Waifu yandere(Collection) - Capítulo 98
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98: Kali belladonna part 3 rwby 98: Kali belladonna part 3 rwby Advertencia ⚠️ ⚠️ Futuro contenido para mayores 18 leer bajo su propio criterio Advertencia contenido grafico de violencia y Advertencia ⚠️ temas cuestionables y sensibles se sugiere que si no es de su agrado salga de aquí y de paso aclaro que personajes o imágenes no me pertenecen crédito a sus autores.
Agrego personajes no me pertenecen.
Imágenes y personajes no me pertenece crédito a sus autores.
Advertencia este capítulo contiene escenas para mayores y lenguaje bulgar están advertidos.
 Los altos muros de Beacon se alzaban imponentes ante ella.
Por un momento, Blake se sintió pequeña, como si estuviera a punto de entrar a la boca de un monstruo.
Respiró profundamente, ajustando el listón negro que cubría sus orejas de fauno y manteniendo la cabeza baja para no llamar la atención.
Pasar desapercibida era su prioridad.
Nadie debía saber quién era realmente.
Nadie debía asociarla con los Belladonna, ni con el Colmillo Blanco.
Y mucho menos con ella… con Kali.
Cada paso por los pasillos de la academia era una mezcla de ansiedad y rabia contenida.
No era tanto el temor de ser descubierta… sino la repulsión que sentía cuando veía cómo algunos estudiantes miraban a los faunos con desdén.
Era sutil.
No lo suficiente como para provocar escándalo, pero sí lo bastante evidente como para calar en sus entrañas.
Los susurros.
Las miradas.
La risa era apenas disimulada cuando un fauno cometía un error menor en clase o caminaba con inseguridad.
Todo seguía igual, pensó.
Nada había cambiado fuera de Menagerie.
Solo las máscaras eran distintas.
Pasando junto a uno de los corredores principales, fue testigo de una escena que detuvo su paso.
Una chica de capa roja —de aspecto joven, casi infantil— tropezó torpemente contra otra de porte altivo y ropas finas, inmaculadas.
La reacción fue inmediata: la de rojo se disculpó repetidamente, con voz nerviosa pero genuina, mientras que la otra se mostraba claramente molesta, fría, indignada.
—¡Deberías tener más cuidado por dónde caminas!
—exclamó la joven de blanco, con un tono agudo, casi teatral—.
Esto es Beacon, no un campo de entrenamiento para torpes.
—Lo siento… de verdad, lo siento —respondió la chica de rojo con una sonrisa incómoda—.
Me llamo Ruby.
Ruby Rose.
—Weiss.
Weiss Schnee —respondió la otra, enfatizando su apellido con un orgullo casi automático.
Ese nombre hizo que el cuerpo de Blake se tensara al instante.
Schnee.
El apellido que tanto había oído en boca de miembros del Colmillo Blanco.
Schnee Dust Company, una de las empresas más grandes de Remnant… y una de las principales responsables de la explotación de faunos en sus minas y fábricas.
Aquella chica no era solo una compañera de clase.
Era descendiente de uno de los linajes que más dolor había causado al suyo.
Se quedó al margen, observando.
No intervino.
No dijo nada.
Pero sus ojos brillaron con una chispa de ira contenida.
Sabía que no podía permitirse errores.
Aquí, ella no era una Belladonna.
No era la hija de nadie.
Solo era una sombra más entre los pasillos.
Una sombra llamada Blake Nightfall.
Ese era el nombre que había puesto en los registros.
Falsificó el papeleo con ayuda de algunos contactos del Colmillo Blanco.
Lo suficiente como para crear una identidad funcional, sin levantar sospechas.
Aquí, nadie sabría de su pasado.
Nadie le preguntaría por qué su madre vivía encerrada con un bastardo en la isla ni por qué ella había huido.
Pensar en eso le revolvió el estómago.
“Probablemente ahora Kali esté en su casa, acariciando a ese… zorro.” El pensamiento le hizo apretar los dientes con fuerza.
Su mandíbula crujió apenas.
Bajó la mirada y murmuró por lo bajo:—Al menos estoy lejos de esa mujer… lejos de su enferma devoción por ese niño… Contuvo el impulso de golpear la pared.
