Warlock Way (idioma original español) - Capítulo 16
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16: Capítulo 16 Reunión 16: Capítulo 16 Reunión Los carruajes, tirados por aquellas bestias, se acercaron lentamente al del mago Aldric.
Su proximidad cargó el aire de un aura de sangre.
Al frente de la caravana, un carruaje negro y sombrío parecía mandar sobre los demás.
Su estructura de madera y metal oscuro, tallada con intrincados detalles, imponía respeto.
Dos criaturas enormes, las más grandes del grupo, tiraban de él con una fuerza brutal; sus cuerpos poderosos se movían en perfecta sincronía.
Tenían algo parecido a una coraza en ciertas partes de su cuerpo, dura y de color carbón.
La mirada de sus ojos brillaba con una luz fría; aquellos ojos rojos exudaban un aura siniestra y cargada de sangre.
Si Eric tuviera una palabra para describirlos, sería que eran criaturas hechas para la guerra.
Cuando el carruaje se detuvo, la puerta se abrió con un chirrido.
Una figura emergió de la oscuridad: un lobo humanoide.
Vestía una túnica recubierta con una ligera armadura negra.
En su mano derecha sostenía un bastón metálico rojo, con extremos afilados que parecían diseñados para destrozar, no para defender.
El hombre lobo era impresionante.
Su pelo blanco brillaba bajo la penumbra, y su estatura superaba los dos metros.
Su rostro era amenazador: una cicatriz recorría su mandíbula derecha hasta su ojo izquierdo, como si un rayo lo hubiera marcado.
Cuando dio el primer paso para bajar, pareció flotar; a los ojos de Eric, era como si pisara el aire mismo para descender del carruaje.
Con pasos pesados, la criatura avanzó entre las demás bestias.
A su alrededor, al menos una docena de carruajes aguardaban.
Su destino era claro: el carruaje de Aldric.
Cuando la figura se acercó, la puerta se abrió y entró, no sin antes captar la intensa mirada de los niños cercanos.
Tal vez al sentir esas miradas, el ser les devolvió una de reojo antes de desaparecer dentro.
La puerta se cerró tras él, dejando a los niños y a Eric con el inquietante recuerdo de aquellos penetrantes ojos carmesí.
Dentro, el hombre lobo encontró a Aldric.
El mago estaba sentado en el fondo del amplio carruaje, observando por la ventana la caravana que acababa de llegar.
Al oír la puerta cerrarse, giró la cabeza hacia su visitante.
“Ya era hora de que llegaras.
¿Qué tal fue el viaje?”, preguntó Aldric.
“Bastante bien.
Reunimos a muchos niños con talento.
Ya les hicimos la prueba antes de venir aquí, aunque el viaje tuvo problemas”, respondió el hombre lobo, señalando su gran cicatriz.
“¿Entonces quiénes fueron los que tuvieron la valentía de hacerle frente al señor de la sangre Lucian Bloodfang?”, preguntó Aldric con genuina curiosidad.
“¿Quién crees?”, replicó Lucian con voz grave, sus ojos carmesí brillando en la oscuridad del carruaje.
“La Torre del Alba”, murmuró Aldric con voz serena.
“Lo suponía.
Entonces tú fuiste quien los mató.
En el viaje aquí, a varios cientos de kilómetros, vimos los restos de un campo de batalla.
Tal magnitud atrajo a muchos curiosos, pero sobre todo a los dueños de los cadáveres.
Casualmente, poco después, aparecieron unos magos blancos.
Al vernos, estalló la batalla.
Minutos más tarde llegó un grupo de la Torre del Alba.
Cuando vieron nuestro cargamento, se enfurecieron.
Jaja…
solo puedo decir que fue una buena pelea.
Uno de ellos era muy habilidoso.” Lucian sonrió con desprecio, sosteniendo en su mano una cabeza decapitada.
“¡Es el decano de la Torre del Alba!”, exclamó Aldric, temblando de conmoción.
“Correcto.
Y con su muerte, creo que sabes lo que pasará en los días venideros,” comentó Lucian con voz seria.
“Sí, lo comprendo muy bien,” respondió Aldric, girando la mirada hacia la ventana.
“Pensaba que tendríamos más tiempo antes de que todo estallara, pero ahora creo que es inevitable,” dijo, mirando hacia el laberinto con una expresión nostálgica.
“De haberlo sabido, no habría desperdiciado tan buena carne de cañón ahí adentro; habrían sido buenos magos,” murmuró con un suspiro decepcionado.
Lucian habló con tranquilidad, aunque en su voz había un matiz frío, casi indiferente.
“No es un problema.
En mi viaje encontré buenos candidatos.
Creo que los demás también.
