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What If, Naruto con byakugan - Capítulo 59

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59: Capítulo 58: El codigo de la serpiente.

59: Capítulo 58: El codigo de la serpiente.

El pasillo del hospital de Konoha era un túnel de silencio blanco.

Naruto caminaba con la cabeza gacha, concentrado en el sonido de sus propios pulmones.

Ino iba a su lado, manteniendo una distancia prudente pero atenta; sabía que tras el regreso a la aldea, la mente de Naruto era un cristal a punto de estallar bajo la presión de su nueva sensibilidad.

Mientras se acercaba a la habitación 402, Naruto recordó el informe de Jiraiya sobre lo ocurrido días atrás.

Mientras él e Itachi habían tenido ese choque silencioso de dōjutsus en los lindes de la Ciudad de los Suspiros, Sasuke había tomado un camino distinto.

En un hotel cercano, el Uchiha finalmente había encontrado a su hermano.

Naruto no estuvo allí para verlo, pero las marcas en las paredes y el estado en que encontraron a Sasuke hablaban por sí solos.

Sasuke se había lanzado con un Chidori nacido de años de odio, solo para que Itachi le rompiera la muñeca y el espíritu en un segundo.

Sasuke fue atrapado en el Tsukuyomi, reviviendo la masacre de su clan una y otra vez, hasta que Maito Guy intervino con una entrada dinámica, obligando a los Akatsuki a retirarse antes de que pudieran llevarse al Uchiha como “premio de consolación”.

Esa era la verdadera herida de Sasuke: no solo fue derrotado, sino que tuvo que ser rescatado por un Jōnin mientras su “rival” sobrevivía por cuenta propia al encuentro con la organización.

Naruto abrió la puerta.

El olor a medicina era punzante.

Sasuke estaba sentado en la cama, con el brazo escayolado y el torso envuelto en vendas.

Miraba hacia la ventana, con una expresión de piedra que ocultaba un abismo de furia.

El silencio se prolongó.

Naruto se quedó cerca del marco de la puerta, evitando mirar a Sasuke a los ojos.

Empezó a sentir una náusea física, una presión en el centro de su frente.

Su Capa 1 de chakra estaba detectando una frecuencia discordante en la habitación.

Algo “vibraba” de forma incorrecta cerca de Sasuke.

—Así que el gran Naruto Uzumaki viene a visitar a los caídos —dijo Sasuke sin girarse.

Su voz era un susurro cargado de veneno.

—Solo quería ver si estabas vivo, Sasuke —respondió Naruto, intentando mantener la calma.

—¿Vivo?

—Sasuke soltó una carcajada seca y se giró.

Sus ojos negros ardían—.

¿Me viste allá afuera?.

Itachi ni siquiera me consideró una amenaza.

Y tú…

tú te vas con un Sannin, te vuelves un monstruo de poder y regresas como si fueras el dueño de la aldea.

El estrés de la confrontación y el resentimiento de Sasuke actuaron como un detonador.

Los sellos de Tsunade en los ojos de Naruto vibraron.

—¡Byakugan!

—el susurro de Naruto fue seguido por el marcado relieve de las venas en sus sienes.

Ino dio un paso atrás, pero Naruto ya no estaba allí.

Estaba viendo la anatomía del destino.

Al enfocar el cuello de Sasuke, el mundo se volvió una radiografía técnica.

Naruto no vio una “mancha de oscuridad”.

Vio algo hermoso y preciso.

La Marca Maldita era una red de filamentos de chakra color plata y violeta, tejidos con una eficiencia antinatural.

Era un código perfecto, un mapa de tenketsus artificiales que se integraban en el sistema nervioso de Sasuke para optimizarlo hacia la violencia.

No le pertenecía a Sasuke; era un injerto extranjero que estaba reescribiendo su identidad.

—No es poder lo que tienes en el cuello, Sasuke —dijo Naruto, su voz volviéndose plana y profunda mientras el Byakugan analizaba el flujo—.

Es una jaula que todavía no se ha cerrado.

Sasuke se tensó, llevándose la mano instintivamente al sello.

—¿De qué hablas?

—Puedo ver cómo funciona —continuó Naruto, su migraña empezando a pulsar—.

Esa marca está desviando tu chakra vital hacia rutas que no deberían existir.

Está invadiendo tus nervios, preparándote para un tipo de energía que tu cuerpo no puede producir solo.

Cuando el proceso termine y se active del todo, Sasuke…

tú dejarás de decidir.

