Waifu yandere(Collection) - Capítulo 96
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96: Zhu yuan zzz 96: Zhu yuan zzz Advertencia ⚠️ ⚠️ Futuro contenido para mayores 18 leer bajo su propio criterio Advertencia contenido grafico de violencia y Advertencia ⚠️ temas cuestionables y sensibles se sugiere que si no es de su agrado salga de aquí y de paso aclaro que personajes o imágenes no me pertenecen crédito a sus autores.
Agrego personajes no me pertenecen.
Imágenes y personajes no me pertenece crédito a sus autores.
Advertencia este capítulo contiene escenas para mayores y lenguaje bulgar están advertidos.
 Tn  El salón de juntas de la Oficina de Seguridad Pública estaba envuelto en un silencio asfixiante, roto solo por el eco constante de los gritos de un superior visiblemente colérico.
—¡¿Cómo te atreviste a ocultar información sobre Phaethons infiltrados en nuestras filas?!
¡¿Acaso sabes lo que eso significa?!
¡¡Has deshonrado cada insignia, cada palabra del juramento que hiciste!!
Golpeó el escritorio tirando varias cosas al suelo, de no ser por su autocontrol podria haberle disparado al recluta.
Tn no respondió.
No bajó la mirada, pero tampoco intentó hablar.
Su cuerpo estaba recto, firme, pero su puño derecho temblaba suavemente, cerrado con fuerza, como si contuviera una tormenta que solo él escuchaba.
Sus labios permanecían sellados, y sus ojos —cansados, oscuros— se mantenían fijos en un punto lejano del escritorio del superior, como si no pudiera permitirse mirar a nadie más.
—¡Estás fuera, Agente Tn!
—rugió el superior—.
¡Recoge tus cosas y lárgate de aquí!
¡No quiero volver a verte pisar este edificio!
La orden cayó como un disparo seco.
Tn permaneció quieto por apenas dos segundos más, los suficientes para que todos notaran cómo el aire de la sala se tornaba aún más denso.
Luego, sin emitir palabra, giró sobre sus talones, abrió la puerta y salió.
A unos metros de la sala, entre las sombras del pasillo principal, una figura se mantenía inmóvil.
Era Zhu Yuan, con su uniforme impecable, las manos entrelazadas con tensión tras la espalda y los labios mordidos con tanta fuerza que apenas podía respirar con normalidad.
Su corazón palpitaba con violencia.
Ella lo había visto todo.
Quiso dar un paso, decir algo.
Detente.
Perdón.
Yo…
Pero sus pies no se movieron.
No podía.
No debía.
Los pasos de Tn se acercaron, luego pasaron junto a ella.
Él no la miró.
Tal vez no la vio, o tal vez no quiso verla.
Ella sí lo observó.
Cada centímetro de su rostro, de su silencio… cada rastro del hombre que alguna vez fue su camarada, y que ahora se alejaba, exiliado por culpa de una verdad no dicha.
Zhu apretó los dientes.
Sus ojos comenzaron a humedecerse, pero no dejó que una sola lágrima cayera.
No allí.
No frente a los demás.
A unos pasos detrás de ella, otra figura se mantuvo inmóvil: Qinyi, la bioandroide del escuadrón, cuyos sensores ópticos observaron sin emoción visible, pero con un leve gesto de negación.
No dijo nada.
Solo bajó ligeramente la cabeza, resignada, aceptando lo inevitable.
Nadie hablaría.
Nadie defendería a Tn.
El protocolo lo había condenado, y el silencio de todos había sido su verdugo.
Tn siguió caminando por los pasillos largos, fríos, inhumanamente limpios.
Ningún agente lo detuvo.
Ningún compañero lo despidió.
El pasillo, como él, parecía olvidado.
Finalmente, cruzó las puertas automáticas de la entrada principal y salió al exterior.
La luz artificial de los paneles urbanos aún brillaba en el cielo de la ciudad, entre pantallas de anuncios y vehículos flotantes.
El viento era suave, casi cómplice.
Tn levantó la mirada al cielo encapotado, donde no había estrellas, solo reflejos de una ciudad que lo había devorado y escupido sin remordimientos.
