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What If, Naruto con byakugan - Capítulo 121

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  4. Capítulo 121 - 121 Capítulo 120 El silencio sepulcral y la jaula dorada
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121: Capítulo 120: El silencio sepulcral y la jaula dorada 121: Capítulo 120: El silencio sepulcral y la jaula dorada El mundo exterior rugía con el caos de la guerra, pero para Naruto Uzumaki, el universo se había reducido a una habitación oscura, seca y terriblemente silenciosa.

Su consciencia flotaba en su paisaje mental, pero ya no había océano.

El agua infinita que Isobu había traído consigo, ese mar interior que enfriaba su ira y estabilizaba su chakra, se había evaporado en el instante de la extracción.

Ya no se escuchaba el suave romper de las olas contra las paredes de la mente.

Solo había un vacío estático, un silencio sepulcral que lastimaba los oídos.

Naruto estaba acostado sobre el suelo de piedra húmeda de la cueva, mirando hacia la oscuridad donde antes brillaba un sol cian.

—¿Por qué?

—preguntó Naruto al vacío.

Su voz sonó pequeña, infantil, despojada de toda divinidad—.

Tenía el Tenseigan al 100%.

Lo sentía.

Tenía la energía natural.

¿Por qué no pude activarlo como en el oceano?

¿Por qué falló en el desierto?

¿Por qué me rompí tan fácil?

Desde las sombras de la jaula abierta, Kurama observaba a su carcelero.

El gran Zorro no estaba en posición de ataque ni de burla.

Estaba agazapado, con las orejas bajas, sintiendo por primera vez en siglos un escalofrío que no era de frío, sino de incertidumbre.

—Porque eras un puente, Naruto —respondió Kurama, su voz grave resonando sin eco—.

El poder que usaste en el fondo del mar…

esa “Liberación Total”…

requieria un equilibrio perfecto.

Mi fuego Yang y el agua Yin de la Tortuga.

Éramos los dos polos que mantenían estable la gravedad de tus ojos.

Kurama se acercó un paso, saliendo a la tenue luz.

—Sin Isobu, tu reactor no tiene refrigerante.

Intentaste forzar el modo divino solo con mi poder y tu cuerpo colapsó.

Y ahora…

ahora que él no está…

—Ahora soy humano —terminó Naruto, mirando sus manos transparentes en el plano mental—.

Me siento…

frágil.

Por primera vez desde que salió de Kirigakure, Naruto sintió miedo.

No miedo a morir, sino el miedo primario de estar desnudo ante una tormenta.

El escudo de invencibilidad, la certeza de que era superior a todos, se había roto junto con la máscara de Obito.

Kurama asintió, compartiendo el sentimiento.

—Nada es seguro ya, cachorro.

Nos han acorralado.

Si te capturan ahora, yo iré a la estatua.

Y tú…

tú desaparecerás.

Ambos, bestia y humano, se quedaron en silencio en la oscuridad, comprendiendo que el juego de ser dioses había terminado.

Ahora solo quedaba la lucha sucia por la supervivencia.

En el mundo físico, el cuerpo de Naruto yacía inerte en el barro, rodeado por los cráteres de la batalla.

La Alianza Shinobi estaba paralizada por el terror de ver a Kushina Uzumaki y a los Kages controlados.

Pero hubo una persona que se movió antes que el miedo pudiera congelarla.

Ino Yamanaka.

Desde su posición en la vanguardia, vio caer a Naruto.

Sintió, a través de su percepción sensorial hiperactiva, cómo la luz del alma de Naruto parpadeaba peligrosamente, como una vela en un huracán.

—¡Naruto!

—gritó Ino.

Ignorando las órdenes de Shikamaru, Ino rompió la formación.

Corrió hacia el cuerpo caído, impulsada por una mezcla de deber y una conexión emocional que había nacido del rechazo y la empatía.

—¡Tengo que conectarlo!

—pensó Ino, sacando un sello médico—.

¡Si transfiero mi chakra Yin, puedo estabilizar su mente antes de que entre en shock irreversible!

Ino llegó a diez metros de Naruto.

Extendió la mano.

