What If, Naruto con byakugan - Capítulo 83
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- Capítulo 83 - 83 Capítulo 83 Las cicatrices del silencio y el pacto de la niebla
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83: Capítulo 83: Las cicatrices del silencio y el pacto de la niebla 83: Capítulo 83: Las cicatrices del silencio y el pacto de la niebla El amanecer en el País de la Lluvia nunca era radiante; era una transición lenta de la oscuridad total a un gris plomizo que pesaba sobre los hombros.
Naruto Uzumaki caminaba por la línea de la costa, donde las olas del mar de la Niebla golpeaban con furia contra los acantilados de obsidiana.
Cada paso que daba dejaba una huella de escarcha que el agua salada borraba de inmediato, pero la sensación en su piel no se borraba con nada.
El “Dueño del Vacío”, el hombre que había diseccionado a un Dios y sometido a un Bijuu, se sentía ahora como un extraño dentro de su propia armadura.
El silencio de su mente, ese que tanto le había costado construir, estaba plagado de ecos: el roce de la seda, el aroma a ceniza volcánica y el calor sofocante de Mei Terumī.
—Eres un asco, Uzumaki —susurró Naruto para sí mismo, deteniéndose frente al abismo.
—Deja de martirizarte, cachorro —la voz de Kurama retumbó en su psique con una mezcla de fastidio y pragmatismo—.
Tu sistema tricapa estaba entrando en una secuencia de autodestrucción.
El Tenseigan exigía una salida térmica y el Sanbi estaba dilatando tus canales de chakra hasta el punto de ruptura.
Lo que hiciste fue una maniobra de enfriamiento biológico.
Ella ofreció el catalizador y tú lo usaste.
Punto.
—¡Fue una traición!
—rugió Naruto internamente, golpeando una roca con tal fuerza que la frecuencia de vibración la desintegró en polvo—.
¡Le prometí a Ino que ella era mi ancla!
¡Y todo esto es por tu culpa, maldita tortuga idiota!
En su paisaje mental, el agua pesada se agitó.
La enorme masa de la tortuga acorazada, Isobu, emergió lentamente.
A diferencia de Kurama, su presencia no era de fuego, sino de una presión abisal, triste y pesada.
—Tienes razón, Naruto Uzumaki…
—la voz de la tortuga resonó como el eco en una cueva submarina—.
Mi miedo a ser controlado de nuevo, a ser usado como una herramienta por esa sombra de la máscara, me hizo actuar por instinto.
No comprendí la delicadeza de tu red de chakra.
Creí que sellándome en ti te salvaría, pero casi te convierto en cenizas.
Isobu bajó su enorme cabeza, sus ojos reflejando una sinceridad líquida que desarmó parte de la furia de Naruto.
—Como compensación por mi error y por el sacrificio que tu espíritu ha hecho esta noche, te entrego la potestad absoluta sobre mi esencia.
No tendrás que luchar por mi chakra; mi mar será tu mar.
Y para que nuestra sincronía sea perfecta, debes llamarme por mi verdadero nombre.
No soy el Sanbi.
Mi nombre es Isobu.
Úsalo, y el Tenseigan no volverá a quemar tus nervios, pues mi agua será tu refrigerante eterno.
Naruto suspiró, sintiendo cómo la presión en su pecho disminuía ligeramente al aceptar el perdón de la bestia.
Pero el alivio era solo técnico.
El peso moral seguía allí.
En el refugio subterráneo, el vapor seguía bailando entre las sombras.
Mei Terumī se encontraba sentada al borde de la cama de piedra, envuelta en una sábana de seda fina.
Observaba sus propias manos, notando cómo pequeñas chispas de electricidad cian aún saltaban entre sus dedos: un residuo del Tenseigan de Naruto.
Su mente era un campo de batalla político y personal.
Había logrado lo que nadie en las Cinco Grandes Naciones pudo: había tocado el núcleo del Fantasma Gris.
Pero el triunfo le sabía a ceniza.
—Ese chico…
—murmuró Mei, una sonrisa melancólica dibujándose en sus labios—.
Me dio lo que quería, pero su alma nunca dejó esa aldea de hojas y viento.
Me tomó como un náufrago toma un madero en la tormenta, no por deseo, sino por necesidad de no ahogarse.
Mei se puso en pie, sintiendo la vitalidad renovada en sus canales de chakra.
La exposición al poder de Naruto había purificado su propio elemento lava, haciéndolo más fluido, más letal.
Sin embargo, sabía que había despertado a un monstruo que no podría encadenar.
De repente, el aire en la habitación se volvió gélido.
Un zumbido de alta frecuencia, como el canto de mil aves de hielo, llenó el refugio.
En un parpadeo de estática cian, Naruto apareció en el centro de la estancia.
No había entrado por la puerta; había usado la marca que, en el clímax de la noche, había grabado en la piel de la Mizukage.
Mei no se inmutó.
Se giró lentamente, dejando que la seda resbalara ligeramente de sus hombros.
—Vuelves pronto, Naruto-kun —dijo ella, su voz recuperando ese tono depredador—.
