Waifu yandere(Collection) - Capítulo 99
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Capítulo 99: Medea fgo
Advertencia ⚠️ ⚠️ Futuro contenido para mayores 18 leer bajo su propio criterio
Advertencia contenido grafico de violencia y Advertencia ⚠️ temas cuestionables y sensibles se sugiere que si no es de su agrado salga de aquí y de paso aclaro que personajes o imágenes no me pertenecen crédito a sus autores.
Agrego personajes no me pertenecen.
Imágenes y personajes no me pertenece crédito a sus autores. Advertencia este capítulo contiene escenas para mayores y lenguaje bulgar están advertidos.


Tn héroe griego de la isla de Colquida
Grecia, en los tiempos antiguos.
Más allá de los confines del mundo conocido, entre el mar y la niebla, se alzaba la Isla de Colquide, un reino próspero, oculto en la riqueza de sus bosques y templos, bendecido por la sangre de los dioses… pero ahora asediado por el horror.
El Rey Eetes, hijo del Sol y guardián del Vellocino de Oro, paseaba de un lado a otro en la terraza de su palacio de mármol blanco, con la mirada enrojecida por la ira y la impotencia. A sus pies, el mar —normalmente sereno— escupía espuma negra y cadáveres desgarrados. Una criatura surgida de las profundidades, un engendro anfibio que hablaban los pescadores con nombres que ni los sacerdotes se atrevían a pronunciar, había comenzado a devorar barcos y hombres por igual.
—¡Doce escuadrones, doce! —bramó el Rey, haciendo eco en los salones vacíos—. Y ninguno regresa. ¿Acaso los dioses me han vuelto la espalda?
Los sacerdotes del templo guardaban silencio, temerosos de que el Rey cayera en la locura. Algunos murmuraban que era un castigo de Poseidón, otros que Hera había puesto su vista en Colquide y celaba sus riquezas. La verdad era que nadie lo sabía.
El pueblo temblaba. Las redes salían vacías. Los barcos ya no zarpaban. Los niños no salían al río. Solo una figura mantenía al Rey anclado a su humanidad: su hija, la joven y hermosa Medea.
Su unico regalo del cielo.
Una flor oscura entre los lirios del jardín, Medea caminaba descalza sobre la hierba húmeda, dejando a su paso un rastro de flores que florecían al contacto de sus dedos. Su risa era escasa, pero cierta… y sólo era provocada por un muchacho de cabellos desordenados y mirada firme: Tn, su amigo de la infancia.
Él no era noble. No era hijo de ningún dios. Había llegado a la isla tras naufragar con su padre, un marinero cualquiera. Pero en los años desde entonces, se había ganado el afecto del pueblo, y más importante aún, el corazón oculto de la joven.
Tn era curioso, rebelde, hablador, y osado… demasiado osado.
—¿Sabes lo que me dijo un anciano hoy en el puerto? —comentó una tarde, sentado junto a Medea entre las columnas del jardín—. Que el mar se traga a los hombres como si los odiara. Que por cada vida que toma, se fortalece la bestia.
Con tantos mitos hay afuera, era imposible distinguir tantos.
Medea alzó la vista de un libro de encantamientos.
—Eso no es una leyenda. Es verdad. Lo que vive bajo las aguas no siente piedad ni hambre. Solo sabe destruir.
Tal y como la bestia que el heroe Perseo habia matado y salvado a Andromeda.
—¿Y por qué nadie hace nada? —Tn preguntó, con ese fuego juvenil que aún no conocía el peso de la muerte—. ¿Dónde están los héroes?
—Tal vez los héroes solo nacen cuando alguien desesperado los necesita.
Colquida no era un lugar que los heroes recurrieran.
Esa frase, que para ella fue una simple reflexión, se clavó en el pecho del joven como una promesa.
Días después, durante un banquete sombrío, el Rey habló con voz grave mientras observaba a su hija con ternura y resignación.
—Colquide necesita esperanza.
—Y tú crees que alguien vendrá a ofrecértela —respondió Tn, de pie junto a los músicos, con un tono casi de burla.
—Si no llegan los héroes, tal vez… debamos crearlos.
Todos rieron, pero Eetes no.
