Warlock Way (idioma original español) - Capítulo 5
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5: Capítulo 5 Oscuridad 5: Capítulo 5 Oscuridad “Mi señora, despierte, debemos irnos ahora”, escuchó Blair con claridad mientras abría sus ojos somnolientos.
La voz de Osric sonaba tensa, llena de un miedo contenido que le hacía vibrar la garganta.
Al abrir los ojos, Blair se encontró con Osric de pie en la puerta abierta, su rostro pálido y demacrado, su armadura y ropa empapadas de agua.
Detrás de él, a lo lejos, la tormenta bramaba sobre el campamento.
La lluvia golpeaba el suelo y los techos con furia, pero lo que captó la atención de Blair fue una figura aterradora: un coloso ígneo, gigantesco, semejante a un cíclope formado enteramente de llamas vivas.
En medio de la oscuridad, su cuerpo ardía con tal intensidad que se volvía el único punto de luz en el paisaje nocturno.
El agua que lo tocaba se evaporaba al instante, estallando con un silbido agudo, mientras nubes de vapor blanco se alzaban hacia el cielo como columnas en ebullición, ocultando por momentos su silueta entre una neblina abrasadora.
El calor que despedía era tan extremo que distorsionaba el aire a su alrededor, y el olor a tierra quemada y vapor sulfuroso se mezclaba con la lluvia, impregnando el ambiente.
Entonces, alzó su brazo incandescente.
Con un gesto brusco, desató un torbellino de fuego que cortó la oscuridad como una lanza ardiente.
El tornado de llamas se elevó desafiando al viento y la lluvia, retorciéndose como un látigo que devoraba el aire húmedo.
Las gotas que cruzaban su trayecto se desintegraban al instante, y el estruendo del fuego rugía por encima de los truenos.
Al ver aquella situación, Blair no dudó.
Con las piernas temblando por la abrumadora presencia mágica de la criatura, recogió a Guinevere, que miraba asombrada hacia la entrada, incapaz de apartar los ojos de la escena que se desarrollaba afuera, y se apresuró a seguir a Osric.
La lluvia y el frío golpearon sus cuerpos con violencia al salir.
El suelo, convertido en barro, se mezclaba con sangre, extremidades y los cuerpos caídos de los caballeros.
Con una mano temblorosa, Blair cubrió los ojos de Guinevere, impidiéndole ver aquella brutal escena.
Resistiendo el impulso de vomitar, avanzó con dificultad tras Osric, mientras a su alrededor los caballeros luchaban contra enormes arañas.
Las criaturas desgarraban y cortaban todo lo que se interponía en su camino, aunque algunas, en lugar de matar a los niños, los envolvían en telarañas espesas para evitar que escaparan.
Al ver que el número de arañas no dejaba de aumentar y con el coloso de fuego acechando a sus espaldas, Osric comprendió que debía esconderlas.
Con la espada en alto, cortando sin vacilar a cada criatura que se cruzaba, logró encontrar un refugio adecuado.
Junto al arroyo, un carruaje se había estrellado contra unas rocas.
“Blair, escúchame.
Quiero que te escondas aquí dentro y te cubras con todo lo que encuentres.
No salgas hasta que haya salido el sol, ¿me entiendes?” dijo Osric con voz firme, mirando a la niña que lo seguía de cerca.
“Sí, Osric.
Por favor, ten cuidado” respondió Blair, jalando a su hermana para ayudarla a entrar.
Una vez dentro, Osric se acercó al arroyo, levantó una gran piedra y la colocó en la abertura principal del carruaje, bloqueando el paso a las criaturas más grandes.
Las otras aberturas, más pequeñas, permitirían que las niñas escaparan si era necesario.
Al terminar, se dio la vuelta.
“Espero que los magos de la Torre del Alba consigan resistir” pensó, antes de regresar a la batalla junto a los demás caballeros.
Dentro del carruaje, Blair y Guinevere se ocultaron bajo una pila de ropa y trozos de madera que Blair había conseguido reunir.
“Blair… ¿Osric estará bien, verdad?” preguntó Guinevere con el rostro preocupado.
“Sí.
No te preocupes.
Él es un caballero juramentado.
Nada malo le pasará” respondió Blair, aunque en su interior, la duda y el miedo la apretaban con fuerza.
Así pasaron los minutos, y para ellas dos el tiempo se volvió eterno.
La lluvia no cesaba, y por las rendijas del carruaje se filtraba el agua que caía sobre sus cuerpos.
Afuera, los gritos, el estrépito del metal y el chillido del vapor de aquel gigante de fuego comenzaron a desvanecerse, hasta que solo quedó el rugido constante de la tormenta.
De repente, Blair escuchó pasos pesados.
Alguien se acercaba desde el exterior.
Cada pisada venía seguida por un sonido húmedo, como si el barro se resistiera a soltar las botas del intruso.
Luego, el roce de la piedra siendo desplazada.
El sonido la sacudió por dentro, y ambas contuvieron el aliento.
Las pisadas se acercaron, lentas, arrastradas.
Una fuerza invisible y violenta apartó la ropa y la madera con la que se habían cubierto.
Blair apenas pudo reaccionar.
El corazón le latía con fuerza en el pecho.
Un silencio tenso llenó el aire antes de que una voz crepitante rompiera la quietud: “Así que aquí estaban escondidas…” La voz, baja y distorsionada, atravesó la lluvia como una cuchilla oxidada.
Luego, un clic metálico resonó en la noche, seco y definitivo.
Blair no podía moverse.
Guinevere se aferraba a ella con fuerza, los ojos abiertos por el terror.
La figura que hablaba se alzaba en la entrada, completamente envuelta en una túnica negra.
Una máscara ocultaba su rostro, lisa y sin rasgos, como si no hubiese nada humano debajo.
Llevaba guantes oscuros, de cuero endurecido, que crujían al cerrarse con lentitud.
Bajo la tela, algo se agitaba, moviéndose con una cadencia antinatural.
Alrededor de él, las arañas comenzaron a emerger del barro y de las sombras del carruaje, decenas, luego cientos.
Trepaban por sus piernas y otras caían al suelo, deslizándose como un enjambre silencioso.
Entonces, desde las sombras surgieron dos arañas enormes.
Se arrojaron de golpe sobre el interior del carruaje con precisión brutal.
Una alcanzó a Blair y la envolvió en hilos gruesos, brillantes y pegajosos, inmovilizándola en un capullo blanco.
La otra hizo lo mismo con Guinevere, cubriéndola por completo mientras el terror asomaba en sus ojos.
Un instante después, solo quedó oscuridad.
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