Warlock Way (idioma original español) - Capítulo 7
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7: Capítulo 7 Pasadizo 7: Capítulo 7 Pasadizo Sombras dominaban la vasta caverna.
Rocas negras formaban sus muros, mientras un fluido oscuro goteaba del techo.
Innumerables senderos serpenteaban desde el corredor principal, cada uno prometiendo un misterioso final.
La penumbra ocultaba los secretos de este laberinto subterráneo, desafiando a los intrépidos a explorar sus profundidades inexploradas.
Del gran pasaje brotaron partículas verdes, rompiendo la oscuridad.
Formaron un remolino, materializando carruajes custodiados por un ejército de caballeros negros.
La escena, antes quieta, cobró vida con esta aparición inesperada y sobrenatural.
“Por fin llegamos.
Ve con Adam y prepara a los niños para la prueba”, dijo Aldric.
“Como desee, Lord Aldric”.
La encantadora voz de Lanira llenó el aire.
Se giró con gracia y su cuerpo se movió con fluida elegancia hacia la puerta del carruaje, lista para partir.
Al salir, Lanira vio los distintos carruajes y a los niños inconscientes en ellos.
“Es hora de ver de qué están hechos cada uno de ellos”, dijo Lanira, divertida ante lo que vendría.
“Mmph, no tiene sentido perder el tiempo con distracciones mundanas”, dijo Adam con desdén.
“Un insecto como tú jamás entendería los placeres de la vida…
aunque creo saber qué podría captar tu atención”, replicó Lanira con tono juguetón.
“¿Qué estás insinuando, Lanira?”, preguntó Adam con voz dudosa y chasquidos entrecortados.
“Un juego.
Uno que, quizás, despierte tu interés”, respondió Lanira con una suavidad seductora.
“No pienso desperdiciar mi tiempo con tus intrigas”, escupió Adam con frialdad; su voz sonaba como un susurro rasposo.
“Oh, qué decepción que pienses así de mí…
Aunque sé que te interesa una apuesta sobre la recompensa”, dijo Lanira con voz firme y segura.
“¿Dónde está el truco?”, preguntó Adam, desconcertado.
“No hay truco esta vez.
Solo una apuesta directa.
El que gane se queda con toda la parte del otro”, replicó Lanira con tono persuasivo.
“Mmph…
¿y cuáles son las condiciones?”, preguntó Adam, intrigado.
“Escoge cinco niños de los doscientos treinta y cuatro.
El que consiga que uno de los suyos llegue más lejos, gana.
¿Te atreves?”, dijo Lanira, con una mirada desafiante.
“¡Estás loca!
La probabilidad de que uno de ellos sea el más destacado es inferior al tres por ciento.
Estás apostando a la suerte”, gruñó Adam, terminando con un clic seco y enfático.
“Jajaja, por eso es tan emocionante.
Y puede que seas tú quien gane…
Solo tienes que elegir bien.
Nada de trucos esta vez.
Imagínate quedarte con toda mi parte de la recompensa.
¿No te tienta?”, respondió Lanira con voz persuasiva.
“Muy bien.
Me interesa este trato.
Esta vez no podrás engañarme”, dijo Adam con tono firme, acompañado de clics rítmicos.
“Saquen a los niños de las jaulas y alínenlos para la prueba”, gritó Adam, con un clamor chirriante y rasposo.
Esperaba los resultados.
Al mandato, los jinetes descendieron.
Placas metálicas resonaron por la gruta.
El ejército, con parsimonia, liberó a los pequeños de sus prisiones.
Ecos de cerrojos y pasos llenaron el aire mientras los niños emergían, uno a uno, de las jaulas abiertas.
Un fuerte dolor de cabeza y un zumbido en sus oídos fueron lo primero que Eric sintió cuando despertó.
Trató de abrir sus ojos y lo primero que vio fueron los niños desmayados en el carruaje.
El zumbido cesó.
Placas metálicas resonaron, acercándose.
Los niños despertaron sobresaltados.
Caballeros negros abrieron las jaulas.
Sacaron a los pequeños sin contemplaciones.
Gritos y llanto inundaron el aire.
Forcejeos inútiles contra el acero implacable.
Eric contempló el panorama.
Impasibles, los caballeros ejecutaban su labor con gélida precisión, indiferentes al dolor circundante.
Cuando un caballero agarró a Eric del brazo, sintió un fuerte agarre que le impedía siquiera alejarse.
La mano del caballero era una tenaza de hierro, y Eric sintió cómo los dedos, semejantes a garras, se clavaban en su piel sin piedad.
Lo que llamó la atención de Eric fue que, al mirar el casco del caballero entre las rendijas de los ojos, brillaba levemente un fuego verde, como una llama que ardía en su alma.
El caballero lo observaba con ojos fríos y calculadores, como quien analiza una pieza de caza.
Eric se sintió vulnerable y expuesto, igual que un animal acorralado.
Aquella mirada lo desconcertó profundamente, pero antes de que pudiera procesarla, el caballero lo sacó y lo lanzó con brusquedad a otro.
Este último lo agarró y lo haló a donde se estaban reuniendo los otros niños.
Al llegar, el caballero lo empujó, y Eric chocó con los niños que estaban allí.
Miró a su alrededor y notó que esos caballeros habían formado un círculo protector entre el pasadizo sombrío y una zona laberíntica con muchos caminos rocosos, algunos conectados entre sí mediante arcos naturales de piedra, otros que se perdían en el horizonte como brazos abiertos.
Eric se preguntó si sería una buena idea correr hacia alguno de los múltiples caminos; quizás lograría sobrevivir a lo que pasaría, pero no sabía qué le esperaba allí.
Así que decidió esperar y ver qué pasaría o, por lo menos, observar a alguien que se atreviera a acercarse.
No tenía deseos de que algún ser lo matara en alguno de esos caminos.
Al cabo de un rato, llegó el último niño.
Todos estaban tensos y temerosos de lo que ocurriría a continuación.
Una voz femenina quebró la quietud.
“Llevan bastante tiempo esperando en esos carruajes, pero finalmente es hora de decidir su destino.
Tienen dos opciones: morir aquí o entrar en el laberinto oscuro.
Los que logren atravesarlo tendrán el honor de unirse a nuestra Torre de la Noche Eterna.
Que empiece el juego.” La voz de Lanira resonó.
Amenazante y llena de promesas.
Todos quedaron en un profundo silencio, llenos de miedo y desesperanza.
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