What If, Naruto con byakugan - Capítulo 55
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- Capítulo 55 - 55 Capítulo 54 El cuerpo que se niega a obedecer
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55: Capítulo 54: El cuerpo que se niega a obedecer 55: Capítulo 54: El cuerpo que se niega a obedecer El amanecer no trajo alivio.
El campamento, ahora marcado por el cráter que Naruto había provocado durante su colapso nocturno, se sentía como una tumba de ceniza.
Jiraiya no esperó a que el sol estuviera alto; el tiempo ya no era un recurso, era un enemigo que los perseguía.
Naruto estaba sentado sobre una roca, con el torso descubierto.
Su piel, habitualmente bronceada, estaba pálida, surcada por líneas violáceas que seguían el camino de su red de chakra.
Ino estaba a su lado, sosteniendo su frente con una mano; su propio rostro reflejaba el agotamiento de haber pasado la noche funcionando como un puente mental.
—Voy a intentar un Fūinjutsu (Arte de Sellado) de contención —dijo Jiraiya, con los dedos manchados de tinta especial—.
Voy a crear un dique entre tu brazo derecho y el resto de tu cuerpo para detener la degradación nerviosa.
Jiraiya trazó los símbolos con velocidad quirúrgica sobre el hombro de Naruto.
—¡Fūin!
Por un segundo, las líneas de chakra se calmaron.
Pero entonces, un chirrido metálico emanó de los poros de Naruto.
Los sellos de tinta empezaron a hervir y a borrarse, rechazados por una descarga de rayo cian que brotó desde el hueso.
El sello de Jiraiya, capaz de contener bestias, se deshizo como papel en una hoguera.
—No puede ser…
—susurró Jiraiya, retrocediendo—.
El Raiton interno no está solo fluyendo, está reprogramando tus nervios, Naruto.
Tus sinapsis están mutando para soportar la frecuencia del rayo, pero tu carne sigue siendo humana.
Se están quemando más rápido de lo que pueden cambiar.
Jiraiya analizó el estado con una seriedad que Ino nunca le había visto.
El diagnóstico fue brutal: Su doujutsu : Al no tener un cuerpo lo suficientemente fuerte, el dōjutsu azul estaba forzando una percepción constante.
Naruto no podía “cerrar” los ojos; su cerebro procesaba cada fluctuación de chakra a tres kilómetros a la redonda, incluso cuando intentaba dormir, impidiendo que su sistema nervioso descansara.
El Kyūbi: El Zorro se había replegado.
Ya no actuaba como aislante.
Ahora era un “peso muerto consciente”, observando desde el fondo cómo la red de Naruto se sobrecalentaba, esperando el momento exacto en que la estructura colapsara para reclamar los restos.
Ino apretó los dientes, sintiendo el dolor punzante en sus sienes.
—Cada vez que entro en su mente para anclarlo, siento que me arrastra —dijo ella, con un hilo de sangre bajando por su nariz—.
Es como intentar sostener una montaña que se está convirtiendo en rayo.
Si Naruto cae, yo me iré con él.
Naruto levantó la vista.
Sus ojos azules normales estaban inyectados en sangre, luchando contra la estática que le nublaba la vista.
Miró su brazo derecho, que colgaba inútil y sacudido por espasmos que hacían crujir sus articulaciones.
—Jiraiya-sama…
—la voz de Naruto era un susurro ronco—.
Córtalo.
Ino se quedó sin aliento.
Jiraiya se tensó.
—Sella el brazo.
Córtalo del sistema.
Si este brazo es el que está filtrando el rayo al resto del cuerpo, deshazte de él.
No me importa quedar manco si eso significa que puedo llegar a esa mujer para salvar al pueblo y lo que queda de mí.
—No digas estupideces, Naruto —respondió Jiraiya con dureza—.
Un ninja sin un brazo es…
—Un ninja muerto es peor —interrumpió Naruto, con una frialdad que heló la sangre de Ino—.