—¡Resiste!

Pero el aire frente a ella brilló con un color dorado letal.

Kushina Uzumaki, con el rostro inexpresivo y lágrimas negras cayendo de sus ojos de Edo Tensei, levantó una mano.

¡CLANG!

Una cadena de chakra dorada surgió de su espalda, moviéndose más rápido que un látigo.

Golpeó el suelo justo frente a Ino, creando una onda de choque que lanzó a la rubia de Konoha hacia atrás violentamente.

—¡AAHH!

—Ino rodó por el suelo, tosiendo polvo.

Kushina no habló.

Su cuerpo se movió solo, colocándose entre Ino y Naruto.

Más cadenas brotaron de su espalda, formando una cúpula impenetrable alrededor del cuerpo inconsciente de su hijo.

No era una cúpula de protección; era una jaula para asegurar que nadie pudiera robar la presa de Obito.

Minato, que estaba a unos metros luchando contra sus propios músculos, gritó con voz desgarrada.

—¡Kushina, no!

¡Déjala pasar!

¡Es una aliada!

Pero la voluntad de Obito era absoluta.

Las cadenas de Kushina vibraban con una intención asesina.

Si Ino daba un paso más, sería empalada.

Ino, desde el suelo, miró con horror la escena.

La madre de Naruto, la mujer que le dio la vida, estaba siendo usada como el perro guardián que impediría su salvación.

Obito Uchiha, con el rostro deformado expuesto al viento, observó cómo la Alianza comenzaba a salir de su estupor y se preparaba para cargar en masa.

Eran miles contra sus pocas piezas de élite.

—La cantidad es una molestia —murmuró Obito—.

Y el punto débil de mi ejército inmortal es el invocador.

Sus ojos se posaron en Orochimaru.

El Sannin estaba agazapado, manteniendo los sellos que controlaban a los Hokages y a Kushina.

Si la Alianza lograba matar o sellar a Orochimaru (quien estaba en un cuerpo mortal, aunque modificado), todo el ejército de Edo Tensei desaparecería.

—No puedo arriesgar al Rey —decidió Obito.

Obito activó su Mangekyō Sharingan.

El espacio alrededor de Orochimaru comenzó a distorsionarse en un remolino.

—¡Kamui!

Orochimaru fue succionado hacia la dimensión de bolsillo de Obito.

Ahora, el invocador estaba en un lugar inaccesible para la Alianza.

Nadie podía detener el Edo Tensei atacando al usuario.

La única forma de detener a los Hokages y a los Jinchūrikis era sellándolos uno por uno en combate físico.

Madara, viendo la jugada táctica, sonrió.

—Astuto.

Has eliminado su condición de victoria fácil.

Ahora tendrán que pasar por encima de nuestros cadáveres…

si es que pueden matarnos.

Obito caminó hasta quedar al lado de Madara.

Detrás de ellos se alinearon las once figuras restantes: Los 4 Hokages (Hashirama, Tobirama, Hiruzen, Minato).

Los 6 Jinchūrikis (Yugito, Roshi, Han, Utakata, Fuu, Bee).

Y Kushina Uzumaki, custodiando a Naruto.

En total, 13 guerreros de leyenda.

Frente a ellos, lo que quedaba de ochenta mil ninjas de las cinco naciones, liderados por Kakashi, Gai, Sasuke, Itachi, Gaara.

El viento sopló, llevando el olor a ozono y desesperación.

—Comienza la Segunda Fase —anunció Obito, su voz resonando sin máscara, fría y humana—.

No habrá prisioneros.

Mátenlos a todos hasta que el chico despierte y vea un mundo vacío.

Sasuke Uchiha dio un paso al frente, su Susano’o Perfecto desenvainando la espada.

—Cúbreme, Itachi.

Voy a cortar esa estatua.

La Alianza rugió, no con esperanza, sino con la furia de los que no tienen nada que perder.

La carga final comenzó.

Una ola de carne y acero contra trece muros de poder divino.

Y en el centro de todo, dentro de la cúpula dorada de su madre, Naruto dormía el sueño de los caídos, sintiéndose más humano y más solo que nunca.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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