadura. Aún con lágrimas ocultas bajo sus pestañas, respiró hondo, mirando hacia la entrada de su habitación.
—…Tn vendrá pronto. —murmuró para sí, más como una plegaria que como una afirmación.
Y en su voz, aunque aún suave, ya se adivinaba una nota de necesidad. No de deseo. No de lujuria. Sino de necesidad emocional profunda, casi peligrosa. Porque en su mente, mientras todo lo demás se desmoronaba, Tn era lo único que no debía cambiar. Lo único que no debía alejarse.
Su reflejo ya no parecía tan patético. Ahora, lo miraba con unos ojos que empezaban a endurecerse… ojos de alguien que, si el mundo se atrevía a quitarle esa única cosa, se volvería capaz de cualquier cosa para recuperarla.
El sonido de pasos suaves sobre el mármol pulido anunció la entrada de los sirvientes. La luz del sol, ya más intensa, se filtraba por los ventanales de alabastro, tiñendo la habitación con tonos dorados. Tn apareció primero, su andar contenido y solemne, seguido de dos mujeres jóvenes, discretas y silenciosas. Llevaban consigo los instrumentos del ritual diario: tela de seda blanca, joyas de lapislázuli, aceites perfumados, y el bastón de mando.
A pesar de la desnudez de la faraona, nadie alzó la vista sin permiso. No porque fueran indiferentes, sino porque sabían que un solo vistazo fuera de lugar podía significar su fin. La figura de Nitocris, aunque femenina y de una belleza etérea, era sagrada. No era mujer. Era faraón. La viva representación de Horus en la Tierra. Y ellos, meros sirvientes. El deseo, en presencia del poder, no existía.
Nitocris, sentada al borde del lecho, los observó con la serenidad forzada de quien lleva un papel encima del alma tenia que actuar con la etiqueta requerida. Su mirada, sin embargo, se suavizó ligeramente al ver a Tn. Durante un segundo, solo un segundo, le sonrió. No fue una sonrisa grande, ni seductora, sino una pequeña curva apenas visible en sus labios. Un gesto que no dirigía a nadie más en todo el palacio. A él, y solo a él.
Pero aquella expresión se desvaneció en cuanto las sirvientas comenzaron su labor.
Ella se puso rígida al sentir las manos expertas envolver su cuerpo con la seda ligera, tan sutil que parecía una nube al tacto. El primer velo fue ajustado sobre su pecho, tenso pero delicado. Otro se anudó sobre su pelvis, y un tercero cruzó sobre su vientre para cubrir su frente y espalda, dejando brazos, piernas y parte del abdomen al descubierto.
No era pudor. Era simbolismo. Y hacia un calor de mierda.
Los antiguos decretaban que la piel del faraón debía tocar el aire del Nilo, estar en contacto con la brisa del desierto, como señal de unidad con las fuerzas sagradas. El cuerpo era un canal para los dioses. Y, como tal, su belleza no era humana, sino ritual.
‘Excusas para que andubieran casi desnudos’. Fue un pensmaienot leve pero percistente.
Una de las sirvientas trenzó una pequeña sección de su cabello, colocando pequeñas cuentas de oro y amatista. La otra, con movimientos ensayados, ajustó brazaletes en sus antebrazos, tobillos y cuello. Luego vinieron los aretes: dos anillos de oro puro que atravesaron sus orejas de conejo con precisión reverente. Por último, Tn—y solo Tn—se acercó con el bastón de gobernante, el símbolo de su poder y juicio.
Cuando él lo sostuvo con ambas manos y se lo ofreció, inclinando apenas la cabeza, Nitocris sintió un pequeño estremecimiento. No por la vara en sí, sino por el roce sutil de sus dedos. Fue menos de un segundo, pero el contacto la ancló, como si algo profundamente humano—algo que ningún dios podía ofrecerle—hubiera tocado su alma.
—Gracias, Tn —murmuró con suavidad, aceptando el bastón.
Las sirvientas se retiraron en silencio, deslizándose como sombras por el umbral. Solo Tn permaneció, de pie, esperando que ella diera la señal. Nitocris no la dio. En cambio, giró lentamente sobre sus talones y caminó hacia las puertas dobles de piedra pulida que conducían a la sala del trono.