Siento cómo la electricidad sube por mi cuello.
Si llega a mi cerebro antes de que encontremos a Tsunade, ni siquiera Ino podrá mantenerme unido.
Sella el brazo, haz que deje de existir para mi red de chakra.
Jiraiya miró al chico.
Comprendió que Naruto no hablaba desde el miedo, sino desde una lógica de supervivencia pura.
Su cuerpo ya no era un aliado, era una prisión que se estaba incendiando.
Jiraiya se negó a realizar un sellado permanente que pudiera lisiarlo para siempre, pero aplicó una técnica de parálisis total en el lado derecho del cuerpo de Naruto como medida de emergencia.
—Es solo temporal —advirtió Jiraiya.
Sin embargo, el destino tenía otros planes.
Mientras intentaban reanudar la marcha, el sistema de Naruto se cortocircuitó.
No fue un espasmo, fue un apagón.
Naruto se desplomó hacia un lado.
Durante diez minutos enteros, la mitad derecha de su cuerpo se volvió una estatua de mármol.
No había pulso detectable en su muñeca derecha, ni sensibilidad en su pierna.
Naruto yacía en el suelo, con el lado izquierdo de su rostro sudando de agonía y el derecho totalmente congelado, con el ojo azul abierto y vacío.
La posibilidad de la mutilación, de que el héroe de Konoha quedara permanentemente lisiado antes de cumplir los trece años, dejó de ser un miedo para convertirse en una realidad inminente.
—Ino…
—susurró Naruto con la mitad de su boca que aún podía mover—.
Si no llegamos…
mátame.
No dejes que el Zorro se quede con lo que sobre de mí.
Jiraiya cargó a Naruto al hombro, mirando hacia el horizonte con una desesperación salvaje.
El tiempo se había agotado.
El aire en los lindes de la Ciudad de los suspiros (antes de Ciudad Tanzaku) era espeso y cargado de una humedad que calaba hasta los huesos.
El grupo avanzaba lentamente; Jiraiya llevaba a Naruto apoyado sobre su hombro, mientras Ino caminaba a su lado, manteniendo una mano sobre el pecho del rubio para monitorear el pulso errático de su chakra.
La parálisis parcial de Naruto era un recordatorio constante de que su cuerpo era una vasija agrietada a punto de estallar.
A kilómetros de distancia, sobre la superficie de un lago estancado, Kisame Hoshigaki detuvo su paso.
La Samehada, envuelta en vendas, empezó a retorcerse con una excitación frenética, emitiendo un sonido similar al chirrido de un animal hambriento.
—Tranquila, chica —gruñó Kisame, acariciando la empuñadura—.
Yo también lo siento.
Ese chakra…
es un desastre glorioso.
Es como un banquete de mil platos servido en medio de una tormenta.
Itachi Uchiha permanecía inmóvil a su lado, con el sombrero de paja ocultando su rostro.
Sus ojos rojos no necesitaban esfuerzo para ver lo que ocurría en el horizonte.
—El Jinchūriki está colapsando —dijo Itachi con su habitual monotonía—.
Su red de chakra emite ráfagas de frecuencia eléctrica que se sienten a leguas.
Es un faro en la oscuridad.
—¿Vamos por él ahora?
—Kisame sonrió, revelando sus dientes afilados—.
Antes de que se consuma solo.
Sería una lástima que Samehada se pierda este sabor.
En el campamento, Naruto abrió el único ojo que podía controlar.
Sus venas del Tenseigan incompleto pulsaron con una luz cian mortecina.
No había activado el dōjutsu por voluntad propia; era la percepción forzada la que lo estaba desgarrando.
—Vienen…
—susurró Naruto.
Sus cuerdas vocales, afectadas por la parálisis del lado derecho, producían una voz arrastrada y fantasmal.
—¿Qué dices, Naruto?
No hay nada en un radio de…
—Ino se detuvo al ver el terror puro en el ojo de su compañero.
