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What If, Naruto con byakugan - Capítulo 115

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  4. Capítulo 115 - 115 Capítulo 114 El cielo se desploma
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115: Capítulo 114: El cielo se desploma 115: Capítulo 114: El cielo se desploma El desierto, que minutos antes había sido un campo de batalla caótico, se convirtió en un escenario de silencio sepulcral cuando la bota blindada de Uchiha Madara tocó la arena.

No hubo un estallido de chakra, ni un grito de guerra.

Solo la presencia gravitacional de una leyenda que había salido de los libros de historia para recordarles a los vivos por qué se le temía.

A kilómetros de distancia, Naruto Uzumaki sintió esa presencia.

Era un agujero negro en la red sensorial.

Pero su corazón, enfriado por el chakra de Isobu y endurecido por la traición de Kurama, no vaciló.

“Tengo cuatro clones allí.

Tienen el manto del Tenseigan y el poder del Sanbi.

Son suficientes para contenerlo hasta que Gaara se reagrupe.

Mi objetivo es Madara.

Mi objetivo es el Juubi.” Naruto siguió volando hacia el norte, dándole la espalda al desierto, convencido de que su eficiencia táctica era superior a cualquier amenaza del pasado.

Fue el segundo error de cálculo más grave de su vida.

En el suelo, los ninjas de la Cuarta División retrocedían instintivamente.

El miedo era un veneno que paralizaba sus músculos.

—¿Ese es…

Madara?

—susurró un chunin, temblando tanto que soltó su kunai—.

Pero…

se ve diferente a las estatuas.

Sus ojos…

Madara no miró a los ninjas.

Sus ojos, con el patrón del Rinnegan activo, escanearon el campo de batalla, deteniéndose en los cuatro clones de Naruto que flotaban en el aire, envueltos en el manto azul oscuro de Isobu y rodeados por pequeñas Gudōdama inestables.

—Clones de sombra…

—la voz de Madara era profunda, resonando como piedras moliéndose—.

Y un Jinchūriki que usa trucos baratos de gravedad y hielo.

Hashirama estaría decepcionado de esta era.

Uno de los clones de Naruto no esperó.

Se lanzó en un destello azul.

—¡Raiton: Corte de Vacío!

Madara ni siquiera levantó las manos.

Las costillas azules del Susano’o se manifestaron instantáneamente a su alrededor.

La hoja de vacío chocó contra la defensa espectral y rebotó con un chirrido metálico.

—Lento —dijo Madara.

Antes de que el clon pudiera reaccionar, Madara dio un paso adelante, atravesando la defensa del Susano’o, y agarró al clon por el cuello con su propia mano.

El Uchiha miró directamente a los ojos plateados del clon.

—Tu poder es interesante.

Una mezcla de energía natural, bestia con cola y esos ojos extraños…

—Madara apretó—.

Pero eres solo una sombra.

Careces de la sustancia del original.

Con un apretón casual, Madara inyectó su propio chakra, interrumpiendo el flujo del clon.

La copia de Naruto estalló en una nube de humo blanco.

—¡Quedan tres!

—gritó Gaara, levantando una ola de arena—.

¡Apoyen a los clones!

¡No dejen que se acerque!

La batalla comenzó.

O mejor dicho, la masacre.

Madara se movía como un bailarín de la muerte entre las filas de la Alianza.

No usaba jutsus devastadores; usaba taijutsu puro, kunais robados y una eficiencia brutal nacida en la Era de los Estados Combatientes.

Cada movimiento era una ejecución.

Los tres clones restantes de Naruto intentaron coordinarse.

Lanzaron prisiones de hielo, vórtices de viento, balas de vacío.

Madara los esquivaba con movimientos mínimos, o los bloqueaba con partes parciales del Susano’o.

—¡Katon: Gōka Mekkyaku!

(Gran Aniquilación de Fuego) Madara exhaló un muro de llamas que abarcó todo el horizonte.

Los clones de Naruto tuvieron que usar todo el poder de sus mantos para crear barreras de agua y hielo para proteger a las tropas, agotando sus reservas rápidamente.

En menos de cinco minutos, el campo estaba cubierto de cadáveres quemados y los tres clones restantes de Naruto jadeaban, sus mantos parpadeando.

