What If, Naruto con byakugan - Capítulo 67
- Inicio
- Todas las novelas
- What If, Naruto con byakugan
- Capítulo 67 - 67 Capítulo 66 El mundo avanza
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
67: Capítulo 66: El mundo avanza 67: Capítulo 66: El mundo avanza Mientras Naruto caminaba bajo la tutela de Jiraiya, intentando no romperse contra el peso de su propia espada, en Konoha, otra vasija comenzaba a forjarse.
El hospital central de la aldea era un laberinto de murmullos y olor a ozono.
En el quirófano número cuatro, la luz blanca era tan intensa que resultaba agresiva.
Ino Yamanaka estaba de pie frente a una camilla, con las manos temblando dentro de sus guantes de látex.
Sus palmas emitían un brillo verde errático, un reflejo de su lucha interna por mantener la calma.
Tras la partida de Naruto, Tsunade no perdió tiempo.
Había aceptado a Ino como aprendiz personal, pero no con la calidez de una maestra, sino con la severidad de una comandante.
—Controla el pulso, Ino —la voz de Tsunade resonó en el quirófano, gélida y autoritaria—.
Si el chakra fluctúa un solo milímetro, el sistema nervioso del paciente se colapsará.
No estamos en la academia; aquí los errores no se borran con una nota baja.
Se borran con una vida.
El paciente era un chūnin que había regresado de la frontera con una herida de rayo que carcomía sus canales de chakra.
Era una lesión idéntica a las que Naruto sufría constantemente.
Ino cerró los ojos, intentando visualizar la red de energía, intentando ser el ancla que Naruto necesitaba.
—¡Concéntrate!
—rugió Tsunade.
Fue demasiado tarde.
El chakra de Ino dio un latigazo.
El monitor cardíaco emitió un pitido largo y agudo.
Los espasmos del paciente cesaron de golpe.
Había muerto.
Minutos después, Ino estaba en la azotea del hospital, desplomada contra la barandilla.
El aire frío de la noche no lograba limpiar la sensación de fracaso de sus manos.
Lloraba en silencio, con los dedos entrelazados, sintiendo que el peso de ser la “aprendiz de la Hokage” era una armadura que le quedaba demasiado grande.
—No sirvo para esto —sollozó Ino cuando sintió los pasos de Tsunade acercándose—.
Solo quería ser lo suficientemente fuerte para que Naruto no tuviera que cargar con todo solo.
Pero ni siquiera puedo salvar a un extraño.
Tsunade se detuvo a su lado.
No la abrazó.
No le ofreció consuelo.
En lugar de eso, sacó un frasquito de sake y miró hacia el Monumento Hokage.
—¿Crees que salvar a alguien se trata de amor o de sentimientos, niña?
—preguntó Tsunade, su voz plana—.
Si entrenas por Naruto, vas a matarlo en la primera cirugía real que le hagas.
El amor nubla el bisturí.
Ino levantó la vista, con los ojos inyectados en sangre.
—Escúchame bien —continuó la Quinta—.
Salvar a alguien no es quererlo.
Es decidir que cargás con sus errores.
Es aceptar que sus fallos, sus imprudencias y su dolor ahora te pertenecen a ti también.
Si no puedes cargar con el error de ese chūnin que acaba de morir, nunca podrás cargar con el destino de un Jinchūriki.
Las palabras de Tsunade golpearon a Ino con la fuerza de un impacto físico.
Se dio cuenta de que su deseo de “ayudar a Naruto” era, en el fondo, una forma de egoísmo; quería salvarlo para no sufrir ella.
Pero ser una ninja médico era algo mucho más oscuro y profesional.
Era ser el suelo firme bajo los pies de alguien que está cayendo.
Ino se limpió las lágrimas con el dorso de la mano.
Sus ojos, antes llenos de duda adolescente, recuperaron una claridad afilada.
—Dígame qué tengo que hacer —dijo Ino, poniéndose en pie—.
No por él.
Por la aldea.
Por la responsabilidad de no volver a fallar.
Tsunade sonrió de lado, una sonrisa que ocultaba el respeto que empezaba a sentir por la joven Yamanaka.
—Regresa al quirófano.
Hay tres informes de autopsia que debes memorizar antes del amanecer.
Si quieres cargar con los errores de otros, primero tienes que aprender cómo mueren.
Esa noche, la Ino que solo quería ser una flor en un jardín murió.
En su lugar, nació una mujer que entendía que su entrenamiento no era un regalo para Naruto, sino una carga necesaria para la supervivencia de ambos.
