Waifu yandere(Collection) - Capítulo 95
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95: Blue Diamond part 2 Steven universe 95: Blue Diamond part 2 Steven universe Advertencia ⚠️ ⚠️ Futuro contenido para mayores 18 leer bajo su propio criterio Advertencia contenido grafico de violencia y Advertencia ⚠️ temas cuestionables y sensibles se sugiere que si no es de su agrado salga de aquí y de paso aclaro que personajes o imágenes no me pertenecen crédito a sus autores.
Agrego personajes no me pertenecen.
Imágenes y personajes no me pertenece crédito a sus autores.
Advertencia este capítulo contiene escenas para mayores y lenguaje bulgar están advertidos.
 Tn permaneció en la colosal cama, el colchón era tan grande que fácilmente podría servir de campo de entrenamiento para un grupo entero de soldados.
Observaba el techo lejano, los reflejos de luz flotando como si alguien hubiera disuelto estrellas sobre un lago.
Estaba tan confundido, tan desplazado, que por un momento creyó estar soñando.
¿Sería esto algún tipo de alucinación?
¿Algún desliz mental provocado por el duelo?
¿O incluso… la muerte?
Pero no.
El dolor en sus costillas, punzante y constante, se encargaba de recordarle que estaba despierto.
Muy despierto.
La presión del agarre de aquella mujer —Diamante Azul, se corregía en su mente— no había sido imaginaria.
Sus huesos todavía lo sentían.
Se sentó en el borde del colosal colchón, que tenía la altura de un edificio pequeño.
Desde ahí, la caída era considerable.
Calculó, con experiencia práctica, que serían unos cuatro o seis, tal vez siete metros de altura.
—Bien… —murmuró para sí mismo, sacudiéndose el cansancio—.
Vamos a ver dónde diablos estoy.
Con cuidado, usó una de las sábanas largas y pesadas —tejidas con un material extraño, suave como bruma, pero tan resistente como cuerda de escalada— para improvisar una bajada.
Amarró un extremo a una de las columnas talladas del borde del colchón y comenzó a descender con precaución, dejando que sus músculos guiaran su avance lento y controlado.
El esfuerzo hizo que el ardor en sus costillas se intensificara, pero no detuvo su determinación.
Cuando finalmente tocó el suelo, soltó un suspiro de alivio.
El suelo tenía una textura suave, casi como si pisara cristal templado cubierto por una capa invisible de terciopelo.
Entonces miró a su alrededor.
El lugar parecía aún más inmenso desde abajo.
Columnas curvas que se alzaban como ramas de árboles milenarios, esculturas flotantes que giraban en el aire emitiendo una luz tenue, y al fondo… movimientos.
Tn se acercó con cautela.
Vio unas figuras pequeñas, más humanoides, aunque claramente no humanas.
Gemas.
De bajo rango, según recordaba por lo que había escuchado de Azul.
Parecían criaturas dedicadas a tareas básicas: barrer, limpiar, organizar.
Eran delgadas, con expresiones vacías, ojos de cristal pálido.
Una limpiaba el suelo con una herramienta flotante.
Otra reacomodaba unos fragmentos de tela ceremonial en una esquina.
Había al menos tres.
Cuando Tn se acercó, todas se detuvieron al unísono.
Lo miraron.
Y sin decir palabra alguna… retrocedieron.
No fue miedo lo que expresaron.
Fue confusión, casi… rechazo mecánico.
Como si no tuvieran programación para interactuar con un ser como él.
Una anomalía.
Tn levantó las manos, como señal de calma.
—Tranquilas… solo estoy viendo si hay una salida.
No les hare nada —bromeó, aunque nadie rió.
Maldito adiestrameinto militar, nunca aprendio a socializar bien.
Las gemas se alejaron en silencio, como espectros obedientes de un templo sagrado.
Volvieron a sus tareas, pero evitaban mirarlo directamente.
Una incluso desapareció detrás de una cortina etérea.
Tn suspiró y continuó caminando.
Y entonces la vio.
Una gran puerta al fondo de la sala.
No tenía pomo.
No tenía manija.