Madara se detuvo sobre una duna, sin una gota de sudor en su cuerpo inmortal de Edo Tensei.

—Ya me aburrí de los juguetes —dijo, mirando al cielo gris—.

Probemos algo de mayor escala.

Madara juntó sus manos.

El Susano’o azul se formó completamente a su alrededor, un gigante de cuatro brazos que realizó tres sellos manuales en sincronía con él.

La presión atmosférica cambió violentamente.

El aire se volvió pesado, difícil de respirar.

La luz del día comenzó a desvanecerse, no por nubes, sino por una sombra colosal que se proyectaba sobre el desierto.

Los ninjas de la Alianza miraron hacia arriba.

Los gritos se ahogaron en sus gargantas.

No era un jutsu.

No era una ilusión.

Era un meteorito.

Una roca del tamaño de una montaña estaba atravesando las nubes, ardiendo con el calor de la reentrada atmosférica, descendiendo directamente sobre sus cabezas.

—¡Es…

es imposible!

—gritó Onoki, el Tsuchikage, sintiendo que sus viejas piernas cedían ante la magnitud del desastre—.

¡Este no es poder shinobi!

¡Esto es poder divino!

—¡Huid!

—gritó Gaara, aunque sabía que era inútil.

El área de impacto era de kilómetros.

Los clones restantes de Naruto miraron hacia arriba.

Sus rostros, idénticos al original, mostraron por primera vez terror puro.

Comprendieron que habían sido abandonados para enfrentar algo que superaba sus capacidades.

—¡No nos rendiremos!

—rugió Onoki.

El viejo voló hacia el cielo, hacia la roca que caía, con las manos extendidas.

—¡Doton: Chōkeijūgan no Jutsu!

(Jutsu de Roca Súper Ligera) Onoki tocó el meteorito.

Sus músculos se desgarraron, su nariz sangró.

Usó cada gota de su chakra para aligerar la masa titánica.

—¡Gaara!

¡Ahora!

Gaara levantó todo el desierto.

Miles de toneladas de arena formaron manos gigantescas que se alzaron para sostener la base del meteorito, ayudando al Tsuchikage.

Lentamente, con un esfuerzo sobrehumano que hizo temblar la tierra, la roca se detuvo a pocos cientos de metros sobre las cabezas de la Alianza.

Los ninjas vitorearon, llorando de alivio.

Lo habían logrado.

Habían detenido el apocalipsis.

Madara, observando desde su posición elevada, sonrió con una crueldad fría.

—Magnífico esfuerzo, Onoki.

De verdad, digno de un Kage.

Madara miró al cielo, justo encima de la primera roca detenida.

—Pero, ¿qué harás con el segundo?

Las nubes se abrieron de nuevo.

Un segundo meteorito, igual de grande que el primero, descendió directamente sobre él.

El sonido del impacto fue el sonido del fin del mundo.

La segunda roca golpeó a la primera, rompiendo la defensa de arena de Gaara y aplastando a Onoki entre ambas masas de piedra.

La explosión resultante no fue de fuego, sino de pura energía cinética.

La onda de choque barrió el desierto, vaporizando a los ninjas, destruyendo las formaciones rocosas, borrando el paisaje.

Los tres clones restantes de Naruto fueron desintegrados instantáneamente; su poder, dividido y sin el soporte del original, no fue nada contra la furia de los cielos.

La Cuarta División había dejado de existir.

El polvo tardó diez minutos en asentarse.

El cráter era tan grande que podía verse desde el espacio.

En el centro, Madara Uchiha se regeneraba lentamente, su cuerpo de Edo Tensei reconstruyéndose a partir de las cenizas.

—Patético —murmuró Madara, sacudiéndose el polvo inexistente—.

Ni siquiera el Jinchūriki original se molestó en aparecer.

Esta era es débil.

Entonces, una luz brilló en el borde del cráter.

El Jutsu de Teletransportación Celestial de Mabui, la asistente del Raikage, depositó a tres figuras.

La Hokage, Tsunade Senju.

El Raikage, A.

La Mizukage, Mei Terumī.

Los tres Kages observaron la devastación.

Vieron los restos de miles de sus soldados.

Vieron a Gaara, inconsciente, siendo protegido por un capullo de arena remanente, y a Onoki, apenas vivo, enterrado bajo escombros.

