What If, Naruto con byakugan - Capítulo 119
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- Capítulo 119 - 119 Capítulo 118 La tumba de la lluvia
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119: Capítulo 118: La tumba de la lluvia 119: Capítulo 118: La tumba de la lluvia El eco de la explosión que borró al Cuartel General de la Alianza aún vibraba en el aire.
Naruto estaba suspendido en el cielo, solo, rodeado por una corte de pesadillas: su padre, los fundadores de su aldea y las bestias con cola.
Pero en medio de ese vacío, una pregunta, pequeña y dolorosa, se abrió paso en su mente.
Una discrepancia en el tablero.
—He sentido morir a Shikaku…
a Inoichi…
a los Kages en el sur…
—la voz de Naruto era un susurro roto—.
Pero hay alguien que no he sentido en toda esta maldita guerra.
Naruto levantó la vista hacia Obito.
—¿Dónde está Jiraiya?
Era una pregunta lógica.
Si la Alianza estaba desplegando todo su poder, el Sannin legendario, su maestro, debería estar liderando un frente.
O al menos, Naruto debería haber sentido su chakra en Modo Sabio en algún lugar.
Pero había un silencio absoluto donde debería estar el “Ero-sennin”.
Obito, de pie sobre la cabeza de la estatua, ladeó la cabeza.
Su Sharingan brilló con una malicia que atravesó la máscara.
—Ah…
Jiraiya el Galante —dijo Obito, como quien recuerda un detalle trivial—.
Es cierto.
Nunca te lo dijeron en Kirigakure, ¿verdad?
La Niebla es excelente para ocultar secretos, pero a veces oculta las tragedias propias.
—¿De qué hablas?
—Naruto apretó los puños.
Su corazón empezó a latir con un ritmo irregular.
—Cuando desertaste y te fuiste con la Mizukage…
Jiraiya se culpó a sí mismo —explicó Obito con calma cruel—.
Creyó que te había fallado.
Así que, para compensar su error y protegerte desde las sombras, decidió infiltrarse solo en la Aldea de la Lluvia para investigar al líder de Akatsuki.
Naruto dejó de respirar.
—No…
—Fue valiente.
Casi derrota a mis Caminos del Dolor —continuó Obito—.
Pero yo no podía permitir que saliera con información.
Así que fui personalmente.
Obito hizo un gesto de atravesar algo con la mano.
—No fue una pelea gloriosa, Naruto.
Estaba cansado, herido y preocupado por ti.
Lo atravesé por la espalda y lo arrojé al mar oscuro de Amegakure.
No tiene tumba.
No tiene cuerpo.
Los cangrejos se comieron al hombre que te enseñó todo lo que sabes.
El mundo de Naruto se detuvo.
En Kiri, Mei había filtrado cierta información para que Naruto se concentrara en su recuperación.
O quizás, la red de espionaje de Kiri simplemente nunca lo supo.
Jiraiya había muerto solo, en la lluvia, pensando en el alumno que lo había abandonado.
—Ero-sennin…
—Las lágrimas no salieron.
El calor se evaporó.
Solo quedó un frío absoluto.
Antes de que Naruto pudiera procesar el duelo, una sombra cayó desde el cielo.
Con un estruendo sónico, Madara Uchiha aterrizó junto a Obito.
Su armadura estaba intacta, su abanico Gunbai en la mano y sus ojos Rinnegan brillando con poder ilimitado.
—Llegas tarde, Madara —dijo Obito.
—Me entretuve limpiando la basura de los Cinco Kages —respondió Madara con indiferencia, mirando a Naruto—.
Así que este es el Jinchūriki rebelde.
Se ve…
inestable.
Ahora estaban todos.
El escenario final estaba montado.
Frente a Naruto se alineaban doce entidades de poder absoluto: Madara Uchiha (Inmortal, Rinnegan, Mokuton).
Obito Uchiha (Rinnegan, Kamui, Jinchūriki en potencia).
Hashirama Senju (Dios Shinobi).
Tobirama Senju (Velocidad, Suiton).
Hiruzen Sarutobi (Maestro de los 5 elementos).
Minato Namikaze (Relámpago Amarillo).
Yugito Nii (Matatabi – Fuego Azul).
Roshi (Son Gokū – Lava).