Solo una estructura de cristal y luz que parecía viva.
Tenía grabados extraños, líneas azules que se movían sutilmente como venas bajo la superficie.
Se detuvo frente a ella.
La observó un momento.
No había cerraduras.
No parecía haber mecanismos visibles.
Tocó la superficie con la palma.
Estaba tibia.
Viva.
Pero no respondia.
—¿Cómo se abre esto…?
—susurró.
Volteó a mirar el entorno.
Las gemas no lo ayudaban.
Estaba encerrado, aunque sin barrotes.
Era una prisión de terciopelo, una jaula de lujo silenciosa… donde la puerta no tenía llave visible, y la carcelera creía estar haciendo un favor.
Y por primera vez, Tn sintió que quizás no se trataba de protección.
Si la puerta parecia muy demasiaod avanzada.
Y aqui es donde prefiere la clasica madera.
.
.
Tn talló sus ojos con la palma de la mano y soltó un bufido, el tipo de gesto que haría cualquier hombre cansado de un mal sueño…
solo que este no era un sueño.
Se giró de nuevo hacia la puerta imponente.
No había cerradura, ni teclados, ni mecanismos evidentes.
Era como una muralla viva hecha de cristal inteligente, una que reconocía órdenes no dichas, pero no tenía intención de escucharlo.
Aun así, no se quedó quieto.
Caminó a lo largo del marco, observando cada detalle, cada marca, cada línea energética que pulsaba en el contorno.
Tal vez, si encontraba una debilidad, un patrón, una grieta… Pero mientras él tanteaba los límites de su prisión dorada, en otro sector de la nave, Diamante Azul daba instrucciones con voz serena, tan bella como inquebrantable.
—Quiero que alteren la trayectoria principal.
Iremos primero a mi satélite privado.
Nada más importa por ahora —ordenó.
Las Peridot, en su grupo de soporte técnico, asintieron en sincronía.
No preguntaban.
No dudaban.
Sus dedos danzaban sobre paneles de luz, alterando coordenadas, ajustando curso.
Pero quienes realmente la observaban, con disimulo, notaban un pequeño cambio.
El contorno azul oscuro bajo sus ojos —normalmente sutil como sombra de pestaña— se había intensificado.
Como si el cansancio, o algo más profundo, se filtrara por sus poros.
Azul miraba al frente.
Pero no veía.
Sus ojos, normalmente nublados por la melancolía perpetua de su ser, ahora estaban vacíos.
Quietos.
Pensativos.
—Satélite privado… —susurró apenas, más para sí que para las demás—.
Un lugar tranquilo.
Sin interrupciones.
Donde… puedo pensar.
Porque eso era lo que buscaba, ¿no?
Pensar.
Ordenar su mente.
No.
No exactamente.
Ella sabía la verdad, aunque no quisiera decirla.
No estaba llevando al humano al zoológico.
No lo estaba presentando como una criatura de estudio, ni como un tributo al legado de Rosa.
No lo estaba ofreciendo como algo público ni compartido.
Lo estaba ocultando.
Llevando a su satélite en Planeta Madre.
Un lugar que, en siglos, ni siquiera Amarillo había pisado.
Un rincón que era solo suyo.
Azul bajó lentamente la mirada y, con dos dedos delgados como columnas divinas, tocó su gema incrustada en el pecho.
La presión leve le hizo cerrar los ojos un instante.
Y entonces, sintió el hormigueo.
Una corriente suave.
No peligrosa.
No mágica.
Sino íntima.
Una sensación rara.
Triste.
Inquietante.
Casi…
organica o la palabra seria……humana.
Durante milenios, Diamante Azul había sido la fuente de la tristeza universal.
Su mera presencia podía quebrar la voluntad de batallones de gemas.
Su aura —patocinesis pura— inducía el llanto, la culpa, el quebranto.
Ni siquiera Diamante Amarillo era inmune a su poder.
Podía hacer arrodillar a toda una colonia sin mover un dedo.
Sus suspiros eran lamentos vivos.
Pero él… ese humano… Él ya estaba roto.
Sin su aura.
Sin su poder.