Serás solo el envase de ese código.

La voluntad de Orochimaru se comerá la tuya.

Sasuke se puso de pie, ignorando el dolor de sus heridas.

Se acercó a Naruto, su rostro a pocos centímetros del suyo.

—¿Y qué si es así?

—siseó Sasuke—.

Mírate, Naruto.

Tú necesitas un ancla para no volverte loco por lo que ves.

Necesitas sellos para no explotar.

Al menos yo elegí esto.

—Tú no elegiste nada, Sasuke.

Te diste por vencido —respondió Naruto, su Byakugan pulsando con una intensidad dolorosa.

—¡Mientes!

—rugió el Uchiha—.

Prefiero dejar de ser yo…

antes que seguir siendo débil.

Si el precio para matar a Itachi es entregarle mi cuerpo a esa serpiente, lo pagaré mil veces.

¡Es mejor ser un arma de otro que ser nada!

Naruto perdió la compostura.

Un chorro de sangre brotó de su nariz, manchando el suelo blanco entre ambos.

—Eso no es fuerza, Sasuke.

Es rendirse antes de pelear.

Estás entregando tu alma porque tienes miedo de que “Sasuke Uchiha” no sea suficiente.

¡Eso es lo más patético que he visto en mi vida!

No hubo pelea física.

Solo una ruptura ideológica total.

Se miraron con odio, pero no el odio de los enemigos, sino el de dos personas que alguna vez compartieron un camino y ahora veían mundos distintos.

Naruto salió de la habitación tambaleándose.

Al llegar al pasillo, sus piernas cedieron.

Ino lo atrapó antes de que golpeara el suelo.

Naruto estaba desorientado, con la mirada perdida y un sangrado nasal profuso.

—Ino…

—susurró Naruto, mientras ella intentaba estabilizarlo—.

No solo vi el sello.

Vi sus nervios.

Ya estána codificados.

Ino sintió un escalofrío al notar el flujo de chakra de Naruto.

Comprendió que el Byakugan de Naruto, en ese estado de hipersensibilidad, no solo veía el chakra presente; leía las predisposiciones del cuerpo.

Naruto había visto que Sasuke ya había tomado la decisión en sus impulsos nerviosos antes de decirla.

La traición ya estaba escrita en su carne.

Sasuke se quedó solo en la penumbra.

Se sentó en la cama y se tocó la marca.

Por primera vez, no sintió el subidón de adrenalina que le prometía poder.

Recordó la descripción de Naruto: una jaula.

Sintió un frío repentino.

Se miró las manos y, por un instante, sintió que sus movimientos no eran del todo suyos.

Sintiéndose observado desde el interior de su propia piel, Sasuke se dio cuenta de que algo en su nuca estaba esperando pacientemente a que el resto de “él” desapareciera.

Habían pasado doce días desde el regreso a Konoha, y la aldea se sentía para Naruto como una celda de cristal.

Durante estas casi dos semanas, el tiempo no curó las heridas; solo las hizo más profundas y silenciosas.

En el ala médica, Sasuke Uchiha ya no era el mismo.

Las palabras de Naruto en su último encuentro —aquello de ser una “jaula”— habían actuado como un veneno.

Sasuke ya no veía la Marca Maldita como un regalo, sino como una cuenta regresiva.

Pero en su mente retorcida por el Tsukuyomi de Itachi, la lógica era simple:  Si Naruto, el paria, el “demonio”, podía ver a través de su propia alma y sobrevivir a Itachi, era porque Naruto tenía un poder que la aldea sí le permitía desarrollar.

Cada vez que Sasuke veía a Naruto pasar por el patio del hospital desde su ventana, sentía que la brecha se ensanchaba.

La advertencia de Naruto sobre “dejar de decidir” no lo asustó; lo enfureció.

Si su destino era ser un envase, prefería ser el envase de un dios serpiente que le diera la cabeza de su hermano, antes que seguir siendo un “genio” protegido por los muros de una aldea que lo compadecía.

El código de la marca ya no luchaba contra Sasuke; Sasuke lo estaba invitando a entrar.

Naruto, por su parte, caminaba por las calles de Konoha con la cabeza gacha.

La hipersensibilidad de su Capa 1 le permitía sentir el rechazo de la gente incluso a través de las paredes.

Las miradas de miedo, los padres que apartaban a sus hijos cuando él pasaba, y el vacío legal en el que se encontraba tras la muerte de Hiruzen lo estaban asfixiando.

