What If, Naruto con byakugan - Capítulo 117
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- Capítulo 117 - 117 Capítulo 116 La convergencia de los condenados
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117: Capítulo 116: La convergencia de los condenados 117: Capítulo 116: La convergencia de los condenados El campo de batalla global, que se extendía por varios países, experimentó un fenómeno de silencio repentino.
Las columnas de luz de las almas ascendiendo al Mundo Puro se habían desvanecido, llevándose consigo a leyendas como Hanzō, Chiyo y los Kages anteriores.
Por un breve instante, los ochenta mil ninjas de la Alianza Shinobi —o lo que quedaba de ellos— respiraron con alivio.
Creían que la pesadilla había terminado.
Se equivocaban.
En el Cuartel General de la Alianza, en Kumogakure, el cerebro de la operación estaba al borde del colapso.
Inoichi Yamanaka tenía sangre goteando de su nariz.
El dispositivo de transmisión cerebral estaba sobrecalentado, conectado a miles de mentes simultáneamente.
A su lado, Shikaku Nara miraba el mapa estratégico.
Las fichas negras (enemigos) habían desaparecido en masa…
excepto en un punto.
Un punto rojo sangre en el norte, donde la firma de chakra era tan densa que los sensores físicos estaban estallando.
—Shikaku…
—jadeó Inoichi—.
Los reportes del escuadrón de sensores de largo alcance…
no tienen sentido.
Dicen que las firmas de chakra de los Hokages han aparecido en el frente de Naruto.
Shikaku se llevó una mano a la frente, sudando frío.
—El Edo Tensei de Kabuto se deshizo, pero alguien más tiene el control de los fundadores.
Y Madara…
Madara sigue activo en el desierto.
Shikaku golpeó la mesa.
—¡Inoichi!
¡Transmite a todas las unidades!
¡A todos los que puedan caminar, correr o arrastrarse!
¡El objetivo ha cambiado!
¡Olviden los frentes individuales!
¡Todos deben converger en las coordenadas 48-Norte!
¡Protejan a Naruto Uzumaki a toda costa!
Inoichi asintió y envió el mensaje psíquico.
“Atención, Gran Alianza Shinobi.
La guerra no ha terminado.
El enemigo ha concentrado sus fuerzas.
Uchiha Madara y el Hombre Enmascarado poseen el control de los Jinchūrikis y de los Hokages del Pasado.
Naruto Uzumaki está luchando solo contra ellos.
Repito: Está luchando solo.
Si él cae, el mundo cae.
¡Muévanse!” El mensaje resonó en los cráneos de miles de ninjas agotados.
En el Frente Costero:Hinata Hyūga se detuvo en medio de la curación de un herido.
Sus ojos blancos miraron hacia el norte.
Podía sentirlo incluso desde allí.
Un frío abisal.
—Naruto-kun…
su chakra…
se siente tan solo —susurró ella.
A su lado, Neji se ajustó la banda.
—No importa lo fuerte que sea, nadie puede pelear contra los Dioses de Shinobi y ganar.
Vamos, Hinata.
La Primera División, liderada por Darui, dio media vuelta.
Dejaron atrás los cadáveres de los Zetsus Blancos y comenzaron a correr.
En el Frente Médico:Sakura Haruno estaba operando en una tienda de campaña.
Al escuchar la voz de Inoichi, el bisturí de chakra tembló en su mano.
—¿Los Hokages?
—preguntó Shizune, pálida—.
¿El Primero y el Segundo…
contra Naruto?
Sakura terminó de suturar la herida con velocidad inhumana.
Se quitó los guantes manchados de sangre.
—Él siempre intenta cargar con todo —dijo Sakura, apretando los puños—.
Pero esta vez, la carga es la historia misma.
¡Escuadrón médico, nos movemos!
¡Llevaremos la curación al frente!
En el Flanco de Apoyo: Ino Yamanaka se detuvo en seco, dejando caer las vendas que sostenía.
Su mente, entrenada para detectar las fluctuaciones más sutiles del espíritu, captó algo que la hizo estremecerse violentamente.