—Escúchame, muchacho. —Se levantó, alzando su copa hacia él—. Si tú me traes la cabeza de esa criatura marina… te juro, por la sangre de Helios que corre en mis venas, que tendrás la mano de mi hija.
El salón calló. Medea parpadeó. Nadie sabía si fue una broma cruel del Rey… o una señal de desesperación.
Tn no dijo nada. Pero la semilla ya había sido plantada.
Esa noche, el joven se coló en el arsenal del templo. No era espadachín. No tenía título ni armadura ni escuderos. Solo sus manos, su voluntad, y el recuerdo de Medea entre la hierba, mirándolo como si en él hubiera algo especial.
Tomó la primera arma oxidada que halló, una lanza ceremonial olvidada. Sus nudillos sangraron al aferrarla con fuerza. Miró al mar.
—No soy un héroe… pero si nadie más viene, entonces… seré lo que Colquide necesita.
Y sin más testigos que la noche, partió hacia la costa con la luna como guía, y con una promesa en los labios:
“Volveré… con la cabeza de la bestia. O no volveré en absoluto.”
(Nt:uffff esos son huevos de griegos)
Camino hasta la orilla del mar donde la espuma tocaba la arena. Parecian perlas caidas del cielo.
Poco a poco Tn se adentro al mar,las olas comenzaron a sobrepasar sus rodillas,pronto el mar cubrio su cuerpo.
El agua estaba helada. No la helada común de las madrugadas, sino esa que parecía morder la piel, que hacía que el pecho doliera con cada respiración contenida.
Tn nadaba a través del abismo, solo, con la lanza cruzada sobre su espalda como un fragmento de valor mal templado. Cada brazada era una negación al miedo, cada burbuja que escapaba de sus labios era una oración silenciosa.
Atravesó las curvas submarinas, estrechas y envueltas en oscuridad. Solo la tenue bioluminiscencia de corales y anémonas guiaba su camino. Y entonces, como si el mundo hubiese cambiado de plano, emergió en una caverna.
Allí no había viento, ni cielo, ni canto de gaviotas. Solo un aire denso y pesado, como si respirara dentro de un estómago.
El suelo estaba tapizado de huesos. No esqueletos enteros, sino fragmentos: costillas astilladas, cráneos agrietados, armas rotas que hablaban del fracaso de muchos hombres antes que él. Entre los restos, monedas de oro de reinos olvidados, joyas tragadas por el mar, y amuletos que alguna vez protegieron a valientes —todos inútiles ahora.
Entre el monton de tesoros algunas armas esparsidas.
El silencio era casi sagrado. Hasta que un sonido lo quebró.
Una respiración. Lenta. Humedecida. Grave.
Tn se giró con el cuerpo en tensión y el sudor mezclándose con la sal. Allí, en lo alto de la caverna, enrollado como una serpiente alrededor de una columna natural de roca, estaba la criatura.
Era peor de lo que imaginó.
Siete metros de altura. Su torso era como el de un gladiador ahogado, con piel escamosa, musculatura hinchada por la descomposición marina.
Sus brazos terminaban en garras negras, largas como dagas, y su boca… una hilera interminable de dientes curvos, apretados y húmedos.
Pero lo más perturbador era su parte inferior: tentáculos viscosos, cubiertos de ventosas que aún rezumaban agua oscura. Se movían lentamente, como si acariciaran la piedra… como si paladearan el espacio.
Tn tragó saliva y alzó la lanza. No porque creyera que ganaría, sino porque no podía permitirse retroceder.
Pensó en Medea. En su voz. En su risa fugaz entre los jardines. En el libro que sostenía entre sus dedos, y cómo ella nunca le había pedido que fuese un héroe… pero cómo él quería serlo para ella.
Y entonces, con una chispa temeraria en el pecho, gritó—¡Uno contra uno! ¿O qué, eres una perra?!
El eco lo devolvió tres veces, como si la cueva misma dudara de su cordura.
El monstruo se agitó. Su cuerpo crujió con el sonido de huesos retorcidos, y de su garganta surgió una risa. No una risa humana. Era como el chirrido de una carcasa oxidada o el lamento de un naufragio antiguo.
