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Warlock Way (idioma original español) - Capítulo 6

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6: Capítulo 6 Desaparecer 6: Capítulo 6 Desaparecer Blair abrió los ojos de golpe, empapada en sudor frío.

El traqueteo del carruaje y el frío de la noche golpeando su cuerpo la devolvieron al presente.

A su lado, Guinevere dormía, acurrucada en su abrazo.

Todo había sido un recuerdo.

Tragó saliva, intentando calmarse.

No dijo nada.

Dentro del carruaje, Eric observaba a su alrededor.

Aunque la mayoría de los niños se habían calmado un poco, aún se notaban tensos, tanto por lo sucedido como por la incertidumbre de la prueba que los esperaba.

Sin que Eric lo supiera, en el carruaje principal de la caravana se desarrollaba una conversación decisiva.

Ahí se discutía qué prueba enfrentarían los niños para determinar si eran dignos de ser aceptados por la Torre de la Noche Eterna.

“¿Entonces qué escenario deberíamos usar?”, preguntó Lanira, interesada.

Para ella, siempre era un placer observar estos juegos.

“¿Qué tal el Nido Ourotí?”, sugirió Aldric con voz calmada.

“Pero Lord Aldric, muy pocos sobreviven a esa prueba.

La Decana nos encargó llevar nuevos niños y aquí hay varios con buena aptitud mágica.

Eso nos daría una buena recompensa”, objetó Lanira con tono respetuoso pero preocupado.

No quería perder las recompensas que se ofrecían.

“Huprrrr…

esto confirma mis sospechas.

Detrás de ese cuerpo y cara bonita, no hay cerebro”, soltó Adam con una risa extraña, acompañada de fuertes clics.

“¡¿Qué estás diciendo, gusano?!

Te he tolerado bastante, pero ahora veo que tu cerebro solo entiende a la fuerza”, exclamó Lanira, furiosa, preparándose para atacar.

Por su parte, Adam también se disponía a luchar.

Su cuerpo, oculto bajo la capa, se retorcía con violencia.

“¡Basta, ustedes dos!”, interrumpió Aldric con voz fría.

“Se olvidan de que cerca de aquí está nuestra mercancía.

A menos que decidan pelear aquí mismo, me veré obligado a reportar que, tristemente, los iniciados de rango C y B murieron trágicamente a manos de un señor de fuego.” El reloj en su ojo izquierdo brilló levemente, y sus manecillas comenzaron a girar con rapidez.

Lanira y Adam se detuvieron de inmediato.

“Perdóneme, Lord Aldric.

Me precipité.” “Lo lamento, Lord Aldric.” Ambos hicieron una leve reverencia, presionados por el aura mágica que emanaba de él.

“He visto gusanos con más compostura que ustedes dos”, escupió Aldric con desprecio.

Luego, su voz bajó en un tono frío, casi melancólico.

“En otros tiempos, los muros de la Torre se teñían de rojo por insolencias como estas.

Las cabezas que cuestionaban órdenes simplemente explotaban.

Es fácil olvidar cuando la muerte ya no susurra al oído.” Suspiró, como si lamentara el pasado más que la situación actual.

“Dejando eso de lado, Adam, explícales a Lanira por qué sugerí el Nido de Ouroti”, ordenó Aldric.

Adam se giró hacia Lanira y, con un par de chasquidos entre palabra y palabra, dijo: “La razón por la que lo dice es que, con solo llegar al lugar donde haremos las pruebas, la misión se considera cumplida.

Ya no importa si viven o mueren.” Años de rivalidad no necesitaban palabras, pero a Adam le encantaba saborear cada oportunidad de hundirla.

“Exacto.

Me alegra ver que al menos alguien conoce el reglamento de la misión y no nos contagia con su estupidez e incompetencia”, respondió Aldric.

Lanira, al escuchar eso, apretó los puños.

Su tez se volvió roja y frunció el ceño.

Como de costumbre, no se había molestado en leer por completo los requisitos.

“Ahora salgan y asegúrense de que el camino hacia el lugar de la prueba esté libre de imprevistos”, ordenó Aldric, mirándolos con desdén.

Adam se levantó primero y, al pasar junto a Lanira, soltó con una sonrisa torcida: “Tal vez si abrieras un libro de vez en cuando, evitarías que te pateen el orgullo.” Lanira se giró con furia, pero se contuvo.

