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What If, Naruto con byakugan - Capítulo 52

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  4. Capítulo 52 - 52 Capítulo 51 El funeral
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52: Capítulo 51: El funeral 52: Capítulo 51: El funeral El bosque de la muerte se hundió en un silencio antinatural tras el colapso del Shukaku.

La arena, que antes era un tsunami imparable, ahora descansaba como un sudario gris sobre los árboles calcinados.

En el epicentro del desastre, el aire todavía vibraba con el residuo de un chakra que no pertenecía a este mundo.

Sasuke Uchiha estaba de pie en la rama de un roble centenario, a pocos metros del cráter principal.

Su brazo izquierdo, aún vendado y herido por el Chidori, colgaba inerte, pero no sentía el dolor físico.

Sus ojos, con el Sharingan de tres aspas activo, estaban fijos en la figura de Naruto, quien yacía en el suelo mientras Ino intentaba estabilizarlo.

Sasuke estaba temblando.

No era frío, era una epifanía aterradora.

—Ese…

no es el poder de un ninja —susurró Sasuke, sus pupilas dilatadas—.

Yo entrené hasta el colapso para rozar la velocidad de Lee…

y Naruto acaba de borrar una montaña de un puñetazo.

Había visto la Versión 2 del manto del Zorro combinada con los destellos del Tenseigan incompleto.

Para Sasuke, cuya identidad se basaba en ser el “Genio Uchiha”, la visión fue un martillazo a su orgullo.

Naruto no solo lo había superado; Naruto estaba operando en una dimensión de poder donde los clanes y los linajes tradicionales parecían juegos de niños.

El odio que Sasuke sentía por Itachi ahora se mezclaba con una envidia tóxica hacia el rubio.

Si Naruto podía obtener ese poder, ¿por qué él seguía atrapado en la mediocridad de sus propios límites?

—Shikamaru…

—dijo Sasuke sin apartar la vista—.

Si Naruto decide volverse contra nosotros algún día…

nadie en esta aldea podrá detenerlo.

Shikamaru, que mantenía una expresión sombría, solo asintió.

—Por ahora, él es quien nos ha salvado, Sasuke.

No lo olvides.

Tres días después, Konoha no olía a fiesta, sino a incienso y madera quemada.

El cielo estaba encapotado, como si la misma naturaleza se uniera al luto de la aldea.

Toda la población, vestida de un negro riguroso, se congregaba frente a la torre del Hokage.

Sobre el estrado, el retrato de Hiruzen Sarutobi presidía la ceremonia.

El Tercer Hokage había muerto protegiendo el futuro, pero no todos los presentes sentían el mismo vacío.

Naruto Uzumaki estaba de pie en la última fila, apoyado contra un muro, con el cuerpo envuelto en vendas bajo su capa oscura.

Sus ojos azules estaban apagados, fijos en el ataúd.

A diferencia de Konohamaru, que lloraba desconsoladamente, o de Iruka, cuyo rostro era un mapa de dolor, Naruto sentía una extraña indiferencia.

Para Naruto, Hiruzen había sido el hombre que le entregaba su estipendio mensual con una sonrisa amable, pero también el líder que permitió que creciera en un aislamiento absoluto, el que aún muerto no le dijo los secretos de su linaje, mientras el pueblo lo trataba como a una peste.

—Se fue llevando muchas respuestas consigo —pensó Naruto, apretando sus puños vendados—.

Me pediste que amara a la aldea, viejo…

pero nunca me explicaste por qué la aldea no podía amarme a mí.

A su lado, Ino Yamanaka lo miraba con preocupación.

Ella no se había separado de él desde el bosque.

—Naruto…

¿estás bien?

—susurró, rozando su mano.

—Estoy vivo, Ino.

Eso es más de lo que la mayoría esperaba —respondió él con una frialdad que la hizo estremecer.

Danzō Shimura, desde las sombras del palco superior, observaba a Naruto con el ojo que le quedaba descubierto.

Para él, la muerte de Hiruzen era el inicio de su oportunidad.

“El Jinchūriki ha demostrado ser un arma inestable pero divina”, pensó Danzō.

“Hiruzen lo dejó ablandarse; yo lo convertiré en el pilar de hierro que Konoha necesita”.

El funeral sirvió para medir las grietas que la invasión había dejado.

Gaara había sido escoltado de vuelta a la Arena por sus hermanos.

Se fue sin decir una palabra, pero su mirada se cruzó con la de Naruto un segundo antes de partir.

No había odio, sino una pregunta silenciosa: ¿Cómo soportas la luz?

Kakashi y Guy montaban guardia en los perímetros.

La aldea estaba vulnerable y ambos sabían que los enemigos externos olerían la debilidad del “Dios de los Shinobi” caído.

Kakashi miraba a Sasuke, notando la oscuridad que crecía en su alumno.

El Uchiha ya no miraba a la gente; miraba al suelo, buscando el camino hacia el poder que Naruto le había mostrado.

Esa misma tarde, mientras la lluvia empezaba a caer sobre las lápidas frescas, dos figuras aparecieron en la puerta principal de Konoha.

Vestían capas negras con nubes rojas y sombreros de paja que ocultaban sus rostros.

Los guardias en la entrada cayeron al suelo antes de que pudieran dar la voz de alarma.

Caminaron por las calles desiertas con una calma perturbadora.

Se detuvieron frente a una tienda de té, donde las sombras de la tarde se alargaban.

—Ha cambiado —dijo una voz profunda y rasposa, perteneciente al hombre que cargaba una espada vendada gigante en su espalda—.

El olor a muerte todavía está fresco aquí.

¿Seguro que está aquí, Itachi?

El hombre a su lado se quitó el sombrero, revelando un rostro pálido, surcado por dos líneas que bajaban de sus ojos, y un Sharingan que brillaba con un carmesí eterno.

—Está aquí —respondió Itachi Uchiha con una voz carente de emoción—.

Pero algo ha cambiado en su chakra.

No es solo el Kyūbi.

Hay una frecuencia…

una resonancia que no pertenece a este mundo.

—¿El dōjutsu azul del que hablaban los espías?

—preguntó Kisame Hoshigaki, sonriendo con sus dientes de tiburón—.

Esto será interesante.

¿Vamos por el chico ahora?

—No tenemos prisa —dijo Itachi, mirando hacia la torre del Hokage—.

Konoha está de luto.

Dejemos que entierren a sus muertos antes de que les entreguemos el siguiente motivo para llorar.

En la casa de los Yamanaka, Naruto se despertó de golpe.

Sus ojos azules destellaron con un matiz cian y su brazo derecho, el que portaba el residuo del rayo, empezó a soltar pequeñas chispas estáticas.

No sabía quiénes eran, pero sentía dos presencias en la entrada de la aldea.

Una de ellas se sentía como un incendio frío; la otra, como un océano de sangre.

Naruto se puso de pie, ignorando el dolor de sus músculos desgarrados.

—Ya vienen —murmuró para la habitación vacía—.

El mundo no me va a dejar descansar, ¿verdad, Zorro?

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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