What If, Naruto con byakugan - Capítulo 120
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- Capítulo 120 - 120 Capítulo 119 La mascara rota y la madre de las cadenas
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120: Capítulo 119: La mascara rota y la madre de las cadenas 120: Capítulo 119: La mascara rota y la madre de las cadenas El cielo sobre el País del Rayo se había convertido en un vórtice de energías caóticas.
Naruto Uzumaki, solo en el ojo de la tormenta, realizaba una danza macabra contra los fantasmas más poderosos de la historia.
Su Espada del Abismo era un borrón negro.
Bloqueaba el Mokuton de Hashirama con cortes de magma.
Desviaba la velocidad de Minato y Tobirama con repulsiones gravitatorias.
Congelaba el vapor de Han y el ácido de Utakata.
Era una demostración de resistencia que desafiaba la lógica.
Naruto no estaba ganando, pero se negaba a caer.
Sobre la cabeza de la Estatua Demoníaca, Madara Uchiha cruzó los brazos, observando el espectáculo con un interés renovado.
A su lado, el Enmascarado (Obito) permanecía inmóvil, como un juez esperando dictar sentencia.
—Es impresionante —admitió Madara, su voz grave cortando el ruido de la batalla—.
Un simple mocoso manteniendo a raya a los Hokages y a los Jinchūrikis.
Su chakra es extraño.
No es solo el Kyūbi.
Es frío, denso…
y esos ojos.
¿Qué es él exactamente?
Obito miró a Naruto, viendo cómo el chico escupía sangre pero seguía blandiendo su espada rota.
—Es el error de Konoha, Madara.
Danzō intentó convertirlo en un arma sin emociones.
La aldea lo aisló.
Y cuando intentaron desecharlo, huyó a la Niebla.
Obito señaló el manto azul oscuro que cubría a Naruto.
—Allí, en el abismo de Kirigakure, rompió sus límites humanos.
Ese no es el Naruto que esperabas.
Es un monstruo creado por la traición y templado en el rencor.
No lucha por la “Voluntad de Fuego”.
Lucha porque no sabe hacer otra cosa.
Madara asintió lentamente, una sonrisa depredadora formándose en sus labios.
—Ya veo.
Un demonio nacido de nuestra propia negligencia.
Dejé de subestimarlo.
Ya no es un niño; es una catástrofe que debe ser purgada.
En ese momento, el suelo tembló.
No fue por un jutsu, sino por miles de pies.
Desde el sur, una ola masiva de ninjas apareció en el horizonte.
La Gran Alianza Shinobi, liderada por los remanentes de las divisiones y los Hermanos Uchiha (Sasuke e Itachi) que ya habían llegado a la vanguardia, irrumpió en el campo de batalla.
—¡PROTEGAN A NARUTO!
—gritó un capitán de Kumo.
—¡NO DEJEN QUE PELEE SOLO!
—rugió un ninja de Iwagakure.
Kakashi Hatake y Maito Gai corrían al frente, seguidos por miles.
Sasuke activó su Susano’o Perfecto para atacar a Madara, mientras Itachi usaba el Espejo de Yata para cubrir el flanco de Naruto.
Por un segundo, pareció la escena clásica de una leyenda: el héroe, rodeado por sus aliados, listo para dar la vuelta a la batalla.
Naruto, jadeando en el centro de la formación aliada, bajó la guardia un milímetro al ver llegar a los refuerzos.
—Llegaron…
—susurró, sintiendo una punzada de alivio.
Fue su error final.
Obito, desde la altura de la estatua, vio la esperanza en los ojos de la Alianza.
Y decidió aplastarla.
—La esperanza es el preludio de la desesperación.
Obito realizó una secuencia de sellos manuales y golpeó la cabeza del Gedō Mazō.
La estatua rugió.
De su boca salieron cadenas de chakra espectral, oxidadas y violetas, que se movían como serpientes vivas.
Ignoraron a todos y fueron directo a Naruto.
—¡Cuidado!
—gritó Kakashi.
Las cadenas se clavaron en el estómago de Naruto, enganchándose a su sello.
Naruto soltó un grito que heló la sangre de todos.
—¡El sello!
—gritó Isobu en su mente—.
¡Es la Estatua!
¡Me está succionando!
Obito saltó desde la estatua, usando el Kamui para aparecer justo frente a Naruto mientras las cadenas tiraban.
Quería asegurarse de que la extracción fuera limpia.
—Tu tiempo terminó, Jinchūriki —dijo Obito, extendiendo la mano para tocar la frente de Naruto y paralizarlo.
Pero Naruto, con los ojos inyectados en sangre y el Sanbi siendo arrancado de su ser, tuvo un último destello de furia pura.
—¡Aún no!
—rugió.
Naruto soltó su espada y, aprovechando que Obito se había materializado para tocarlo, canalizó todo el chakra restante del Tenseigan en su frente.