—¿Tú…? —dijo la criatura, en lengua humana, con un tono viscoso y casi burlón—. ¿Un humano …un jodido humano sin sangre Divina en ella? ¿Un gusano con lanza viene a desafiarme…?
Los tentáculos se alzaron. Las garras rascaron la roca con ansias. Y los ojos —cuatro de ellos, brillando en verde enfermo— enfocaron a Tn con una claridad demoníaca.
—Acepto el duelo.—gruñó, su voz haciendo vibrar la piedra.
—!Que las profundidades devoren al débil!.
El monstruo descendió.
Se deslizó en espiral desde la cima como una avalancha de oscuridad húmeda. Golpeó el suelo a pocos metros de Tn con un estruendo que hizo vibrar la cueva. El impacto levantó polvo, y los huesos se partieron bajo su peso como ramitas.
Tn no se movió. No porque no tuviera miedo… sino porque si lo hacía, sabía que jamás se detendría.
Frente a él, la criatura resopló y se irguió…
…y el duelo comenzó con nada más que respiraciones contenidas y dos voluntades enfrentadas.
Tn blandio la lanza listo para la pelea.
La arrojo.
La lanza voló recta, con la precisión que solo el instinto y la desesperación permiten. Golpeó el pecho del monstruo justo en medio de sus costillas escamosas. Un chasquido seco, como si se partiera una rama vieja.
¡Crack!
El asta se hizo añicos. El hierro se dobló sin siquiera arañar la carne.
Tn quedó con el extremo roto en su mano.—Sip… esta maldita cosa ya se rompió. —gruñó, entre dientes, escupiendo maldicones por la presión del momento—. Tenía que tomar algo mejor…
El pensamiento apenas germinaba cuando un tentáculo como una soga negra se disparó desde la oscuridad y se enrolló con fuerza brutal alrededor de su pierna.
No tuvo tiempo de gritar.
Fue arrojado por el aire como un muñeco de trapo. Su cuerpo chocó contra una pila de oro y objetos antiguos con un estruendo que hizo temblar toda la caverna. El impacto lo dejó sin aire, y monedas antiguas cayeron sobre él como lluvia metálica. Sintió cómo una de sus costillas vibraba al borde de romperse.
Pero estaba vivo. Apenas.
El rugido del monstruo reverberó por las paredes como un trueno arrastrado. El sonido traía algo más que furia: traía hambre.
Tn se levantó tosiendo, el cuerpo doliéndole en cada centímetro. Se arrastró entre cofres oxidados y restos de armaduras perdidas. El monstruo se acercaba, los tentáculos se agitaban como látigos envenenados.
Y entonces, su mano tocó una empuñadura.
No era como las armas decorativas que había visto en el templo. Esta tenía peso, equilibrio, y el filo que requeria.
Una espada. No muy grande, pero afilada. Antigua. De hoja negra y borde irregular. Tal vez forjada por un pueblo que ya ni existía. Tal vez maldita. A Tn no le importaba.
—Esto servirá.
Cuando un tentáculo se abalanzó sobre él, rodó hacia un lado, girando como un animal acorralado, y se puso de pie con un solo impulso. La bestia arremetió, furiosa por su resistencia.
Tn se lanzó hacia un costado, y mientras otro de los tentáculos barría hacia él, clavó la espada con todas sus fuerzas contra la carne blanda de una de esas extremidades marinas.
La hoja penetró con un chasquido nauseabundo.
Sangre negra, espesa y caliente brotó como un géiser, empapándolo.
El tentáculo se agitó violentamente, pero quedó clavado a una roca, inmovilizado. El grito del monstruo fue brutal. Como un terremoto que sangraba.
Tn no se detuvo. Sabía que su única ventaja era el entorno. No la fuerza. No la técnica.
Corrió hacia otra sección de la cueva mientras la criatura arrancaba su propio tentáculo de la roca. Cada paso lo daba entre espadas olvidadas, lanzas rotas, martillos ceremoniales.
Tomaba lo que podía.
Una daga oxidada que lanzó a un ojo (falló).
Una maza pequeña que usó para aplastar una ventosa en el suelo.
