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What If, Naruto con byakugan - Capítulo 112

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112: Capítulo 111: El dios desciende al campo de batalla 112: Capítulo 111: El dios desciende al campo de batalla El Desierto del Rayo era un cementerio de arena teñido de rojo.

La Cuarta División, liderada por Gaara y Onoki, había dejado de existir como una fuerza de combate coherente.

Lo que quedaba eran grupos aislados de sobrevivientes aterrorizados, escondidos detrás de barricadas de tierra que se desmoronaban ante el avance de los Kages Muertos.

Gaara yacía en el suelo, con su defensa absoluta hecha añicos por la lanza de rayos del Tercer Raikage.

A su lado, Onoki intentaba levantarse, pero su espalda finalmente había cedido.

Frente a ellos, Mū (el Segundo Tsuchikage) y Nagato preparaban el golpe final: una combinación de Elemento Polvo y un cañón de gravedad.

—Es el fin —susurró un ninja de la Arena, cerrando los ojos.

Entonces, el cielo se partió.

No hubo nubes, ni truenos.

Simplemente, la presión atmosférica se multiplicó por diez.

Los Zetsus Blancos que cargaban hacia los heridos explotaron espontáneamente, sus cuerpos incapaces de soportar la densidad del aire.

Un destello cian cayó desde la estratosfera y aterrizó en silencio entre los sobrevivientes y los monstruos.

No levantó polvo.

La arena simplemente se apartó, temerosa de tocar sus botas.

Naruto Uzumaki estaba allí.

Su apariencia era divina.

Nueve Gudōdama flotaban pasivamente detrás de su espalda, orbitando en un halo perfecto.

—Naruto…

—susurró Gaara, viendo la silueta de su amigo.

Pero no sintió calidez.

Sintió el abismo.

Nagato (controlado por Kabuto) no dudó.

Disparó un misil de chakra.

Mū disparó su Jinton.

Naruto ni siquiera levantó las manos.

—Vacío.

Las Gudōdama no se movieron.

Simplemente, el espacio frente a Naruto dejó de existir.

El ataque de partículas y el misil fueron borrados de la realidad antes de tocarlo.

Naruto dio un paso adelante.

—Banshō Ten’in (Atracción Universal).

Miles de Zetsus Blancos y tres escuadrones de Edo Tensei menores fueron arrastrados hacia él.

Naruto chasqueó los dedos.

—Hyōton: Campo de Cero Absoluto.

En un instante, el ejército enemigo se convirtió en estatuas de hielo negro.

—Raiton: Destello.

Naruto desapareció.

Un segundo después, las miles de estatuas de hielo se hicieron añicos simultáneamente.

El campo de batalla quedó en silencio.

Naruto había eliminado a una división enemiga completa en menos de tres segundos, sin sudar, sin gritar, sin apenas moverse.

Los ninjas aliados lo miraron, no con vítores, sino con un terror reverencial.

Lo veían como su salvación, sí, pero también como un último recurso que no comprendían.

Naruto miró los cadáveres de los Zetsus y los restos de los Edo Tensei regenerándose lentamente.

Su mente estaba en otro lugar, calculando fríamente la eficiencia.

“Esto es trivial,” pensó Naruto.

“Ni siquiera vale la pena el gasto de chakra.” La calma duró poco.

Kabuto, observando desde la lejanía a través de sus marionetas, sonrió con locura.

—Así que el Jinchūriki ha salido a jugar.

Probemos sus límites.

De la arena surgieron los pesos pesados.

El Tercer Raikage, con su armadura de rayos negra al máximo.

Maito Dai, abriendo la Octava Puerta de la Muerte, su piel roja y vaporosa quemando el aire.

Nagato, acumulando chakra para un Chibaku Tensei planetario.

Los tres cargaron al unísono.

Un ataque coordinado capaz de borrar un país del mapa.

La velocidad de Dai, la penetración del Raikage y la gravedad de Nagato.

Naruto observó el ataque inminente.

Podía esquivarlo.

Podía usar las Gudōdama para defenderse.

Pero eso alargaría la pelea.

Quería enviar un mensaje.

Quería terminar la guerra en este mismo instante, mostrando el poder que había obtenido en el fondo del mar.

—Basta de contención —dijo Naruto en voz alta—.

Les mostraré la verdadera forma del Tenseigan.

Naruto cerró los ojos y buscó esa sensación de omnipotencia que tuvo al salir del océano.

Quiso activar el Manto de Liberación Total, esa forma de luz pura y vapor que alteraba el clima y la realidad.

“Usaré el 100%.

Los borraré de un solo golpe.” Naruto canalizó el chakra.

Kurama rugió.

Isobu empujó.

El Tenseigan giró.

El aura cian comenzó a expandirse, el cielo se oscureció, la gravedad fluctuó…

Y entonces, se rompió.

¡CRACK!

Un sonido repugnante, como un hueso rompiéndose, resonó dentro del cuerpo de Naruto.

El flujo de chakra, que debía fusionarse perfectamente, colisionó.

El fuego de Kurama rechazó el frío de Isobu.

La gravedad del Tenseigan aplastó sus propios canales.

El manto no se formó.

Las Gudōdama cayeron al suelo como simples bolas de metal inerte.

El brillo divino se apagó, dejando a Naruto expuesto, tosiendo sangre, con su red de chakra en un espasmo violento de desorganización.

El campo de batalla quedó en un silencio horrorizado.

El “Dios” había fallado.

El milagro no ocurrió.

—¿Naruto?

—gritó Gaara.

El ataque enemigo no se detuvo por el fallo de Naruto.

La Lanza del Raikage y el Puño de la Octava Puerta de Dai impactaron.

No a Naruto, quien logró rodar por instinto en el último segundo, sino a lo que había detrás de él.

La onda de choque barrió a la mitad de los sobrevivientes de la Cuarta División.

Cientos de ninjas de la Alianza, que minutos antes pensaban que estaban salvados, fueron vaporizados por la fuerza del impacto que Naruto prometió detener y no pudo.

Naruto se levantó entre el polvo, con la sangre manchando su barbilla y la mirada llena de una furia fría y humillada.

—Maldita sea…

—gruñó.

Sin el manto divino, Naruto tuvo que pelear “a mano”.

Usó el Hiraishin para aparecer detrás del Tercer Raikage y redirigir su propio brazo contra su pecho, sellándolo.

Usó un Rasenshuriken de Lava para contrarrestar la gravedad de Nagato y sellarlo en una pirámide de roca fundida.

Atrapó a Maito Dai en una prisión de vacío hasta que su cuerpo de Edo Tensei se desintegró por el desgaste de la Octava Puerta.

Naruto ganó.

Los enemigos fueron derrotados.

Pero cuando el polvo se asentó, no hubo celebración.

Naruto estaba de pie, jadeando ligeramente, rodeado de los cadáveres frescos de los aliados que habían muerto durante esos segundos de fallo.

Gaara lo miraba con tristeza.

El Dios había ganado, pero había llegado tarde a su propia promesa.

Naruto miró sus manos, temblando no por miedo, sino por la inestabilidad de un poder que, al parecer, aún no le obedecía por completo en la superficie.

—No volverá a pasar —sentenció Naruto, limpiándose la sangre.

Pero la duda ya había sido sembrada en los corazones de la Alianza.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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