Sus labios se curvaron, apenas.
No era una sonrisa.
Era resignación.
—Tal vez…
sea hora de buscar otro trabajo —murmuró, más para sí que para el mundo.
Las luces de Lumina Square parpadeaban a lo lejos.
La vida seguía, indiferente.
La caminata de regreso fue larga, aunque no por la distancia.
Era el peso.
Las calles de Nueva Eridu rugían como siempre, con su mezcla de luces de neón, humo de escape y murmullos digitales de propaganda flotante.
A pesar del bullicio, Tn avanzó en completo silencio.
Con las manos en los bolsillos y los pasos cansados, finalmente dobló en una esquina y llegó a su pequeño apartamento, encajado entre dos edificios más altos como si el suyo se hubiera escurrido ahí por error.
Al abrir la puerta, fue recibido con un feroz ladrido agudo.
—¡”Argh, otra vez tú”…!
—gruñó la diminuta criatura, saltando desde un cojín gastado en el suelo.
Aunque solo se escucho un wooff wooff.
Un pequeño Chihuahua, de orejas puntiagudas, ojos llenos de furia contenida y un collar ridículamente grande para su cuello, corría como un torbellino hasta estamparse contra el tobillo de Tn.
El impacto fue más lamentable que impactante, pero el animal se quedó ahí, temblando como si hubiera detenido una invasión por su cuenta.
Tn lo miró y no pudo evitar una leve sonrisa, cansada.
—Ya, ya, Señor Chickis…
soy yo otra vez.
No hace falta que defiendas la casa cada vez que salgo.
Se agachó y le acarició la cabeza con cuidado.
El perro alzó el pecho, erguido, orgulloso como un general, aunque sus patas apenas si tocaban el suelo con estabilidad.
El chico suspiró y caminó hacia la cocina.
El departamento era pequeño, apenas funcional, pero acogedor.
Una repisa con viejas medallas de tiro y artes marciales, un calendario sin cambiar desde hacía dos meses, y en la pared, una chaqueta policial doblada, colgando en un gancho.
Todavía no la quitaba.
—Voy a tener que buscar otro empleo…
—murmuró mientras dejaba las llaves sobre la mesa.
Se dejó caer en una de las sillas.
Era metálica, fría, rechinaba cada vez que se movía.
El Señor Chickis corría de un lado a otro por la cocina, persiguiendo su propia sombra o ladrándole al ventilador como si fuera una amenaza extranjera.
Tn apoyó un codo sobre la mesa y frotó su frente.
El cansancio no era físico.
Era otra cosa.
Una tensión constante detrás de los ojos, como si su mente todavía esperara que todo aquello fuera un malentendido… uno que no llegaba a resolverse.
El problema no era solo haber sido echado de la policía.
Era el motivo.
Eso estaría en su expediente: ocultamiento de información sensible, colaboración indirecta con amenazas a la seguridad pública.
Incluso si no daban los detalles exactos, los empleadores sabrían leer entre líneas.
—Tal vez…
seguridad privada.
—Dijo en voz baja, pensativo—.
Podría intentar en Astra Yao… aunque, con mi historial, dudo que me dejen entrar siquiera por la puerta.
Sus palabras quedaron colgando en el aire.
El Señor Chickis saltó sobre sus piernas, exigiendo atención, y Tn lo tomó en brazos.
El perro se acomodó inmediatamente, como si fuera el emperador de la casa y ese trono le correspondiera por derecho.
—Tú no tienes idea de lo difícil que es conseguir empleo con antecedentes, ¿verdad?
—preguntó con una sonrisa torpe, rascándole la barriga—.
Pero al menos tú me recibes con ganas.
La cocina estaba en silencio, salvo por el suave zumbido del refrigerador.
En la mesita, una vieja taza de café frío aún tenía marcas de labios.
Delante, la ciudad brillaba a través de una ventana sucia.
Allá afuera, Nueva Eridu no se detenía.
Pero en ese pequeño rincón, el mundo sí se había detenido.
Y Tn… no sabía aún cómo volver a moverse.