Ella no habia movido ni un dedo y el humano mostro tristesa.
Sus emociones eran crudas, reales, puras.
Su dolor no necesitaba ayuda.
Y lo que más le perturbaba a Azul era que ese dolor… ella lo sentía también.
Como un eco extraño, como si por primera vez, alguien reflejaba lo que ella proyectaba.
Sin control.
Sin manipulación.
Empatía real.
Sus dedos se apartaron lentamente de la gema.
¿Era eso lo que la inquietaba?
¿Lo que le hacía mirarlo sin poder apartar la vista?
¿Que por primera vez en milenios… alguien la entendiera sin que tuviera que llorar por ella?
Afuera, la nave giró levemente al cambiar de rumbo.
El satélite privado se veía ya como una esfera brillante, azul oscuro, como una lágrima congelada flotando en el vacío.
Y en su mente, él seguía ahí.
Pequeño.
Mortal.
Pero inquebrantable.
Y eso la aterraba más de lo que jamás admitiría.
Diamante Azul exhaló lentamente, como si con ese aliento pudiera contener la presión en su pecho.
Una lágrima cristalina descendió por su mejilla, deslizándose como una gota de rocío azul que no encontraba reposo.
Ni siquiera notó cuándo empezó a llorar.
Era algo que le sucedía a menudo.
Demasiado a menudo.
Pero lo que sí notó, fue el cambio en la sala.
El susurro de llantos ahogados.
El temblor de las voces de sus asistentes.
Los dedos temblorosos de una Peridot que intentaba mantener el control frente al panel de navegación.
Otra, en un rincón, contenía sollozos con la mano apretada contra la boca.
El poder de su aura había comenzado a filtrarse, sutil pero firme, como niebla de pena que no pedía permiso.
La tristeza se colaba en las grietas del alma de todas las gemas allí presentes, sin que su voluntad pudiera detenerla.
Azul chasqueó suavemente los dedos.
Un gesto elegante, casi insignificante… pero cargado de intención.
Y en ese acto, reprimió su aura con una delicadeza que solo milenios de práctica podían lograr.
—Disculpen —murmuró, apenas audible—.
No era mi intención.
Las gemas asintieron, y el llanto se apagó lentamente como una melodía interrumpida.
El aire volvió a ser respirable.
Azul desvió la mirada.
Estaba perdiendo el control.
O, peor aún… estaba sintiendo demasiado.
No queria algun accidente por culpa de su aura.
La nave ya estaba entrando en la órbita del satélite.
Desde la vista en la sala de comando, la superficie del astro brillaba como un océano congelado bajo una luna eterna.
Su santuario privado.
Intocado.
Perfectamente diseñado para aislarla del planeta madre.
Era hora.
—Perla —dijo con tono suave, pero que implicaba autoridad absoluta.
Una figura alta y delgada emergió de una de las plataformas flotantes con una reverencia impecable.
Perla Azul, tan elegante como su dueña, se desplazó con gracia.
Su flequillo le cubría los ojos, su postura era perfecta, su presencia era tan silenciosa como una brisa en templo vacío.
—A su servicio, mi Diamante —respondió con voz clara, suave como la seda tensa de un laúd.
—Ve a buscar al humano —ordenó Azul sin rodeos, y bajó ligeramente la mirada—.
Está en mis aposentos.
Trátalo… con cuidado.
Perla Azul parpadeó.
No mostró juicio ni emoción.
Solo se limitó a asentir.
—Como usted desee mi Diamante.
Dio media vuelta, su falda translúcida flotando con gracia alrededor de sus piernas largas y pálidas.
Su andar era elegante, casi etéreo.
Pero mientras cruzaba los pasillos internos de la nave, su mente no pudo evitar formular la pregunta que jamás pronunciaría en voz alta: ¿Un humano… en el satélite privado de Diamante Azul?
Era absurdo.
Impensable.
No formaba parte del protocolo ni del carácter de su señora.
Azul era una figura sagrada, compuesta de gracia, duelo y distancia.
Jamás se había permitido una debilidad, ni siquiera en su duelo por Diamante Rosa.
¿Y ahora… esto?
Un humano.