Un escudo rajado que bloqueó a medias un golpe que lo arrojó de espaldas.
Cada arma era una herramienta. Cada herramienta una oportunidad.
El monstruo rugía, cegado por la furia y el dolor, y sus tentáculos golpeaban los pilares, el techo, el suelo, haciendo caer pedazos de piedra y oro por igual.
Tn no pensaba. Reaccionaba. Su cuerpo se movía por instinto, por necesidad.
Por Medea.
“Un héroe nace cuando alguien desesperado lo necesita…”
Sus propias palabras le martillaban el cráneo.
¿Y si no lo lograba? ¿Y si solo era otro hueso más?
No podía pensarlo.
Todo lo que podía hacer era seguir corriendo, seguir buscando, seguir peleando.
Parecieron horas… o tal vez días.Dejo de contar con ese ultimo golpe en la cabeza.
Tn no sabía cuántas veces había rodado por el suelo, cuántas veces había caído, sangrado, gemido, gritado…Solo sabía que seguía vivo. Y que la bestia aún no caía.
La caverna se había convertido en una trampa de armas antiguas y tentáculos clavados. El suelo antes cubierto de tesoros ahora era una mezcla de sangre negra, charcos de salmuera, y fragmentos de acero. Tn se deslizaba entre ellos como un espectro, recogiendo lanzas, hachas pequeñas, cuchillas dobles… y usándolas con una furia que no venía del entrenamiento, sino del instinto más puro de sobrevivir.
El isntinto que solo los homosapiens podian reunir.
La criatura rugía, su voz desgarrando la piedra misma, dejando un eco animal, desesperado y dolido.
Un reguero de sangre negra, espesa como aceite corrompido, marcaba por dónde había perseguido a su presa. Una presa que no moría. Una presa que no cedía.
Cada vez que intentaba abalanzarse sobre él, Tn le respondía con otra estocada, otra trampa improvisada, otro ataque desesperado.
Sus tentáculos estaban perforados y clavados al suelo por decenas de armas olvidadas.
—Lanzas de soldados caídos,
—puñales ceremoniales,
—hasta las astas rotas de estandartes mohosos.
Cada uno era un clavo en la tumba de la bestia.
Tn apenas podía respirar. Sus músculos ardían. Su ropa estaba hecha jirones. Su sangre ya se mezclaba con la del monstruo, creando charcos púrpura bajo sus pies.
Y entonces… vino el golpe.
Uno de los tentáculos, aún libre, se estiró en un ángulo imposible y lo sorprendió desde arriba.
La garra se estrelló contra su rostro con un impacto sordo y húmedo.
Tn gritó. El mundo giró. El dolor fue blanco.
Cayó al suelo con fuerza, sintiendo la carne de su frente rasgarse. La sangre brotó con rabia, cubriéndole el ojo izquierdo. Todo el costado izquierdo de su rostro ardía. Su vista temblaba.
—Maldición… —murmuró, jadeando, intentando enfocar.
No veía nada por ese ojo.
Pero el monstruo tampoco se reía. Su respiración era agitada. Cada movimiento levantaba un coro de metales retorciéndose. El cuerpo entero de la criatura parecía una aguja, perforado por armas que Tn le había arrojado o clavado. Y sin embargo, seguía de pie. Porque era antiguo. Porque era algo más que carne. Porque el mar no se rendía.
Tn temblaba. Sus piernas apenas lo sostenían.
Y justo cuando el siguiente ataque venía directo hacia él, se lanzó hacia una pila de huesos cercanos, cubriéndose con el esqueleto aún armado de un antiguo guerrero, quizás uno de los que alguna vez vino a cazar la misma bestia.
El impacto lo arrojó contra una pared de roca.
Pero el cuerpo que lo protegía absorbió lo peor del golpe. Tn sintió cómo la armadura de bronce del cadáver crujía, cómo el hueso se partía, cómo los restos lo envolvían… protegiéndolo.
Cuando abrió los ojos —el único que aún veía—, estaba entre polvo, armaduras rotas y sangre.
Vivo.
Pero no por mucho tiempo si no hacía algo más.
El monstruo lo buscaba, bramando, medio ciego por la ira, con la mitad de sus extremidades clavadas, agitando las que aún podía mover con violencia ciega.
