What If, Naruto con byakugan - Capítulo 109
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- Capítulo 109 - 109 Capítulo 108 La cumbre sin el ausente
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109: Capítulo 108: La cumbre sin el ausente 109: Capítulo 108: La cumbre sin el ausente El País del Hierro era un desierto blanco, un lugar donde la nieve caía con la misma indiferencia con la que caían los imperios.
En la fortaleza de los Tres Lobos, la neutralidad era ley, protegida por los samuráis de Mifune.
Sin embargo, dentro de la sala de reuniones, la tensión era tan densa que el aire parecía inflamable.
Cinco sombreros yacían sobre la mesa.
Cinco líderes que representaban la cúspide del poder militar del mundo shinobi.
Pero había un sexto asiento vacío, una silla metafórica que ocupaba toda la sala: la presencia de Naruto Uzumaki.
El Raikage A golpeó la mesa con tal fuerza que la madera reforzada se agrietó.
—¡Ya basta de rodeos!
—rugió, con las venas de su frente palpitando—.
¡Kirigakure está protegiendo a una amenaza de nivel global!
¡Mi hermano, Killer Bee, está siendo cazado mientras hablamos, y el Jinchūriki de la Hoja se sienta en su torre jugando a ser Dios!
Tsunade, con las manos entrelazadas y la mirada sombría, no defendió a su aldea con el ímpetu habitual.
No podía.
—Naruto desertó, Raikage.
Ha sido catalogado como renegado.
Konoha no tiene control sobre él.
—¡Esa es la cuestión!
—intervino Onoki, el Tsuchikage, flotando ligeramente sobre su silla—.
Un renegado con el poder de alterar el clima y anular ejércitos no es un problema de Konoha.
Es un problema de la humanidad.
Mizukage…
—Onoki giró sus ojos viejos y astutos hacia Mei Terumī—.
Tú lo hospedas.
Tú lo alimentas.
¿Es Naruto Uzumaki un aliado o es la catástrofe que estamos esperando?
Mei Terumī sonrió.
No era una sonrisa diplomática, sino la sonrisa de alguien que sabe que tiene el arma más grande de la habitación.
—Naruto no es ni lo uno ni lo otro, Tsuchikage.
Él es el disuasivo.
Mientras él esté en Kiri, Akatsuki no se ha atrevido a atacar mi aldea.
Ustedes ven una amenaza; yo veo estabilidad.
—¡Estabilidad construida sobre la pólvora!
—gritó el Raikage—.
¡Si Akatsuki captura a Bee y luego va por Naruto, será el fin!
Gaara, el Kazekage, que había permanecido en silencio, habló con voz calmada.
—Naruto cambió.
Lo sentí cuando rompió el sello.
La oscuridad que emana no es maldad…
es soledad absoluta.
Si lo empujamos, si las Cinco Naciones se unen para cazarlo, le daremos la razón para destruirnos.
El enemigo no es Naruto.
Es quien lo busca.
Antes de que la discusión pudiera escalar a violencia física, el espacio en el centro de la mesa se distorsionó en un espiral.
Los guardaespaldas saltaron.
Mifune desenvainó su katana.
Pero la figura que emergió no se inmutó.
Llevaba una túnica de nubes rojas y una máscara naranja con un solo ojo visible.
—Uchiha Madara —susurró Onoki con terror.
—Me halaga que recuerden mi nombre —dijo Obito (bajo la identidad de Madara), sentándose casualmente sobre la mesa—.
Pero esta reunión es aburrida.
Discuten sobre Naruto Uzumaki como si tuvieran alguna posibilidad de controlarlo.
—¡¿Dónde está Bee?!
—bramó el Raikage, activando su armadura de rayos.
—El Ocho Colas…
—Obito ladeó la cabeza—.
Kisame Hoshigaki es muy eficiente.
A esta hora, tu hermano ya debe haber dejado de respirar.
Su chakra está siendo procesado por el Gedō Mazō.
El silencio en la sala fue sepulcral.
El Raikage palideció, y luego su chakra estalló, destruyendo la mesa.
