What If, Naruto con byakugan - Capítulo 110
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- Capítulo 110 - 110 Capítulo 109 La alianza del miedo
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110: Capítulo 109: La alianza del miedo 110: Capítulo 109: La alianza del miedo El mundo se había partido en dos.
Por un lado, la oscuridad de Akatsuki y su ejército de cien mil Zetsus Blancos.
Por el otro, las Cinco Grandes Naciones, unidas por primera vez en la historia bajo una sola bandera.
La Gran Alianza Shinobi nació no de la esperanza, sino del terror absoluto a la extinción.
En las llanuras del País del Rayo, ochenta mil ninjas rugían al unísono.
Gaara del Desierto, el Comandante General, ofrecía un discurso sobre la unidad y el fin del odio.
Sin embargo, en la tienda de mando, lejos de los oídos de la infantería, los Kages discutían la letra pequeña del tratado.
—El objetivo primario es Uchiha Madara y la protección de los últimos Bijuus —dijo el Raikage A, mirando el mapa táctico—.
Pero no nos engañemos.
Esta guerra tiene dos frentes.
Tsunade apretó los labios, sabiendo lo que venía.
—Si Naruto Uzumaki decide intervenir…
—Si Naruto interviene de forma errática o si su poder amenaza la integridad de la Alianza —la interrumpió Onoki, el Tsuchikage—, será tratado como Objetivo Omega.
La orden era secreta pero clara: Detener a Madara a toda costa.
Contener a Naruto si es necesario.
La Alianza no peleaba solo contra Akatsuki; peleaba para mantener un mundo donde un solo individuo no pudiera dictar el clima y el destino de todos.
Naruto era el elefante en la habitación, el dios en la torre que nadie quería despertar, pero al que todos temían.
Mientras los tambores de guerra resonaban en el continente, en Kirigakure reinaba un silencio sagrado.
La niebla, habitualmente fría, esa noche tenía una calidez inusual.
Naruto estaba en sus aposentos privados dentro de la torre.
No estaba meditando, ni entrenando.
Estaba simplemente existiendo, mirando el reflejo de la luna en una de sus Gudōdama.
La puerta se abrió sin llamar.
Solo una persona tenía ese privilegio.
Mei Terumī entró.
No llevaba su sombrero de Kage, ni su atuendo de batalla.
Vestía un kimono sencillo de seda azul oscuro.
Cerró la puerta tras de sí y se apoyó en ella, mirando a Naruto con una intensidad que hizo que el joven dios detuviera el giro de sus esferas negras.
—La guerra ha comenzado, Naruto —dijo Mei suavemente—.
Mis tropas ya han partido para unirse a la Alianza.
—Lo sé —respondió Naruto sin girarse—.
Siento las vibraciones en la tierra.
Zetsus marchando.
Reanimados saliendo de sus tumbas.
Es ruidoso.
Mei caminó hacia él, deteniéndose a escasos centímetros.
—No vine a hablar de la guerra.
Vine a hablar de nosotros antes de que el mundo cambie para siempre.
Naruto finalmente la miró.
Sus ojos plateados, que podían ver el flujo de chakra a kilómetros, se encontraron con los ojos verdes de ella.
—¿Qué hay que hablar?
Te he dado mi protección.
Nadie tocará Kiri.
—Eso es lo que me preocupa —Mei suspiró, dejando caer su máscara de líder calculadora—.
Cuando llegaste aquí, Naruto…
cuando apareciste en mi costa, roto y perseguido, te vi como un recurso.
Lo admito.
Vi al Jinchūriki del Kyūbi, vi un arma nuclear que podía usar para asegurar la supremacía de mi aldea.
Te di asilo porque quería tu poder.
Naruto no se sorprendió.
—Lo sabía.
Todos quieren algo.
Es natural.
—Pero eso cambió —Mei dio un paso más, invadiendo su espacio personal, entrando en el radio donde el chakra de Naruto solía repeler a todos—.
Dejó de ser política hace mucho tiempo.
Te he visto romperte y reconstruirte.
Te he visto sufrir por amigos que te traicionaron y por un amor que tuviste que abandonar para salvarle la vida.
Mei levantó la mano y, temblando ligeramente, tocó la mejilla de Naruto.
Su piel ya no quemaba con lava ni congelaba con hielo.
Estaba tibia.
Humana.
—Ya no veo al “Dios del Clima” ni al arma de disuasión.
Te veo a ti.