Tn jadeó. Se incorporó. Miró alrededor.
La caverna no solo era un campo de batalla.
Era una tumba.
Tn apenas podía sostenerse en pie.
Su cuerpo era una colección de heridas abiertas, moretones y sangre.El brazo izquierdo colgaba como un trozo de tela desgarrada, sin fuerza, sin control.
Solo el derecho —dolorido, tembloroso— aún obedecía.
En su mano, lo único que había podido tomar:
una espada rota. La hoja estaba mellada, oxidada, quebrada casi a la mitad. Pero tenía filo. Y en este infierno húmedo y oscuro, eso era suficiente.
Se giró hacia la criatura.
—¡Hey! —rugió, con la voz raspándole la garganta—. ¡¿Aqui estoy bastardo, ven por mi hijo de perra?!
Ante cualquier adversidad la intucion del hombre al insultar y ganar fuerza de eso siempre seria reconocida.
La bestia se revolvió, rugiendo con una furia ciega.
Sus tentáculos, ya inútiles, se arrastraban como raíces rotas. La sangre negra fluía en cascadas, dejando un reguero fétido a su paso. Pero aún quedaba vida en ese cuerpo enorme y maldito. Y aún quedaba odio.
El monstruo cargó. Como un maremoto contenido en carne. Cada paso, cada movimiento era una explosión de sonido, de piedras temblando, de tesoros siendo arrojados al aire.
Tn no se movió. No podía. Solo alzó la espada rota con su brazo bueno y apretó los dientes. No por valentía. Por terquedad.
El impacto fue brutal. La criatura lo arrolló como un carro de guerra, lo aplastó contra el muro de roca con un crujido seco.
Tn gritó.
No supo si por el dolor o por la rabia de no poder resistir más.
Frente a él, a escasos centímetros, el rostro de la bestia lo observaba. Sus fauces estaban abiertas, mostrando los anillos de dientes curvos.
Sus ojos brillaban con locura. Y su rugido…
El rugido fue tan atronador, tan violento, que las paredes mismas de la caverna respondieron.
—¡RRRRAAAAGGHHHHHHH!
Y entonces, como si el mundo hubiera decidido intervenir…
una estalagmita —una gigantesca lanza de piedra— se desprendió del techo.
Cayó.
Con un sonido seco y final.
¡CHUUK!
La piedra perforó la espalda del monstruo y emergió por su torso. El cuerpo colosal se sacudió. Un espasmo, un estertor. Y luego, silencio.
Los tentáculos se aflojaron. El peso del monstruo se inclinó. Y finalmente, se desplomó hacia un lado… empalado al suelo como un pez sobre un gancho.
Tn cayó de rodillas. Respiraba como un animal herido, el pecho al borde del colapso.
Miró el cuerpo inerte. Miró la estalagmita, afilada, ensangrentada.
—…Vaya… mi suerte… —susurró. Una risa seca escapó de su garganta. No porque fuera gracioso.
Sino porque la ironía lo había salvado. Eso y que el mosntruo haya muerto desangrado por sus heridas. PEro dejo de importar cuando logor la victoria.
Fue el destino.
O los dioses. O el azar.
Lo que fuera… había elegido darle la victoria.
Se tambaleó.
Tomó la espada rota con ambas manos, forzando su cuerpo adolorido a moverse. Subió al lomo de la criatura. Y con movimientos torpes, descoordinados…cortó la cabeza del monstruo.
Parecia un trabajo de carpintero tratando de cortar la madera,el oxido del arma dificultaba el trabajo.
Lo hizo con gloria con orgullo. Lo hizo porque lo prometió.
La cabeza era enorme, grotesca, pesada. Pero Tn la arrastró hasta donde pudo.
Y cuando la adrenalina finalmente lo abandonó, cuando su corazón ya no podía sostener más esfuerzo…
Tn cayó al suelo.
Desmayado.
Rodeado de sangre, armas oxidadas, oro muerto y piedra. El héroe improvisado había cumplido su promesa… pero a un precio casi fatal.
Y en las profundidades de la caverna, entre el goteo de agua y el eco de la batalla…
la oscuridad volvió a tragarse todo.