El camino era ceremonial, y el sonido de sus pasos descalzos sobre el suelo resonaba como un tambor sagrado. Las columnas a los lados estaban grabadas con himnos a Ra, Osiris y Thoth. Las antorchas de aceite aún ardían débilmente, pues el día recién comenzaba.
En el trono, un asiento elevado y recubierto de oro, con los símbolos del loto y el papiro entrelazados en su respaldo, Nitocris se sentó con cuidado. El bastón descansó sobre su regazo. A su alrededor, escribas y administradores esperaban, ya inclinados. Tn se colocó detrás del trono, en una posición respetuosa, pero siempre al alcance de su mirada. Su presencia era constante, silenciosa. Y eso, de alguna forma, la tranquilizaba.
A su derecha, sobre una mesa baja, estaban las tablillas de arcilla traídas esa mañana. El ritual de lo cotidiano comenzaba. Uno por uno, los sirvientes le presentaban los informes del reino:
—Las cosechas en el Alto Egipto han sido abundantes este mes, mi señora. El templo de Karnak recibirá su tributo correspondiente.
—Los mercados en Tebas han reportado escasez de aceite. El gobernador solicita una caravana adicional desde Heliópolis.
—La reconstrucción del canal en Memphis ha avanzado un diez por ciento desde la última inspección.
………Algun dia morira por tanto trabajo.
Nitocris asentía, leía, firmaba, y preguntaba con voz pausada, aunque a veces tartamudeaba o confundía símbolos. Era torpe, sí. No había sido entrenada para gobernar. Pero lo compensaba con entusiasmo sincero y disciplina. Cada error lo enfrentaba con humildad, y sus ministros, aunque escépticos al principio, comenzaban a ver que su voluntad no era débil.
Eso y que aun no tenia algun heredero para sacarla del trono. Asi de simple, si el Faraon en turno no podia con sus debres, entonces el hijo seria mejor candidato.
Cada vez que dudaba, cada vez que un símbolo en la tablilla le era confuso, su mirada buscaba a Tn, como si él, sin decir palabra, pudiera recordarle que estaba bien equivocarse. Que no todo tenía que ser perfecto mientras no estuviera sola.
Y, sin saberlo, ese pequeño gesto cotidiano se estaba convirtiendo en un hábito… y ese hábito, en necesidad.
Su trono era de oro. Pero su ancla era él.
El día había sido interminable. El aire comenzaba a enfriarse, pero el peso del sol egipcio aún flotaba en las piedras del palacio. El trono de Nitocris, por más sagrado y dorado que fuese, se había vuelto duro y agotador. Sus caderas le dolían, su cuello estaba tenso, y los jeroglíficos tallados en las tablillas frente a ella se habían vuelto un borrón indescifrable. Su mente, antes agitada por deberes y cifras, ahora solo tenía espacio para una única y simple necesidad.
Su estómago gruñó.
El sonido fue apenas perceptible, pero suficiente para que sus ojos, cansados pero orgullosos, se desviaran con molestia hacia su abdomen.
—Tn… —llamó con voz suave pero indiscutible, como un suspiro que cargaba el peso de una orden.
Tn, siempre cerca, se inclinó sin preguntar, y se alejó silenciosamente. No tardó mucho en regresar, esta vez con una bandeja de madera finamente pulida. Sobre ella descansaban frutas frescas —higos, uvas, granadas abiertas como corazones en flor— junto a pequeñas piezas de queso aromático y un cuenco de vino rojo como la sangre de Osiris.
Nitocris ya no estaba en su trono. Se había recostado con cuidado sobre un diván de lino, apoyando su cabeza sobre un cojín bordado con flores de loto. Su postura era elegante, pero claramente buscaba comodidad. Sus orejas de conejo se movían perezosamente, relajadas por primera vez en el día.
Cuando Tn se acercó, ella levantó apenas una ceja.
—Aliméntame tú. —dijo, como si fuera la cosa más natural del mundo.
Tn no vaciló. No porque estuviera acostumbrado, sino porque su cuerpo, condicionado a servirla, se movía por sí solo. Tomó una uva con delicadeza, la llevó a sus labios, y ella la recibió con una expresión serena, casi ausente. El dulce estallido de la fruta le humedeció la boca. Luego vino el queso, suave, cálido aún. Y el vino, que Tn le ofreció desde una copa tallada con figuras de ibis y anj.