“¿Para qué me quedo?”, pensaba Naruto mientras miraba el Monumento Hokage desde un callejón oscuro.

“La aldea no me quiere aquí.

Solo me ven como un arma defectuosa.

Si me voy…

nadie me extrañaría.

Podría buscar mis propias respuestas lejos de este ruido.” La idea de desertar, de ser un ninja errante, comenzó a germinar.

Pero siempre que el pensamiento cobraba fuerza, una imagen lo detenía: Ino.

Recordaba cómo ella lo sostuvo en el hospital, cómo sus dedos se entrelazaban con los suyos para filtrar la locura del Tenseigan.

Irse significaba dejar su ancla.

Significaba romper la única conexión que mantenía su sistema tricapa en equilibrio emocional.

No podía dejarla, pero no podía quedarse.

—Tienes cara de estar planeando una estupidez, mocoso —dijo una voz familiar desde las sombras.

Jiraiya apareció apoyado en una farola, con su pergamino a la espalda.

Había estado observando a Naruto durante días.

—Esta aldea se ha vuelto pequeña para ti, Naruto.

Y demasiado ruidosa —continuó el Sannin—.

Tsunade y yo hemos tomado una decisión.

No puedes entrenar aquí; el estrés de la percepción te matará antes de que aprendas a usar un kunai de nuevo.

Nos vamos.

Un viaje de entrenamiento de tres años.

Lejos de las miradas, lejos de la presión.

Naruto levantó la vista, y por primera vez en semanas, el azul de sus ojos recuperó un brillo de esperanza.

Durante la última semana de preparativos, Naruto pasó horas en la oficina de Tsunade para sus chequeos finales.

La mejoría era paulatina, pero frustrante.

Gracias al Chakra de Kurama (Capa 3) actuando como estabilizador nervioso, los espasmos eléctricos habían disminuido.

Sus nervios ya no se sentían como cables pelados, sino como cicatrices endurecidas.

—Tu sistema está sanando, Naruto, pero no te engañes —advirtió Tsunade mientras analizaba su red de chakra—.

La técnica de reconstrucción que usé es como poner cemento sobre una grieta en movimiento.

Tu cuerpo tardará al menos dos años en recuperarse por completo.

Tsunade le explicó que durante este tiempo, el sello sobre el Raiton interno y el Tenseigan no podía ser forzado.

Su cuerpo necesitaba “crecer” dentro de la nueva estructura nerviosa.

—Si intentas saltarte los pasos, los canales se cerrarán para siempre.

Estos dos años serán para forjar una vasija de hierro.

Solo cuando el hierro esté templado, podrás volver a encender el fuego del rayo.

Tras el exhaustivo informe de Tsunade en la oficina del Hokage, el silencio se apoderó de la estancia.

Naruto miraba sus manos, procesando la idea de que su cuerpo sería una “vasija de hierro” en construcción durante los próximos setecientos días.

Jiraiya, que había estado apoyado contra la pared junto a la ventana, dio un paso al frente.

—Ya escuchaste a la vieja, Naruto.

No eres apto para misiones de rango, ni para el ruido de esta aldea.

Si te quedas, te estancarás o te romperás —sentenció el Sannin con voz grave—.

Nos vamos.

He preparado un itinerario de tres años fuera de Konoha.

Aprenderás a filtrar el mundo, a dominar tu Capa 1 y a negociar con el inquilino que llevas dentro sin que tus nervios se conviertan en ceniza.

Naruto asintió, sintiendo un nudo en la garganta.

Era la salvación que buscaba, pero el peso del exilio voluntario era real.

—Te daré tres días —continuó Jiraiya—.

Tres días para que te despidas de tus amigos, para que cierres tus asuntos con la chica Yamanaka y para que prepares tu equipo.

Al amanecer del cuarto día, nos encontraremos en la puerta principal.

No habrá retrasos.

Naruto salió de la torre sintiendo que el tiempo empezaba a correr en su contra.

Sin embargo, el destino de Konoha tenía otros planes para esa misma noche.

Mientras Naruto buscaba a Ino para darle la noticia, la atmósfera de la aldea cambió.

En el ala médica, Sasuke Uchiha no esperó tres días.

No esperó a nadie.

Aprovechando el cambio de guardia y el hecho de que su sistema de chakra estaba “silenciado” por los sedantes, Sasuke se deslizó por la ventana.

Las palabras de Naruto sobre la “jaula” seguían martilleando su cráneo, pero en lugar de alejarse de la marca, decidió que si iba a estar en una jaula, sería una que le diera los colmillos necesarios para desgarrar a Itachi.

