What If, Naruto con byakugan - Capítulo 114
- Inicio
- Todas las novelas
- What If, Naruto con byakugan
- Capítulo 114 - 114 Capítulo 113 El frio del trono
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
114: Capítulo 113: El frio del trono 114: Capítulo 113: El frio del trono El campo de batalla ya no olía a sangre caliente; olía a ozono y a escarcha.
Naruto Uzumaki se movía a través de las líneas enemigas no como un guerrero, sino como un fenómeno meteorológico.
Sin el fuego de Kurama, su manto de chakra había mutado.
Ya no era el dorado solar que prometía esperanza; era un azul profundo, denso y abisal, alimentado por la deuda de Isobu y la gravedad del Tenseigan.
Naruto avanzaba hacia el norte, donde una nueva oleada de Zetsus Blancos y varios Edo Tensei de rango medio intentaban reorganizarse tras la caída de los Kages anteriores.
—Terminemos con esto —murmuró Naruto.
Levantó su mano derecha, ordenando mentalmente a las Gudōdama que flotaban tras él.
—¡Atacad!
¡Barred el frente!
Esperaba que las esferas negras se dispararan como balas de cañón, desintegrando la materia a nivel molecular, tal como lo habían hecho sus Rasenshuriken en el pasado.
Visualizó la destrucción: un barrido limpio que borrara al ejército enemigo en un parpadeo.
Pero las esferas no se movieron.
Permanecieron orbitando su espalda, girando con una pasividad exasperante.
Un escuadrón de Zetsus lanzó una combinación de Katon y Raiton hacia él.
En ese instante, una Gudōdama se movió por voluntad propia.
Se expandió y se aplanó frente a Naruto, creando un escudo negro perfecto.
El ataque enemigo impactó y se nulificó al instante, absorbido por la naturaleza del Yin-Yang.
—¡No os pedí que bloquearais!
—gritó Naruto, su paciencia quebrándose—.
¡Os pedí que matarais!
Naruto intentó forzar su voluntad sobre las esferas.
Intentó moldearlas en lanzas, en espadas, en proyectiles.
Pero las Gudōdama resistieron.
Se sentían pesadas, obstinadas.
Vibraban con una conciencia antigua que parecía decirle: “No”.
—Son la manifestación de la verdad, Naruto —la voz de Isobu resonó tranquila en su mente—.
La verdad es inmutable.
Estas esferas existen para preservar la divinidad del usuario, para anular lo que intenta tocarte.
Son guardianes absolutos, escudos del emperador.
—¡No necesito escudos!
—bramó Naruto, lanzando un Rasengan de Hielo con su propia mano para destruir a los atacantes—.
¡Soy invencible!
¡Necesito armas para purgar esta plaga!
Las esferas volvieron a su órbita pasiva, flotando con una indiferencia que Naruto encontró insultante.
Ellas lo protegerían de cualquier cosa, incluso de un ataque planetario, pero no levantarían un dedo para ayudarle a imponer su voluntad sobre otros.
Eran la defensa definitiva, pero carecían de colmillos.
Naruto apretó los dientes, sintiendo la ironía amarga.
Tenía el poder de un dios, pero sus propias herramientas lo juzgaban indigno de la destrucción total.
—Basura inútil —escupió, ignorando las esferas y cargando él mismo contra el enemigo, matando con la frialdad de una máquina.
Tras limpiar la zona, Naruto se detuvo un momento para recuperar el aliento.
El chakra de Isobu era eficiente, pero carecía de la regeneración explosiva de Kurama.
Se sentía cansado, y esa fatiga física abrió la puerta a la confrontación que había estado evitando.
Se sumergió en su mente.
El paisaje había cambiado.
El agua de Isobu estaba tranquila, pero el cielo mental era negro.
La jaula de Kurama, con las puertas abiertas de par en par, estaba envuelta en sombras.
—Sal —ordenó Naruto—.
Sé que estás despierto.
Necesito tu poder.
Las Gudōdama son demasiado pasivas.
Necesito tu agresividad para romper las líneas de Madara.
Desde la oscuridad, dos ojos rojos se abrieron.
No brillaban con la furia asesina de antaño.
Brillaban con una claridad lúcida y decepcionada.
Kurama salió lentamente de las sombras.
No rugió.
No intentó atacarlo.
Simplemente se sentó sobre sus patas traseras, mirando a Naruto como un padre mira a un hijo que ha cometido un error imperdonable.
—¿Poder?
—la voz del Kyūbi retumbó, grave y suave—.