Veo al hombre que carga con el peso del océano para que los demás no tengan que ahogarse.
Naruto sintió un nudo en la garganta.
El Tenseigan, que siempre estaba activo escaneando amenazas, se desactivó por un segundo, dejando sus ojos de un azul profundo, el color original que tenía antes de todo esto.
—Soy un monstruo, Mei —susurró Naruto—.
He matado.
He amenazado a mis amigos.
He dejado que el mundo arda mientras me siento aquí.
—Eres un hombre herido que ha decidido defenderse —corrigió ella—.
Y yo…
yo me he enamorado de ese hombre.
No del héroe, ni del villano.
Sino del que está aquí, ahora.
Fue la primera vez en años que Naruto bajó la guardia por completo.
Las Gudōdama se disolvieron en el aire, el Tenseigan se apago.
La tensión en sus hombros, esa que cargaba desde que salió de la fosa abisal, se evaporó.
Naruto envolvió sus brazos alrededor de la cintura de Mei, atrayéndola hacia él.
Enterró su rostro en el cuello de ella, respirando su aroma a lluvia y flores nocturnas, un contraste total con el olor a ozono y sangre que lo perseguía.
—Creí que me había vaciado en el abismo —confesó Naruto, su voz ronca—.
Creí que al romper el sistema tricapa, había roto también mi capacidad de sentir esto.
Pero…
contigo es diferente.
No siento que me estés robando chakra.
Siento que me estás dando algo.
—Es paz, Naruto —susurró Mei, besando su frente—.
Es la única cosa que tu poder no puede crear por sí solo.
Esa noche, mientras el mundo se preparaba para la carnicería, Naruto Uzumaki y Mei Terumī no eran un Dios y una Kage.
Eran dos almas náufragas que habían encontrado una isla en el otro.
Naruto se abrió ante ella, no con palabras sobre estrategias o jutsus, sino con el silencio compartido, permitiéndose ser vulnerable, permitiéndose ser tocado sin que su piel reaccionara como una armadura.
Días después, el amanecer trajo consigo el olor a ceniza.
La Cuarta Gran Guerra Ninja había estallado con toda su furia.
Desde el balcón de la torre de Kirigakure, se podían ver los destellos lejanos en el horizonte, luces de explosiones masivas que ocurrían a cientos de kilómetros.
Naruto estaba sentado en su silla de piedra, con el manto del Tenseigan activo de nuevo, las esferas negras orbitando perezosamente.
Mei estaba a su lado, ajustándose los guantes de combate.
Ella debía partir hacia el frente para liderar la División de Protección de los Daimyō, una excusa para mantenerla lejos de la línea de fuego directa, pero cerca de la acción.
—Kurama está inquieto —dijo Naruto, mirando el cielo gris—.
Siente a sus hermanos reanimados siendo usados como títeres por ese enmascarado.
—¿Vas a venir?
—preguntó Mei, aunque ya sospechaba la respuesta.
Naruto negó con la cabeza, recostándose en su trono con una arrogancia que nacía de la certeza absoluta.
—No todavía.
Esta guerra es por mí, Mei.
Madara quiere mi corazón.
La Alianza quiere “protegerme” o “contenerme”.
Si salgo ahora, les daré exactamente lo que quieren: un objetivo central.
Naruto extendió la mano y creó una pequeña esfera de rotación en su dedo, observándola girar.
—Que se desangren un poco.
Que la Alianza entienda lo que significa pelear sin su “arma definitiva”.
Que Madara gaste sus recursos.
Yo soy el rey en el tablero de ajedrez; no me muevo hasta que sea el momento del jaque mate.
Mei sonrió, una mezcla de preocupación y admiración por la frialdad táctica de su amante.
—Eres terrible, Naruto Uzumaki.
—Soy lo que ellos crearon —respondió él, disipando la esfera—.
Ve, Mei.
Lidera a tu gente.
Si las cosas se ponen feas…
si sientes que no puedes ganar…
solo mira al cielo.
Sabrás cuando yo decida que el recreo ha terminado.
Mei asintió y desapareció en un remolino de hojas y agua.
Naruto se quedó solo en la torre.
Abajo, el mar rugía.
A lo lejos, miles morían.
Pero él cerró los ojos y esperó.
Tenía el poder para acabar con la guerra en una tarde, pero la lección que el mundo necesitaba aprender requería tiempo y dolor.
Él era el premio, y el premio no corre hacia los contendientes; espera a que los dignos —o los desesperados— lleguen a él.
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