Naruto lanzó un cabezazo brutal, reforzado con gravedad, directo al rostro del Enmascarado.
¡CRACK!
El sonido de la porcelana rompiéndose resonó en todo el campo.
La máscara estalló en mil pedazos, cayendo al suelo.
El tiempo pareció detenerse.
Obito retrocedió un paso por el impacto, con la mitad de la cara sangrando.
Levantó la vista.
Y el mundo vio el rostro del hombre que había orquestado el fin de los tiempos.
La mitad derecha de su cara estaba aplastada y cicatrizada, arrugada como papel viejo.
La otra mitad era el rostro de un fantasma que Konoha había enterrado hacía décadas.
Kakashi Hatake, que acababa de llegar a la primera línea, dejó caer su kunai.
Su ojo visible tembló incontrolablemente.
—O…
Obito…
—susurró Kakashi, con la voz rota—.
¿Eres tú?
Minato Namikaze (Edo Tensei), luchando contra el control mental, miró el rostro de su antiguo alumno.
Una lágrima negra cayó por su mejilla agrietada.
—Obito…
¿por qué?
Obito Uchiha, ahora expuesto, se limpió la sangre de la nariz.
Miró a Kakashi, a Minato y a la Alianza con una indiferencia gélida.
—Ese nombre no significa nada para mí.
Soy nadie.
Naruto, aunque había logrado desenmascararlo, había perdido su oportunidad de escapar.
El cabezazo fue su último acto de resistencia.
Obito, sin inmutarse por su identidad revelada, tiró de las cadenas con fuerza.
—Te lo dije.
Es inútil.
—¡ISOBU!
—gritó Naruto, extendiendo la mano hacia el vacío.
—Vive, Naruto…
—la voz de la tortuga se desvaneció.
Con un sonido húmedo y desgarrador, una masa gigantesca de chakra azul fue arrancada del cuerpo de Naruto.
La forma etérea del Sanbi (Tres Colas) fue succionada por la boca de la Estatua Demoníaca.
El manto azul oscuro desapareció.
Las Gudōdama se desintegraron.
El Tenseigan parpadeó y se desactivó.
Naruto cayó de rodillas y luego de cara al barro.
Su cuerpo convulsionaba.
Aunque Kurama seguía dentro de él (lo que evitaba su muerte inmediata), el shock de la extracción forzada y la pérdida de la mitad de su fuente de poder lo dejaron en un coma instantáneo.
—¡NARUTO!
—el grito de Sakura y Kakashi se unió en una sola voz de pánico.
La Alianza estaba en shock.
Habían descubierto la identidad del enemigo, pero habían perdido a su campeón en el mismo minuto.
Obito miró el cuerpo inconsciente de Naruto con desprecio.
—Sin el Sanbi, no es más que un Jinchūriki ordinario.
Y pronto, ni siquiera eso.
Madara aterrizó junto a Obito.
—¿Lo matamos?
—No —dijo Obito, mirando a Kakashi y a Minato con una mueca retorcida—.
Quiero romperlos a todos.
Quiero que vean que su esperanza es veneno.
Y para romper a este chico cuando despierte…
necesito una herramienta especial.
Obito miró a Orochimaru (controlado), que estaba agazapado cerca.
—Orochimaru.
Trae a la última pieza.
Quiero que Naruto despierte en su propio infierno personal.
Orochimaru golpeó el suelo.
¡Invocación: Edo Tensei!
Un ataúd solitario surgió de la tierra, justo frente a Minato y Kakashi.
La tapa cayó.
Del ataúd salió una mujer de cabello rojo largo y brillante que ondeaba como fuego.
Llevaba el vestido verde que usó el día de su muerte, manchado de sangre seca.
Kushina Uzumaki.
—¿Dónde…
dónde estoy?
—preguntó Kushina, confundida.
Vio a Minato (con ojos de Edo Tensei) y sus ojos se llenaron de lágrimas.
—¿Minato?
¿Estamos…
muertos?
Minato, luchando contra el control absoluto, gritó con desesperación.
—¡OBITO!
¡BASTA!
¡A MÍ ÚSAME, PERO A ELLA NO!
Obito incrustó un talismán en la nuca de Kushina antes de que pudiera correr a abrazar a su esposo.
Su expresión de amor se borró, reemplazada por una máscara asesina en blanco.
—El Jinchūriki del Kyūbi original contra el actual —dijo Obito—.
Naruto despertará y verá que las cadenas que lo atan no son las mías.
Serán las de su propia madre.
De la espalda de Kushina brotaron las Cadenas de Diamantina (Kongō Fūsa), doradas y letales, listas para capturar al Kyūbi dentro de su hijo inconsciente.
La Alianza retrocedió, horrorizada.
Obito Uchiha no solo había traicionado a su aldea; había profanado la familia más sagrada de Konoha para asegurar su victoria.
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