What If, Naruto con byakugan - Capítulo 76
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- Capítulo 76 - 76 Capítulo 75 La graduación silenciosa
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76: Capítulo 75: La graduación silenciosa 76: Capítulo 75: La graduación silenciosa El sol se ocultaba tras los picos del País de la Tierra, tiñendo las nubes de un rojo violáceo que recordaba a la sangre vieja.
En un claro devastado por impactos de rayo y cortes invisibles, Jiraiya observaba a Naruto.
El joven acababa de realizar una secuencia de Hiraishin combinada con Hyōton interno que habría dejado a cualquier Jōnin promedio con los nervios calcinados.
Naruto, sin embargo, envainó su wakizashi con una mano izquierda firme, mientras su brazo derecho —el que una vez fue un despojo lisiado— descansaba con una calma absoluta.
Jiraiya soltó un suspiro largo, dejando caer su guardia por primera vez en meses.
—Ya no tengo nada más que enseñarte, Naruto —dijo el Sannin.
El tono no era de abandono, sino de una conclusión inevitable—.
Has convertido tu cuerpo en un circuito perfecto.
Has domado al zorro, has heredado el jutsu de tu padre y has encontrado el frío que Haku te prometió.
Naruto se giró.
Su mirada, ahora de un azul gélido y penetrante, se fijó en su maestro.
—¿Volvemos a Konoha?
—Todavía no —Jiraiya negó con la cabeza—.
La teoría y los campos de entrenamiento son una cosa; el mundo real es otra.
Te falta experiencia de campo.
Durante este último año, nos separaremos.
Quiero que recorras las fronteras.
Cumple misiones de bajo perfil, observa cómo se mueven las sombras de las aldeas pequeñas.
Aprende a leer no solo el chakra, sino las intenciones de los hombres sin que yo esté detrás de ti para cubrirte las espaldas.
Naruto asintió.
No hubo protestas.
Sabía que su “estabilidad estructural” necesitaba ser puesta a prueba en el caos del mundo real.
—Nos vemos en las puertas de Konoha dentro de un año —concluyó Jiraiya—.
No te rompas, Naruto.
Mientras Naruto se internaba en las sombras de las Naciones Elementales, en Konoha, la generación que él dejó atrás se forjaba bajo una presión similar.
El aire de la aldea ya no era el de una época de paz; era el de una preparación militar silenciosa.
En el subsuelo del hospital, en una sala protegida por sellos de silencio, Ino Yamanaka permanecía frente a un ninja renegado de la Lluvia.
Ino ya no vestía su ropa de academia.
Llevaba el chaleco táctico de Konoha y su mirada era tan afilada como un bisturí.
—No necesito torturarte —dijo Ino con una voz serena pero gélida—.
Solo necesito un latido de tu corazón.
Ino activó su técnica de Transferencia Mental Sensorial.
No buscaba poseer el cuerpo, sino entrar en la frecuencia de sus recuerdos.
Tsunade le había enseñado a combinar el Ninjutsu Médico con el secreto de los Yamanaka.
Podía “sentir” las mentiras como fluctuaciones de temperatura.
Cuando terminó, el renegado cayó desmayado.
Ino se limpió el sudor de la frente, anotando las coordenadas de una base enemiga con una precisión mecánica.
Ella era ahora la mano derecha de la Hokage en inteligencia.
En el campo de entrenamiento número 3, Shikamaru y Neji se enfrentaban en un duelo de práctica.
Neji se movía como un espectro, su Rotación (Kaiten) ahora generaba un vacío que atraía a los enemigos hacia su centro para golpearlos con el Puño Suave.
Había refinado su Byakugan para ver no solo los puntos de chakra, sino la circulación sanguínea, permitiéndole causar embolias localizadas con un solo toque.
Shikamaru, por su parte, ya no se limitaba a atrapar sombras.
Usaba hilos de alambre y sellos explosivos que sus sombras manipulaban en el aire, creando trampas tridimensionales.
—Te has vuelto más rápido, Neji —dijo Shikamaru, jadeando—.
Pero sigues confiando demasiado en tu defensa.
—Y tú sigues pensando demasiado, Shikamaru —respondió Neji, desactivando sus ojos—.
Pero en la guerra que viene, el pensamiento lento es la muerte.
En el hospital central, Sakura Haruno golpeaba un pilar de piedra, reduciéndolo a polvo con un solo impacto de su fuerza aumentada.
Bajo la tutela de Tsunade, su control de chakra se había vuelto tan preciso que podía realizar cirugías de corazón abierto en medio de un campo de batalla.
Pero siempre que miraba hacia la entrada de la aldea, se preguntaba si su fuerza sería suficiente para alcanzar a los dos fantasmas que se fueron: el que huyó por odio y el que se exilió por necesidad.
Lejos de allí, en un claro rodeado de estatuas de serpientes, Sasuke Uchiha terminaba su entrenamiento diario.
Cien ninjas de sonido yacían a sus pies, todos con cortes precisos en los tendones, pero ninguno muerto.
Sasuke no mataba por piedad, sino por desprecio; no creía que nadie fuera digno de morir por su espada, excepto una persona.
Orochimaru lo observaba desde el balcón, notando cómo Sasuke mantenía el Nivel 2 de la Marca Maldita durante horas sin mostrar fatiga.
—Estás listo, Sasuke-kun.
El tiempo de jugar a las escondidas con tu pasado se agota.
Sasuke miró sus manos grises, sintiendo el vacío de su propia piel.
—Mañana —susurró—.
Mañana empezaré a cazar al que me lo quitó todo.
El tablero estaba listo.
Los peones se habían convertido en piezas de élite, y el “Dueño del Vacío” estaba recorriendo sus últimos kilómetros de anonimato.
La tormenta que se había gestado durante tres años estaba a un solo paso de estallar sobre Konoha.
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