—Es un incendio frío —continuó Naruto, su mente proyectando la imagen de Itachi Uchiha—.
Está ahí afuera.
Lo siento incluso sin mirar.
Me está observando…
y sabe que me estoy muriendo.
Jiraiya se puso en pie al instante, desenvainando un pergamino de sellado.
No había rastro de bromas en su rostro.
—Ino, quédate detrás de Naruto.
No intentes entrar en su mente a menos que yo te lo diga.
Si el Sharingan está cerca, tu conexión mental podría ser tu sentencia de muerte.
El ataque no vino de Itachi, sino de una marea de agua que surgió del suelo firme.
Kisame emergió de la nada, blandiendo a Samehada en un arco descendente.
—¡Suiton: Bakusui Shōha!
(Ocho Olas de Colisión de Agua).
Jiraiya reaccionó con velocidad de Sannin, realizando sellos rápidos.
—¡Doton: Yomi no Numa!
(Elemento Tierra: Pantano del Inframundo).
El suelo se convirtió en lodo profundo para absorber el impacto del agua, pero Kisame ya estaba sobre Naruto.
Jiraiya se interpuso, bloqueando a Samehada con su báculo, pero la espada comenzó a devorar el chakra de Jiraiya con una voracidad aterradora.
Naruto, forzando su lado izquierdo, intentó levantarse.
Un espasmo de rayo cian estalló de su mano izquierda —la única funcional—, golpeando el agua a su alrededor y creando un campo eléctrico que obligó a Kisame a retroceder un paso.
—¡Vaya!
—rio Kisame—.
El niño tiene chispas incluso estando medio muerto.
Itachi apareció en la rama de un árbol cercano.
No se movió para atacar.
Simplemente observó.
Jiraiya se preparaba para invocar a los Grandes Sapos, pero algo lo detuvo.
El aire entre Naruto e Itachi pareció cristalizarse.
Sin previo aviso, el Sharingan de Itachi cambió, sus aspas se fundieron en un diseño de tres puntas: el Mangekyō Sharingan.
Al otro lado, el ojo derecho de Naruto, aquel que estaba paralizado y vacío, reaccionó violentamente.
La pupila azul se expandió y un patrón geométrico incompleto brilló con una intensidad cegadora, emitiendo un pulso de gravedad que hizo crujir los árboles cercanos.
Fue un diálogo silencioso entre dos dōjutsus divinos que no pertenecían a la comprensión de los presentes.
Itachi retrocedió imperceptiblemente, una gota de sudor bajando por su sien.
—Kisame, retírate —ordenó Itachi.
Su voz, por primera vez, tenía un matiz de urgencia—.
Si sigue forzando esa visión en su estado actual, ni siquiera tendremos que capturarlo.
Se desintegrará solo en cuestión de minutos.
—¿Qué?
Pero Itachi…
—Kisame miró a Naruto, cuyo cuerpo empezaba a sangrar por los poros debido a la presión del Tenseigan reaccionando al Mangekyō.
—Es suficiente.
Ya está marcado —sentenció Itachi.
Las sombras se cerraron sobre ellos y desaparecieron en una bandada de cuervos.
Naruto cayó de bruces, el Tenseigan apagándose y dejando su ojo en un blanco inerte.
Ino se lanzó sobre él, llorando de pura impotencia mientras intentaba sanar las micro-rupturas en su rostro.
—Lo ha visto…
—murmuró Naruto antes de perder el conocimiento—.
Itachi vio…
lo que hay dentro de mí.
Jiraiya miró hacia donde Itachi había estado.
Sabía lo que eso significaba.
Naruto ya no era solo un Jinchūriki para Akatsuki; ahora era un objetivo prioritario, una anomalía que Itachi consideraba un riesgo para sus planes.
—Tenemos que llegar a Tsunade mañana —dijo Jiraiya, su voz temblando de rabia y miedo—.
O no habrá nada que Akatsuki pueda capturar.
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