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What If, Naruto con byakugan - Capítulo 88

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  4. Capítulo 88 - 88 Capítulo 88 La frecuencia que no se va
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88: Capítulo 88: La frecuencia que no se va 88: Capítulo 88: La frecuencia que no se va El regreso oficial de Naruto Uzumaki al servicio activo no fue motivo de celebración.

Tras la devastación del Campo 44, el nombre del “Fantasma Gris” se convirtió en un susurro de temor en los pasillos de la academia y en un informe clasificado de máxima prioridad en los archivos de la Raíz.

Naruto había vencido a los tres maestros más grandes de la aldea sin usar el magma que ahora habitaba en sus venas, pero el costo de esa contención estaba empezando a pasarle factura.

Aquella noche, el silencio en el departamento de Naruto era tan denso que parecía una entidad física.

El joven estaba sentado en el suelo, con el torso desnudo y vendado, tratando de meditar para calmar el rugido constante de Isobu y Kurama.

Un suave toque en la puerta precedió a la entrada de Ino.

Ella no pidió permiso; traía consigo un kit médico de la florería y una expresión que mezclaba la preocupación con una determinación sombría.

Se arrodilló detrás de él, preparando los ungüentos para las quemaduras de fricción que Guy le había dejado.

—Déjame ayudarte, Naruto —susurró Ino, extendiendo su mano hacia su espalda—.

Tu red de chakra está vibrando de una forma que puedo sentir desde el pasillo.

Estás sufriendo.

Ino activó su palma mística, intentando sincronizar su frecuencia con la de Naruto para suavizar los nudos de energía.

Sin embargo, antes de que pudiera establecer el vínculo, el cuerpo de Naruto reaccionó de forma violenta.

Un pulso de chakra cian y naranja estalló desde su piel, empujando las manos de Ino con una fuerza brusca.

—No lo hagas, Ino —dijo Naruto, sin girarse.

Su voz era plana, casi despojada de humanidad.

—Naruto, soy tu ancla —insistió ella, con los ojos empezando a humedecerse por el rechazo—.

Siempre he podido entrar.

Siempre he sido la que estabiliza tu mente.

Déjame pasar.

Naruto se puso de pie lentamente y se giró hacia ella.

Ino retrocedió un paso al ver sus ojos: el Tenseigan no estaba activo, pero sus pupilas azules tenían un brillo metálico, frío y distante.

—Ya no es seguro —explicó Naruto, apretando los puños—.

El sistema tricapa se ha convertido en algo que no puedo controlar del todo cuando alguien intenta invadirlo.

Mis instintos ahora están ligados a la supervivencia de dos Bijuus y a una naturaleza de lava que rechazo, pero que vive en mí.

Se acercó a ella, y por primera vez, Ino sintió miedo de la proximidad del hombre que amaba.

El aire a su alrededor olía a ozono y a esa ceniza volcánica que ella tanto odiaba.

—Ino, escúchame bien —dijo Naruto, su voz volviéndose una advertencia letal—.

Si entras otra vez a mi sistema, mi cuerpo va a reaccionar por instinto…

y no te va a pedir permiso.

No quiero lastimarte, pero mi chakra ahora ve cualquier intrusión mental como un ataque de la Mizukage o de una sombra enemiga.

El silencio que siguió fue doloroso.

Ino sintió que el muro que Naruto había levantado no era solo para protegerse él, sino para protegerla a ella de lo que se había convertido.

Pero para Ino, eso era lo mismo que una expulsión.

—Entonces me estás dejando fuera —concluyó ella, con la voz quebrada—.

Me pides que me quede en la superficie mientras tú te hundes en ese infierno solo.

Naruto no respondió.

Guardó silencio sobre la llamada de Mei, sobre el contrato que había firmado en la Niebla y sobre el hecho de que sentía que su humanidad se escapaba cada vez que Isobu le hablaba de su verdadero nombre.

Decidió callar para no preocuparla, para que ella pudiera seguir viviendo en la luz de Konoha mientras él habitaba las sombras.

Ino salió del departamento sin mirar atrás.

No se fue a dormir; se dirigió directamente al campo de entrenamiento del clan Yamanaka.

Si Naruto se había convertido en una tormenta que ella no podía tocar, entonces ella tendría que volverse lo suficientemente fuerte como para atravesar el rayo y el magma.

No voy a ser una espectadora, pensó Ino, lanzando un jutsu de transferencia mental contra un maniquí con tal fuerza que lo destrozó.

A la mañana siguiente, la campana de emergencia de la Torre del Hokage resonó con una urgencia que no se sentía desde la invasión de Orochimaru.

Tsunade convocó a Naruto, Sakura y Kakashi de inmediato.

El informe era aterrador: la Aldea de la Arena no solo había sido atacada, sino que había sido sitiada por una fuerza de Akatsuki sin precedentes.

—No son solo dos —dijo Tsunade, golpeando el mapa con el puño—.

Los informes de Suna confirman la presencia de Deidara, Sasori, Kakuzu e Hidan.

Han masacrado a la guardia de la puerta y se han llevado al Kazekage.

Kankuro está en estado crítico por un veneno desconocido y múltiples heridas de sutura.

—Es una fuerza de exterminio —murmuró Kakashi, con el rostro serio—.

Cuatro de ellos juntos pueden borrar una aldea del mapa.

—Por eso irán ustedes —sentenció Tsunade—.

Y debido a la magnitud del ataque, Suna ha solicitado todos los médicos disponibles.

Sakura, tú irás por el Kazekage.

Ino, tú vendrás como apoyo médico y sensorial.

Suna tiene cientos de heridos que no sobrevivirán a la noche sin una experta en red de chakra.

Naruto no miró a Ino, pero sintió cómo su frecuencia se tensaba.

La misión de rescate acababa de subir de nivel: era una guerra abierta en el desierto.

Mientras saltaban por los árboles hacia el desierto, Ino observaba la espalda de Naruto.

Él se movía con una eficiencia aterradora, su chakra contenido pero listo para explotar.

A pesar de la prohibición de Naruto, Ino aprovechaba cada segundo del viaje para estudiar la estela de energía que él dejaba atrás.

No voy a ser una espectadora, pensó Ino, apretando su kit médico con fuerza.

Si Naruto se está convirtiendo en un Dios para protegerme de esos cuatro monstruos, yo tendré que aprender a invadir la mente de un Dios para traerlo de vuelta.

Naruto, por su parte, callaba el hecho de que Isobu estaba empezando a rugir.

El Sanbi sentía la presencia de Kakuzu y su dominio de los elementos, y Kurama sentía la sed de sangre de Hidan.

Pero lo que más le preocupaba era el calor que Mei Terumī había dejado en él; en el calor del desierto, la lava en su interior era más difícil de sofocar.

La misión hacia la Arena había comenzado, y con ella, el encuentro con la élite de Akatsuki.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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