What If, Naruto con byakugan - Capítulo 91
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- Capítulo 91 - 91 Capítulo 91 El silencia de las dunas
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91: Capítulo 91: El silencia de las dunas 91: Capítulo 91: El silencia de las dunas Mucho antes de que el Equipo de Rescate cruzara la frontera del País del Viento…
En las profundidades de una caverna olvidada, protegida por sellos que distorsionaban el espacio-tiempo, la colosal estatua de la Gedo Mazo erguía sus manos de piedra en la penumbra.
Sobre las proyecciones astrales de los dedos de la estatua, se alzaban las figuras de los verdugos.
Deidara, Sasori, Kakuzu e Hidan canalizaban su chakra en el ritual prohibido, acelerando la extracción a una velocidad sin precedentes.
El proceso fue una carnicería metafísica.
Del rostro de la estatua brotaron nueve dragones de chakra purpúreo que se enroscaron alrededor del cuerpo de Gaara.
El Kazekage, suspendido en el aire, sentía cómo cada fibra de su ser era despojada de su inquilino.
El chakra color arena del Shukaku era arrancado de su sistema nervioso, célula por célula.
Gaara, que nunca había podido dormir por miedo a perder el control, sintió por fin el peso de un sueño eterno que se cerraba sobre él.
Cuando el último vestigio del espíritu del mapache fue devorado por la estatua, el cuerpo de Gaara cayó al suelo como una marioneta con los hilos cortados.
Sus ojos, antes cargados de una voluntad inquebrantable, quedaron fijos en la oscuridad, vacíos.
El Kazekage había muerto mucho antes de que el primer rastro de escarcha de Naruto tocara las puertas de Suna.
Aldea de la Arena – Presente Mientras Gaara caía en la cueva, en la Aldea de la Arena, Naruto libraba su propia guerra.
El asedio era total.
Naruto se movió en un parpadeo cian, apareciendo frente a la entrada sur donde Kakuzu avanzaba con una parsimonia aterradora, flanqueado por sus máscaras elementales.
—Ahí estás…
—dijo Kakuzu, evaluando la energía de Naruto con frialdad—.
Hueles a la Mizukage, muchacho.
Hueles a una sangre que se ha fundido con el magma.
Kakuzu desató sus hilos y dos de sus máscaras lanzaron ráfagas combinadas de Fuego y Viento.
El calor del desierto, sumado al ataque elemental, hizo que el sistema de Naruto flaqueara.
El Yōton (Lava) en su interior comenzó a burbujear, pidiendo una salida.
—¡Úsalo, Naruto!
—rugió Kurama—.
¡Esa lava derretiría sus hilos en un segundo!
—¡No!
—respondió Naruto, invocando la “marea fría” de Isobu.
Naruto rechazó el camino fácil del magma.
Usando el Elemento Vacío, absorbió parte del ataque de fuego de Kakuzu y lo redirigió hacia las casas vacías, salvando la calle principal pero agotando sus reservas de chakra de forma alarmante.
La batalla fue un duelo de desgaste: Kakuzu atacaba con la intención de capturarlo vivo pero mutilado, mientras Naruto se defendía usando Hyōton y Vacío, negándose rotundamente a usar el rastro de Mei Terumī.
Debido a esta contención, Naruto no pudo evitar que una ráfaga colateral de las máscaras de Kakuzu alcanzara un búnker cercano.
El estallido fue devastador.
Ino, que mantenía la red sensorial activa, emitió un gemido de dolor físico al sentir cómo seis frecuencias de vida se extinguían de golpe bajo los escombros.
El escenario se fragmentó en un caos absoluto.
Mientras Naruto contenía a Kakuzu con una dificultad creciente, los demás frentes estallaban.
El aire en la periferia de la Aldea de la Arena estaba saturado de un calor seco, pero el ambiente alrededor de estos dos combatientes se sentía gélido por la intención de matar.
Kakashi Hatake mantenía su Sharingan fijo en cada articulación de su oponente, mientras que Hidan, con el torso desnudo y una sonrisa maníaca, hacía girar su guadaña de tres hojas en un arco sibilante que cortaba el viento.