El silencio en el apartamento era denso, apenas interrumpido por el zumbido bajo del ventilador y el suave rasguño de las patas del Señor Chickis sobre el.
Tn apoyó su brazo contra la frente, los ojos cerrados, buscando sin éxito una solución, una idea, algo.
Pero lo único que encontró fue la misma niebla de incertidumbre.
Bzzz…
bzzz…I WILL SURVIVE…bzzz..I GOT THE POWER…
El teléfono vibró cerca de él, desplazándose apenas sobre la mesa.
Un tono suave y monótono.
Alargó la mano sin entusiasmo y lo tomó.
En la pantalla brillaba un nombre.
“Zhu Yuan” Junto a él, una foto de ella en uniforme, seria, perfecta, como siempre.
Y debajo de la foto Qingyi parevia salir solo su rostro como interrumpiendo la foto.
Tn se quedó mirándola durante unos segundos.
El tono seguía vibrando, insistente.
Él no se movió.
Finalmente, bajó el pulgar y apagó el dispositivo sin responder.
Lo dejó caer sobre la mesa y volvió a recostar su frente contra su brazo.
No tenía energías para hablar con ella.
No ahora.
Tal vez nunca.
Al otro lado de la ciudad, entre las luces suaves de su departamento, Zhu Yuan estaba sentada en su sofá con las piernas cruzadas, un cojín sobre su regazo y la espalda encorvada, inusualmente relajada…
o más bien, vulnerable.
Llevaba puesta solo una camisa blanca larga —demasiado grande— y ropa interior negra.
Su cabello, normalmente recogido y pulcro, caía suelto sobre sus hombros, desordenado.
El teléfono estaba pegado a su oído.
La pantalla parpadeaba, mostrando “Llamando a Tn…” Nada.
Otra vez.
De nuevo.
Zhu Yuan cerró los ojos y respiró hondo, pero el aire que entró en sus pulmones no calmó la ansiedad que la quemaba por dentro.
Se había cambiado rápido tras volver de la base.
Apenas se desvistió, tiró el uniforme en el suelo —algo impensable en su rutina— y fue directo al sofá con el teléfono en mano.
—Vamos…
contesta…
por favor…
—susurró, casi suplicando.
Volvió a marcar.
Tono.
Tono.
Tono.
Buzón.
El sonido familiar de la grabación automática le atravesó el pecho como una aguja.
Pero esta vez, el sistema le dio la opción de dejar un mensaje.
Por un momento, se congeló.
Su pulgar temblaba sobre el botón de grabar.
El corazón le latía con fuerza.
Y entonces, con la voz tensa, baja y quebrada por la culpa, habló:—Tn…
s-soy yo.
Zhu.
Yo…
sé que no quieres escucharme ahora, lo entiendo.
No te culpo.
Pero por favor, escúchame solo un momento…
Tragó saliva.
Sus palabras parecían vacilar con cada sílaba.
—Fue…
fue mi culpa.
Todo esto.
Yo debí haber dicho algo, pero no lo hice.
Pensé que…
si me callaba, nadie saldría dañado.
Pero fuiste tú quien lo pagó.
Tú me defendiste.
Y ahora estás… ahí, fuera.
Solo.
Por mí.
Un nudo se formó en su garganta, pero se obligó a continuar.
—No sé si alguna vez puedas perdonarme…
solo…
solo quería saber si estás bien.
Por favor, dime que estás bien…
Cortó el mensaje antes de que su voz se quebrara por completo.
Dejó caer el teléfono a un lado, con torpeza.
Se llevó las manos al rostro, cubriéndose los ojos húmedos.
Y por un instante, Zhu Yuan no fue la oficial impecable de Seguridad Pública.
Fue solo una mujer, sola, sentada en el borde de su culpa, escuchando su propia respiración en una habitación que ya no sentía como hogar.
Zhu Yuan se dejó caer completamente en el sofá, como si su cuerpo hubiera perdido toda estructura.
El cojín crujió bajo su peso, y la tela de su camisa se arrugó contra su piel mientras se abrazaba las piernas, encorvada, buscando refugio en sí misma.Las bragas se marcaron en su entrepierna,los muslos relucieron ante la poca luz de su habitacion de sala.