Bee había muerto.
La última línea de defensa antes de Naruto había caído.
—Mi objetivo es simple —continuó Obito, ignorando la furia del Raikage—.
El Proyecto Tsuki no Me.
Quiero unificar el mundo bajo un genjutsu eterno.
Para eso necesito al Diez Colas.
Ya tengo siete.
El Ocho Colas está asegurado.
Solo quedan dos.
Obito miró a Mei.
—Entréguenme al Nueve Colas.
Entréguenme a Naruto Uzumaki.
—¡Jamás!
—gritó Mei, poniéndose de pie, con el Yōton burbujeando en su boca.
—Me lo temía —dijo Obito, poniéndose de pie y volviéndose intangible mientras los ataques de los Kages lo atravesaban—.
Naruto ha evolucionado.
Ya no es un simple Jinchūriki; se ha convertido en una singularidad.
Capturarlo requerirá más que un grupo de mercenarios.
Requerirá un ejército.
La voz de Obito se volvió grave, resonando como una sentencia de muerte.
—La Cuarta Gran Guerra Ninja comienza ahora.
No pelearé solo por ideología.
Pelearé para tomar los ojos y el corazón de ese chico que se esconde en la Niebla.
Reúnan sus ejércitos.
Nos vemos en el campo de batalla.
Con un vórtice, desapareció, dejando a los Cinco Kages con la certeza de que el mundo acababa de entrar en su fase final.
Aquí tienes la reescritura de esa sección específica, ajustada a tu nueva directiva donde ambos hermanos sobreviven y obtienen el Mangekyō Sharingan Eterno mediante un intercambio mutuo.
Mientras el mundo político ardía en el País del Hierro, en una cueva oculta, lejos de la nieve y los gritos de guerra, dos hermanos se encontraban frente a frente.
Pero no había chispas de Chidori, ni ilusiones de muerte.
La atmósfera era de una quietud clínica y desesperada.
Sasuke Uchiha estaba de pie frente a Itachi Uchiha.
La batalla destinada a muerte no había ocurrido.
Cuando Sasuke encontró a su hermano, la noticia de la deserción divina de Naruto y su poder abrumador había cambiado la ecuación fundamental del odio de Sasuke.
Ya no buscaba venganza por el pasado; buscaba poder para sobrevivir al futuro que Naruto estaba reescribiendo.
—Naruto ha roto los límites humanos —dijo Sasuke, su voz resonando en las paredes de roca.
Se quitó la venda que cubría sus ojos cansados, revelando un Mangekyō que ya empezaba a perder el enfoque—.
Si lo enfrento ahora, o si enfrento a Madara, moriré.
No por falta de odio, sino por falta de visión.
Mi luz se está apagando, Itachi.
Y sé que la tuya se extinguió hace mucho.
Itachi, sentado en un trono de piedra, tosiendo sangre pero manteniendo su postura regia, miró a su hermano pequeño con sus ojos blancos y ciegos.
Su plan original —morir a manos de Sasuke para convertirlo en el héroe de Konoha— se había desmoronado.
Konoha había convertido a Naruto en un monstruo, y la aldea que Itachi juró proteger estaba a merced de un “Dios del Clima”.
—El Mangekyō Sharingan es una maldición que consume al usuario —susurró Itachi—.
Para obtener la luz eterna, uno debe tomar los ojos de su hermano.
Esa es la ley de nuestro clan.
¿Has venido a tomar los míos, Sasuke?
Sasuke negó con la cabeza, una sonrisa fría y calculadora curvando sus labios.
—Esa ley es incompleta.
Madara tomó los ojos de Izuna porque Izuna murió.
Pero nosotros estamos vivos.
No quiero tu sacrificio, Itachi.
Te necesito como un arma.
Sasuke dio un paso adelante, sacando un frasco de solución médica que Karin había preparado.
—Tú tomarás mis ojos.
Y yo tomaré los tuyos.
Cruzaremos nuestra sangre y nuestro chakra.
Si la teoría es correcta, al implantar los ojos del otro en cuencas compatibles, la ceguera se anulará mutuamente.