Ignorando la advertencia que Naruto le dio años atrás en el muelle (“Prohíbo cualquier contacto sensorial”), Ino rozó imprudentemente la firma de chakra que venía del norte.
Lo que sintió le heló la sangre.
Ya no había el fuego furioso de Kurama, ni la calidez humana que Naruto le mostró.
Solo había un océano negro, profundo y en silencio absoluto.
—Naruto…
—susurró ella, llevándose una mano al pecho como si le faltara el aire—.
Cumpliste tu amenaza…
te has convertido en una tormenta sin puerto.
Tu chakra…
se siente tan desesperadamente solo y frío.
A su lado, Shikamaru se ajustó el chaleco táctico, mirando hacia el norte con una gravedad inusual, entendiendo sin palabras lo que su compañera estaba sintiendo.
—Ino, enfócate.
Sé que te dijo que te mantuvieras alejada, y sé que tienes miedo de lo que él es ahora.
Pero si no vamos allá, no vamos a salvar al héroe; vamos a tener que enterrar al amigo.
Shikamaru le dio un empujón suave pero firme.
—Vamos a sacarlo de ese abismo.
Andando.
La División, liderada moralmente por el Equipo 10, dio media vuelta.
Dejaron atrás la seguridad de la retaguardia y comenzaron a correr hacia el ojo del huracán, impulsados no por la orden del Cuartel General, sino por la necesidad de Ino de llegar antes de que el hielo consumiera el corazón de Naruto para siempre.
Miles de pasos hicieron temblar la tierra.
La Alianza Shinobi, rota y sangrando, se convirtió en un solo organismo que fluía hacia el norte, impulsado por el terror de perder a su último sol.
Mientras la Alianza se movía, en el cráter del desierto reinaba un silencio de tumba.
El paisaje estaba irreconocible.
Montañas habían sido cortadas, bosques habían crecido y muerto en segundos, y el suelo estaba vitrificado por el calor.
Madara Uchiha caminaba entre los escombros con la tranquilidad de un emperador paseando por su jardín.
Su armadura roja estaba intacta.
El polvo de su cuerpo inmortal ni siquiera estaba sucio.
A sus pies yacían los líderes del mundo libre.
Mei Terumī estaba inconsciente, atrapada en un genjutsu profundo, con quemaduras graves en su piel.
El Raikage A estaba boca arriba, con los ojos abiertos mirando al cielo, respirando con dificultad.
Su brazo restante estaba roto.
Gaara y Onoki estaban semienterrados en la arena, sus chakras parpadeando como velas al viento.
Y Tsunade…
La nieta de Hashirama yacía partida por la mitad.
El tronco de un árbol gigante creado por Madara había caído sobre ella, separando su torso de sus piernas.
Katsuyu, la babosa, trabajaba frenéticamente intentando mantener unidos los tejidos, usando el chakra restante del Byakugō para evitar que la Quinta Hokage muriera desangrada.
Madara se detuvo frente a Tsunade.
Ella lo miró con odio, escupiendo sangre.
—No…
has ganado…
todavía…
Madara la miró con una mezcla de lástima y aburrimiento.
—Eres fuerte, mujer.
Pero no eres Hashirama.
Nadie lo es.
Madara levantó la vista hacia el norte.
Sintió las firmas de chakra.
Sintió a Obito.
Sintió al Diez Colas empezando a gestarse en la estatua.
Y sintió a los Hokages.
—Parece que la verdadera fiesta ha comenzado en otro lado —dijo Madara.
El Susano’o azul se manifestó a su alrededor, esta vez con alas.
El gigante espectral desenvainó sus espadas y, con un solo aleteo que generó un huracán en el desierto, Madara despegó hacia el cielo.
—Disfruten de su agonía —dijo Madara mientras se alejaba volando—.
Si sobreviven, podrán ver el nuevo mundo que voy a crear.
Tsunade, con lágrimas de impotencia mezclándose con la sangre en su rostro, golpeó el suelo débilmente.
—Naruto…
perdónanos…
somos demasiado débiles…
En la cueva húmeda, lejos de la luz del sol, el destino había tomado un giro extraño.