Naruto, caminando por las calles sombrías, se detuvo en seco.

Su Capa 1, esa hipersensibilidad que tanto le dolía, detectó una anomalía.

No fue un sonido, fue una vibración de chakra frío y afilado que se movía hacia las puertas de la aldea.

“Sasuke…”, pensó Naruto, y por un momento, su Byakugan amagó con activarse por el puro estrés.

A pesar de las advertencias de Tsunade, Naruto se movió.

No era el Naruto veloz del torneo; caminaba con dificultad, arrastrando el lado derecho que aún se sentía pesado, pero llegó a la puerta justo cuando Sasuke se preparaba para cruzar el umbral hacia la oscuridad del bosque.

—Así que de verdad te vas a entregar —dijo Naruto, su voz arrastrada por el viento.

Sus dedos sufrieron un leve espasmo eléctrico—.

Vas a dejar que la marca termine de escribirse.

Sasuke se detuvo, pero no se giró.

—Tú te vas con un Sannin para que te “arreglen”, Naruto.

Yo me voy con el que me dará lo que necesito.

No somos diferentes.

Ambos somos desertores de la debilidad.

—¡Yo no huyo de lo que soy, Sasuke!

—replicó Naruto, dando un paso al frente.

Pero el esfuerzo disparó su sistema.

Naruto intentó activar el Byakugan para ver si aún había algo del “viejo Sasuke” bajo la marca, pero el sello de Tsunade en sus ojos reaccionó.

Un pinchazo de dolor agudo le recorrió el cráneo.

Naruto cayó de una rodilla, apretándose el rostro mientras un hilo de sangre brotaba de su nariz.

—Mírate —siseó Sasuke, girándose para mostrar un Sharingan cargado de desprecio—.

Ni siquiera puedes mirarme sin sangrar.

Konoha te ha roto, Naruto.

Yo prefiero ser el monstruo de Orochimaru que ser el lisiado de esta aldea.

Sasuke desapareció en la maleza.

Naruto intentó levantarse, pero su brazo derecho no respondió.

Estaba allí, en el suelo, viendo cómo su rival se marchaba, delimitado por su propio cuerpo.

Pocas horas después, la aldea estaba en caos.

La misión de rescate se organizó, pero cuando Naruto intentó presentarse frente a la oficina de la Quinta, Tsunade lo detuvo con una mirada de acero.

—No irás, Naruto.

Tu sistema no soportará un enfrentamiento contra los Cuatro del Sonido.

Si intentas forzar el Raiton o el Byakugan ahora, quedarás vegetal antes de salir del País del Fuego.

Naruto apretó los puños hasta que sus nudillos blanquearon.

—¡Es mi amigo!

¡Tengo que…!

—¡Lo que tienes que hacer es sobrevivir!

—rugió Tsunade—.

Shikamaru y los demás irán.

Tú te quedarás aquí y te prepararás para tu partida.

Esa es tu misión.

Naruto pasó el resto del tiempo viendo partir a sus compañeros hacia una misión suicida mientras él se sentía inútil.

El último día, se encontró con Ino cerca del campo de entrenamiento.

—Te vas, ¿verdad?

—preguntó ella.

Sus manos estaban vendadas; ella también había estado entrenando para no quedarse atrás.

—Me voy por tres años, Ino.

Tengo que construir esta vasija de hierro.

Si me quedo aquí, solo veré cómo todos avanzan mientras yo lucho por caminar.

Ino se acercó y, con cuidado, lo abrazó.

Naruto sintió el aroma de la lavanda y, por un momento, la estática de su piel se calmó.

Ella era la única que lograba que su Capa 1 no se sintiera como una carga.

—Tres años pasan rápido, Naruto.

Jiraiya dice que cuando vuelvas, podrás ver el mundo sin que te duela.

Yo estaré aquí, entrenando mi mente para que, cuando regreses, no necesites un ancla…

sino una compañera.

Naruto la miró intensamente.

—Espérame, Ino.

Al amanecer del día siguiente, Naruto y Jiraiya cruzaron las puertas.

Naruto no miró atrás.

Sabía que Sasuke se había ido, que sus amigos estaban heridos y que él era frágil.

Pero mientras se alejaba, sintió a Kurama removerse en su interior.

—”Acepta el dolor, mocoso” —susurró el Zorro—.

“Forja el hierro.

Porque cuando volvamos, no habrá sellos que nos detengan.”

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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