What If, Naruto con byakugan - Capítulo 74
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- Capítulo 74 - 74 Capítulo 73 Respirar sin chakra
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74: Capítulo 73: Respirar sin chakra 74: Capítulo 73: Respirar sin chakra El aire en la cima del Monte Shimi era tan ralo que cada inhalación se sentía como tragar agujas de hielo.
Jiraiya había trazado un círculo de sellado de tres metros de diámetro; dentro de ese espacio, el chakra de Naruto estaba completamente suprimido.
El sello de su pecho pesaba como una losa de plomo, apagando el zumbido constante de Kurama y el flujo del Raiton.
—Setenta y dos horas, Naruto —sentenció Jiraiya, sentado fuera del círculo con un cronómetro de arena—.
Si sales del círculo o si detecto que intentas forzar el sello para aliviar el dolor, el cronómetro vuelve a cero.
Naruto estaba de pie en el centro, sosteniendo una vara de madera.
Sin el soporte de su Capa 1, su cuerpo se sentía como una estructura de cristal a punto de estallar.
Las viejas heridas del Valle del Fin, usualmente anestesiadas por su energía, despertaron con una furia renovada.
Su brazo derecho comenzó a sufrir espasmos violentos.
—¡Maestro, el dolor me está nublando la vista!
—gritó Naruto, con el sudor goteando desde su barbilla—.
¡No puedo mantener la postura si mis músculos se están desgarrando!
—Eso es porque estás intentando luchar contra el dolor con tensión —respondió Jiraiya sin mirarlo—.
Estás usando tu ansiedad como combustible.
El chakra solo amplifica lo que ya eres; si por dentro eres un caos de nervios e inestabilidad, el chakra solo te romperá más rápido.
Controla el pulso, no la energía.
Naruto cerró los ojos.
Se obligó a bajar los hombros.
Empezó a respirar de forma rítmica, contando los segundos entre cada latido.
Descubrió que si ralentizaba su ritmo cardíaco de forma voluntaria, el flujo de sangre a las zonas inflamadas disminuía y el dolor se convertía en un ruido sordo, manejable.
La estabilidad estructural no nacía de la fuerza, sino del ritmo.
En ese vacío de chakra, Naruto empezó a entender que el frío del Hyōton no era un poder externo, sino la capacidad de silenciar el incendio interno.
Al finalizar las 72 horas, Naruto estaba exhausto, pero su pulso era tan estable que parecía el de un hombre dormido.
Jiraiya no le devolvió la wakizashi gris; en su lugar, colocó tres espadas frente a él.
—Entrena con estas —ordenó Jiraiya—.
Una es una Katana larga y pesada, la segunda es un Tantō corto y ligero, y la tercera es una Tsurugi de doble filo y equilibrio central.
Naruto pasó el día intercambiando las armas mientras realizaba las formas del Estilo Silencioso.
Con la Katana, su velocidad se veía comprometida; el alcance era mayor, pero la inercia del arma generaba una “vibración” en su hombro que desestabilizaba su frecuencia.
Con el Tantō, el alcance era nulo, obligándolo a entrar en la zona de peligro del enemigo.
Al atardecer, Naruto dejó las tres armas en el suelo y miró a Jiraiya.
—Ninguna de estas funciona —dijo Naruto, frotándose el brazo lisiado—.
La katana es demasiado lenta para mis micro-descargas; la energía se dispersa antes de llegar a la punta.
El tantō no me da suficiente palanca para descargar los excesos de Raiton al acero.
—¿Entonces por qué la Wakizashi?
—preguntó el Sannin.
—Porque es el punto de equilibrio absoluto —respondió Naruto con claridad—.
Es lo suficientemente corta para que mi brazo derecho pueda asistir en un movimiento de emergencia sin colapsar, y lo suficientemente larga para proyectar mi frecuencia de viento.
Mi estilo no depende de la longitud del acero, sino de la velocidad del pulso.
La wakizashi no es un arma, maestro…
es el puente entre mi red de chakra y el mundo exterior.
Jiraiya finalmente le entregó su espada gris.
Naruto la desenvainó y, por primera vez, no hubo un estallido de luz o ruido.
Solo una vibración casi imperceptible que cortó el aire con una armonía aterradora.
—Ya no es el acero el que te domina —murmuró Jiraiya—.
Has aprendido que la espada solo sigue el ritmo que tu corazón le dicta.
Naruto envainó la hoja con un clic perfecto.
Estaba listo.
Ya no era un niño jugando con un dōjutsu heredado; era un arquitecto que había aprendido a construir sobre sus propias ruinas.
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