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What If, Naruto con byakugan - Capítulo 51

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  4. Capítulo 51 - 51 Capítulo 50 El apocalipsis de la voluntad de fuego
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51: Capítulo 50: El apocalipsis de la voluntad de fuego 51: Capítulo 50: El apocalipsis de la voluntad de fuego El bosque de Konoha, un lugar habitualmente lleno de vida y el murmullo de las hojas.

Se había convertido en el epicentro de una colisión que desafiaba la lógica humana.

El aire pesaba, cargado de una presión espiritual tan densa que los pájaros caían muertos de las ramas y los árboles se combaban como si una mano invisible los aplastara contra el suelo.

Mientras en los lindes del bosque el destino del mundo parecía decidirse, el corazón de Konoha latía en un ritmo de sangre y ceniza.

Los ninjas del Sonido y la Arena habían penetrado hasta las zonas residenciales, y el sonido de las katanas chocando era la única banda sonora de una mañana que debió ser de paz.

Kakashi Hatake aterrizó sobre un tejado, con su chaleco táctico manchado de sangre enemiga.

A su lado, Maito Guy mantenía una postura de combate perfecta, aunque su respiración era más pesada de lo habitual.

Habían despachado a más de veinte invasores en menos de diez minutos, pero la marea no parecía detenerse.

—¡Kakashi, el sector este está colapsando!

—gritó Guy, lanzando un puñetazo al aire que generó una onda de choque, derribando a dos ninjas que intentaban flanquearlos—.

¡Esos ataques de viento en el horizonte…

es el Ichibi!

¡Si Naruto no lo detiene, la onda expansiva desintegrará el estadio!

Kakashi miró hacia el bosque.

Sus dedos se apretaron contra su kunai.

—Naruto no está solo…

pero el chakra que siento emanar de allí…

no es el de un niño de doce años.

Es la malicia del Kyubi.

Guy, confío en que los muchachos lleguen a tiempo.

Si no logran ayudar a Naruto a mantener su cordura, lo que regrese de ese bosque podría ser peor que la invasión.

En las calles inferiores, los Genin hacían lo imposible.

Sakura Haruno lideraba a un grupo de civiles hacia los refugios subterráneos, mientras Asuma Sarutobi cubría su retirada, sus cuchillas de chakra brillando con una luz cian letal.

La aldea estaba herida, pero su voluntad, la mítica Voluntad de Fuego, ardía con más fuerza en medio de la oscuridad.

En lo alto de la torre del Hokage, dentro de la Formación de los Cuatro Fuegos Violetas, el tiempo se había fracturado.

La barrera aislaba el sonido del mundo exterior, creando un silencio sepulcral solo interrumpido por el crepitar de las llamas púrpuras.

Hiruzen Sarutobi, el Tercer Hokage, se encontraba frente a su antiguo alumno.

Dentro, el aire pesaba a muerte.

Hiruzen Sarutobi, el Tercer Hokage, miraba los ojos dorados de su antiguo alumno, sabiendo que esta sería su última lección.

—Te enseñé todo, Orochimaru —dijo Hiruzen, despojándose de su túnica y quedando en su armadura de batalla—.

Excepto cómo morir con honor.

Orochimaru rió, una sonido húmedo y cruel.

—El honor es para los tontos que mueren jóvenes, Sensei.

Yo elijo la eternidad.

El Sannin juntó las manos y golpeó el suelo.

—¡Kuchiyose: Edo Tensei!

(Invocación: Resurrección del Mundo Impuro).

Dos ataúdes con los kanjis de “Primero” y “Segundo” emergieron del concreto.

Un tercero intentó salir, pero Hiruzen, con reflejos desesperados, lanzó shurikens para suprimirlo.

“Si el Cuarto hubiera salido…

habría sido el fin”, pensó con sudor frío.

Las tapas cayeron.

Hashirama y Tobirama Senju, leyendas de Konoha, caminaron hacia él con la piel agrietada y ojos sin vida.

Orochimaru les implantó los kunais con sellos, borrando sus personalidades y convirtiéndolos en máquinas de matar.

—¡Mokuton: Jukai Kōtan!

(Elemento Madera: Nacimiento de un Mundo de Árboles) —ordenó Hashirama.

La vegetación estalló desde las tejas, raíces titánicas buscando aplastar al anciano.

Tobirama complementó el caos lanzando dragones de agua sin fuente alguna.

Hiruzen invocó a Enma, el Rey Mono, quien se transformó en el Bastón de Diamante.

El “Profesor” bailaba entre la madera y el agua, destruyendo ramas y desviando torrentes, pero la realidad era cruel: él envejecía con cada segundo, mientras que los muertos se regeneraban infinitamente.

