Warlock Way (idioma original español) - Capítulo 15
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15: Capítulo 15 Poder Mental 15: Capítulo 15 Poder Mental Al cerrarse la puerta, Adam y Lanira se acercaron al grupo de niños heridos.
Los llevaron a otro carruaje, perfectamente cerrado, que tenía runas e inscripciones en su exterior.
Al abrir la puerta, los arrojaron dentro, dejando la nube verde con ellos, y luego la cerraron.
Al hacerlo, las runas en la superficie del carruaje adquirieron un tono amarillo mezclado con púrpura.
“Bien, ya está hecho.
Veremos qué tal les va.
No sé si serán desafortunados o afortunados de tener una sala de metamorfosis aquí”, dijo Adam, con clics continuos.
“Quizás.
Ahora solo su voluntad podrá decidir si sobreviven.
Los resultados de ese experimento son muy impredecibles.
Solo unos locos o personas al borde de la muerte intentarían eso.
Aunque, con las modificaciones de la torre, incluso si se convierten en monstruos, no importará debido al contrato”, comentó Lanira con tono de disgusto mientras miraba las puertas del carruaje.
“Sí, pero es mucho mejor que la muerte.
Tal vez podrían tener un mejor futuro”, respondió Adam, con crujidos en su voz.
“Bueno, no perdamos el tiempo.
Hagamos lo que dijo Lord Aldric.” Adam instó a Lanira a alejarse del carruaje y dirigirse hacia el laberinto.
“Odio hacer esto.
¿Por qué no simplemente los dejamos en la cueva y dejamos que esta los reorganice por sí sola?
¿Por qué debemos hacerlo nosotros?”, reclamó Lanira con una expresión de fastidio.
“Porque podrían quedar atrapados en las paredes del laberinto o romperse.
Además, la torre debe encontrar una forma de hacernos útiles; no quieren que sus posesiones estén inactivas.
No creo que tengan tiempo que desperdiciar en algo que ya funciona bien.
Por solo unas simples botellas, hay experimentos más importantes.
Además, no es como si tú misma los estuvieras colocando; solo estás comandando a los caballeros negros”, respondió Adam, con chasquidos en su voz.
“Sí, pero es aburrido.
Además, ya perdimos nuestra parte de las recompensas.
No tiene sentido hacer este esfuerzo gratis”, comentó Lanira, con una expresión lastimera.
“Eso fue tu culpa”, rugió Adam, enfadado.
“¿En qué momento se te ocurrió invitar a Lord Aldric a esa apuesta?
Si no lo hubieras hecho, no habría pasado todo esto.
Por lo menos hubiéramos tenido un empate, porque nuestros competidores restantes murieron en ese puente”, dijo Adam, con un fuerte clic, claramente enojado por la pérdida, mientras varias partes debajo de su túnica se movían frenéticamente.
“No me lo recuerdes”, contestó Lanira, frustrada.
“¿Quién hubiera pensado que Lord Aldric tenía un hechizo tan extraño que le permitió saber quién ganó?”, dijo, enojada porque todos sus planes habían salido mal, a pesar de haber usado un hechizo que debía ayudarla.
“No creas que estás exenta de culpa.
¿Piensas que no noté que, casualmente, elegiste a cinco niños que por alguna razón llegaron bastante lejos?
Incluso tres de ellos alcanzaron el puente”, dijo Adam, con un bramido en su voz.
“Nunca haría algo así.
Solo puedes culpar a tu pésima suerte y a tu falta de criterio al elegir”, respondió Lanira con frialdad.
“Sí, claro.
Nunca serías capaz de hacer trampa y siempre tendrás suerte”, resopló Adam con un crujido en su tono.
“En ese caso, yo rellenaré la zona externa de la mazmorra.
Encárgate tú del interior.
Seguramente tendrás suerte y terminarás rápido”, dijo con burla, antes de desaparecer en un destello.
“Bastardo, ¿cómo te atreves?”, dijo Lanira, enojada, aunque ya no había nadie para escucharla.
Luego giró, con los hombros temblando, y entró en el laberinto.
En aquella caverna, Eric, que había estado desmayado, comenzó a abrir los ojos poco a poco.
Un cansancio y un dolor intenso en la cabeza lo atormentaban.
“Mierda, eso casi me mata.