Solo uno.
Guardado en un espacio personal, fuera del zoológico, fuera del sistema.
¿Qué lo hacía especial?
No se lo preguntaría a Azul.
No debía.
No tenía derecho.
Pero Perla Azul era observadora por diseño.
Y esa duda… se le grabó como una partitura extraña en una sinfonía conocida.
Mientras caminaba con paso firme por los corredores de cristal y luces pálidas, el destino le era claro.
Encontraría al humano.
Vería con sus propios ojos por qué su señora había apartado un fragmento de vida tan efímero para ella sola.
Y tal vez… entendería.
.
.
La gran puerta se abrió sin un solo sonido, como si el mismo aire se apartara ante el paso de quien llegaba.
Tn dio un paso atrás instintivamente, sorprendido al ver cómo aquella barrera impenetrable de cristal se deshacía en filamentos de luz, revelando la figura estilizada y fantasmal de una mujer… no, una gema.
Reconoció su rostro, al menos vagamente.
Había estado al lado de la colosal Diamante Azul.
Era más pequeña, aunque no por ello menos imponente en su propia forma: alta, grácil, con un cuerpo delgado y armonioso, cabello azul pálido desordenado que caía justo hasta su barbilla, y un flequillo que ocultaba gran parte de sus ojos.
La gema en su pecho brillaba con un tono suave, casi acuático.
Perla Azul lo observó en silencio por unos segundos que parecieron más largos de lo que eran.
Su mirada —aunque semioculta por el flequillo— lo recorrió de arriba abajo con precisión clínica.
Estatura: ligeramente superior a la suya.
Cabello: sin orden, pero no desagradable.
Ropa: común.
Funcional.
Sin estética.
Físico: trabajado, curtido.
No militar, pero resistente.
Aura emocional: perturbada, sí… pero centrada.
¿Qué le veía mi Diamante?
¿Qué podía haber en esta criatura para alejarla de su tristeza silenciosa y llevarlo a su santurario lunar?
Perla Azul sacudió esos pensamientos de su mente y se acercó con la elegancia mecánica de alguien hecho para obedecer.
—Mi Diamante solicita su presencia —anunció con voz suave y perfecta dicción.
Tn frunció el ceño.
La voz era dulce, pero el mensaje lo inquietaba.
—¿Y eso qué significa exactamente?
—preguntó, pero apenas pudo terminar la frase.
Perla Azul ya lo había tomado por el brazo, con una fuerza mucho mayor a la que su figura delgada hacía suponer.
No era un gesto violento, pero sí firme, decidido.
Preciso.
—Espere—, alcanzó a decir Tn, dando un paso en falso mientras era arrastrado—.
¡Oye!
Su equilibrio casi se perdió, pero no del todo.
Reaccionó con reflejos entrenados y plantó los pies en el suelo, endureciendo su postura.
Su brazo se tensó en el agarre, firme como una raíz en piedra.
Perla Azul sintió la resistencia.
Y se detuvo.
Giró el rostro ligeramente, aunque su flequillo aún cubría la mayoría de su expresión.
Pero su tono cambió apenas.
—Le he dicho que mi Diamante lo solicita —repitió, pero esta vez había una nota de impaciencia contenida, como si no estuviera acostumbrada a recibir resistencia alguna.
Tn respiró hondo.
No era un bellaco pandillero.
No era un rebelde.
Pero no era un objeto.
No dejaria que una chiquilla o eso le parecia a sus ojso, lo tratara de forma tan descortes.
Y la idea de ser llevado como si no tuviera voz propia lo irritó más de lo que habría esperado.
—No iré si me tratas como si fuera parte del mobiliario —dijo en voz clara—.
Soy una persona, no un perro.
La mano de Perla Azul aún lo sostenía.
Pero ahora su agarre era más medido, más cauteloso.
Por primera vez en mucho tiempo, alguien se había negado a su gesto automático de autoridad subordinada.
Se mantuvo en silencio un segundo más.
Y luego, lentamente, soltó su brazo.
—Entonces… sígame por voluntad propia —murmuró, como si las palabras le costaran salir.