Al ver que la victoria convencional era imposible, Hiruzen tomó la decisión final.

Creó dos clones de sombra y juntó las manos en el sello que el Cuarto Hokage usó una vez.

—¡Fūinjutsu: Shiki Fūjin!

(Sello Consumidor del Demonio de la Muerte).

El ambiente se heló.

Detrás de Hiruzen apareció el Shinigami, una visión espectral con un rosario y una daga en la boca.

Los clones se lanzaron suicidamente contra los Hokages reanimados, y el Shinigami arrancó sus almas, sellándolas para siempre en el estómago de Hiruzen.

Solo quedaba Orochimaru.

El original se abalanzó contra su alumno.

Orochimaru, sintiendo el terror puro de la muerte, llamó telepáticamente a su espada Kusanagi.

La hoja atravesó el pecho de Hiruzen por la espalda, pero el viejo mono no se detuvo.

Aferró el cuello de Orochimaru.

La mano espectral del Shinigami entró en el cuerpo del Sannin, buscando su alma.

—¡Maldito viejo!

—gritó Orochimaru, sintiendo cómo su esencia era arrancada.

Hiruzen tiró con todas sus fuerzas, pero la vejez y la herida de la espada le cobraban factura.

Su visión se nublaba.

“No tengo fuerza para llevarme toda su alma…” pensó con amargura.

Miró los brazos de Orochimaru.

Esos brazos que habían tejido tantos jutsus prohibidos, que habían profanado tantas tumbas.

—¡Si no puedo matarte, te quitaré tu orgullo!

¡Tus jutsus morirán aquí!

La daga del Shinigami bajó.

¡Tajo limpio!

Los brazos espirituales de Orochimaru fueron cortados.

En el mundo físico, sus brazos cayeron inertes, morados, necrosados al instante.

—¡Mis brazos!

¡Devuélvemelos!

—chilló Orochimaru, retrocediendo horrorizado.

Hiruzen cayó de espaldas.

Ya no sentía dolor.

Veía las hojas de Konoha bailar al viento.

Había fallado como maestro, pero había cumplido como Hokage.

Con una última sonrisa pacífica, el Dios Shinobi cerró los ojos.

A kilómetros de allí, Shukaku soltó una carcajada que sacudió los cimientos de la tierra.

La montaña de arena amarillenta se alzó sobre el bosque, con sus patrones de sellos púrpuras brillando con una luz maligna.

—¡SANGRE!

¡SANGRE PARA MI!

—rugió la bestia, lanzando una Bala de Aire Comprimido que vaporizó una hectárea entera de árboles en un instante.

Frente a esta fuerza de la naturaleza, Naruto Uzumaki ya no existía.

Lo que quedaba era una entidad de puro chakra carmesí.

El Manto de Versión 2 lo envolvía, una masa de energía viscosa y burbujeante que formaba una silueta animal con una cola azotando el aire.

El suelo bajo sus garras se convertía en lava por el calor corrosivo del Kyūbi.

Pero había algo más.

Alrededor del chakra rojo, hilos de electricidad azul celeste bailaban con una furia geométrica.

El Tenseigan incompleto estaba forzando su camino a través del sistema nervioso de Naruto, intentando imponer orden al caos de la bestia.

—”¡MÁTALO, MOCOSO!” —rugió el Kyūbi en la mente de Naruto, su voz un trueno de odio—.

“¡PERFORA ESA MONTAÑA DE ARENA CON MI PODER!” Naruto se lanzó.

No fue una carrera; fue una explosión.

Atravesó el sonido, dejando una estela de vapor rojo y rayos azules.

El Shukaku lanzó un zarpazo de arena que podría haber nivelado una montaña, pero Naruto, imbuido en la velocidad divina del rayo y la fuerza bruta del Zorro, simplemente atravesó la garra.

Su cuerpo actuaba como un taladro de energía pura, convirtiendo la arena en cristal vitrificado al contacto.

¡BOOM!

Naruto impactó en el pecho del Shukaku, y una onda de choque circular barrió el bosque en un radio de tres kilómetros.

Los árboles salieron volando de raíz.

—¡MALDITO ZORRO!

—rugió el Shukaku, intentando atrapar a la pequeña pero letal mancha roja en su cuerpo—.

¡TE ENTERRARÉ EN EL ABISMO!

Fue en ese preciso momento cuando Shikamaru, Ino y Sasuke llegaron al borde del cráter.

Se detuvieron en seco, sus cuerpos paralizados por un terror primario que no conocían.

—No puede ser…

—susurró Sasuske, cayendo de rodillas.

Frente a ellos, el mundo parecía estar rompiéndose.

Vieron al coloso de arena siendo atacado por una centella roja que se movía a velocidades que el ojo humano no podía seguir.