Su expresión era de hierro mientras se perdía entre los estudiantes.
Nadie la reconoció.
Nadie la miró más de la cuenta.
Y eso estaba bien.
Porque aquí, en Beacon, podría construir una nueva imagen.
Una máscara perfecta.
Y si jugaba bien sus cartas, podría obtener más que solo anonimato.
Podría encontrar algo parecido a libertad.
.
.
.
(Menagerie) La mañana en Menagerie era cálida, cargada del aroma salado del mar y el dulce perfume de las flores silvestres que crecían en los bordes de la propiedad.
Dentro de la casa, Kali murmuraba una melodía baja, suave como una nana olvidada por el tiempo.
Su voz se mezclaba con el sonido de la escoba que pasaba con delicadeza por el suelo de madera, marcando un ritmo lento, casi ritual.
“Sing~ me~ to sleep~ ooh~ just sing me~” No había mucho que limpiar —ella se encargaba de mantener el hogar impecable desde hacía años—, pero esa rutina la calmaba.
Le daba tiempo para pensar… o para evitar pensar demasiado.
De vez en cuando, se detenía junto a la ventana para mirar hacia el jardín.
Allí estaba Tn.
Su pequeño zorro.
El sol de la mañana se colaba entre las ramas y caía sobre él como una bendición dorada.
Su cabello, despeinado pero limpio, brillaba ligeramente bajo la luz, y su cola blanca se movía de un lado a otro con ese ritmo perezoso, ajeno al mundo.
Tn estaba inclinado, recogiendo tomates maduros, cortando con cuidado hojas verdes, murmurando en voz baja algo que solo él escuchaba.
Kali se quedó embelesada observándolo, como si estuviera contemplando una pintura viva.
El hijo que ella misma había criado sola, protegido del veneno del mundo, que aún le dedicaba sonrisas sin juicio y gestos sin doble filo.
Verlo así, tan simple, tan entregado a prepararles algo tan básico como el almuerzo, le generaba una ternura abrumadora… mezclada con otra cosa.
Sus ojos se detuvieron en la forma de su espalda al inclinarse.
El movimiento suave de sus brazos al levantar las canastas.
El pelaje espeso de su cola que, cada vez que se agitaba, parecía invitarla a tocarlo, a hundir los dedos en su textura cálida y mullida.
Kali llevó los dedos a sus labios, apenas rozándolos con la yema, como si tratara de silenciar un pensamiento que aún no se atrevía a formular.
—Basta… —murmuró para sí misma, aunque su voz no tenía fuerza real.
Se obligó a seguir con la limpieza.
Fue al salón principal, ajustó unos cojines, alineó las figuras de cerámica sobre la repisa.
Todo lo hacía con movimientos medidos, ensayados, intentando no mirar más hacia el jardín.
Pero su mente seguía allí.
Mientras tanto, Tn tarareaba una melodía diferente.
Algo alegre, simple, sin letra.
Su voz tenía un tono melancólico pero sereno.
Parecía disfrutar de la tarea.
Iba dejando las verduras seleccionadas en una canasta de mimbre: zanahorias, cebollas, algunas papas, y hojas de laurel que había recogido del árbol más cercano.
El estofado que pensaba preparar sería reconfortante, uno de los favoritos de su madre.
Tn sabía bien qué le gustaba.
Siempre lo sabía.
El joven se limpió el sudor de la frente con el dorso de la mano y echó una última mirada al jardín, buscando si faltaba algo.
Su cola, despreocupada, seguía moviéndose con ese vaivén relajado que, para Kali, era un péndulo hipnótico.
Dentro de la casa, ella volvió a mirar justo en ese momento, sin poder evitarlo.
Sus labios se entreabrieron apenas.
Una parte de ella quería salir, envolverlo en un abrazo, decirle que no importaba el mundo mientras él estuviera allí con ella.
Otra parte… no tan maternal, no tan correcta… simplemente quería tocar.
Pero no lo hizo.
Apretó la escoba con más fuerza y cerró los ojos.
“Más tarde.
Solo más tarde.” Tn, sin saber nada de esos pensamientos, sonrió con tranquilidad.
Tenía lo necesario.
Su madre estaría feliz.
