What If, Naruto con byakugan - Capítulo 108
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- Capítulo 108 - 108 Capítulo 107 El advenimiento de la tormenta
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108: Capítulo 107: El advenimiento de la tormenta 108: Capítulo 107: El advenimiento de la tormenta La oscuridad de la fosa abisal ya no era un vacío para Naruto; era un útero.
Flotando en la nada, con el cadáver pulverizado del Proyecto Cero dispersándose como polvo de estrellas a su alrededor, Naruto escuchó la sentencia de su inquilino más antiguo.
—Cachorro…
—la voz de Kurama resonó, no con la furia de antaño, sino con una reverencia solemne—.
Ya no puedes volver atrás.
Tu cuerpo humano, esa carcasa de carne y hueso que ha soportado palizas, venenos y guerras, ya no sirve para contener lo que eres.
Si intentas cerrar el sistema ahora, la presión residual te matará.
—El 50% fue el límite de tu humanidad —añadió Isobu, su voz profunda vibrando en el agua—.
El resto…
el resto pertenece a algo más antiguo.
Rompe el sello, Naruto.
No lo abras; destrúyelo.
Naruto cerró los ojos.
No hubo miedo.
Solo la aceptación de que el niño que quería ser Hokage estaba a punto de morir para dar paso a la entidad que el mundo necesitaba.
—Lo entiendo —susurró Naruto.
Su voz no movió el agua; movió la realidad—.
Liberación Total: Sistema Tricapa…
Colapso.
En el fondo del océano, no hubo una explosión.
Hubo una implosión de silencio.
Los sellos de hielo que contenían el núcleo de su chakra se derritieron instantáneamente.
Las barreras de vacío se expandieron.
El chakra de los Bijuus, antes filtrado y dosificado, se fusionó con la célula misma de Naruto.
En ese instante exacto, el mundo entero tembló.
No fue un terremoto geológico.
Fue una onda de choque gravitatoria.
En Konoha, Tsunade soltó su taza de té, que cayó al suelo pero tardó un segundo más de lo normal en romperse, como si la gravedad hubiera fluctuado.
En Kumogakure, el Raikage sintió una presión en el pecho que lo obligó a hincar una rodilla.
En Iwagakure, las piedras flotantes de la oficina del Tsuchikage cayeron a plomo.
Y entonces, el cielo lloró.
Una lluvia torrencial, pesada y violenta, comenzó a caer simultáneamente en las Cinco Grandes Naciones.
No eran nubes naturales; la atmósfera del planeta estaba reaccionando a la liberación masiva de una energía que alteraba el ciclo hidrológico global.
—¡Reporte!
—gritó Inoichi Yamanaka en la División de Inteligencia de Konoha, agarrándose la cabeza mientras los sensores frente a él estallaban en chispas—.
¡Tenemos una lectura de chakra!
¡Es…
es imposible!
—¿Es el Kyūbi?
—preguntó un asistente aterrorizado.
—No…
—susurró Inoichi, pálido—.
Es mucho más denso.
La señal viene del País del Agua, pero la sentimos como si estuviera aquí mismo.
No es una bestia con cola…
es una estrella naciendo en la superficie.
En la superficie, Kirigakure estaba siendo azotada por el apocalipsis.
El mar, que siempre había sido su aliado, se había retirado kilómetros hacia adentro, dejando los barcos encallados en el lodo.
—¡Mizukage-sama!
—gritó Chōjūrō, aferrando la Hiramekarei con nudillos blancos —.
¡El mar…
el mar se ha ido!
Mei Terumī, empapada por la lluvia antinatural que caía horizontalmente debido al viento, miró hacia el horizonte.
Su piel se erizó.
No por frío, sino por instinto.
—No se ha ido, Chōjūrō.
Está tomando impulso.
El horizonte se oscureció.
Una pared de agua de trescientos metros de altura, un tsunami provocado por el desplazamiento volumétrico de la liberación de Naruto, regresaba hacia la aldea con la fuerza de un dios iracundo.
—¡Evacuen!
—ordenó Ao, activando su Byakugan, solo para gritar de dolor y desactivarlo al instante.
La luz de chakra que venía del mar era cegadora —.
¡Es inútil!
¡Ningún muro de agua, ningún Doton podrá frenar eso!
