Warlock Way (idioma original español) - Capítulo 18
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18: Capítulo 18 Calavera 18: Capítulo 18 Calavera A medida que avanzaba, justo cuando sus pies tocaron el suelo del carruaje, la puerta se cerró lentamente tras él y este comenzó a moverse.
Por la ventana, notó cómo partes de la caverna se hundían en la oscuridad.
Las piedras doradas perdían su brillo poco a poco, apagándose hasta quedar grises.
En medio de esa penumbra, los ecos de rocas rompiéndose y chocando entre sí retumbaron como si la cueva misma se estuviera desmoronando.
En el exterior, los carruajes avanzaban uno detrás del otro, custodiados por caballeros de armaduras negras que marchaban a ambos lados.
A medida que progresaban, la luz iba abriéndose paso frente a ellos, mientras la retaguardia se sumergía lentamente en la oscuridad, hasta que todo volvió a la calma de antes.
Dentro del carruaje, una pequeña llama azul iluminaba el interior desde una lámpara de metal colocada sobre una mesa.
A un lado, varias sillas de madera permanecían inmóviles en silencio.
En la ventana izquierda, una cabeza humana decapitada descansaba apoyada contra el marco.
Su piel estaba grisácea y podrida, mostrando parte del cráneo, aunque, curiosamente, no desprendía olor alguno.
La silla estaba orientada hacia la ventana y hacia la cabeza.
Eric, exhausto, se acercó y se sentó allí, buscando descansar durante el trayecto hacia la Torre de la Noche Eterna.
“Este carruaje es mucho mejor que en el que vine.
Es cálido y cómodo, perfecto para descansar y relajarse…
si no fuera por esa cabeza podrida, que no es precisamente agradable a la vista”, murmuró Eric, dejando caer su cuerpo en el asiento y mirando hacia el exterior, donde algunos caballeros de armaduras negras avanzaban junto al carruaje.
“¿Cómo que no soy agradable a la vista?
Niño, ¿acaso todavía no sabes lo que significa esa palabra?”, escuchó de pronto una voz que lo sobresaltó.
Giró el rostro hacia la fuente del sonido, y lo que vio le heló la sangre.
La cabeza, aquella que creía un adorno macabro y sin vida, había abierto los ojos.
En sus cuencas brillaban pequeñas llamas de color púrpura.
“¿Nunca has visto a alguien hablar como para poner esa cara?”, continuó la cabeza, moviendo su mandíbula una y otra vez con una voz grave y rasposa.
Eric seguía sin entender cómo algo así podía estar vivo… o, al menos, algo cercano a eso.
Aun así, al notar la mirada fija y perturbadora de la cabeza, decidió responder para no empeorar la situación.
“No, pero nunca había visto una cabeza decapitada hacerlo”, dijo, intentando mantener la calma en su voz y su expresión.
“Pff, considerando tus circunstancias, dejaré pasar esas palabras.
De cualquier modo, no es común encontrar a alguien con quien conversar en estos días, así que agradeceré que satisfagas mi curiosidad.
Dime, niño, ¿quién eres y dónde estamos ahora?”, dijo la cabeza con voz serena.
“Soy Eric, y actualmente estamos en una especie de gran pasadizo, a las afueras del laberinto donde los magos de la Torre de la Noche Eterna realizan sus pruebas”, respondió Eric con calma, mientras su mirada se mantenía fija en aquella cabeza colocada sobre la ventana.
“Mm, ya veo…
entonces ese es el caso.
Ha pasado bastante tiempo desde la última vez.
Bueno, por lo que puedo notar, eres el único afortunado que logró superar la prueba, y además obtuviste una ganancia al salir de allí”, comentó la cabeza.
Las pequeñas llamas púrpuras en sus ojos se movieron, dirigiéndose hacia el libro que Adam le había entregado y que ahora descansaba sobre su regazo.
“¿Sabes qué es esto?”, preguntó Eric con cierta esperanza en la voz.
Hasta ese momento, nadie había sido capaz de darle una respuesta clara; solo pistas, suposiciones y enigmas que lo dejaban con más dudas que respuestas.
“Por supuesto, niño.
Ese es el Libro de los Muertos.
Es la guía de los aprendices de la Torre de la Noche Eterna.
En su interior se encuentran innumerables hechizos y, lo más importante, la técnica que marca el inicio del camino hacia la grandeza de un mago”, explicó la cabeza con un tono de profunda inspiración.
Las llamas púrpuras en sus ojos titilaron con fuerza, estallando brevemente por la emoción.
“Entonces… ¿con este libro puedo convertirme en un mago?”, dijo Eric, con los ojos brillando de entusiasmo.
Procedió a abrirlo, pero para su desgracia, el libro no cedía.
No importaba cuánto esfuerzo hiciera, las cubiertas permanecían selladas, inmóviles.
Frunciendo el ceño, decepcionado, volvió la mirada hacia la cabeza en busca de una explicación.
“¡Ja, ja, ja!