La ancla estaba empezando a endurecerse, convirtiéndose en el soporte de acero que el futuro de Konoha exigiría.
Mientras las hojas de los árboles caían y volvían a brotar en un ciclo indiferente al dolor de los hombres, el mundo ninja no se detuvo a esperar a que Naruto Uzumaki sanara.
Las naciones se preparaban, las sombras se alargaban y los engranajes de la guerra comenzaban a girar con una cadencia metálica.
En la aldea, el vacío dejado por Naruto y Sasuke se llenó con el sonido del metal chocando.
Neji Hyūga, recuperado de sus heridas, ya no entrenaba para demostrar su superioridad, sino para perfeccionar la defensa absoluta que casi le cuesta la vida; sus palmas golpeaban el aire con una precisión que generaba ondas de choque audibles.
Por otro lado, Shikamaru pasaba noches enteras sobre tableros de shōgi, estudiando no solo tácticas de combate, sino logística de suministros y psicología de masas.
La derrota en el Valle del Fin había matado al niño perezoso; ahora solo quedaba el estratega.
Bajo las húmedas profundidades del refugio de Orochimaru, Sasuke Uchiha vivía en un aislamiento absoluto.
No hablaba, apenas comía.
Su entrenamiento no era un proceso de aprendizaje, sino una obsesión destructiva.
Orochimaru lo observaba desde las sombras, relamiéndose los labios.
Sasuke pasaba horas bajo el efecto del Nivel 2 de la Marca Maldita, obligando a su cuerpo a mantener la forma monstruosa hasta que sus músculos se desgarraban.
Blandía su nueva espada con una velocidad que el ojo humano no podía procesar, cortando docenas de enemigos de prueba sin pestañear.
No buscaba técnica; buscaba la erradicación total de cualquier debilidad que Naruto hubiera señalado en el valle.
Para Sasuke, el mundo se había reducido a un solo punto: el corazón de Itachi.
En el subsuelo de Konoha, donde la luz del sol nunca llegaba, Danzō Shimura golpeaba rítmicamente su bastón contra el suelo de piedra.
Frente a él, tres operativos de Root permanecían arrodillados, con sus máscaras inexpresivas reflejando la luz de las antorchas.
—Los informes —ordenó Danzō.
—El joven Uchiha se fortalece bajo el ala de la serpiente.
Su odio es estable —informó el primero—.
El Jinchūriki sigue con Jiraiya.
Sus movimientos son erráticos, pero se mantienen lejos de las fronteras de las Grandes Naciones.
Danzō entrecerró su único ojo visible.
—Vigílenlos.
Naruto Uzumaki es una propiedad de Konoha que no podemos permitir que se rompa antes de ser utilizada.
Si el entrenamiento de Jiraiya lo vuelve inútil, Raíz se encargará de “reclamar” la vasija.
No necesitamos un héroe; necesitamos un arma que no dude.
Lejos de la política de las aldeas, en una dimensión de lluvia eterna y estatuas de piedra colosales, los hologramas de Akatsuki se proyectaban en la penumbra.
—El Kyūbi ha dejado la aldea —dijo la voz grave de Kisame Hoshigaki—.
Sería un buen momento para pescarlo, Itachi.
Itachi Uchiha permaneció inmóvil, con su capa de nubes rojas ondeando levemente.
Su mirada estaba fija en un punto inexistente.
—No —respondió Itachi con una frialdad absoluta—.
Jiraiya es un protector formidable.
Y el chico…
el chico está intentando reescribir su propio sistema.
Forzar la captura ahora sería desperdiciar el potencial de la fruta.
—¿Crees que tenga éxito?
—preguntó una voz profunda, cargada de una autoridad divina.
Pain observaba desde lo alto—.
El método de los Sannin es arcaico para el poder que ese niño intenta contener.
Itachi guardó silencio por un largo momento.
En su mente, recordó el choque de dōjutsus en la Ciudad de los Suspiros y la mirada de Naruto en el Valle del Fin.
—El chico no sobrevivirá al entrenamiento —sentenció Itachi, y por un segundo, su Sharingan brilló con una tristeza milimétrica—.
Y si lo hace…
dejará de ser humano.
A cientos de kilómetros de allí, en un claro boscoso, un Naruto de 13 años caía al suelo por milésima vez, con su mano izquierda sangrando por el roce de la wakizashi.
Jiraiya lo miraba sin compasión.
Naruto se puso en pie, envainó la espada con un movimiento seco y ajustó su venda.
El mundo seguía avanzando, pero en ese rincón olvidado, el tiempo se detenía para forjar el hierro.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com