(Diferente waifu misma esencia)
—Hoy ha sido un día largo… —dijo Nitocris, sin mirar a Tn directamente, como si pensara en voz alta. —Mi mano ya no quiere sostener el bastón.
Tn asintió levemente, y sin pedirlo, colocó la copa cerca de su pecho para que ella pudiera beber sin moverse. El gesto fue tan íntimo como casto, tan reverente como personal. Y en ese silencio compartido, había algo que pesaba más que todo el oro del trono.
La calma.
Era una calma artificial, claro. El tipo de tranquilidad que florece solo cuando el peligro aún no ha mostrado su rostro. La prosperidad del reino se notaba en cada detalle de aquella bandeja: la fruta dulce, el vino espeso, el pan blando de trigo blanco. Egipto vivía un momento de esplendor, y la riqueza de sus almacenes —silos llenos de grano, graneros rebosantes, caravanas constantes— era símbolo de buena administración y bendición divina.
Todo parecía en orden.
Todo parecía eterno.
Pero en ese preciso instante, lejos de Tebas, más allá del Delta, en los campos que apenas tocaban la frontera con Canaán, algo despertaba.
Una brisa densa comenzaba a arrastrar los primeros indicios. Los tallos de trigo se movían con un temblor diferente, una vibración casi imperceptible. El zumbido bajo, grave, todavía lejano, comenzaba a esparcirse como una oración maldita por los campos abiertos. Las langostas, aún diminutas, se alimentaban sin descanso, multiplicándose con una urgencia que escapaba a la comprensión de los agricultores.
Una nube viva.
Aún pequeña. Aún inofensiva.
Aún ignorada.
Y sin embargo, se preparaba para avanzar. Con cada hora, más huevos eclosionaban. Más cuerpos se sumaban al enjambre. Se moverían como el juicio de un dios airado, sin dirección divina, solo con hambre. Hambre de tallos verdes, de hojas tiernas, de granos dorados, de todo lo que Egipto consideraba vida.
Pero nadie lo sabía aún.
En el palacio, Nitocris recibió otra uva en los labios, su mirada algo más aliviada, casi risueña por el vino. En su mundo, el tiempo aún era bondad. Su reino florecía. La economía era estable. Los sacerdotes la bendecían. Las cosechas eran abundantes. Los dioses parecían satisfechos.
Y sin embargo, sobre los cielos aún lejanos, la tragedia comenzaba a batir sus alas.
Tn, sin saberlo, fue testigo de uno de los últimos atardeceres de una Egipto sin hambre.
Y Nitocris, con su cuerpo adornado, el vientre lleno y el espíritu relajado, estaba a punto de ser probada no como mujer, ni como princesa, sino como faraón… y como protectora absoluta de su pueblo.
Pero por ahora, solo era una joven recibiendo una uva más.
Y el mundo, por ahora, le sonreía.
.
.
.
Los días ardían, uno tras otro, bajo el mismo sol que antes había bendecido a Egipto con abundancia. Pero ahora ese sol solo servía para resaltar el cielo ennegrecido por un velo vibrante, zumbante, y casi demoníaco.
Las langostas habían llegado.
Al principio, como cada año, los campos del Bajo Egipto fueron los primeros en recibirlas. Para los oficiales locales, aquello no era más que rutina: se enviaron órdenes para encender humo, desplegar telas sobre los campos y reforzar los silos. El Alto Egipto, protegido por su posición más interior, permanecía ajeno al caos, confiando en los informes que minimizaban la situación.
—Será como siempre —decían algunos escribas y supervisores agrícolas—. Durará un par de semanas. Luego partirán.
Pero no partieron.
Cada día el cielo se ennegrecía más. La nube de langostas se volvió una marea viviente. Lo que devoraban al amanecer, ya no existía al mediodía. Sus cuerpos se estrellaban contra puertas, sus alas llenaban las acequias, su ruido ensordecía hasta los rezos. No se trataba de una plaga. Era un ejército. Uno que no reconocía murallas, dioses ni jerarquías.
Y mientras tanto, Nitocris… no se enteraba del todo.
