What If, Naruto con byakugan - Capítulo 113
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113: Capítulo 112: Llegaste…
demasiado tarde 113: Capítulo 112: Llegaste…
demasiado tarde El polvo del desierto tardó minutos en asentarse.
El silencio que siguió a la batalla no fue de paz, sino de un vacío ensordecedor.
Las tres grandes amenazas —el Tercer Raikage, Nagato y Maito Dai— habían sido selladas, enterradas bajo pirámides de roca fundida y glaciares de hielo negro.
Naruto Uzumaki estaba de pie en el centro del cráter.
Su respiración era pesada, no por el cansancio físico, sino por el choque del retroceso de chakra que había sufrido minutos antes.
Su manto divino había desaparecido; ahora solo quedaba el aura residual del Tenseigan, parpadeando de forma inestable.
A su alrededor, los sobrevivientes de la Cuarta División comenzaron a salir de sus escondites.
Estaban cubiertos de sangre, arena y miedo.
Al ver a los monstruos derrotados, el terror dio paso a la euforia histérica.
—¡Lo hizo!
—gritó un ninja de la Roca, cayendo de rodillas y llorando—.
¡Venció a los monstruos!
—¡Es el salvador!
—exclamó una kunoichi de la Arena, corriendo hacia Naruto como si quisiera tocar la túnica de un santo—.
¡Gracias!
¡Gracias por salvarnos!
Naruto no se movió.
No aceptó los elogios.
Sus ojos plateados estaban fijos en un punto específico detrás de él, el punto exacto donde la Lanza del Raikage y el Puño de la Octava Puerta habían impactado durante los cinco segundos que él tardó en recuperarse de su fallo.
Allí, donde debería haber estado el flanco izquierdo de la defensa aliada, solo había tierra vaporizada.
Gaara se acercó, cojeando.
Su armadura de arena estaba rota, y la sangre le bajaba por la sien.
El Kazekage miró a Naruto con una gratitud genuina que le revolvió el estómago al Uzumaki.
—Naruto…
—dijo Gaara, poniendo una mano en su hombro—.
Si no hubieras llegado…
todos estaríamos muertos.
Has salvado a la División.
Naruto apartó la mirada hacia el cráter humeante.
—No a todos, Gaara.
Gaara siguió su mirada.
En el borde de la destrucción yacía el cuerpo medio destrozado de un hombre alto, con una marca en el rostro y el uniforme de Jōnin de Suna.
Era Baki.
El mentor de Gaara, Temari y Kankurō.
El hombre que había liderado la defensa suicida para comprarle esos segundos a Naruto.
Su cuerpo estaba inerte, aplastado protegiendo a un grupo de genins que ahora lloraban sobre su cadáver.
—El Capitán Baki…
y el Escuadrón de Sellado C…
—murmuró un ninja médico, cubriendo los cuerpos con capas—.
Fueron aniquilados en el último impacto.
Justo antes de que el enemigo fuera sellado.
Naruto apretó los puños hasta que sus nudillos crujieron.
Si su manto no hubiera fallado…
si no hubiera intentado ser un dios presuntuoso y simplemente hubiera peleado…
Baki estaría vivo.
Esos cincuenta ninjas estarían vivos.
—¡Viva Naruto Uzumaki!
—empezaron a corear los sobrevivientes, ignorando a los muertos en su alegría por estar vivos.
—¡Gracias por venir!
—gritó otro.
Nadie lo culpaba.
Nadie le señalaba con el dedo diciendo: “Fallaste.
Tu arrogancia los mató”.
Al contrario, lo miraban como si fuera la segunda venida del Sabio de los Seis Caminos.
Aceptaban la muerte de sus compañeros como un “costo necesario” y veían la intervención tardía de Naruto como un milagro absoluto.
Esa absolución fue el peor castigo.
Naruto sintió náuseas.
Su “perfección” se había manchado, y el mundo era demasiado débil para siquiera notarlo.
—Llegaste…
—susurró Naruto para sí mismo, mirando el cadáver de Baki—…
demasiado tarde.
Esa noche, mientras la División acampaba y celebraba su supervivencia, Naruto se aisló en una duna lejana.
Se sentó y cerró los ojos, sumergiéndose en su paisaje mental para reparar su red de chakra dañada.
El océano mental estaba oscuro.
El sol cian había sido eclipsado por nubes de tormenta negras.
—Kurama —llamó Naruto.
No hubo respuesta.
Naruto caminó sobre el agua hacia la gigantesca jaula que había roto.
Pero Kurama no estaba cerca de los barrotes abiertos.
El gran zorro se había retirado a las sombras más profundas de la cueva, dándole la espalda a Naruto.
Su cola cubría su hocico, en una postura de rechazo total.
Además, Naruto notó algo aterrador: el flujo de chakra del Kyūbi, ese reactor nuclear que alimentaba su Modo Raiton, se había cortado.
La conexión simbiótica que habían logrado se había roto.
—¿Qué haces?
—preguntó Naruto, su voz mental resonando con frustración—.
Necesito reparar la red para el siguiente combate.
Madara no va a esperar.
Kurama abrió un ojo.
La pupila rasgada no mostraba odio, sino una decepción fría y punzante.
—Repárala tú solo.
Eres un dios, ¿no?