Tienes el Tenseigan.
Tienes al Sanbi.
Tienes la energía natural.
Tienes las esferas de la verdad.
¿Y aún vienes a mendigarme más?
—¡Es por la guerra!
—se excusó Naruto—.
¡Si ganamos, serás libre de verdad!
¡Dejarás de ser perseguido!
Kurama soltó una risa seca, un sonido que carecía de humor.
—Te creíste suficiente, Naruto.
La frase golpeó al Uzumaki.
—¿Qué?
—Cuando rompiste el sello en el abismo…
cuando saliste volando hacia el cielo y detuviste el tsunami…
te miraste en el reflejo del agua y te gustó lo que viste.
Pensaste: “Ya no necesito a nadie.
Soy el salvador”.
Kurama bajó la cabeza, acercando su hocico a la superficie del agua.
—Y en esa arrogancia, fallaste.
Fallaste a tus soldados hoy.
Y me fallaste a mí.
Naruto sintió que la ira defensiva subía.
—¡Me estaba estabilizando!
¡Estaba aprendiendo a controlar este poder para no destruir el mundo por accidente!
¡Me tomé el tiempo necesario!
—Y mientras te estabilizabas…
ellos gritaban.
El silencio cayó como una guillotina.
Kurama levantó la mirada, y Naruto vio dolor en los ojos de la bestia.
—Matatabi.
Kokuō.
Son Gokū.
Saiken.
Chōmei.
El Zorro nombró a sus hermanos uno por uno.
—Yo los escuché, Naruto.
A través de la red de chakra que nos une.
Sentí cómo eran arrastrados, golpeados y absorbidos por la Estatua.
Sentí su miedo.
Sentí cómo pedían ayuda.
Kurama se puso de pie, y su sombra cubrió a Naruto.
—Tú estabas en tu torre en Kiri.
Bebiendo té con tu Mizukage.
Jugando a ser el rey paciente.
Pensaste que tenías tiempo.
Pensaste que tu sola existencia los disuadiría.
—Yo…
—Naruto intentó hablar, pero no tenía voz.
—No perdiste poder hoy, Naruto —sentenció Kurama, dándose la vuelta y regresando a la oscuridad—.
Perdiste legitimidad.
No eres el Niño de la Profecía que salvará a las bestias.
Eres solo otro humano con demasiado chakra y muy poco corazón.
Arréglatelas solo.
El vínculo se cerró.
Naruto fue expulsado de su propia mente.
Naruto abrió los ojos en el desierto.
El viento soplaba arena contra su rostro.
Sentía un vacío en el estómago.
Sabía que Kurama tenía razón.
Había sentido las firmas de los otros Jinchūrikis apagarse, y las había ignorado por “estrategia”.
—Bien —dijo Naruto en voz alta, su tono volviéndose gélido—.
Si he perdido el derecho a ser el héroe, seré el verdugo.
Gaara se acercó a él.
El Kazekage estaba siendo atendido por un ninja médico, pero se puso de pie al ver a Naruto.
—Naruto…
¿cuál es el plan?
Mis exploradores dicen que hay más Edo Tensei acercándose por el este.
Debemos reagruparnos y…
—Yo no me voy a reagrupar —interrumpió Naruto.
Gaara parpadeó, confundido.
—¿Qué?
Pero…
necesitamos tu defensa.
Las tropas están moralmente destruidas.
Tu presencia aquí les da esperanza.
—La esperanza no gana guerras, Gaara.
La eficiencia sí.
Naruto juntó sus manos y realizó el sello del Kage Bunshin.
Cuatro clones de sombra aparecieron.
Estaban envueltos en el manto azul de Isobu, con Gudōdama más pequeñas.
—Mis clones se quedarán aquí —dijo Naruto—.
Tienen suficiente poder para sellar a cualquier Edo Tensei que Kabuto envíe.
Limpiarán la basura.
Protegerán a los heridos.
—¿Y tú?
—preguntó Gaara, sintiendo un mal presentimiento—.
¿A dónde vas tú?
Naruto miró hacia el horizonte, hacia donde sentía la presencia malévola de la Estatua Demoníaca y el chakra de Obito.
—Voy a buscar a los Bijuus.
Voy a cortar la cabeza de la serpiente.
No voy a perder más tiempo defendiendo posiciones estratégicas.
Voy a cazar.
—Naruto, espera…
—Gaara intentó detenerlo, sintiendo que su amigo se estaba alejando hacia un lugar del que no podría volver—.
No vayas solo.