Sí, fue notificada. Un informe, quizás dos, dejados entre otras tablillas más urgentes. Pero los templos estaban organizando las ceremonias de purificación. Los sacerdotes estaban convencidos de que una serie de ofrendas en el templo de Ra bastaría para aplacar el hambre del cielo. La propia Nitocris, atrapada entre deberes ceremoniales, audiencias con nobles, y discusiones con visires sobre reformas de mercado, no percibía la gravedad.
Y, peor aún, algunos simplemente no querían que la percibiera. Si la faraona empezaba a entrar en pánico, todo Egipto se vería arrastrado a ello. Por tanto, los informes se suavizaban, los detalles se ocultaban, y el nombre de “hambruna” no fue mencionado… aún.
Sin embargo, otros temas comenzaban a tomar prioridad en el palacio.
—Mi señora… —empezó un visir anciano, su cabeza calva cubierta por un fino velo ceremonial, mientras se inclinaba con cautela frente a Nitocris—. Su gobierno ha traído estabilidad. El pueblo le rinde tributo. Los sacerdotes de Thoth le reconocen sabiduría. Pero…
Ella alzó una ceja, sin mirarlo directamente. Estaba sentada sobre un diván, adornada con oro y lino, mientras una sirvienta le refrescaba las manos con agua perfumada. Tn estaba cerca, en silencio, organizando las tablillas del día.
—…es tiempo de mirar hacia el futuro. Su linaje, mi señora… —el visir continuó—. Su juventud es una bendición. Su fertilidad, un tesoro. Si Egipto ha de perdurar más allá de usted, debe comenzar a pensar en herederos.
Nitocris no respondió de inmediato. Su mirada se deslizó por la sala, como si buscara aire en un espacio demasiado cerrado. Era una conversación que había esquivado muchas veces. Pero ahora la insistencia se volvía más visible. Más peligrosa.
—Podría establecer un harem, como fue tradición con sus antecesores —sugirió otro visir más joven—. Elegir a los varones más sabios, más fuertes, de sangre noble… engendrar al futuro faraón no solo es una obligación divina, sino política.
Aja copular lo mas posible y tener futuros remplazos en caso de que ella falle. A Nitocris no le hizo gracia.
Nitocris bajó lentamente el cuenco que sostenía. Su rostro, impasible como una máscara funeraria, no reveló nada. Pero por dentro, una mezcla de desagrado y repulsión comenzaba a hervir.
¿Reducirse a eso?
¿Convertirse en un recipiente para satisfacer una necesidad dinástica? ¿Elegir entre hombres que solo veían en ella un símbolo o una estrategia política? ¿Compartir su lecho con desconocidos vestidos de perfume y poder? Era impensable.
Ella era faraona, no una concubina con corona. El linaje importaba, sí… pero ¿a qué costo? ¿Entregar su cuerpo sin sentimiento, sin respeto, solo por asegurar una continuidad? Tuvo suerte que hubiera sido demasiaod joven como para tener hijos cuando su hermano vivia. De lo contrario……..solo Ra sabe lo que hubiera pasado.
Su mirada se deslizó hacia Tn.
Él no participaba en la discusión. Estaba de pie al fondo, como siempre. Humilde, silencioso, ordenado. No tenía oro en su cuello. No tenía influencia. Era un sirviente… pero su sola presencia hacía latir algo dentro de ella que ningún visir, general o noble había conseguido nunca.
Si debía compartir su vida con alguien… sería con él. Solo con él.
Pero eso, claro… no era posible.
Ningún hijo de un sirviente sería reconocido jamás como heredero legítimo. Ni siquiera si ella misma lo nombraba. La sangre, en Egipto, era poder. La herencia debía ser pura, noble, divina. Si ella, como faraona, yacía con un siervo, no sería vista como una madre… sino como una deshonra.
Podia follar con la servidumbre si. Pero no podria poner hijos de tal union en el trono.
Y aun así…
Nitocris sentía que si debía tener un hijo, solo podía ser de Tn. No por deber. No por política. Sino porque con él, al menos, no se sentiría vacía.
—Elijo cuándo y con quién —dijo finalmente, cortando la conversación como una cuchilla. Su voz fue suave, pero su tono heló la sala entera.
Los visires bajaron la cabeza. Sabían que no podían forzarla. Aún no.
Nitocris se recostó un poco, y su mirada buscó a Tn por un instante más. Él, como siempre, solo inclinó la cabeza y volvió a su trabajo. Ignoraba —o fingía ignorar— que acababa de ser elegido en el corazón de la faraona como el único hombre digno de algo que ni siquiera sabía que deseaba.