Y eso, para él, siempre era lo más importante.
La escoba se detuvo por un momento.
Kali la apoyó suavemente contra la pared, cruzándose de brazos mientras miraba a través del ventanal.
Tn seguía en el jardín, ahora junto a uno de los pequeños árboles frutales, levantando con cuidado una rama baja para alcanzar una naranja madura.
Kali suspiró, sin apartar la vista.
—Al menos no tengo que preocuparme por comida —murmuró para sí misma.
La tierra era generosa, y ella había aprendido con los años a trabajarla con paciencia.
No necesitaba ir al mercado, no necesitaba lidiar con las miradas incómodas, con los cuchicheos a sus espaldas o las sonrisas falsas que le dirigían algunos de sus vecinos.
No tenía que soportar que la llamaran “la gata prostituta” o que se refirieran a sus hijos como “errores”.
Bastardos fuera del matrinomio.
Frutos infieles.
No.
Ella se bastaba sola.
Ellos se bastaban solos.
O, más bien, él.
Su pequeño Tn.
Aunque ese pensamiento trajo consigo un inevitable pinchazo de dolor en el pecho.
Blake.
Su hija se había ido hacía ya semanas, tal vez más.
Kali había perdido la cuenta exacta del tiempo.
Al principio la esperó cada noche, sentada en el sillón, mirando la puerta con la esperanza ingenua de escuchar el sonido de la cerradura girando.
Pero nunca ocurrió.
Ahora, apenas se permitía pensar en ella.
“Fue su decisión,” se decía constantemente.
“Ella eligió irse.
No la empujé.
No la eché.
Solo…” Solo no pudo detenerla.
Y cada vez que ese vacío la alcanzaba, se refugiaba en Tn.
Blake era una herida, una fractura que dolía cada vez que respiraba.
Pero Tn era su bálsamo, su medicina, su sol en medio de ese invierno que era el rechazo.
Estaba con ella cada día.
La miraba con ojos llenos de ternura.
Se reía cuando ella lo abrazaba.
No tenía reproches, no tenía preguntas.
No la juzgaba.
“exacto” “vamos” “solo sede” Kali bajó la mirada por un momento.
Sus dedos se movieron nerviosamente, rozando el anillo de compromiso que aún guardaba en una pequeña caja oculta.
No lo usaba.
No lo veía.
Pero no podía tirarlo.
Ghira se había ido.
Blake también.
Y si Blake no regresaba… Entonces eso confirmaría que solo le quedaba uno.
Su niño.
Su dulce zorro de nieve.
Todo lo que tenía.
Todo lo que necesitaba.
La idea se asentó en su mente como una semilla enterrada en tierra cálida.
No le importaba si los demás la miraban con desdén.
No le importaba si la señalaban o murmuraban su nombre con desprecio.
Porque al final del día, cuando el mundo se hacía pequeño y oscuro, ella aún podía mirar a Tn y encontrar luz.
Y si tenía que construir una vida completa solo con él… lo haría.
Sin dudarlo.
Desde el jardín, Tn levantó la vista y la saludó con una sonrisa mientras sostenía una canasta llena de vegetales y frutas.
Kali le devolvió el gesto, aunque su sonrisa era más suave, más lenta, casi melancólica.
Porque en ese momento lo supo con total claridad: Si Blake no volvía… Kali no la esperaría más.
Ya había elegido.
Y su elección estaba allí afuera, con una cola blanca y una sonrisa que la hacía olvidar que alguna vez se sintió sola.
Tn entró en la casa con la canasta en brazos, lleno de energía serena.
Los rayos del sol de la mañana se filtraban por las cortinas, tiñendo de ámbar el ambiente, como si incluso la luz supiera que esa casa era un mundo aparte, cerrado al resto de Menagerie.
Sin decir una palabra, se dirigió a la cocina y comenzó a lavar las frutas y verduras con cuidado metódico, como si cada zanahoria y cada hoja de laurel fueran tesoros.
Kali, que había estado doblando una manta en el sofá, lo observó de reojo.
Frunció levemente el ceño.
—Te dije que te pongas la ropa de cocina —murmuró, sin levantar la voz, pero con ese tono que marcaba su autoridad materna.