Ahora, no podemos perder el tiempo en crear homúnculos con buenas aptitudes para la magia de esos niños.
Aunque puedan ser magos capaces tras desarrollarse y darles el conocimiento adecuado, sus únicos defectos son el tiempo de cría y su potencial, que está limitado a cierto nivel por ser una creación alquímica.” Hizo una leve pausa antes de continuar, observando el brillo tenue de las luces a su alrededor.
“Aun así, son muy buenos para un ejército.
Lo que la Torre creó es casi un milagro,” dijo con voz calmada, mirando a Aldric con cierta satisfacción.
Luego añadió, con una leve sonrisa: “Si otros lo supieran, creo que no dudarían en matar a tantos niños como fuera necesario para asegurar buenos magos.
Solo enseñarían a los más destacados para salvar el futuro de su torre.” “Sin duda lo harían.
No creo que nadie pueda resistir la tentación de asegurar un ejército decente.
Apostaría que incluso aquellos dignos magos blancos lo harían en secreto, para evitar manchar su supuesta justicia y moral frente a su gente”, respondió Aldric, imaginando lo que ocurriría.
Lucian soltó una breve risa, cambiando su tono a uno más relajado, casi divertido.
“A pesar de tal dificultad de la prueba, ¿quién creería que treinta y uno de esos niños que trajiste lograron sobrevivir?
Para haber llegado intactos al final, deben tener un talento excelente.
Jaja, creo que serán los últimos en entrar en aquel laberinto, al menos hasta que pase el caos de afuera,” expresó, esbozando una sonrisa más amplia.
“En esto último te equivocas,” replicó Aldric con serenidad.
“Sobrevivieron treinta y seis niños.
Estos cinco últimos, por su buen talento y resistencia, fueron seleccionados para servir a la torre por la eternidad bajo el contrato del Segador.
En cuanto a los demás, ya los viste ahí afuera.
Pero estás en lo cierto: ellos serán los últimos aprendices en firmar el contrato de la Noche Eterna por medio del laberinto,” concluyó con tono firme.
“Oh, así que ese es el caso.
Una vida de esclavitud para esos niños.
Bueno, en cuanto a lo que te mostré, ¿cómo debemos proceder ahora?”, preguntó Lucian.
“Me comunicaré con los magos en las otras caravanas para decirles que la selección se cancela y que guíen a todos hacia la Torre.
No es necesario perder el tiempo esperando a que todos estén aquí; es mejor volver,” respondió Aldric con voz serena.
“Siendo ese el caso, me despido.
Me iré ahora antes de que todo afuera sea más caótico.
Aún debo salir después de transportar a estos niños”, comentó Lucian.
Luego, se giró y se dirigió hacia la puerta para salir.
Esto dejó a Aldric solo en el carruaje.
Al estar solo, Aldric sacó la piedra de comunicación de su túnica.
“Dile a Meredith que ha ocurrido una situación inesperada”, dijo Aldric por medio de la roca azul.
Eric yacía sobre la hierba verde, fuera del carruaje, sintiéndose mucho mejor después de haber comido y descansado lo suficiente para recuperar la movilidad.
Al ver a los niños atrapados en los carruajes junto a sus criaturas guardianas, pensó que tal vez compartirían su mismo destino.
Aquellos rostros asustados y preocupados le recordaban a los niños que habían venido con él.
Observaba a las criaturas con cautela, temeroso de que se acercaran.
Eran realmente aterradoras.
Afortunadamente, permanecieron quietas junto a los carruajes, al igual que los caballeros negros, que no se movían de su posición cerca del laberinto, salvo para repartir comida.
Mientras miraba a su alrededor, se preguntaba sobre lo que estarían discutiendo el mago Aldric y aquella figura.
Entonces oyó una puerta abrirse.
Al girar la cabeza, vio al hombre lobo salir del carruaje de Aldric y dirigirse hacia su propia caravana.
Caminó con pasos firmes y seguros, y en cuanto entró en su carruaje, las criaturas parecidas a murciélagos comenzaron a tirar de las caravanas por el mismo camino por el que habían venido.
Esta vez, ninguna luz ni fenómeno extraño ocurrió en el gran pasadizo.
Solo avanzaron a través de él hasta que Eric los perdió de vista.
Se sentía confundido por lo ocurrido, y más aún porque aquellos niños no habían entrado al laberinto.
Solo pudo sentarse en el césped, lleno de dudas.
No podía intervenir; no tenía el conocimiento ni el poder para hacerlo.
“Bueno, no es como si su futuro tuviera que ver conmigo.
Será mejor concentrarme en sentir ese maná del que habló el mago Aldric”, murmuró Eric.
Luego, tomó la piedra con la esperanza de que esas pociones lo ayudaran a superar la prueba.
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