Y aunque su rostro siguió oculto, Tn notó algo en su postura: una mínima, casi imperceptible, inclinación de respeto.
No total.
No sincera.
Pero… un comienzo.
Ambos quedaron en silencio un momento.
El humano y la gema.
Cada uno preguntándose —en lo más profundo— qué sentido tenía todo aquello.
.
.
El sonido de sus pasos resonaba suavemente en el pasillo cristalino, como si cada movimiento fuera absorbido y luego devuelto en ecos refinados.
Perla caminaba con una elegancia casi coreografiada.
Tn la seguía, más por decisión propia que por obligación, aunque con una clara rigidez en los hombros.
No estaba cómodo, y no pretendía fingirlo.
A su lado, Perla Azul lo miraba con disimulo.
No con hostilidad… sino con una mezcla de curiosidad y desdén pulido por milenios.
Era… grosero.
Desaliñado.
Y como todos los seres orgánicos: impredecible.
Su piel no brillaba.
Sus movimientos eran toscos.
Y su voz, si bien articulada, carecía de la cadencia musical con la que hablaban las gemas bien formadas.
Aun así… había algo más.
Algo que le costaba ignorar.
Inteligencia.
No la misma que una Peridot o un Zafiro, pero sí una lógica silenciosa, un cálculo constante en su mirada.
Estaba analizando.
Medía los pasillos, los ángulos, las salidas.
No como un animal atrapado, sino como alguien que aprendía de su entorno.
Y eso… le molestaba.
Porque lo hacía menos “cosa” y más… gema *persona*.
Perla Azul recordó lo que sabía de la especie humana.
Había leído informes antiguos durante el incidente con Diamante Rosa, cuando se revisaron todos los datos de ese planeta por órdenes superiores.
Los humanos eran… crudos.
Su civilización apenas había rozado la superficie de su luna antes de perder interés.
Cambiaban de líderes como se cambia de atuendo.
Sus ideas, inestables.
Su cultura, caótica.
Y su identidad, dividida en líneas absurdas de color de piel, idioma, frontera, religión… como si quisieran copiar a las gemas, pero sin entender nada.
Sin embargo, habían persistido.
Por alguna razón que ni las computadoras centrales ni las estadísticas de extinción podían explicar, esa especie había sobrevivido.
Y ese espécimen… caminaba ahora a su lado.
Dentro de un satélite privado.
Solicitado por un Diamante.
Perla desvió la mirada.
No era su lugar cuestionarlo.
Aunque le costara entenderlo.
Finalmente, cruzaron un arco de entrada decorado con figuras abstractas y cristales suspendidos.
Al entrar, Tn sintió que el aire cambiaba.
Más frío.
Más pesado en temperatura.
La sala de control era vasta como una catedral sin nombre.
Paneles suspendidos flotaban en diferentes niveles, cada uno proyectando información incomprensible, y estructuras de energía formaban caminos que se curvaban en espiral, como si la arquitectura se doblara a una lógica distinta.
Y allí, al centro, imponente y solemne como una estatua viva, estaba Diamante Azul.
Doce metros de altura.
(Nt:Ufffff mami que mujer) Rodeada por una aureola de luz suave y llanto contenido.
Su manto flotaba sin tocar el suelo, y su presencia llenaba la habitación como si desplazara el tiempo mismo.
Una figura de duelo y majestad.
Perla se arrodilló inmediatamente con una reverencia perfecta, inclinando su largo cuello hasta que su frente rozó el suelo pulido al igual que su frente.
—Mi Diamante… —murmuró.
Tn, por su parte, se detuvo en seco.
Su cuerpo se tensó al verla.
Era la segunda vez que la veía de cerca, pero ahora, sin el caos del momento anterior, su escala era aún más asombrosa.
El lugar.
La figura.
La energía.
Todo parecía gritar que él no pertenecía allí.
Y sin embargo… ella lo había traído.
Sus ojos recorrieron la sala.
Definitivamente, este era el lugar más extraño donde había estado en toda su vida.
Y aunque no lo diría en voz alta… había una parte de él que empezaba a sospechar que su historia —y su libertad— ya no le pertenecían por completo.