.
.
.
Horas antes de que la sangre manchara las piedras de la caverna, Medea se despertó envuelta en el velo suave de la brisa marina, su piel aún tibia por los sueños y su cabello desordenado como la hiedra que trepaba las columnas del palacio. Se peinó en silencio, dejando que sus dedos recorrieran los mechones aun despertandose.
Al mirar el mar desde su ventana, rozó sus labios con la punta de los dedos, como si el viento pudiera llevarle un beso a alguien que ya no estaba cerca. Con un suspiro, se vistió según las costumbres del templo, ligera como la mañana, y bajó hacia el jardín, como cada día, esperando encontrar a Tn bajo la sombra del olivo donde solía esperarla.
Pero él no estaba. Al principio pensó que habría ido al establo con los caballos, o quizá con los ancianos que tallaban madera cerca del muelle, pero el silencio la persiguió en cada rincón. Y con cada paso, una punzada de duda se clavaba en su pecho. Tn no era así. Tn no la dejaría sola, nunca. Desde que ella lo encontró en la playa, medio muerto, envuelto en sal y arena, y lo curó en secreto en sus propias habitaciones, él jamás había estado lejos de ella sin avisar.
Su presencia era constante, su sonrisa tonta, sus bromas molestas, sus historias de marineros… siempre estaba ahí, como si su lugar en el mundo fuese estar junto a ella. Y ahora, no. Nada. Ni huellas, ni palabra, ni sombra. Medea buscó más allá del palacio, cruzó corredores y patios, interrogó sirvientes, ignoró a su padre. La ansiedad comenzaba a transformarse en rabia y esa rabia en algo más peligroso: miedo. Sin saber qué más hacer, se dirigió a la fuente lejana del jardín, esa que nadie usaba salvo ella, donde el agua estaba tan quieta que servía como espejo.
Se arrodilló, y con un temblor en los labios comenzó a recitar viejos hechizos que había leído en los textos prohibidos de su madre. El agua vibró, y el reflejo mostró una escena que le quebró el alma: Tn, ensangrentado, herido, solo, luchando como un loco contra la criatura que devoró a decenas. Su lanza rota, su cuerpo cubierto de lodo y dolor, y sin embargo —aún de pie. Medea no pudo contener el grito ahogado, las lágrimas cayeron sobre la superficie, distorsionando el reflejo, convirtiendo la imagen en olas rotas de cristal líquido.
—“¡¿Por qué, Tn?! ¿Por qué lo hiciste solo? ¡¿Por qué no me dijiste nada?!” —lloró, apretando los puños contra el mármol frío del borde. Pero la rabia no se ahogó con sus lágrimas. No esta vez. No con él. Cuando vio que la criatura se alzaba una vez más, arrastrando su inmunda masa sobre él, entendió que el final estaba cerca. Y no iba a permitirlo. No. Su voz se endureció, la melodía de su canto se volvió oscura, vieja, poderosa.
La fuente brilló, las hojas se agitaron como si los árboles recordaran el nombre del sol. Medea alzó una mano temblorosa hacia el reflejo y concentró toda su voluntad, todo su miedo, todo su amor… en una orden final
. —“¡Caiga sobre él el juicio de la tierra…!” —susurró—. “¡Que el cielo castigue lo que el mar no pudo devorar!” Y en la visión que aún ardía ante sus ojos, vio cómo el techo de la caverna temblaba… cómo la piedra cedía… y cómo una estalagmita gigantesca, afilada como la lanza de un dios, caía en línea recta sobre el lomo de la criatura, empalándola con la fuerza de la justicia.
El grito de la bestia se perdió en la distancia. Y Medea, jadeando, las mejillas enrojecidas, los dedos quemados por la magia… solo susurró, en un hilo de voz, tembloroso y roto:—“Vuelve… por favor. Vuelve a mí.”