Solo le lanzó una mirada de muerte, luego dio media vuelta sin decir una palabra y salió del carruaje, con pasos tensos y pesados.

Cuando estuvo lo suficientemente lejos como para que no la oyeran, murmuró entre dientes: “Me las vas a pagar, escoria rastrera…” Así, ambos bajaron del carruaje que se encontraba en la parte delantera y comenzaron a abrir camino, internándose en el bosque para asegurar la ruta.

A medida que avanzaban, detrás de ellos la caravana proseguía su marcha.

Eric, sentado en uno de los carruajes centrales, notó que el bosque estaba cambiando.

Las plantas y árboles, antes saludables y verdes, ahora se veían marchitos, ennegrecidos, en avanzado estado de pudrición.

Las ramas se entrelazaban por encima del sendero, bloqueando la tenue luz de las lunas y sumiendo el entorno en una oscuridad opresiva.

Solo se oía el crujir de las ruedas de madera, los relinchos y el galope de los caballos, además del metálico tintinear de las placas del ejército que los custodiaba.

Conforme se internaban más en el bosque, rugidos lejanos y ruidos extraños comenzaban a resonar desde la penumbra que rodeaba el deteriorado camino.

Guinevere, abrazada a Blair, se cubrió el rostro.

“Este lugar me da miedo”, murmuró temblando.

Blair la estrechó con fuerza, sintiendo también un escalofrío recorrerle la espalda.

Aiden miraba entre los barrotes con el ceño fruncido.

“Esto no es un simple bosque.

Huele a magia…

y no de la buena”, dijo en voz baja, intentando encontrar una explicación a lo que veía.

Eric no respondió.

Permanecía sentado en silencio, sin poder hacer nada, igual que los demás niños a su alrededor.

Ahora nadie parecía dispuesto a hablar; el ambiente estaba cargado de aprensión.

Entonces, mientras se sumía en la oscuridad, una tenue luz verde iluminó la parte izquierda de su rostro.

Al girar la cabeza, Eric divisó a lo lejos el frente de la caravana: una oleada de luz verde emergía entre los árboles, revelando un paisaje distorsionado con árboles retorcidos, pantanos putrefactos y figuras sombrías que se movían alrededor.

Estas criaturas, quizás por miedo o desagrado hacia la luz, no se atrevían a acercarse.

“¿Qué es eso?” susurró Blair, incapaz de apartar la mirada del resplandor que se abría paso entre las sombras.

Eric, forzando la vista para adaptarse a la intensidad, logró distinguir la fuente: un enorme remolino de luz verde, perpendicular al suelo, con un centro oscuro del que se extendían tentáculos luminosos que palpitaban con energía arcana.

Cuando el primer carruaje y la vanguardia del ejército atravesaron el remolino, se desintegraron en partículas de luz, como si fueran absorbidos.

Uno tras otro, los carruajes fueron avanzando hacia él.

El silencio dentro de los vehículos era absoluto, apenas roto por algún quejido ahogado o respiraciones entrecortadas.

Cuando el carruaje de Eric llegó al frente, se encontró cara a cara con ese fenómeno mágico que desafiaba todo lo que conocía.

Nadie se atrevía a decir una palabra.

Mientras se acercaban, vio cómo la madera y los barrotes comenzaban a desvanecerse en partículas verdes, dejando un agujero oscuro delante de ellos.

El primer niño que tocó el remolino comenzó a gritar desesperado: su cuerpo se deshacía lentamente, dejando a la vista su interior.

Primero perdió las extremidades, luego parte del torso, revelando órganos, huesos y columna antes de ser finalmente absorbido por la oscuridad.

Guinevere cerró los ojos y se tapó los oídos.

Blair la sostuvo con fuerza, conteniendo las náuseas.

Aiden apretó los dientes, impotente, sin saber si apartar la mirada o enfrentarlo de frente.

El remolino no se detuvo.

Siguió devorando todo a su paso, hasta que llegó el turno de Eric.

Sintió una sensación extraña, como si las partes absorbidas de su cuerpo aún existieran, pero ya no podía moverlas.

“¿En qué me he metido?”, murmuró, justo antes de desaparecer junto con el resto de la caravana y el ejército que los escoltaba.

Con un último estremecimiento, el remolino se desvaneció.

En su lugar, quedó una zona de oscuridad, como si nada hubiera existido.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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