¿Acaso el frío ya te hace extrañar mi calor?
—Vine a dejar las cosas claras, Mei —la voz de Naruto era una nota baja, carente de cualquier emoción humana—.
Lo que sucedió anoche fue un error de cálculo técnico provocado por la inestabilidad del Sanbi.
No volverá a ocurrir.
Naruto dio un paso adelante, y el suelo bajo sus pies se cubrió de una fina capa de escarcha.
—He sellado este refugio con una barrera de frecuencia.
Nadie supo que estuvimos aquí.
Quiero que esto muera en esta cámara.
No menciones este incidente a tu Consejo, ni a la Hoja, ni a nadie.
Para el mundo, solo estabilizaste mi sello con ninjutsu médico avanzado.
Mei soltó una risa seca, una carcajada que resonó con amargura en las paredes de piedra.
Se acercó a él, caminando con la gracia de una pantera, hasta que sus pechos rozaron el protector de pecho de Naruto.
—Tus palabras dicen “error”, pero tus manos anoche decían “necesidad” —susurró ella, desafiando la mirada plateada de sus ojos—.
No parecías muy convencido de que fuera un error cuando tu chakra y el mío se volvieron uno solo.
¿Crees que puedes simplemente borrar la frecuencia de una persona después de haberla poseído así?
Naruto apretó los dientes, una chispa de Yōton (lava) brillando involuntariamente en sus ojos, demostrando que ya no podía separar lo que ella le había dado de su propia naturaleza.
—Espero que, como mínimo, este “error” no genere un embarazo —soltó Naruto, su tono volviéndose cortante por la molestia—.
No necesito un heredero con el poder del Tenseigan y la Niebla complicando más el tablero mundial.
Mei parpadeó, sorprendida por la frialdad del comentario, pero luego sonrió con malicia.
—Tranquilízate, pequeño genio.
Conozco mi ciclo mejor de lo que tú conoces tus sellos.
Estaba en mis días infértiles.
No habrá cachorros de zorro ni pequeños fantasmas heredando tus ojos.
Estas a salvo de errores.
Naruto exhaló un suspiro de alivio que no pudo ocultar.
La tensión en sus hombros bajó un milímetro.
—Sin embargo…
—continuó Mei, su tono volviéndose repentinamente serio y político—, el silencio tiene un precio.
Kirigakure está en ruinas.
Yagura la dejó desangrada y Akatsuki nos tiene en la mira.
Necesito más que un recuerdo de una noche.
Naruto la miró fijamente.
Sabía que venía la transacción.
—Aceptaré tu pacto de silencio —dijo Mei, cruzando los brazos—.
No diré una palabra de cómo el Dueño del Vacío sucumbió a la lava para salvar su pellejo.
A cambio, quiero una Alianza de Sangre y Sombra.
—¿Qué significa eso?
—preguntó Naruto.
—Si alguna vez Kirigakure es atacada, si alguna vez mi aldea está al borde de la extinción, vendrás —sentenció Mei—.
No vendrás como un ninja de la Hoja siguiendo órdenes de Tsunade.
Vendrás como mi protector personal.
Una sola llamada a través de esa marca que dejaste en mí, y aparecerás para limpiar mi campo de batalla.
Serás el arma secreta de la Niebla en las sombras.
Naruto meditó la propuesta.
Era una carga política inmensa, una que podría considerarse traición si Konoha se enteraba.
Pero el secreto de esa noche era el único muro que protegía su futuro con Ino.
—Trato hecho —dijo Naruto.
Su mano brilló con una luz cian mientras reforzaba el sello de Hiraishin en el hombro de Mei, asegurándose de que la conexión fuera permanente—.
Seré tu sombra cuando la luz se apague.
Pero recuerda, Mei: si rompes tu parte del trato, no habrá océano lo suficientemente profundo para esconderte de mi invierno.
Mei asintió, satisfecha.
Naruto no esperó a una despedida.
En un destello de estática blanca, desapareció de la cámara, dejando tras de sí un rastro de vapor y el aroma a ozono.
Naruto reapareció en la cima de una torre de vigilancia abandonada en la frontera del País del Agua.
Se sentó allí, observando el horizonte hacia el País del Fuego.
En su interior, la sincronía entre Isobu y Kurama era ahora perfecta.
El chakra del Sanbi actuaba como un lubricante frío para la energía abrasadora del Zorro, permitiendo que el Tenseigan operara a un nivel de eficiencia que Homura Otsutsuki habría envidiado.
Había ganado el Yōton artificial, la lealtad de un Bijuu y el silencio de una Kage.
Pero al cerrar los ojos, solo podía ver el rostro de Ino Yamanaka.
—Falta un mes —pensó Naruto—.
Un mes para volver a casa.
No sabía que en Konoha, Danzō Shimura ya estaba preparando las celdas de supresión, ni que Ino, en sus entrenamientos sensoriales, ya empezaba a percibir una perturbación en el flujo del mundo: una marea de frío y fuego que se acercaba inexorablemente hacia sus puertas.
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