Los ninjas de la Niebla miraron la muerte de frente.
Era el fin.
La ola eclipsó el sol, proyectando una sombra final sobre la torre de la Mizukage.
Justo cuando la cresta de la ola estaba a punto de romper sobre la aldea, el océano se abrió.
Un pilar de luz cian y naranja perforó el cielo, vaporizando las nubes de tormenta en un círculo perfecto sobre la aldea.
Desde el centro del pilar, una figura ascendió.
No volaba; la gravedad simplemente no se atrevía a tocarlo.
Naruto Uzumaki estaba suspendido entre el tsunami y la aldea.
Levantó una sola mano hacia la montaña de agua que amenazaba con borrar Kirigakure.
—Shinra Tensei: Reflujo Divino.
No hubo sonido de choque.
La física se invirtió.
La pared de agua de millones de toneladas se detuvo en seco, como si hubiera golpeado un muro de cristal invisible.
Luego, con un gesto suave de la muñeca de Naruto, el tsunami se deshizo.
El agua no cayó sobre la aldea; fue redirigida, fluyendo dócilmente hacia los lados, regresando al lecho oceánico sin salpicar una sola gota sobre las casas.
El silencio que siguió fue absoluto, solo roto por el siseo del vapor.
Naruto descendió lentamente hasta quedar flotando a pocos metros sobre el balcón de la Mizukage.
Su apariencia había cambiado radicalmente.
Ya no vestía ropa de tela; estaba envuelto en el Manto de Chakra del Tenseigan.
Su cuerpo brillaba con un color cian etéreo, pero bajo esa luz, venas de magma naranja pulsaban rítmicamente.
Su cabello, ahora blanco como la nieve debido a la saturación de energía Yang, flotaba en una gravedad cero personal.
Detrás de su espalda, orbitando en un halo perfecto, flotaban nueve esferas negras.
Las Gudōdama (Bolas de la Búsqueda de la Verdad).
La manifestación física de la comprensión de todas las naturalezas.
Pero lo más aterrador no era lo que se veía por fuera, sino lo que ocurría por dentro.
Su piel era translúcida en ciertas áreas, revelando que sus órganos internos y huesos estaban recubiertos por una electricidad azul brillante.
—Increíble…
—comentó Kurama dentro de su mente, observando el flujo de energía—.
Antes, cuando intentabas usar la Armadura de Raiton internamente para aumentar tus reflejos, Tu sistema de chakra se quemaban por la volatilidad del rayo.
Era incompatible con mi naturaleza.
Kurama sonrió, mostrando sus colmillos mientras se estiraba en un espacio mental que ya no tenía rejas, sino un océano infinito bajo un sol dorado.
—Pero ahora…
el sistema tricapa ha desaparecido.
El Raiton ya no quema.
Se ha fusionado con mi chakra.
Tu Armadura Interna de Raiton es perfecta.
Tus sinapsis disparan a la velocidad de la luz, y mi poder las alimenta sin resistencia.
Ya no eres un Jinchūriki, Naruto.
Eres el contenedor perfecto.
Naruto abrió los ojos.
El Tenseigan brillaba con una complejidad geométrica hipnótica.
Miró a Mei Terumī, quien había caído de rodillas, no por sumisión política, sino porque la densidad del chakra de Naruto hacía difícil respirar.
—El sistema se ha roto, Mei —dijo Naruto.
Su voz tenía un eco metálico, como si hablara desde varias dimensiones a la vez—.
La tormenta ha pasado.
Mei tragó saliva, mirando las esferas negras que flotaban detrás de él, capaces de borrar la existencia, y la electricidad que corría bajo su piel como sangre nueva.
—Naruto…
—susurró ella—.
¿Sigues siendo tú?
Naruto tocó el suelo.
Al hacerlo, la lluvia en toda la aldea se detuvo instantáneamente, como si él hubiera ordenado al clima que cesara.
—Soy lo que queda después de que el miedo se quema —respondió, mirando sus manos brillantes—.
Y ahora, el mundo entero sabe que estoy aquí.
En las cinco naciones, los sensores dejaron de pitar, pero el miedo se instaló en el corazón de cada Kage.
La señal había sido clara: El equilibrio de poder se había roto.
Algo había surgido del mar, y no respondía a ninguna bandera.
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