Tn soltó una risita suave, sin volverse.
—Lo sé, lo sé… estaba concentrado —respondió con ligereza.
Se quitó la camisa, revelando la piel tersa pero marcada por las cicatrices que surcaban su torso y hombros como líneas mudas de una historia que Kali nunca había logrado descifrar por completo.
Luego, se puso su overol de cocina: sencillo, sin mangas, ajustado en los costados.
Práctico para cocinar.
Cómodo.
Y para Kali… suficiente.
Ella lo miró sin decir nada.
Su mirada se posó en los músculos definidos por genética, no por esfuerzo; como si su cuerpo hubiera nacido para resistir el mundo, para protegerla.
Había cicatrices, sí, pero ya no eran motivo de preocupación.
Se habían vuelto parte de él.
Como su voz baja.
Como su paciencia infinita.
(Nt:benditos genes hadou 7w7) Kali parpadeó, forzándose a apartar la mirada.
Fue a la alacena y comenzó a sacar los platos, los cubiertos.
Uno para él.
Uno para ella.
Nadie más.
Ya no.
Solo ellos dos.
Tn tarareaba mientras trabajaba.
Puso el agua a hervir, cortó las verduras con precisión cuidadosa y comenzó a preparar el estofado.
Las papas soltaron su almidón, las zanahorias dulces le daban color al caldo, y algunas hierbas que había recogido esa misma mañana comenzaron a llenar la cocina con un aroma reconfortante.
Luego, exprimió las naranjas frescas, una a una, dejando que el jugo cayera en una jarra de vidrio.
Kali terminó de poner la mesa y se detuvo un segundo a observar la escena frente a ella.
No había interrupciones.
No había visitas.
No había Blake corriendo escaleras arriba con libros, ni Ghira lanzando acusaciones con la mirada.
Era solo ella y su niño.
Su refugio.
Su mundo.
El ambiente era cálido, casi perfecto.
La comida estaba casi lista, y Kali se permitió una sonrisa.
No amplia, pero sincera.
Porque en esos momentos, cuando todo estaba en orden y la casa estaba llena de aromas caseros, cuando la única voz que oía era la de Tn murmurando alguna canción que había inventado, sentía que todo había valido la pena.
Incluso la soledad.
Incluso el aislamiento.
Incluso el escándalo.
Porque todo eso había sido el precio para conservar esto: una comida tranquila, sin molestias, con quien realmente importaba.
La mesa quedó en silencio, rota solo por el sonido rítmico de los cubiertos sobre la porcelana.
El estofado estaba caliente, lleno de sabor, y el jugo recién exprimido ofrecía un dulzor que contrastaba con el clima templado de la isla.
Tn comía tranquilo, pero notó un cosquilleo en su espalda baja, un roce leve en la base de su cola que lo hizo removerse en su asiento.
Miró de reojo bajo la mesa y vio el pie descalzo de Kali rozando suavemente su cola.
Suspiró.
—Mamá… estoy comiendo —murmuró en voz baja, sin enojo, más bien con resignación.
Kali soltó una risa suave, musical, mientras se cubría la boca como si hubiera hecho una travesura sin malicia.
—Es que se mueve tanto… y me hace cosquillas —dijo, con un tono burlón y afectuoso.
Tn negó suavemente con la cabeza, pero no dijo más.
Estaba acostumbrado a sus gestos.
A veces, era simplemente eso: una forma torpe que tenía de demostrar cariño.
Kali no cruzaba los límites de lo físico(aun), pero era su intensidad emocional lo que pesaba.
Como si siempre estuviera al borde de no poder soltarlo nunca.
Terminaron de comer en silencio, sin apuros.
Luego, limpiaron juntos los utensilios.
Era una rutina compartida: él lavaba, ella secaba.
Cada gesto era preciso, casi ensayado.
Un baile doméstico repetido tantas veces que parecía una danza entre dos únicas personas en el mundo.
Después, como todos los días, volvieron a la sala de estar.
Kali se sentó en el sofá con la manta tejida a mano sobre las piernas, y Tn, sin que se lo pidieran, se recostó con la cabeza en su regazo.
Su cola, blanca y esponjosa, terminó naturalmente entre las manos de su madre.