Kabuto seguía atrapado en el bucle infinito del Izanami, de pie como una estatua grotesca.
El Edo Tensei había sido cancelado.
Las luces habían subido al cielo.
Sin embargo, dos figuras permanecían allí.
Sasuke Uchiha miró a su hermano.Itachi Uchiha —Puedo sentirlos, Itachi.
Sasuke señaló hacia el norte.
—El chakra de Madara no ha desaparecido.
Y siento…
siento el chakra del Tercer Hokage.
Tres auras aún más poderosas.
Itachi frunció el ceño.
—Si el Edo Tensei se canceló, ellos deberían haberse ido.
A menos que…
—A menos que alguien más tenga el control —terminó Sasuke—.
Alguien tomó las riendas antes de que Kabuto soltara el mando.
Sasuke envainó su espada.
Su chakra se sentía diferente ahora.
Ya no era el odio volcánico de antes.
Era un frío glacial, una determinación de acero forjada por la verdad.
—Naruto está allí.
Siento su chakra…
pero es extraño.
Se siente vacío.
Como si estuviera peleando solo por inercia.
—Naruto es el único que puede detener a Madara —dijo Itachi—.
Pero si Madara se une con el hombre enmascarado y tienen a los Hokages…
ni siquiera Naruto podrá ganar solo.
Sasuke caminó hacia la salida, la luz del día recortando su silueta.
—Konoha me quitó todo.
Pero no dejaré que Madara destruya el mundo que planeo reformar.
Y no dejaré que Naruto muera antes de que yo pueda probar que soy superior a él.
Sasuke se giró hacia Itachi.
—¿Vienes, hermano?
Itachi sonrió.
Era la primera vez que sonreía con la certeza de que pelearía junto a su hermano, no contra él.
—Proteger la aldea desde las sombras es lo que hace un Shinobi.
Pero esta vez…
creo que saldré a la luz contigo.
El Susano’o púrpura de Sasuke y el Susano’o naranja de Itachi estallaron simultáneamente, destruyendo el techo de la cueva.
Dos gigantes espectrales alzaron el vuelo, cruzando el bosque a velocidades vertiginosas.
Los hermanos Uchiha, los últimos de su clan, se dirigían al campo de batalla no para salvar a la Alianza, sino para imponer su propio orden en el caos.
En el norte, el campo de batalla ya no era tierra.
Era un paisaje lunar de cráteres, lava enfriada, bosques astillados y agua hirviendo.
Naruto Uzumaki estaba de pie, jadeando.
Su manto de chakra azul oscuro parpadeaba.
De las nueve Gudōdama, solo le quedaban tres.
Frente a él, la alineación era desesperante.
Hashirama Senju estaba sentado en posición de loto sobre un dragón de madera, acumulando energía natural.
Tobirama Senju tenía el dedo levantado, listo para teletransportarse.
Hiruzen Sarutobi giraba su bastón de adamantina.
Minato Namikaze, con la mitad de su rostro agrietado, sostenía un kunai de tres puntas.
Y detrás de ellos, Obito y los Seis Jinchūrikis transformados en bestias completas preparaban una Bijuudama combinada.
Naruto se limpió la sangre de la boca.
Estaba solo.
Kurama lo había abandonado.
Isobu estaba al límite.
—Ven —dijo Obito, su voz amplificada por la máscara—.
Únete a nosotros, Naruto.
Tu resistencia es admirable, pero la soledad te está matando.
Naruto levantó la cabeza.
Sus ojos plateados brillaron con una última reserva de voluntad.
—Prefiero morir solo que vivir en tu sueño.
En ese momento, el suelo tembló.
Por el sur, una nube de polvo masiva se acercaba.
Eran los miles de ninjas de la Alianza.
Por el cielo, dos meteoros de chakra (los Susano’o de los Uchiha) se acercaban a velocidad supersónica.
Y desde la estratosfera, Madara descendía como un cometa.
Todos los jugadores estaban a punto de reunirse en un solo punto.
El final de la historia estaba aqui.
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