Pero el silencio en su mirada hablaba por él.
Y mientras el palacio volvía a su calma ritual, más campos eran devorados por la plaga.
Más semillas eran arrasadas.
Más raíces se secaban.
La tierra comenzaba a rendirse.
Y sin que nadie lo supiera, el hambre se acercaba como una serpiente silenciosa, deslizándose bajo los pies de los hombres mientras ellos hablaban de herencias… y no de supervivencia.
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Los días se convirtieron en semanas, y con cada amanecer, el cielo sobre Egipto parecía más hostil. Lo que antes era azul y ardiente, ahora estaba cubierto de polvo y sombras danzantes. La plaga no conocía piedad. Ni rezos ni templos la detenían.
El Alto Egipto, corazón espiritual del reino, finalmente cayó bajo el mismo zumbido incansable. Los campos que rodeaban Tebas fueron devorados con una rapidez que hizo temblar incluso a los más fieles. Solo los almacenes estatales, construidos con previsión en los años de abundancia, evitaron que la hambruna se manifestara en toda su furia. Pero ya no era una amenaza futura. Era una respiración en la nuca.
A pesar de la crisis, el tema de los herederos no cesaba. Como si los visires, los sacerdotes y las familias nobles se hubieran aferrado a una única solución para asegurar la continuidad de Egipto: la fertilidad de la faraona.
Pero para Nitocris, cada vez que escuchaba esos consejos velados o esas sugerencias disfrazadas de rituales, el veneno le hervía por dentro. No era orgullo, era rechazo profundo. No podía, no quería, imaginarse unida a ningún otro hombre… que no fuera Tn.
Y eso, justamente, era lo que la atormentaba.
No el deseo, no el amor, ni siquiera el miedo… sino la certeza de que lo que su corazón deseaba era algo imposible.
Esa noche, cuando el palacio por fin calló y las antorchas fueron encendidas, Nitocris abandonó sus aposentos sin escolta, vestida con un simple manto blanco que apenas rozaba el suelo de piedra. Sus pies se deslizaban silenciosos por los corredores de alabastro hasta llegar a una cámara pequeña, protegida por tapices antiguos y rodeada de incienso dulce. Allí vivía una mujer que para Nitocris no era solo una sacerdotisa… era una figura materna, una sombra constante desde su niñez: Nailah.
Una mujer de piel oscura y ojos sabios, con el cabello ya encanecido, sentada sobre almohadones mientras molía hierbas sagradas. Al ver entrar a la faraona, no se inclinó. Nunca lo hacía. No con ella.
—Mi pequeña luna viene a visitarme —dijo con voz cálida, sin dejar de mover el mortero—. ¿Otra pesadilla, mi dulce conejo ven con ommi cuentame todo?
Nitocris se detuvo a unos pasos, su expresión serena por fuera, pero temblando por dentro.
—Necesito hablar contigo… como cuando era niña.
Nailah dejó el mortero con cuidado. Sus manos aún olían a loto y salvia, pero sus ojos ya leían la verdad antes de escucharla. Señaló el cojín frente a ella y esperó en silencio.
Nitocris se sentó lentamente, en un gesto que muy pocas veces le estaba permitido: abandonar la realeza y ser solo una joven confundida.
—Todos me presionan… para tener un hijo. Para asegurar el trono. —La voz de Nitocris era baja, tensa, más un susurro que una confesión—. Me recuerdan mi juventud, mi fertilidad, mi deber. Como si fuera un campo a sembrar… no una persona.
Nailah no respondió de inmediato. Tomó una jarra de cerámica y sirvió dos copas de infusión caliente. Cuando le pasó una a Nitocris, sus dedos rozaron los de ella con dulzura.
—No eres solo una mujer. Eres el alma viva de Egipto. Pero eso no significa que no puedas sufrir… o amar.
Nitocris apretó la copa, bajó la mirada y murmuró—Yo no puedo tener hijos con nadie más. No quiero. Solo aceptaría… si fuera con él.
Nailah la miró fijamente, pero no sorprendida. Solo suspiró con ternura.
—Tn. —dijo, sin rastro de juicio.
La joven faraona asintió. El nombre era una gota que rompía el silencio, liberando todo lo que se había contenido dentro de ella.