Ambos obtendremos la luz eterna.
Itachi guardó silencio un momento, procesando la audacia de la propuesta.
Era una blasfemia contra la tradición, pero también era la única forma lógica de enfrentar la amenaza que se avecinaba.
—Dos portadores del Mangekyō Eterno…
—murmuró Itachi—.
Eso podría rivalizar incluso con el Rinnegan.
—O con el Tenseigan de Naruto —sentenció Sasuke.
No hubo batalla épica.
Hubo una cirugía ritual y sangrienta, asistida por el terror de Karin y la precisión de la medicina de Orochimaru que Sasuke había aprendido.
En la penumbra de la cueva, los hermanos Uchiha realizaron el intercambio blasfemo.
Sasuke arrancó sus propios ojos y se los entregó a la mano temblorosa de su hermano.
Itachi hizo lo mismo.
Cuando la operación terminó y los vendajes fueron colocados, ambos quedaron sumidos en la oscuridad temporal de la recuperación.
Pero podían sentirlo.
El chakra que fluía entre sus nervios ópticos no era de rechazo; era de una fusión perfecta.
El poder pulsaba en sus cráneos, eliminando el dolor, eliminando la enfermedad de Itachi, eliminando la fatiga de Sasuke.
—No nos matamos —dijo Sasuke desde la oscuridad, su voz cargada de una promesa terrible—.
Nos multiplicamos.
—Seremos los dos cuervos que devorarán al Dios de la Niebla —respondió Itachi, sintiendo cómo su fuerza vital regresaba.
Los hermanos Uchiha habían engañado al destino.
No habría un superviviente llorando sobre el cadáver del otro.
Habría dos monstruos con ojos eternos, listos para reclamar su lugar en la cima de la cadena alimenticia, justo debajo —o tal vez por encima— de Naruto Uzumaki.
En el País del Rayo, bajo un cielo gris que presagiaba la guerra, la caza había terminado.
Killer Bee yacía flotando en un cráter inundado.
Su cuerpo estaba intacto, pero sus ojos estaban vacíos, vidriosos.
A su lado, Kisame Hoshigaki envainaba a Samehada, que “lloraba” de satisfacción por la cantidad de chakra absorbido.
La batalla había sido titánica.
Bee había usado todo: el manto del Hachibi, sus siete espadas, su rap.
Pero Kisame, fusionado con Samehada y dentro de una cúpula de agua gigante, había sido el depredador perfecto.
Sin Naruto para intervenir, sin apoyo cercano, Bee fue desgastado hasta que el Hachibi fue extraído por la fuerza bruta de la estatua invocada por Obito a distancia.
—Un Jinchūriki impresionante —dijo Kisame, mirando el cadáver del hombre que rimaba—.
Una pena.
Si el Nueve Colas es la mitad de fuerte de lo que dicen los rumores, vamos a necesitar un océano más grande.
Kisame desapareció en el agua, dejando el cuerpo de Bee para que fuera encontrado por los exploradores de Kumogakure.
Cuando la noticia llegó a la Cumbre de los Kages horas después, el llanto del Raikage sacudió los cimientos de la fortaleza.
La era de los Jinchūrikis había terminado.
Gaara había perdido a Shukaku.
Yugito había caído.
Roshi, Han, Utakata, Fuu…
todos muertos.
Y ahora, Killer Bee.
Solo quedaba uno.
En su torre en Kirigakure, Naruto abrió los ojos.
Sintió el silencio repentino de la voz del Hachibi en la red global de chakra.
—Ocho ha caído —dijo Kurama, su voz temblando de rabia contenida.
Naruto se levantó y caminó hacia el balcón.
Las Gudōdama giraron más rápido.
—Entonces ya no hay nadie más —dijo Naruto—.
Soy el último.
La Guerra había sido declarada, pero para Naruto, no era una guerra de conquista.
Era una cacería.
Y él, el último Jinchūriki, el ausente de la cumbre, estaba listo para demostrar por qué el depredador nunca debe acorralar a la presa equivocada.
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