El apartamento estaba en penumbra, solo iluminado por el resplandor tenue de una lámpara en el rincón.
Las sombras alargadas en las paredes parecían extender sus dedos hacia ella, como si quisieran recordarle todo lo que no podía dejar atrás.
Los hermanos Proxy.
Cerró los ojos.
Sí, los conocía.
Había sabido la verdad desde hacía semanas.
Tal vez meses.
Había tenido acceso a sus identidades reales, a las pruebas concretas que los vinculaban con el fenómeno de los Phaethon.
Y sin embargo, no dijo nada.
¿Por qué?
¿Por miedo?
¿Por lealtad personal?
¿O porque, en el fondo, no podía soportar la idea de que su mundo ordenado colapsara si decía la verdad?
Y ahora, el colapso había ocurrido de todos modos.
Solo que no sobre ella.
Fue Tn quien pagó el precio.
Recordó cómo había transferido el archivo.
Lo había hecho en un momento de desesperación silenciosa, cuando su uniforme aún no había pasado por revisión técnica.
Sabía que las cámaras integradas grababan constantemente, y que su última patrulla con los Proxy podría haber captado conversaciones comprometedoras.
No podía borrar los archivos; eso estaba más allá de su autorización.
Y Qinyi, a pesar de ser su compañera, jamás le ayudaría en algo así sin una orden clara o justificación legal.
Era una bioandroide, pero también la más estricta con la ley.
Su prigramacion le negaba mucha libertad.
Así que hizo lo impensable.
Conectó su módulo a un terminal externo y desvió el archivo completo —conversaciones, coordenadas, rostros, nombres— al módulo del uniforme de Tn.
Pensó que nadie lo notaría.
Que era un pequeño riesgo.
Una jugada silenciosa.
Solo unas grabaciones, nadie las revisa de verdad… Pero se equivocó.
Durante un mantenimiento de rutina en los módulos de los exagentes, los datos fueron escaneados, y las referencias a los Phaethon saltaron de inmediato a los protocolos de seguridad.
Palabras clave, coordenadas, nombres…
todo estaba ahí.
No en su uniforme.
En el de Tn.
Zhu Yuan se mordió el labio con fuerza.
Su mirada estaba perdida en la nada.
Y él…
sabía.
Sabía que ella había sido la única que podía haber hecho eso.
Que los datos no llegaron ahí por accidente.
Que el único modo en que esos registros aparecieran en su módulo era si alguien más los colocaba.
Y nadie más, absolutamente nadie, había tenido acceso a su sistema.
Solo ella.
Pero Tn no dijo una sola palabra.
Durante el interrogatorio, cuando lo arrinconaron, cuando lo humillaron, guardó silencio.
No la acusó.
No la arrastró consigo.
No la hundió como lo merecía.
Y eso… dolía más que si lo hubiera hecho.
Zhu Yuan sentía que el peso en su pecho crecía como una piedra húmeda.
Un vacío que la devoraba desde adentro.
Porque no se trataba solo del error.
Se trataba de que él, aún sabiendo la verdad, aceptó ser desechado para protegerla.
Como si su vida valiera menos.
Como si su carrera fuera más prescindible que la de la “prodigio de Seguridad Pública”.
—Soy una cobarde…
—murmuró para sí misma, la voz temblando.
Se levantó apenas, tambaleante, caminó hasta el escritorio y encendió su terminal táctil.
La interfaz brilló, mostrándole su perfil, su historial de operaciones, sus medallas.
Todas vacías.
Sus logros ya no le sabían a nada.
En la carpeta de registros internos, la sección de archivo clasificado seguía bloqueada.
No había pruebas de que ella lo hizo.
No había evidencia directa.
Todo había sido hecho con precisión, con la frialdad de alguien que se pensaba por encima del error.
Y sin embargo…
la única víctima era él.
Tn.
El nombre flotaba en su mente como una maldición.
Como una plegaria que ya no merecía pronunciar.
Se quedó de pie en silencio, frente al terminal, sin moverse.
Su reflejo en la pantalla la observaba con dureza.
Y por primera vez en mucho tiempo, no reconocía a la mujer que veía allí.