Los dioses no necesitan ayuda de bestias.
—Fue un error de cálculo —se defendió Naruto, aunque su voz vaciló—.
Intenté forzar la fusión de naturalezas demasiado rápido.
La próxima vez…
—No habrá próxima vez para ese jutsu —gruñó Kurama, levantándose y mostrando sus dientes—.
¿Viste a esos humanos?
Murieron porque querías lucirte.
Podías haberlos salvado con un simple Rasengan, pero tenías que intentar usar la “Liberación Total” para alimentar tu ego.
Kurama se dio la vuelta, caminando hacia la oscuridad.
—Me das asco, Naruto.
Pensé que habías madurado en el abismo, pero sigues siendo un niño buscando atención.
Solo que ahora tus berrinches cuestan vidas.
Naruto sintió una punzada de pánico.
Sin el chakra cooperativo de Kurama, su poder caía drásticamente.
Ya no podría usar el manto perfecto; volvería a ser un Jinchūriki estándar, poderoso, pero no invencible.
—¡Espera!
—gritó Naruto a la espalda del zorro—.
¡No puedes cortarme el suministro ahora!
¡Estamos en medio de una guerra!
Naruto corrió hacia la reja, agarrando los barrotes invisibles de su propia mente.
La desesperación se filtró en su voz, mezclada con ira.
—No éramos amigos, Kurama…
—soltó Naruto, con veneno en la voz—.
Tú me odiabas.
Yo te usaba.
Ese era el trato.
¿Por qué decides irte ahora?
¿Por qué te importa si mueren unos cuantos humanos?
¡Tú has matado a miles!
Kurama se detuvo.
Giró la cabeza lentamente, y su voz fue un susurro que heló la sangre de Naruto.
—Porque yo mataba por odio, por instinto.
Tú…
tú dejaste morir a los tuyos por vanidad.
Yo seré un monstruo, Naruto, pero tú estás empezando a ser algo peor.
El Zorro se recostó en la oscuridad total, cortando el vínculo activo.
Naruto sintió cómo su reserva de poder caía en picada.
Naruto quedó solo en el océano mental, jadeando.
Sin el chakra de Kurama, el Tenseigan no podría mantener el manto divino por mucho tiempo.
Estaba vulnerable.
Entonces, el agua bajo sus pies se elevó.
Una inmensa sombra emergió de las profundidades.
Isobu, el Sanbi, apareció.
Su único ojo miraba a Naruto con una tristeza antigua.
—Él tiene razón, Naruto —dijo la tortuga gigante con su voz suave y profunda—.
Tu corazón dudó.
Tu deseo de ser reconocido como “superior” superó tu deseo de proteger.
Naruto bajó la cabeza, esperando que Isobu también lo abandonara.
Si perdía a ambos Bijuus, la guerra estaba perdida.
Él estaba perdido.
—¿Tú también te vas?
—preguntó Naruto en un susurro—.
¿Vas a retirarme tu poder?
Isobu suspiró, un sonido que creó burbujas en el agua mental.
—No.
No puedo hacerlo.
La Tortuga se acercó, permitiendo que Naruto tocara su caparazón espinoso.
—Te debo mi libertad de la niebla de Yagura.
Y te debo una deuda de sangre por haber desestabilizado tu ser cuando llegaste a Kiri.
Me diste un propósito en el océano, y a cambio, yo te di todo lo que soy.
Isobu miró hacia la oscuridad donde se escondía Kurama.
—Kurama es fuego y orgullo.
Él no tolera la imperfección moral.
Yo soy agua y paciencia.
Me siento incómodo con lo que hiciste hoy, Naruto…
esa muerte fue innecesaria.
Pero una deuda es una deuda.
Seguiré dándote mi chakra.
Seguiré enfriando tus canales y manteniendo el Tenseigan estable.
Isobu bajó la cabeza hasta quedar a la altura de Naruto.
—Pero ten cuidado.
Ahora peleas solo con el frío.
Sin el fuego de Kurama, tu poder será eficiente, pero no tendrá alma.
No vuelvas a fallar, o ni siquiera mi lealtad podrá sostenerte.
Naruto abrió los ojos en el mundo real.
Ya era de noche.
El campamento estaba en silencio.
Intentó convocar el manto.
Esta vez, el aura dorada y cálida de Kurama no apareció.
En su lugar, una capa de chakra azul oscuro, densa y fría como el fondo del mar, lo cubrió.
Era el poder total de Isobu fusionado con el Tenseigan.
Las Gudōdama aparecieron, pero eran más pequeñas, menos inestables.
Naruto miró sus manos.
Tenía poder, sí.
Suficiente para matar a cualquiera.
Pero se sentía vacío.
Se levantó y miró hacia el norte, donde la guerra continuaba.
—Gracias, Isobu —susurró al viento.
Luego, su mirada se endureció.
No podía permitirse sentir culpa ahora.
Si Kurama quería hacer un berrinche moral, que lo hiciera.
Naruto ganaría esta guerra, con o sin el Zorro.
—No más errores —se prometió a sí mismo, dándole la espalda a las tumbas de sus aliados—.
La próxima vez, no seré un dios benevolente.
Seré simplemente eficiente.
Naruto desapareció en un destello frío, dejando atrás el calor de la humanidad para adentrarse en la noche de la guerra total.
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