(Nt;es la medea antes del problema con jason asi que su personalidad no era tan desquiciada)
El reflejo en el estanque cambió una vez más antes de desvanecerse, y lo último que Medea vio fue a Tn desplomándose, con la cabeza del monstruo aún aferrada entre sus brazos como si incluso en el abismo de la inconsciencia se negara a soltar la victoria. El miedo la azotó como una tormenta repentina, no esperó más. Se alzó con violencia, el manto ondeando detrás de ella como una sombra viva, y sin siquiera calzarse o tomar escolta, corrió. El palacio quedó atrás, los jardines se desdibujaron, y sus pasos se convirtieron en relámpagos guiados por el amor y la desesperación.
A medida que se aproximaba al mar, la brisa se volvía húmeda y salobre, y las energías de la costa le susurraban el camino. Extendió sus manos, recitando un encantamiento antiguo con voz trémula pero firme, y los bordes ocultos de la tierra se abrieron a su paso. Una entrada secreta, una grieta apenas visible entre las rocas, se abrió como si el mundo mismo la invitara a descender. No temía. No podía permitirse temer.
La caverna era un infierno de piedra, sangre y silencio. El hedor era insoportable: sal, vísceras, hierro oxidado y muerte. Pero entre todo ese horror, Medea lo encontró.
Tn yacía sobre el suelo húmedo, el rostro pálido, el cuerpo cubierto de heridas, la respiración apenas perceptible. Aún aferraba la cabeza del monstruo, sus dedos marcados por la sangre y la tensión. El contraste entre su fragilidad y lo grotesco del trofeo era casi divino.
Medea corrió hacia él y lo tomó entre sus brazos con cuidado, como si temiera romperlo solo con el contacto. Sus dedos temblaban mientras lo acercaba a su pecho. Lo llamó, con un susurro que no fue un hechizo sino una súplica.
—“Tonto… idiota… mi valiente Tn…” —murmuró, acariciando su rostro manchado de sangre seca—. “¿Por qué no me dijiste nada? ¿Creíste que necesitabas pelear solo para merecerme?”
Ella ya lo sabía. Sabía por qué lo había hecho. Por su padre, por la promesa, por ese honor torpe que lo definía. Y aunque dolía… también lo amaba por eso.
Con delicadeza, Medea dejó que su magia fluyera por sus dedos, invocando no fuego, ni rayo, ni castigo… sino consuelo. Sanación. La luz era tenue, apenas visible. Una caricia invisible sobre sus huesos rotos, su carne desgarrada. No lo curó del todo, no podía hacerlo sin despertar sospechas. Pero le devolvió el aliento.
Tn se estremeció, abrió su único ojo con lentitud, y al verla, sonrió.
Una sonrisa pequeña, cansada, pero luminosa como el sol después de la tormenta.
—“Lo hice… Medea… el monstruo… ya no está.”
Ella negó con la cabeza suavemente, sin dejar de sonreír, las lágrimas aún frescas en su rostro.
—“Lo sé… lo sé. Tonto… eres tan tonto… y tan mío.”
Juntos, como si el destino los llevara de la mano, regresaron por el mismo sendero que ella abrió con su hechizo. Tn cargaba la cabeza de la criatura, tambaleante pero orgulloso, mientras Medea lo sostenía sin mostrar que lo ayudaba a caminar, disimulando cada gesto con una sonrisa, una palabra suave, una mirada protectora.
Al llegar al palacio, los gritos se alzaron como una marea. Sirvientes, soldados, cortesanos… todos se arrodillaron al ver la prueba irrefutable de la victoria. El Rey Eetes descendió de su trono con el rostro incrédulo, mirando la cabeza putrefacta del monstruo y luego al joven que la portaba, manchado de sangre, con la mirada altiva de quien ha cruzado el infierno.
—“¡Has cumplido tu palabra, muchacho!” —rugió el rey, con una mezcla de orgullo y asombro—. “¡Por fin Colquide está libre! ¡Este día será recordado por siglos!”
Las celebraciones comenzaron a prepararse de inmediato. El monstruo que devoró puertos y pescadores por fin estaba muerto, y el joven sin nombre, ese que llegó en silencio arrastrado por las olas, ahora tenía un título en boca de todos: héroe.
Y más aún… prometido.
Prometido de la hija del rey. Prometido de la hechicera. Prometido de Medea.