Y vieron que Naruto no estaba.

—¡Maldito mocoso!

—rugió el Raikage A, su aura de rayos estallando con una furia que agrietó el suelo—.

¡¿Dónde está?!

¡Se supone que esta es su guerra!

¡¿Dejó que masacraran a una división entera mientras él juega al héroe solitario?!

Tsunade apretó los puños hasta que sus nudillos se pusieron blancos.

Su sello Yin en la frente comenzó a brillar.

Sentía una mezcla de ira y una profunda decepción.

Habían confiado en que el poder de Naruto los salvaría, pero su ausencia los había condenado.

Mei Terumī no dijo nada.

Miró el cráter humeante.

Sus ojos verdes estaban opacos.

El frío que había sentido a través del vínculo se hizo realidad.

Naruto había elegido la eficiencia sobre la protección.

Había calculado que estos hombres eran prescindibles.

—El vínculo se ha enfriado —susurró Mei para sí misma—.

Ya no le importo, ya no le importamos…

—¡Curen a los heridos!

—ordenó Tsunade, activando su Byakugō—.

¡Raikage, Mizukage!

¡Prepárense!

¡Nosotros somos la última línea de defensa!

Los Cinco Kages (con Gaara y Onoki recuperándose lentamente gracias a Tsunade) se alinearon frente a Madara Uchiha.

Sabían que estaban superados.

Sabían que su “arma definitiva” los había abandonado.

Pero no tenían otra opción que pelear.

Madara los miró y sonrió de verdad por primera vez.

—Cinco Kages contra mí…

—Madara cruzó los brazos—.

Bien.

Quizás esto sea mínimamente entretenido antes de que vaya a buscar a mi verdadera presa.

Mientras el mundo ardía en el desierto, en una red de cuevas húmedas y oscuras lejos del frente, otra batalla estaba a punto de comenzar.

Kabuto Yakushi, con su piel pálida, escamas de serpiente y una capa morada, estaba sentado en el suelo, manipulando piedras en un tablero de shogi.

Sentía el chakra de Madara y la desesperación de la Alianza con una sonrisa sádica.

—Todo va según el plan —siseó Kabuto—.

Madara los mantendrá ocupados mientras yo perfecciono mi control sobre…

La entrada de la cueva explotó hacia adentro.

No fue una explosión de fuego, sino de fuerza pura.

Una figura esquelética de color púrpura intenso, un Susano’o incompleto, despejó el camino.

Dos figuras entraron en la tenue luz de la cueva.

Sasuke Uchiha lideraba el camino.

Su nuevo Mangekyō Sharingan Eterno, una estrella de seis puntas compleja, brillaba con una intensidad que parecía cortar la oscuridad.

Su chakra era frío, afilado como una navaja.

Detrás de él, Itachi Uchiha.

Sus ojos, también con el patrón eterno, reflejaban una calma mortal.

Ya no estaba enfermo.

Y a no estaba ciego.

El intercambio había funcionado.

Kabuto se puso de pie, ajustándose las gafas.

No parecía asustado; parecía fascinado.

—Vaya, vaya.

Los hermanos Uchiha.

Y parece que han estado ocupados con la cirugía ocular.

Qué reunión tan conmovedora.

—Kabuto —dijo Itachi, su voz resonando con autoridad—.

Vas a detener el Edo Tensei.

Ahora.

—¿O qué?

—se burló Kabuto, extendiendo sus brazos, de los cuales empezaron a emerger serpientes blancas—.

¿Me matarán?

Si muero, el jutsu nunca se cancelará.

Soy inmortal en este juego.

Sasuke dio un paso adelante.

Su Susano’o se manifestó más plenamente, formándose músculos y piel sobre los huesos púrpuras.

Desenvainó su espada.

—No te mataremos, Kabuto —dijo Sasuke.

Su voz tenía el peso de alguien que ha superado el odio simple y ha entrado en una nueva fase de ambición—.

Vamos a romper tu mente hasta que supliques cancelar el jutsu.

Y luego, tomaremos el control de esta guerra.

Los dos pares de ojos eternos se fijaron en el heredero de Orochimaru.

La batalla por el control de los muertos había comenzado, y los hermanos Uchiha ya no eran peones en el tablero de nadie.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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