Todo mi cuerpo duele horrible”, pensó Eric, sintiendo como si hubiera sido golpeado una y otra vez.
Intentó levantar su cuerpo, pero falló miserablemente, ya que no podía moverlo ni un poco.
“Bueno, al menos aquel vial sí funcionó.
Si no, todo esto habría sido en vano”, murmuró Eric con dificultad.
Su rostro estaba pálido, y una capa de sudor cubría su piel por la experiencia.
Aunque no sabía cómo ni por qué, al fijar su vista en un punto del aire podía vislumbrar algo similar a partículas, muy leves y casi invisibles, si se concentraba lo suficiente.
“Bueno, solo tengo que descansar hasta que mi cuerpo pueda moverse.
Espero que sea rápido, porque siento que me muero de hambre”, dijo Eric, cerrando los ojos para descansar y permitir que su cuerpo se recupere.
Esperaba también que el dolor de cabeza desapareciera pronto; por fortuna, desde que despertó había ido disminuyendo, aunque lentamente.
Como si sus plegarias fueran escuchadas, escuchó el sonido de algo golpeando el césped cerca de él.
Alarmado, vio a un caballero negro a su lado.
Este había arrojado un gran trozo de carne cerca de él, para luego girarse y regresar al lugar donde se reunían los demás caballeros negros.
“Bueno, al menos conseguí la comida que necesitaba.
Ahora el problema es que no puedo moverme.
Ah, después de todo, solo puedo esperar hasta que este dolor sea lo bastante soportable para poder moverme y comer”, murmuró Eric, cansado.
En ese momento, solo podía concentrarse en descansar, observar y tratar de comprender qué eran esas partículas en su visión.
Tras unos minutos, reunió la fuerza suficiente para moverse.
Arrastrándose, se acercó al trozo de carne y, con el poco vigor que le quedaba, empezó a devorarlo.
Para Eric, que se encontraba en tal estado, era el manjar más delicioso que había probado en su vida.
“Es verdad, cuando uno tiene hambre, hasta las piedras son ricas”, dijo Eric con un tono divertido.
Al sentirse satisfecho después de comer, se concentró en descansar hasta que tuvo la energía suficiente para levantarse con normalidad.
“Bueno, al menos aquel vial no me mató.
Tsk, casi sentí que me absorbía la vida”, murmuró Eric, tratando de consolarse.
“Ahora debo seguir intentando sentir el mana, a pesar de ese inconveniente.
Esos viales seguramente mejoraron mi poder mental y me permitieron ver esas cosas extrañas”, dijo Eric, entusiasmado de que todo lo ocurrido hubiera valido la pena.
Antes de que pudiera concentrarse en la roca, un fuerte temblor sacudió toda la cueva.
Alarmado, Eric giró la cabeza en todas direcciones, tratando de identificar de dónde provenía el temblor, mientras vigilaba el techo para evitar que una roca lo aplastara.
Afortunadamente, no ocurrió nada; a pesar del movimiento, ninguna roca cayó del techo de la caverna.
Sin embargo, las partículas en el aire comenzaron a reunirse en el gigantesco pasillo.
Ante la vista de Eric, era como si una gran cantidad de luces se gestaran desde varios puntos cercanos a ese corredor, fluyendo y concentrándose en un punto fijo, hasta adquirir un color verde.
Cuando todas esas corrientes de luz se unieron, se formó un vórtice en el pasadizo.
Luego, un remolino verde gigante apareció, girando continuamente en aquel lugar.
Eric, junto con los demás niños, observaba fijamente ese punto, expectantes ante lo que surgía de allí.
Lo primero que vieron fueron extrañas criaturas de piel negra, que medían aproximadamente entre tres y cuatro metros de altura.
Eran cuadrúpedas, con grandes músculos que se movían bajo su piel oscura mientras caminaban con pasos pesados sobre la roca.
Tenían cuernos en la cabeza, curvados hacia atrás y hacia los lados, y dientes afilados en su amplia boca.
Eric podría haber jurado que eran murciélagos sin alas, salvo por los cuernos, pero de un tamaño increíblemente grande y amenazante, como si alguien hubiera tomado a la criatura y la hubiera estirado hasta volverla gigante.
Estos seres llevaban cadenas alrededor de la parte superior del cuerpo, tensadas mientras arrastraban carruajes con grandes barrotes detrás de sí.
“Así que llegaron”, murmuró Eric.
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