Han (Kokuō – Vapor).
Utakata (Saiken – Ácido).
Fuu (Chōmei – Polvo).
Killer Bee (Hachibi – Tinta y Rayo).
Naruto posó su mirada en la última figura.
Un hombre corpulento de piel oscura, gafas de sol rotas y una postura extraña, cargando siete espadas en la espalda.
No lo había visto en su vida, pero la inmensa cantidad de chakra que emanaba, similar a la de Kurama , delataba su identidad al instante.
—Así que ese es el Ocho Colas…
—dijo Naruto con frialdad, sin ninguna emoción en su voz, analizando al desconocido como una simple variable táctica más.
—Killer Bee —presentó Obito, disfrutando de la ignorancia de Naruto hacia la tragedia personal del hombre—.
El hermano del Raikage.
Una captura reciente y excelente.
Ya que tú tienes al Tres Colas, él llena el vacío en mi colección.
Ahora tengo siete bestias listas para usar.
Naruto apretó el mango de su espada invisible por un segundo.
No sentía pena por el extraño; en la guerra, los desconocidos son solo estadísticas.
—Para mí solo es otra batería que tengo que destruir —sentenció Naruto—.
Siete o doce, el resultado será el mismo.
Naruto bajó la cabeza.
El manto azul oscuro de Isobu comenzó a hervir, cambiando de tono.
El chakra se volvió denso, casi negro.
—Mataste a mis padres —susurró Naruto, su voz vibrando con la frecuencia de un terremoto—.
Mataste a mi maestro.
Mataste a mis estrategas.
Y ahora traes a los muertos para burlarte de mí.
Naruto llevó su mano a su espalda.
Allí, envainada en un sello de almacenamiento especial que Mei Terumī le había entregado antes de partir, descansaba el arma definitiva de Kiri.
Una espada forjada con el acero de las siete espadas legendarias fundidas, templada en la lava de la Mizukage y enfriada en la fosa abisal.
—Invocación: Espada del Abismo (Shin’en no Ken).
Una hoja negra, larga, recta y sin guardia, apareció en su mano.
Al empuñarla, el chakra de Naruto reaccionó violentamente.
El aire alrededor de la hoja se congeló y ardió simultáneamente.
No era una espada para duelos; era un catalizador de desastres.
Naruto levantó la vista.
Sus ojos ya no eran humanos.
Eran los ojos de una bestia acorralada que ha decidido morder la yugular de dios.
—Vengan.
La batalla estalló no con un jutsu, sino con una colisión de doce vectores.
Minato y Tobirama atacaron primero, la velocidad pura de los velocistas de Konoha.
Naruto giró sobre su eje, leyendo las distorsiones espaciales con el Tenseigan.
—¡Fūton: Vacío Giratorio!
Una cúpula de viento comprimido repelió a los dos Hokages, desviando sus kunais milimétricamente.
Hashirama juntó sus manos e invocó un bosque entero para aplastarlo.
Las raíces gigantescas buscaban beber su chakra.
Naruto canalizó poder a través de la espada negra.
Gracias a su convivencia con Mei, había dominado su naturaleza.
—¡Yōton: Río del Infierno!
(Elemento Lava) Un torrente de magma viscoso salió del filo de la espada, derritiendo el Mokuton de Hashirama en segundos, convirtiendo la madera divina en cenizas flotantes.
Han (Cinco Colas) cargó con su armadura de vapor, intentando embestirlo.
Naruto cambió el flujo de chakra en sus pulmones.
—¡Futton: Niebla Corrosiva!
(Elemento Vapor) Naruto exhaló una nube de ácido de alta presión que chocó contra el vapor de Han.
La acidez de Naruto era superior; neutralizó la carga y derritió parte de la armadura del Jinchūriki, obligándolo a retroceder.
Madara lanzó un Dragón de Rayo.
Hiruzen lanzó un Dragón de Tierra.
Naruto levantó la mano izquierda, sin soltar la espada.
—¡Hyōton: Espejo del Cero Absoluto!
Una pared de hielo negro se alzó desde el suelo.
El rayo y la tierra impactaron y se congelaron al contacto, cayendo como granizo inofensivo.
Entonces, Killer Bee se movió.