Diamante Azul, desde su haciento de cristal y luz líquida, alzó lentamente la vista al ver a su Perla entrar acompañada del humano.
Sus labios se curvaron en una sonrisa apenas perceptible, delicada como un pétalo cayendo en un estanque.
Con un leve murmullo de satisfacción, se puso de pie.
La sala tembló suavemente con su movimiento, no por violencia, sino por la pura magnitud de su ser.
Azul caminaba, se deslizaba como una marea solemne, y cuando se detuvo frente a ellos, su manto se desplegó con lentitud como una cortina de cielo nocturno.
Extendió una de sus manos —grande como una barcaza para los dos— y la sostuvo abierta frente a ellos.
—Suban —murmuró con dulzura—.
Nos estamos acercando al destino.
No deseo que caminen más de lo necesario.
Perla no dudó.
Con pasos livianos, casi danzando, subió a la palma extendida de su Diamante y se arrodilló sobre ella con reverencia.
Su falda azul hielo flotó suavemente, y su cuerpo se mantuvo erguido, como si posara sobre un altar sagrado.
Tn, en cambio, vaciló.
La visión era… imponente.
Una mujer de más de diez metros le pedía subirse a su mano como si fuera una figurilla.
No era una broma, ni un juego.
No era fanatico de experiencias asi de……..intensas.
Tn frunció el ceño, sin estar convencido.
Azul notó su tensión.
Bajó levemente su cabeza, haciendo que su flequillo de zafiro rozara el aire entre ambos, y su voz resonó como un susurro dentro de una catedral vacía.
—No temas.
Te prometí que te cuidaría, ¿recuerdas?
Eso fue lo que lo empujó.
Con cuidado, casi con resignación, Tn subió también a la palma extendida.
El tacto era frío, terso como una escultura viviente.
Azul, con una suavidad increíble para su tamaño, los levantó como si fueran pétalos sobre el viento.
Desde esa altura, Tn podía ver toda la sala de control.
Las plataformas flotantes, las líneas de luz pulsando como venas de información, las gemas minúsculas corriendo de un lado a otro en tareas complejas… Todo se sentía aún más irreal.
Tn miró hacia arriba, hacia el rostro de Azul.
Iba a preguntar.
¿A dónde me están llevando exactamente?
Pero cuando apenas abrió la boca, sintió una mirada filosa.
Perla.
Estaba sentada a pocos pasos de él, inmóvil como una estatua.
Su flequillo seguía cubriendo sus ojos, pero bastó una inclinación de su rostro para dejar ver algo más.
Un destello de azul, intenso.
Y una sutil línea —casi invisible— marcando su cuello.
No era una vena como las humanas.
Era una línea de energía contenida… y vibrante.
Una señal clara.
No quería que interrumpiera.
Tn cerró la boca lentamente.
No por miedo.
Por prudencia.
Y no iba a entrar en conflicto con una mujer.
Azul, sin girar la cabeza, habló con voz serena pero llena de intención.
—Pronto estaremos allí.
Es un lugar más apropiado.
Más… sereno.
Se giró ligeramente hacia uno de los paneles más altos, donde una Peridot trabajaba con rapidez entre datos flotantes.
Sus dedos alargados tocaban pantallas que no existían en el plano físico.
—Envía un mensaje al satélite —ordenó Azul, su voz con un timbre que nadie osaba contradecir—.
Que preparen una zona ambiental adaptada a razas orgánicas.
Condiciones terrestres.
Oxígeno, gravedad estable, temperaturas suaves.
La Peridot asintió y comenzó a ejecutar la orden.
Su silueta temblaba levemente, como si la presión de servir a un Diamante la aplastara por dentro.
—Hazlo… personalmente —añadió Azul—.
No quiero errores.
La gema casi tropezó al salir volando del panel.
Tn tragó saliva.
Eso no era sólo autoridad.Le recordo a ciertas cosas en su vida.
Altos cargos, servidumbre.
Y ahora, todo ese poder… estaba dirigiéndose a él.
Y aún no entendía por qué.
  waifus zhu yuan zzz siguiente en llegar.
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