Ella la abrazó con ternura, como si fuera un objeto precioso.
La acariciaba con los dedos, pasándolos por la suave textura mientras murmuraba algo que Tn apenas escuchaba.
A veces era una canción.
Otras, fragmentos de pensamientos.
Pero él ya no preguntaba.
Solo cerraba los ojos y dejaba que el día pasara.
Afuera, Menagerie seguía su curso.
Pero allí dentro, el tiempo se había detenido.
No había visitas.
No había interrupciones.
Nadie se acercaba a la casa Belladonna desde hacía mucho.
No cuando los rumores aún hablaban de traición, de escándalo, de hijos de padre desconocido.
De cómo la orgullosa Kali había caído en desgracia… y cómo se aferraba a su último lazo con el mundo.
Pero eso no importaba.
Kali no necesitaba a nadie más.Tn tampoco lo decía, pero parecía estar de acuerdo.
Allí, en la quietud de la casa, entre la rutina, el silencio y el roce suave de una cola de zorro… todo lo que existía eran ellos dos.
Y para Kali, eso era suficiente.
La tranquilidad se mantenía, como un manto cálido y suave que cubría cada rincón de la casa.
Tn descansaba con la cabeza en el regazo de Kali, y ella, como tantas veces, tenía sus dedos enterrados en la densa suavidad de su cola de zorro.
La esponjosidad era su consuelo, su refugio, su pequeño escape.
A veces cerraba los ojos y se perdía en el vaivén de la respiración de su hijo, en la textura de su pelaje, en ese mundo reducido que había construido a su medida.
Afuera, Menagerie podía pudrirse si quería.
Adentro, todo estaba en equilibrio.
Hasta que el pergamino vibró.
El sonido fue leve, apenas un zumbido.
Pero para Kali, fue como una alarma brutal que rompió el encantamiento.
Abrió los ojos de golpe y, con un suspiro molesto, apartó con cuidado la cola de Tn de entre sus manos.
Él apenas murmuró algo somnoliento, sin abrir los ojos.
El pergamino seguía parpadeando.
Un mensaje.
Kali lo tomó entre las manos, la pantalla se encendió…
y su expresión se endureció al ver el nombre en la cabecera del mensaje.
Sienna.
El nombre le cayó como plomo al estómago.
No leía algo de ella desde hacía años.
Desde que los ideales del Colmillo Blanco empezaron a torcerse.
Desde que Sienna la desplazó lentamente del liderazgo, llamándola “blanda”, “nostálgica”…
“inútil”.
La revolución no tenía espacio para corazones rotos ni madres solteras.
Sienna había tomado el control, con sus intenciones mas que claras, y rodeada de idiotas armados que confundían justicia con venganza.
Kali apretó el dispositivo entre los dedos.
El mensaje era directo, casi una orden: “Nos reuniremos mañana.
Lugar de siempre.
Es importante.
No ignores esto.” Bufó.
Cómo odiaba ese tono.
Sienna nunca supo pedir.
Siempre imponía.
Miró a Tn.
Dormía tranquilo, ajeno al zumbido, ajeno a todo.
Kali sintió que el malestar se arrastraba por su espalda como una sombra vieja.
No quería dejarlo solo.
No quería salir.
No quería que nada de afuera interfiriera en lo que habían construido.
Pero sabía cómo era Sienna.
Si no asistía, lo tomaría como un acto de desafío.
Y el Colmillo Blanco no olvidaba las ofensas.
Además, lo último que necesitaba era que uno de esos radicales idiotas de Sienna se apareciera en su jardín con amenazas, o peor, con preguntas.
Suspiró largo.
Escribió una respuesta breve.
Solo dos palabras.
“Estaré ahí.” Apagó el pergamino y se recostó de nuevo, acercándose a Tn con suavidad.
Lo abrazó, sin decir nada, envolviéndolo con la manta.
Sus dedos volvieron a encontrar la familiar suavidad de su cola, pero esta vez, no jugó con ella.
Solo la sostuvo.
Con fuerza.
Como si esa suavidad fuera lo único que la anclaba en el presente.
medea caster siguiente en llegar y ya solo faltan tres waifus para que comiencen las votaciones
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