—Sé que es absurdo. Sé que ningún hijo que él me diera sería aceptado. Pero cuando lo veo… cuando está cerca… me siento menos sola. Menos… como una corona vacía. No quiero un hombre fuerte ni sabio. Solo quiero a alguien que me mire como él lo hace. Como cuando no éramos más que niños y jugábamos en los jardines.
Nailah sonrió. No con burla, sino con la ternura de una madre que ve a su hija por fin hablando con el corazón.
—¿Cómo no iba a saberlo? —dijo mientras acariciaba la frente de Nitocris con su dedo arrugado—. Fui yo quien eligió a Tn para que jugara contigo. Él era hijo de campesinos del sur. Su padre murió por una mordida de serpiente. Su madre lloraba día y noche. Y cuando lo traje al palacio… tú te aferraste a él como si fuera tu reflejo.
Siendo princesa nunca se le permitio salir del palacio, ni jugar con jovenes de su edad.Y los hijos de nobles parecian tener un palo metido en el trasero por lo rigidos que eran. Arrogantes o demasiados apegados a la etiqueta, Nitocris nunca hubiera podido jugar con alguno de ellos y mas notando sus…….orejas.
Eran anormales pero se concidero que alguna sangre divina habia nacido mas fuerte en la joven.
Nitocris cerró los ojos. Lo recordaba. Habían pasado tantos años, pero aún podía sentir la risa inocente, las manos pequeñas trenzando flores, y cómo Tn, incluso de niño, la trataba no como una princesa… sino como una persona.
—Y ahora eres reina. —continuó Nailah, con voz firme—. Pero tu corazón sigue siendo el mismo. Yo no puedo decirte lo que hacer, Nitocris. Pero te diré esto: el mundo jamás aceptará lo que tu alma desea. Así que debes decidir: ¿serás reina de sus expectativas… o seras la reina que el corazon del Nilo necesita?
Nitocris tembló. No de miedo. De comprensión. El peso de esa elección era más grave que la corona misma.
Nailah la envolvió en un abrazo silencioso. Por unos segundos, la diosa de Egipto desapareció, y solo quedó una joven asustada en brazos de su madre adoptiva.
—Yo te cuidaré, pase lo que pase —susurró Nailah al oído—. Pero prométeme una cosa, pequeña luna mía…
Nitocris alzó la vista, los ojos brillando.
—No le entregues tu alma a Egipto si Egipto no está dispuesto a devolvértela.
El silencio en la cámara de Nailah era como un manto sagrado, cálido y pesado. Afuera, las antorchas chispeaban suavemente en los pasillos, pero allí dentro, el tiempo parecía detenerse.
Nitocris, aún vestida con su túnica blanca, se acomodó lentamente en el regazo de la anciana sacerdotisa. Sus orejas de conejo, flexibles y suaves, se inclinaron hacia atrás al sentir los dedos de Nailah acariciarlas con ternura. Era un gesto de infancia. Un reflejo. Cada vez que algo la angustiaba, ella venía aquí. A este rincón olvidado del palacio donde no era una diosa, ni una reina, ni la heredera de un reino… solo una niña rota por dentro.
Nailah comenzó a tararear. Un canto antiguo, uno que Nitocris conocía desde que podía recordar. Su tono bajo, casi maternal, la hizo cerrar los ojos. El mundo entero desapareció. El caos, los visires, los informes sobre las langostas, todo quedaba fuera de esas paredes.
—Pequeña luna… —murmuró Nailah, mientras deslizaba los dedos por su cabello oscuro—. El destino nunca es justo con las mujeres como tú. Las que nacen con corona, pero sin libertad.
La vieja sacerdotiza lo sabia,ella misma paso por algo similar. Ser hija de un sumo sacerdote tuvo sus cargas, convertirse y entregarse a sus deberes en el templo.
Nitocris apretó los labios. No lloró. No podía. Pero en su corazón se alzó un nudo que dolía más que cualquier lágrima.
Nailah siguió peinando suavemente su cabello y orejas, en un vaivén hipnótico, hasta que la voz de la sacerdotisa bajó aún más, rozando el tono de una conspiración sagrada.
—Tal vez… —dijo, con lentitud— no tienes que renunciar a lo que deseas. Tal vez hay un camino. Difícil… sí. Doloroso… también. Pero posible.