Hidan lanzó la guadaña con una fuerza brutal, controlando la trayectoria mediante el cable metálico atado a su muñeca.
El arma voló como un depredador hambriento, buscando la más mínima gota de sangre.
Kakashi se movió con una precisión quirúrgica, inclinando su cuerpo apenas unos milímetros para dejar que el acero rozara su chaleco táctico.
Sabía que, contra este enemigo, un rasguño era una sentencia de muerte.
—¡No huyas, ninja de la Hoja!
—gritó Hidan, tirando del cable para que la guadaña regresara desde la espalda de Kakashi en un movimiento de pinza—.
¡Jashin-sama exige un sacrificio de élite y tú hueles a pecado!
Kakashi realizó un sello manual rápido.
—Doton: Doryūhe (Estilo de Tierra: Muro de Tierra).
Un muro de roca sólida emergió del desierto, deteniendo el impacto de la guadaña con un estruendo metálico.
Sin embargo, Hidan no se detuvo.
Usando la inercia del arma, saltó sobre el muro, descendiendo con una lanza retráctil en su mano libre.
Kakashi activó su Raikiri, el sonido de mil aves llenando el claro mientras interceptaba la lanza de Hidan.
El choque de rayos y acero generó chispas que iluminaron el rostro desquiciado del Akatsuki.
Hidan, aprovechando el contacto cercano, intentó escupir hacia el rostro de Kakashi, buscando cualquier forma de obtener material genético.
Kakashi retrocedió de un salto, pero notó que Hidan ya estaba dibujando algo en la arena con la punta de su bota, aprovechando la sangre de un ninja de Suna que yacía cerca.
El círculo de Jashin empezaba a tomar forma.
—¡Es el final!
¡Una vez que entre en el círculo, tu dolor será mi éxtasis!
—aulló Hidan, su piel empezando a cambiar a ese tono negro y blanco que recordaba a un cadáver.
Kakashi sabía que no podía permitir que el ritual se completara.
Si Hidan lograba vincularse, no habría forma de matarlo sin suicidarse en el proceso.
Concentró su chakra en su ojo izquierdo, el Mangekyō Sharingan girando con una velocidad violenta.
—¡Kamui!
—sentenció Kakashi.
El espacio en el centro del círculo de Hidan empezó a ondularse y a colapsar sobre sí mismo.
No buscaba absorber a Hidan, sino distorsionar el suelo.
La arena y la sangre que formaban el símbolo religioso fueron succionadas hacia otra dimensión, dejando un cráter deforme en lugar del altar.
Hidan tropezó, maldiciendo en voz alta al ver su “tierra sagrada” desaparecer.
—¡Maldito seas!
¡Eso es sacrilegio!
¡Jashin te arrancará las entrañas por eso!
Kakashi aterrizó pesadamente, cubriendo su ojo izquierdo por un momento.
El uso preventivo del Kamui para alterar el terreno era agotador, pero necesario.
Su respiración era pesada, y el Sharingan consumía sus reservas de chakra rápidamente bajo el sol abrasador.
—No tienes dioses aquí, Hidan —dijo Kakashi, sacando un juego de kunais con sellos explosivos—.
Solo tienes a un ninja que conoce todos tus trucos.
Hidan volvió a cargar, más errático y furioso, lanzando ataques salvajes que Kakashi seguía esquivando por márgenes de milímetros.
Era un duelo de resistencia pura: la inmortalidad contra el genio táctico.
Kakashi sabía que no podía ganar en una pelea de desgaste, pero su objetivo no era matarlo allí, sino mantenerlo alejado de Naruto y del hospital mientras el resto del plan se ejecutaba.
Cada vez que Hidan intentaba trazar un nuevo círculo, Kakashi respondía con un pequeño pulso de Kamui o una técnica de rayo que desintegraba la superficie.
El desierto se convirtió en un tablero de ajedrez donde la sangre era la pieza reina y el espacio era el único escudo.
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