Ese fue el colmo de su autocontrol.
—¡Mierda!
¡Mierda…!
—gritó Zhu Yuan, golpeando con el puño cerrado el borde de la mesa de su comedor.
El sonido seco retumbó por el apartamento.
Un cuadro en la pared vibró tenuemente, torcido por la sacudida.
Zhu jadeaba, los ojos ardientes y húmedos.
Se pasó una mano por el cabello suelto, enredándolo aún más mientras caminaba con furia contenida hacia la cocina.
Abrió la nevera de un tirón, como si esperara encontrar dentro una solución mágica.
No la encontró.
Pero sí había helado.
Un recipiente de plástico etiquetado como Sabor Neón Azul – Bajo en Azúcar.
Uno de esos inventos modernos y economicos que pdoia pagarse, la azucar era mas cara hoy en dia.
Aun así, lo tomó, resopló y arrancó la tapa con los dientes apretados.
Buscó una cuchara en el cajón, se dejó caer nuevamente en el sofá y, sin pensarlo mucho, comenzó a comer directamente del envase.
Rápido.
Frío.
Castigándose con cada bocado como si pudiera congelar la culpa que hervía dentro de ella.
—¿Qué *nhom* se supone que puedo hacer por ti ahora…*nhom*?
—murmuró con la boca llena, entre dientes.
El helado era insípido, pero eso no importaba.
Era una distraccion.
Algo para calmar las manos temblorosas y la ansiedad que se le trepaba por la espalda.
Tn estaba fuera.
Por su culpa.
Y ni siquiera podía ayudarlo.
Pensó en ofrecerle ayuda económica.
Quizás transferirle algo desde su cuenta personal, de forma anónima, o inventar una excusa para dejarle créditos digitales en su puerta.
Pero inmediatamente lo descartó.
Su salario como oficial, incluso con su rango de capitana, no era ni remotamente suficiente para mantener a otra persona.
Apenas le alcanzaba para su propio alquiler, la comida, los impuestos de energía, el mantenimiento del uniforme, y el entrenamiento mensual obligatorio.
¿Ayudar a Tn?
¿A largo plazo?
No era realista.
—Maldito sea el sistema…
—masculló, escarbando el fondo del helado con un clack metálico.
Incluso si tuviera más dinero, él no lo aceptaría.
Tn era orgulloso.
Demasiado decente.
No tomaría un centavo de ella, y mucho menos si sabía que provenía de alguien que lo había traicionado en silencio.
Tragó otro bocado, helado como el vacío en su pecho.
Se le congelaron los dientes, pero no se detuvo.
Pensó en pedir ayuda a Jane Doe, la más empática del escuadrón.
Pero Jane estaba bajo constante vigilancia y tenía sus propios problemas, además de su personalidad impredecible.
No era alguien a quien pudiera involucrar.
Qinyi estaba descartada.
La bioandroide probablemente ya había deducido la verdad… pero su programación le impedía actuar sin pruebas concluyentes.
Y aun así, Zhu no esperaba compasión de ella.
¿Los otros?
¿Oficial Griggs(armamento)?
¿Oficial Tsun(forence)?
Imposible.
Demasiado leales al reglamento, demasiado ciegos ante la jerarquía.
Nadie movería un dedo por un exagente tachado de encubridor.
Zhu apoyó el recipiente vacío sobre la mesa con un golpe seco y se hundió aún más en el sofá.
La cuchara colgaba de su mano como una daga sin filo.
No había nadie.
Solo ella.
Y ella… no tenía nada que ofrecer más allá de su arrepentimiento.
Un arrepentimiento inútil, tardío y cobarde.
Afuera, las luces de los anuncios iluminaban la ventana con destellos azulados.
En la pantalla del teléfono, aún bloqueado, el historial de llamadas mostraba solo un nombre repetido una y otra vez.
Tn – Sin respuesta Zhu Yuan apretó la cuchara con fuerza.
—Tengo que hacer algo.
Lo que sea…
—susurró con voz baja, casi apagada.
Pero el apartamento no le respondió.
Solo el zumbido del aire reciclado y la textura fría de un postre sin sabor le hacían compañía.