Nitocris abrió los ojos, despacio, sin moverse.
—¿A qué te refieres ommi?
(Nt:En árabe egipcio, “ommi” significa “mi madre”. La palabra “omm” significa “madre” en general, mientras que “ommi” se usa para referirse a mi madre)
Nailah se inclinó un poco más sobre ella, con la sabiduría milenaria brillando en su mirada.
—Comparte tu cama con un noble. Solo una vez. Solo por deber. Ten un hijo con sangre real, noble, pura. Uno que los visires y los sacerdotes no puedan cuestionar. Uno que silenciará todas las bocas y asegurará tu trono. Y luego… escoge a Tn.
Nitocris se quedó en silencio. El pensamiento cayó como una piedra en el agua de su alma, dejando olas que se expandían cada vez más. No fue rechazo inmediato. Tampoco aceptación. Fue impacto. Crudo. Intenso. Brutalmente lógico.
Nailah continuó, más suave aún—Los hombres hacen esto todo el tiempo. Se acuestan con concubinas, con esposas por deber, y luego viven con las que aman. ¿Por qué tú no? ¿Por qué tu deseo tendría que ser menos que el de ellos?
La joven faraona giró un poco su rostro, apoyando la mejilla contra las piernas de Nailah, su respiración agitada por dentro, aunque su expresión seguía contenida.
—¿Y si no puedo olvidarlo? —susurró, casi con temor—. ¿Y si ese único momento… me persigue?
Nailah deslizó una mano sobre su mejilla, acariciándola como si calmara a una criatura herida.
—Te perseguirá. No te mentiré. Pero también lo hará el vacío si no haces nada. Si no aseguras tu trono, otros lo harán por ti. Y no con amor, Nitocris… sino con puñales escondidos tras palabras dulces.
Nitocris cerró los ojos otra vez.
La idea tomó forma. Fría, estructurada, como una estrategia de guerra. Una sola noche. Un solo acto. Un sacrificio. Uno que sellaría el resto de su vida con libertad. Podría tener a su hijo de sangre noble… y luego elegir a Tn. Podría tener hijos con él. Muchos. Suyos. Hijos que le devolvieran el alma, que la llenaran de humanidad. Hijos que la hicieran olvidar esa única transgresión al deseo de su corazón.
Y aun así… la idea de ese momento, de ese otro hombre sobre ella… de saberse tocada por alguien que no amaba, le producía náuseas internas.
—Me repugna. —susurró con voz ronca—. Me repugna tener que hacerlo. Que deba entregarme a un extraño para satisfacer las reglas de este mundo.
Nailah le acarició la frente.
—No estás sola. Yo estaré contigo antes y después. Y Tn… si algún día lo eliges, él también. Él te entenderá. Porque si él te ama, incluso si no puede decirlo. No con palabras. Pero lo ves, ¿verdad?
Nitocris asintió lentamente.
Sí, lo veía. Lo sentía en los pequeños gestos. En el modo en que Tn evitaba mirarla con deseo, como si supiera que incluso eso era un pecado frente a los dioses. En cómo le traía la comida con cuidado. En cómo se arrodillaba ante ella con temor y devoción. No a la faraona. A ella.
Y por eso mismo, tal vez, esta traición que consideraba… no sería una traición para siempre. Solo una herida. Una cicatriz.
Pero las cicatrices, también, podían dar forma a una reina.
—Una vez… —murmuró finalmente, con los ojos aún cerrados—. Solo una vez. Y que sea suficiente.
Nailah sonrió, pero no con triunfo. Con tristeza. Con amor. Acarició las orejas de Nitocris como lo hacía cuando era niña, como si pudiera protegerla de lo inevitable.
—Entonces hazlo con el corazón sellado. Y con el alma firme. Porque después de esa noche, Nitocris… serás libre. Libre para escoger a quien tu alma ya ha elegido desde hace muchos años.
Y así, bajo el techo de las sombras y la infusión apagada, una decisión fue sembrada.
Un acto. Un hijo.
Una noche. Una vida.
Pero, en el fondo, solo Tn podía ser quien la salvara de sí misma.
No necesitaria de formar un harem, luego de su primer hijo podria decretar a Tn como consorte real. Seria suficiente para que esos desgraciados se alejen de su cuello.
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