El cuerpo reanimado del Jinchūriki del Ocho Colas se lanzó en un giro letal con siete espadas imbuidas en Raiton, usando su famoso estilo de combate impredecible.
Naruto bloqueó tres espadas con la suya y esquivó las otras cuatro usando la repulsión gravitatoria del Tenseigan.
—Perdóname—murmuró Naruto.
Naruto canalizó Raiton puro en su propia hoja, superando la frecuencia de Bee.
—¡Raiton: Corte de la Guillotina!
Con un tajo ascendente, Naruto rompió las espadas de Bee y lo mandó a volar con una descarga eléctrica que paralizó temporalmente el control de Obito sobre el cadáver.
—¡Es rápido!
—gritó Hiruzen, sorprendido—.
¡Está usando Kekkei Genkai múltiples!
¡Lava, Vapor, Hielo!
—¡Aprendió de la Mizukage y asimiló las naturalezas de las Bestias a través de su conexión!
—analizó Tobirama, teletransportándose para intentar cortarle los tendones desde atrás.
Naruto bloqueó el kunai de Tobirama con el mango de su espada sin mirar, y al mismo tiempo, lanzó una patada cargada de energía natural que mandó al Segundo Hokage a estrellarse contra las rocas.
—¡Muere!
—rugió Roshi, lanzando meteoritos de lava fundida.
Naruto se movió entre los doce enemigos como un fantasma de violencia pura.
Usaba Suiton para ahogar las llamas azules de Yugito.
Usaba Raiton para perforar la defensa de burbujas de Utakata.
Usaba Gravedad para desviar los ataques intangibles de Obito.
Era una exhibición de maestría elemental que ningún humano había logrado jamás.
Naruto estaba peleando contra doce leyendas y, por pura furia y poder bruto, los estaba manteniendo a raya.
Pero eran doce.
Y eran inmortales.
El desgaste comenzó a notarse.
Mientras Naruto decapitaba a un clon de madera de Hashirama, Madara aprovechó la apertura infinitesimal.
—Limbo: Hengoku.
Una sombra invisible, detectable solo por el Rinnegan (o el Tenseigan si estaba enfocado), golpeó a Naruto en las costillas.
El golpe fue devastador.
Naruto salió disparado, escupiendo sangre, y se estrelló contra el suelo, creando un cráter.
Antes de que pudiera levantarse, Minato apareció encima de él.
Su rostro mostraba dolor, pero su cuerpo estaba obligado a matar.
—¡Rasengan!
Naruto rodó, esquivando el ataque de su padre por milímetros, el Rasengan pulverizó el suelo donde estaba su cabeza.
Pero al levantarse, una estaca negra de Obito le atravesó el hombro izquierdo, clavándolo momentáneamente al suelo.
—¡AGH!
—Naruto gritó, liberando una onda de choque omnidireccional (Shinra Tensei) para sacárselos de encima.
Se puso de pie, jadeando pesadamente.
La sangre le bajaba por el brazo inutilizado.
Sostenía la espada negra con la mano derecha, y las pocas Gudōdama que le quedaban giraban erráticamente.
Estaba rodeado.
Los doce enemigos lo miraban desde las alturas, ilesos, regenerándose.
—Estás solo, Naruto —dijo Obito, su voz resonando como un juez—.
Jiraiya está muerto y olvidado.
Tus padre es mi marionetas.
Tu aldea te teme.
Y tu poder tiene un límite.
Ríndete y entrégame al Sanbi y al Kyūbi.
Naruto escupió sangre negra en la tierra.
Miró al cielo gris, buscando alguna señal, algún milagro.
Pero no había nada.
Solo él y su espada.
—Aún no…
—gruñó Naruto, arrancándose la estaca del hombro con un tirón brutal—.
Mientras tenga sangre en el cuerpo…
nadie me pondrá cadenas.
Levantó la espada una vez más, listo para morir matando.
Pero en el horizonte, el aire cambió.
Dos destellos de luz —uno púrpura intenso y otro naranja espectral— se acercaban a velocidad supersónica, cortando las nubes.
Y detrás de ellos, el rugido desesperado de miles de ninjas de la Alianza que se negaban a dejar morir a su esperanza.
La soledad de Naruto estaba a punto de ser interrumpida.
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