Zhu Yuan continuó comiendo helado hasta que el frío se volvió asqueroso.
Ni siquiera se lo terminó.
Cuando lo dejó a un lado, su estómago estaba revuelto y su mente más agitada que antes.
Se quedó unos minutos mirando al techo desde el sofá, incapaz de moverse, como si su cuerpo ya no respondiera más que a la culpa y al cansancio.
Finalmente se obligó a levantarse.
Tiró la camisa larga por el suelo al pasar junto a la puerta de su habitación, entró con pasos pesados y se dejó caer en su cama sin siquiera apagar la luz.
No lloró, pero sus ojos ardían.
—Mañana —murmuró, la voz áspera, apenas audible—.
Mañana pensaré en algo…
El cansancio la arrastró lentamente hacia un sueño inquieto, en el que su uniforme se quemaba y su insignia se deshacía entre sus dedos como ceniza.
Al otro lado de la ciudad, en un apartamento más modesto pero no menos silencioso, Tn salió de la ducha.
El vapor aún flotaba como un velo translúcido en el baño, empañando el espejo mientras secaba su cabello con una toalla vieja y áspera.
Caminó hacia su habitación, con el cuerpo aún húmedo y el alma más fría que nunca.
Encendió el celular.
El mensaje de voz seguía ahí.
No lo escuchó.
No lo abriría.
No le interesaba.
Con movimientos mecánicos, entró al registro de llamadas.
Uno a uno, comenzó a eliminar contactos.
Nombres que habían compartido patrullas, cafés, charlas de madrugada y misiones de vida o muerte.
Qinyi.
Yanagi.
Miyabi.
Jane.
HQ Central.
Todos borrados.
No por odio.
Sino porque no tenían lugar en su vida ahora.
Esos nombres solo pesaban.
Solo dolían.El teléfono quedó limpio.
Vacío.
Como él.
Suspiró, se dejó caer en la cama con el celular aún en mano, y abrió una app de búsqueda de empleo.
La interfaz era simple.
Monótona.
La mayoría de ofertas eran absurdas o mal pagadas: limpieza de estaciones de carga, transportes manuales de residuos Ether, y uno que otro puesto de asistente nocturno para compañías fantasmas.
Pero entre los listados, uno captó su atención.
“Se busca encargado para ciber café – Lumina Sector 2.
Horario flexible.
Pago semanal.
Se requiere puntualidad y mantenimiento básico de equipos.” El nombre del local no le sonaba, pero la ubicación era decente, y el sueldo…
sorprendentemente competitivo.
Unas monedas más alto que el salario base de un oficial raso.
Tn alzó una ceja, casi divertido por la ironía.
—Bueno…
eso podría servirme —murmuró, deslizando el dedo para guardar la publicación.
Apagó el celular, lo dejó a un lado en la mesa de noche, y se recostó.
Pero sus ojos se desviaron hacia el estante de la repisa.
Allí, bajo la tenue luz amarillenta de la lámpara, reposaba su vieja arma de cuerpo a cuerpo: el katar.
 Un arma de otra era.
Brillante aún, con el filo intacto y la empuñadura curvada que permitía el golpeo recto y brutal.
Más que una herramienta, era una extensión de su voluntad: firme, directa, sin rodeos.
La había llevado durante los primeros meses en la unidad de campo.
No por necesidad, sino por convicción.
Para él, el katar no era solo un arma; era una reliquia viva.
Una declaración silenciosa de que aún en tiempos de armas de plasma y drones teledirigidos, el hombre debía seguir dispuesto a luchar con sus propias manos si la situación lo exigía.
Recordó los relatos históricos.
Reyes Rajput que cazaban tigres con esas armas.
Emperadores Mogoles que se lanzaban a la guerra con un katar como único símbolo de valor.
Él no era ni rey ni guerrero.
Pero aún lo conservaba.
Su mirada se endureció apenas.
—No voy a quedarme quieto —pensó.
El silencio lo envolvió mientras la noche seguía su curso.
El mundo seguía girando, pero para Tn…
solo el filo seguía siendo constante.
blake belladonna rwby siguiente en llegar.
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