¿De verdad crees que la Torre dejaría un conocimiento tan valioso en manos de cualquiera?
¿Y encima sin protección?
Sería una blasfemia si alguien sin control de la magia pudiera robarlo tan fácilmente”, respondió la cabeza en un tono burlón y divertido.
“Pero… ya firmé un contrato con la Torre cuando salí del laberinto.
Si es así, ¿cómo se supone que puedo abrirlo?”, preguntó Eric, cada vez más inquieto, sintiendo cómo la duda y la desconfianza se apoderaban de él.
“No te preocupes, muchacho.
Sé que ya lo has hecho, de lo contrario no estarías aquí.
Sin embargo, ese libro también requiere que hagas lo mismo que hiciste con aquel contrato”, dijo la cabeza, con una voz serena que logró calmar a Eric, cuyo rostro se veía un tanto pálido.
Al escuchar sus palabras, Eric respiró hondo y recordó lo que había hecho cuando firmó el contrato con aquel anciano.
Entonces comprendió lo que debía hacer.
Dejó el libro sobre su regazo y apoyó su mano izquierda sobre la cubierta.
Con la otra, tomó la daga y, con un movimiento firme, cortó la punta de su dedo.
Unas gotas de sangre cayeron sobre el libro, extendiéndose lentamente por su superficie.
Pronto, la sangre comenzó a moverse por sí sola, trazando una serie de símbolos extraños y brillantes.
Cuando el patrón se completó, la sangre empezó a calentarse hasta que, de pronto, se encendió en llamas.
Sobresaltado, Eric apartó la mano y el rostro por reflejo, temiendo quemarse.
Pero, para su sorpresa, el fuego no lo lastimó.
Con curiosidad, volvió a posar su mano sobre el libro y observó cómo las llamas lo rodeaban sin dañarlo, danzando alrededor de sus dedos con un resplandor hipnótico.
Maravillado, levantó la vista hacia la cabeza, buscando una explicación.
“Prepárate, niño.
Lo que está por suceder decidirá tu futuro”, dijo la cabeza con una voz profunda y solemne.
Confundido por aquellas palabras y temeroso de lo que pudiera suceder, Eric intentó apartar su mano izquierda del libro, pero no pudo.
Lo más alarmante fue que no podía mover su cuerpo, salvo la cabeza.
El miedo comenzó a apoderarse de él mientras sus ojos permanecían fijos en el libro, esperando lo inevitable.
La llama, antes pacífica y cálida, de tonos anaranjados con un corazón rojizo, empezó a cambiar.
El fuego, que antes danzaba con suavidad, se volvió errático, como si una fuerza invisible lo agitara desde dentro.
De los patrones que ardían sobre el libro comenzaron a surgir diminutas partículas de energía oscura, entrelazadas con destellos violetas y grises que parpadeaban con una intensidad desconocida.
Aquellas partículas flotaban a su alrededor, pero en lugar de disiparse, se acumulaban en el aire, espesándolo.
La atmósfera se volvió densa, pesada, casi imposible de respirar.
Entonces, el calor desapareció.
El fuego se transformó en una espiral de caos, girando con una furia contenida.
Cada partícula negra parecía devorar el aire a su paso, y las llamas, en su danza distorsionada, comenzaron a fundirse con la oscuridad.
De aquella unión nacieron remolinos deformes, sombras vivas que se alzaban con figuras irreconocibles y aterradoras.
A su alrededor, las partículas de energía se movían de forma errática, descomponiéndose y volviéndose a formar, como si existieran en distintos momentos al mismo tiempo.
Eric observó, atónito, cómo a cada segundo parecían expandirse y contraerse, deformando la realidad.
En algunos de esos instantes, la llama estallaba en un fuego abrasador que amenazaba con consumirlo todo.
Las llamas fluctuaban entre un anaranjado ardiente y un negro absoluto, pintando ante sus ojos una visión de caos puro.
Entonces, su vista comenzó a llenarse de imágenes desconocidas: paisajes imposibles, figuras que no podían existir, fragmentos de algo que parecía un sueño o un recuerdo ajeno.
Cada nueva visión perforaba su mente con un dolor creciente, hasta que sintió que su cabeza iba a estallar.
Y de pronto, todo cesó.
El ruido, el fuego, el caos… se desvanecieron como si nunca hubieran existido.
El carruaje volvió a ser el mismo, en silencio, apenas iluminado por la tenue luz azul de la lámpara.
El libro descansaba sobre su regazo, intacto, sin rastro alguno de los patrones místicos.
En su lugar, tres gemas adornaban la cubierta: una roja, otra negra y una gris.
Esta última era distinta; su color oscilaba entre tonos claros y oscuros, y en ocasiones se desvanecía, dejando un agujero perfecto en la cubierta, como si nunca hubiera existido.
“Interesante…
quién hubiera imaginado que un simple niño sería capaz de despertar un poder tan antiguo… y tan raro.” REFLEXIONES DE LOS CREADORES Kroniid66 El nuevo capítulo ya está disponible.
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