La Alianza…
—La Alianza es un lastre —dijo Naruto, y la frialdad en su voz hizo que Gaara retrocediera—.
Protege a tu gente, Kazekage.
Yo me encargo de la guerra.
Con un estallido de velocidad que rompió la barrera del sonido, Naruto desapareció, dejando atrás a sus clones, que miraban a los ninjas aliados con ojos vacíos y calculadores.
A kilómetros de distancia, en el Cuartel General de Protección de los Daimyō, Mei Terumī detuvo su marcha.
Se llevó una mano al pecho, donde solía sentir el calor reconfortante del chakra de Naruto a través del sello que él le había dejado para emergencias.
—Mizukage-sama, ¿sucede algo?
—preguntó Chōjūrō.
Mei frunció el ceño.
Intentó enviar un pulso de chakra a través del vínculo, un mensaje mental simple: “Ten cuidado”.
Pero no hubo respuesta.
O mejor dicho, lo que recibió fue un eco.
El vínculo no estaba roto, pero había cambiado.
Antes, se sentía como tocar una corriente de agua tibia o una brasa suave.
Ahora…
ahora se sentía como tocar hielo seco.
Quemaba por el frío.
Era una pared azul, densa y resbaladiza.
—Naruto…
—susurró Mei.
Sintió que la calidez humana, esa vulnerabilidad que él le había mostrado en la torre la noche antes de la guerra, se había evaporado.
Lo que quedaba al otro lado de la conexión era una entidad centrada únicamente en el objetivo, despojada de dudas y, aparentemente, de afecto.
—Se está perdiendo —dijo Mei, apretando su puño—.
El abismo lo está reclamando de nuevo.
Mientras Naruto cruzaba el continente para buscar a Obito, en el frente que acababa de abandonar, la pesadilla estaba lejos de terminar.
Los clones de Naruto estaban haciendo un trabajo eficiente, sellando a los Edo Tensei restantes con prisiones de hielo y vacío.
Los ninjas de la Alianza empezaban a relajarse, creyendo que lo peor había pasado.
Pero en lo alto de un acantilado que dominaba el desierto, Mū (el Segundo Tsuchikage), que había logrado evitar ser sellado al dividirse en el último segundo, realizó una invocación que no estaba en los planes de nadie.
Kabuto, desde su cueva, sonrió con una arrogancia suprema.
—El Jinchūriki se ha ido.
Ha dejado clones.
Grave error.
Es hora de mostrarle a la Alianza lo que es la verdadera desesperación.
Mū golpeó el suelo.
Un ataúd de madera podrida emergió.
La tapa cayó lentamente.
Una bota blindada pisó la arena.
Una armadura roja antigua, placas que recordaban a la Era de los Estados Combatientes.
Cabello negro largo y salvaje.
Y unos ojos que habían visto el nacimiento de las aldeas y planeado su destrucción.
Madara Uchiha abrió los ojos.
Miró sus propias manos, notando las grietas del Edo Tensei.
—¿Edo Tensei?
—su voz era profunda, autoritaria, cargada de disgusto—.
¿No fue el Rinne Tensei lo que acordamos?
Mū (controlado por Kabuto) se acercó.
—Hubo complicaciones.
Pero te he traído de vuelta mejor que en tu mejor momento.
Madara miró el campo de batalla.
Vio a los ninjas de la Alianza con sus bandas de “Shinobi”.
Vio a los clones de Naruto luchando a lo lejos.
—Ninjas unidos…
—Madara soltó una risa corta—.
Qué visión tan patética.
Luego, alzó la vista.
—¿Dónde está Hashirama?
—No está aquí —respondió Kabuto a través de Mū—.
Pero hay un Jinchūriki interesante.
—Ya veo —dijo Madara.
Sus ojos cambiaron.
El Sharingan giró y se transformó en el Mangekyō, y luego, en el Rinnegan.
—Bueno…
—Madara saltó del acantilado, aterrizando suavemente frente a la Cuarta División aterrorizada—.
Supongo que tendré que calentar un poco.
Naruto, a cientos de kilómetros de distancia, se detuvo en seco en medio del aire.
Sintió una perturbación.
No era solo chakra.
Era una presencia que desafiaba la historia.
Pero no se dio la vuelta.
“Tengo clones allí,” pensó Naruto, endureciendo su corazón.
“Gaara puede manejarlo con el apoyo.
Mi objetivo es Madara.” Siguió volando hacia el norte.
A sus espaldas, en el desierto, el cielo se abrió y un meteorito comenzó a caer.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com