Warlock Way (idioma original español) - Capítulo 17
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17: Capítulo 17 Magia 17: Capítulo 17 Magia En el césped, Eric se encontraba sosteniendo aquella piedra con patrones intrincados, sin saber qué hacer con ella.
Ahora, la única solución que le quedaba era preguntar a los demás niños qué debía hacer.
Así, se dispuso a mirar a los niños que estaban a su alrededor, con la esperanza de que alguien le brindara respuestas.
Pronto, su mirada se centró en una pequeña niña cerca de él, que se encontraba acurrucada en el suelo.
Al observarla mejor, resultó ser Guinevere, la hermana de Blair.
Al no conocer a nadie más, y sabiendo que su hermana entendía bastantes cosas relacionadas con aquel mundo, era razonable creer que ella, a pesar de su corta edad, también sabría algo.
Por eso, Eric se levantó del césped y se acercó para hablar con ella.
“Hola, ¿eres Guinevere, verdad?”, dijo Eric, intentando sonar lo más amistoso posible.
Alarmada por la repentina voz, Guinevere, que yacía en el césped, levantó rápidamente la parte superior del cuerpo y le dirigió la mirada.
Cuando Eric vio sus ojos, se dio cuenta claramente de que ella había estado llorando.
Sus ojos, enrojecidos y húmedos, aún guardaban el rastro del llanto, además del contorno de sus párpados ligeramente hinchados.
“¿Qué quieres?”, preguntó Guinevere con voz baja y ronca.
“Quiero saber qué debo hacer con la piedra que nos entregó aquel mago del carruaje”, dijo Eric, desviando su mirada hacia la roca que brillaba de un color azul sobre las piernas de Guinevere.
“Creo que sabes perfectamente para qué sirve”, añadió.
Siguiendo su mirada, y al ver la piedra brillando sobre sus piernas, la voz de Guinevere se quebró.
“Dime, ¿por qué saliste solo tú de ese lugar y no mi hermana?”, preguntó en voz baja.
“Ella iba a lograr salir, pero antes del portal había una trampa mortal.
Ella y todos los demás que la acompañaban no lo lograron”, respondió Eric con voz suave.
“Ya veo, así que esa era la razón”, dijo Guinevere, mirando la piedra que parpadeaba en sus piernas hasta apagarse.
Antes de quedarse en silencio, añadió: “Solamente debes imaginar cómo crees que se ve el maná”.
“Entiendo.
Lamento lo de tu hermana, era alguien de admirar”, comentó Eric.
“Sí, lo era”, respondió Guinevere, mirando con odio a los caballeros y aquel horrible lugar.
“Gracias por contarme lo que pasó.
Siempre creí que ella iba a lograrlo, pasara lo que pasara”, dijo la niña, con los ojos llenos de lágrimas que corrían por su rostro, antes de volver a acurrucarse en el césped.
Viendo que ella no tenía más intenciones de hablar, Eric regresó al lugar donde había estado, no sin antes darle una mirada de lástima a la pequeña por todo lo que había vivido en esos días.
De regreso en su lugar, Eric pensaba en las palabras de Guinevere, pero luego de reflexionarlas por unos minutos, solamente llegó a la conclusión de que su respuesta fue muy vaga o ambigua, pero aun así acertada.
Al principio, Eric se sintió desilusionado.
No importaba cuánto se concentrara o cómo intentara imaginar el maná dentro de aquella roca, nada sucedía.
Sin embargo, eso cambió con el paso del tiempo: la piedra emitió una leve capa de luz azul que recorrió su superficie.
Al verla brillar, el corazón de Eric dio un salto de emoción, pero su sonrisa se desvaneció enseguida, pues el resplandor desapareció tan rápido como había surgido.
Pensando en lo ocurrido, una idea cruzó su mente: ‘Seguramente fue porque perdí la concentración… debo mantenerme enfocado.’ Volvió a fijar la vista en la roca, respiró hondo y se esforzó por visualizar el maná, aunque fuera solo una vibración, un pulso, una perturbación en el aire.
Imaginó cómo podría verse aquella energía invisible, recordando escenas de videojuegos y películas: corrientes de luz azul moviéndose por el aire, rodeando todas las cosas.
Durante varios minutos mantuvo esa imagen en su mente, hasta que algo cambió.