Cada vez que la centella golpeaba, el Shukaku perdía toneladas de arena.

Pero lo más aterrador no era el tamaño del monstruo, sino la sensación del chakra de Naruto.

Ino se llevó las manos al pecho.

A través de su conexión empática y su entrenamiento como sensor, pudo sentir lo que había dentro de esa nube roja.

—No es solo poder…

—dijo Ino con lágrimas corriendo por su rostro—.

Es dolor.

Es un dolor infinito.

Naruto está quemando sus propios nervios para mantener esa forma.

¡El Zorro le está devolviendo sus sentidos, pero le está entregando todo su odio a cambio!

—Tenemos que ayudarlo —dijo Shikamaru, aunque sus piernas temblaban—.

Pero, ¿cómo ayudamos a un mounstro que está peleando contra otro mounstro?

En la arena, la batalla alcanzó su punto de ebullición.

Naruto sabía que un ataque a distancia podría no ser suficiente contra la defensa absoluta de la bestia, o peor, podría matar a Gaara.

Necesitaba inmovilizarlo.

Aterrizando sobre una rama gruesa, juntó sus palmas, canalizando una cantidad grosera de chakra rojo y azul que hizo crepitar el aire a su alrededor.

—¡Raiton: Jūrokuchū Shibari!

(Elemento Rayo: Prisión de Dieciséis Pilares) —rugió Naruto, golpeando el aire.

El suelo alrededor del colosal Shukaku estalló.

Dieciséis gigantescos pilares de roca se elevaron como los colmillos de la tierra, rodeando a la bestia.

Al instante, arcos de electricidad salvaje, una mezcla inestable de su propio rayo y el poder corrosivo del Kyūbi, conectaron los pilares, formando una jaula de alto voltaje.

El Shukaku aulló furioso cuando la red eléctrica paralizó sus movimientos de arena, dejándolo expuesto.

Sin dudarlo, Naruto se lanzó como un proyectil rojo hacia el interior de la propia prisión eléctrica.

Ignorando las descargas que quemaban su propia piel, atravesó la barrera de arena debilitada en la frente de la bestia y conectó un golpe directo, no para matar, sino para despertar al médium.

El impacto del puño de Naruto contra Gaara rompió el trance instantáneamente.

El Shukaku soltó un último grito de agonía y negación antes de que su inmensa estructura perdiera cohesión, colapsando en una lluvia torrencial de arena inerte que cubrió el bosque como un manto fúnebre.

Naruto y Gaara cayeron al vacío entre las ruinas de arena.

Naruto golpeó el suelo con fuerza.

El chakra rojo desapareció de su cuerpo como humo disipándose en el viento, revelando el costo de su asalto suicida.

Su piel estaba en carne viva, roja y sangrante, quemada tanto por el manto del zorro como por la retroalimentación de su propia prisión de rayos.

Sus ojos azules estaban abiertos pero sin foco, mirando al cielo.

Gaara aterrizó a pocos metros, temblando, con el rostro bañado en lágrimas y terror al despertar de su pesadilla.

Shikamaru e Ino corrieron de inmediato hacia el cráter de arena.

Ino se arrojó sobre Naruto, sus manos brillando con chakra médico verde, aplicándolo con una desesperación que nunca había sentido.

—¡Naruto!

¡Quédate conmigo!

¡No te vayas!

—gritaba ella, sintiendo con horror bajo sus palmas cómo los canales de chakra del rubio estaban prácticamente destruidos y sus órganos internos al límite del colapso.

Naruto movió la cabeza ligeramente y la miró.

Sus pupilas, dilatadas por el dolor, volvieron a la normalidad, enfocándose en ella.

—Cumplí…

el trato…

—susurró con voz ronca, antes de que sus ojos se pusieran en blanco y quedara completamente inconsciente.

Mientras tanto, en la torre del Hokage, el silencio volvió.

Hiruzen Sarutobi yacía en el suelo, sin vida, con una sonrisa de paz en su rostro.

Había logrado sellar el alma de los Hokages anteriores y los brazos de Orochimaru, incapacitando al Sannin permanentemente.

Orochimaru, gritando de dolor y rabia, fue escoltado por sus subordinados fuera de la aldea, su invasión fallida pero su cicatriz marcada para siempre.

El sol empezaba a bajar, iluminando las ruinas de lo que fue el Examen Chūnin.

Konoha había sobrevivido, pero el precio había sido su líder y la inocencia de sus hijos.

Aquel día, el mundo ninja aprendió una lección: Naruto Uzumaki no era un perdedor, ni un fracasado.

Era el puente entre la divinidad y el abismo, y la próxima vez que despertara, el mapa de las naciones tendría que ser reescrito.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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