Nadie, sin embargo, supo jamás que esa lanza final no la arrojó su brazo… sino su alma, contenida en el corazón de una mujer que amaba demasiado como para verlo morir.
.
.
Pasaron algunos días desde la caída de la bestia marina, y el Reino de Colquide cambió su rostro. Las calles antes marcadas por el miedo y la superstición, ahora se llenaban de música, incienso y carcajadas embriagadas. La cabeza del monstruo, grotesca e imponente, había sido clavada sobre un altar de piedra frente al puerto, donde los pescadores y comerciantes le ofrecían vino y flores como símbolo de gratitud.
El Rey Eetes celebraba con orgullo el regreso de la prosperidad. Tn, aunque aún en recuperación, era tratado con reverencia. No como un extranjero, sino como el futuro yerno del rey… y el defensor del reino.
Pero mientras afuera los días eran de júbilo y libertinaje, en una cámara más silenciosa, la verdadera victoria se celebraba con más dulzura y menos ruido.
En la habitación de Medea, envuelta en seda y suaves aromas de hierbas, Tn reposaba entre cojines mientras Medea le curaba las heridas. Sus manos pequeñas, firmes y sabias recorrían cada vendaje, cada corte, cada cicatriz. Ella no necesitaba palabras para saber dónde dolía. Él no necesitaba pedir nada para saber que ella ya lo estaba haciendo por él.
—“¿Aún arde aquí?” —preguntó Medea, aplicando una pomada perfumada sobre su costado.
Tn resopló, no por dolor, sino por molestia fingida.
—“Solo un poco… aunque me arde más no poder moverme bien. Pensaba construir más corrales cuando me sintiera mejor.”
Ella arqueó una ceja, divertida.
—“¿Corrales?”
—“Sí. Para toros. Carne buena. Asados al fuego. Costillas gruesas… Tú y yo comiendo como reyes.” —respondió Tn con una sonrisa ladeada, casi soñadora.
Medea soltó una risa sincera, esa que sólo reservaba para él.
Y él, viéndola reír, rió también. Había algo sagrado en esos momentos pequeños.
Compartir comida. Planear cosas simples. Soñar como si el mundo no fuera a cambiar jamás.
Ella se recostó a su lado, apoyando la cabeza en su hombro.
—“Contigo… no necesito hechizos. Solo pan caliente, carne bien cocida… y tus tonterías. Eso es todo lo que deseo.”
Ninguno de los dos pensaba en tragedias, en reinos, en dioses. Solo estaban allí. Juntos. En paz.
Pero la marea no es siempre dócil.
Y en el horizonte… la historia comenzaba a moverse.
Veleros de velas blancas, marcadas con símbolos dorados y mástiles orgullosos, cortaban las aguas hacia la isla. A bordo de la legendaria nave Argo, un grupo de figuras que el mundo recordaría como leyendas se aproximaban, riendo, cantando, afilando armas o contemplando el mar con ojos cargados de destino.
Jasón, alto, de mirada decidida y el corazón marcado por la ambición de recuperar su trono.
Orfeo, tocando su lira con notas que hacían llorar a los propios dioses.
Hércules, cruzado de brazos, tan ancho como el mismo barco, con el ceño fruncido y el alma ardiendo por encontrar gloria.
Cástor y Pólux, los gemelos inseparables, uno de sonrisa alegre, el otro de mirada severa.
Zetes y Calais, con sus cabellos agitados por el viento, alas brillando levemente en la espalda.
Atalanta, la cazadora, sola en la popa, su arco al lado, la mirada siempre hacia el frente.
Meleagro, afilando su lanza mientras murmuraba versos de victoria.
Peleo, el silencioso, con la piel marcada por antiguas batallas.
Telamón, rugiendo historias sobre ciclopes y tormentas.
Y mas Heroes que participarian en la expedicion.
(Nt:eran un chingo:v)
Y guiándolos, con manos expertas sobre el timón, el sabio Tifis, cuyos ojos veían más allá del horizonte.
La Argo se aproximaba.
Y con ella, no solo héroes. Sino cambios. Tentación. Promesas.
Y el inicio de una tragedia aún no escrita.
yi xuan zzz siguiente en llegar 7w7 veamos que tal me va jjejejejejeje
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