Sus ojos comenzaron a distinguir leves destellos, pequeñas partículas que flotaban y se dirigían lentamente hacia la piedra.
Esta, después de absorberlas durante unos cinco u ocho minutos, empezó a irradiar nuevamente aquella capa de luz azul, más brillante y estable que antes.
Esta vez, Eric permaneció concentrado en lo que sucedía y no se detuvo a maravillarse por el resultado.
Con el paso de los minutos, la capa luminosa sobre la piedra se volvió de un azul oscuro, más profundo y estable.
Mientras observaba con atención, alcanzó a distinguir un flujo caótico del mismo tono, tenue pero visible, que rodeaba la roca.
No seguía ningún patrón, era puro desorden; a veces las corrientes chocaban entre sí y producían pequeñas explosiones que se expandían como ondas en el aire.
Cada una de esas explosiones le causaba a Eric un ligero dolor de cabeza, una punzada molesta que crecía con el tiempo, como si algo dentro de su mente se moviera.
Al principio fue solo presión, pero luego también sus ojos comenzaron a arder y dolerle, hasta que soltó la piedra con un gesto de incomodidad.
“¿Así que esta cosa solo sirve para causar dolor o qué?”, murmuró con fastidio.
Se recostó en el césped, intentando recuperarse.
Su cuerpo estaba bien, solo sentía un leve cansancio y el pulso algo acelerado.
Con el paso de los minutos, el dolor de cabeza comenzó a ceder, dejando un hormigueo en su mente, similar al que sintió cuando bebió aquellos viales, aunque más suave.
Aun así, ese pequeño eco en su cabeza le permitió ver con mayor claridad los flujos de partículas azules en el aire.
Eric sonrió, satisfecho de que su esfuerzo no hubiera sido en vano.
Ahora solo quería descubrir hasta dónde podría llegar con aquella piedra.
Entonces, una silueta se interpuso en su campo de visión.
Una mujer de presencia imponente y belleza seductora lo observaba con una leve sonrisa.
“Así que ya puedes verlos”, dijo Lanira, con una voz suave y una mirada llena de interés.
“Aldric no se equivocó al escogerte.
Espero que vivas lo suficiente para que vea en qué te convertirás, niño.” “Ahora dirígete al carruaje junto al de Aldric.
Es momento de que nos vayamos de aquí”, reverberó una voz acompañada de clics continuos, señalando un carruaje de madera de aspecto simple que se encontraba cerca del de Aldric.
“Siempre arruinando los momentos divertidos”, dijo Lanira con un bufido de fastidio, mirando hacia la fuente de aquella voz.
“Sabes que no tenemos tiempo.
Además, no estoy de humor después de lo que pasó”, respondió Adam con tono grave, antes de girarse y dirigirse hacia donde se encontraba el anciano.
A mitad de camino, su figura se detuvo.
El interior de su túnica comenzó a agitarse, y desde allí surgió algo similar a la pata afilada de un insecto, articulada y segmentada, con una estructura quitinosa que formaba una especie de coraza.
En su extremo sostenía un libro negro, sujeto firmemente por pequeños tentáculos.
La extremidad se contrajo y lanzó el libro al regazo de Eric.
“Toma, niño.
Esto te ayudará en el camino de la magia”, comentó Adam con un tono crujiente en la voz, antes de continuar su camino hasta desaparecer en el carruaje.
“Bueno, niño, suerte en la torre.
Espero con ansias tu futuro”, dijo Lanira con una sonrisa, agitando su mano en señal de despedida.
Luego avanzó con pasos seguros, su silueta elegante deslizándose hasta entrar en el carruaje, cuya puerta se cerró detrás de ella.
Así, el carruaje de Aldric, seguido por varios más y uno de ellos irradiando un olor desagradable, avanzaron lentamente por el gran pasadizo.
Detrás, los caballeros negros se movieron con lentitud para escoltarlo.
Mientras Eric aún procesaba lo que estaba ocurriendo y observaba cómo los caballeros pasaban a su alrededor, la puerta del carruaje de madera señalado por Adam se abrió, dejando ver una tenue llama azul brillando en su interior.
Al ver aquello, Eric se levantó con el libro entre las manos y avanzó hacia el carruaje.
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