What If, Naruto con byakugan - Capítulo 92
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- Capítulo 92 - 92 Capítulo 92 El colapso de las frecuencias
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92: Capítulo 92: El colapso de las frecuencias 92: Capítulo 92: El colapso de las frecuencias El cielo sobre la Aldea de la Arena, usualmente de un azul monótono y pesado, se había convertido en un lienzo de pesadilla.
Elevado a cientos de metros, montado sobre una de sus majestuosas aves de arcilla blanca, Deidara observaba el caos con la pupila dilatada de un artista consumido por su propia obra.
—¡Miren hacia arriba, gente de la arena!
—gritó, su voz rasgando el viento—.
¡Hoy les daré una función que no podrán olvidar ni en la otra vida, hm!
Deidara no buscaba solo la destrucción estructural; su ataque era una estrategia de saturación.
Introdujo ambas manos en las bolsas de su cintura, permitiendo que las bocas en sus palmas masticaran la arcilla explosiva con un ritmo frenético.
De sus manos empezaron a llover pequeñas figuras: arañas, pájaros y saltamontes de color blanco puro que descendían sobre la aldea como una plaga silenciosa.
—¡Katsu!
La primera detonación fue un trueno que sacudió los cimientos del hospital de Suna.
Luego vino otra, y otra, en una secuencia rítmica que generaba una onda de choque constante.
El objetivo era Sakura e Ino.
En el interior del hospital, las dos kunoichis intentaban coordinar los equipos médicos, pero el bombardeo infinito estaba destrozando su capacidad de concentración.
Cada explosión enviaba una vibración masiva a través del suelo y el aire, creando un “ruido” de chakra tan ensordecedor que los sentidos sensoriales de Ino se veían saturados.
—¡No puedo fijar la frecuencia de los heridos!
—gritó Ino, llevándose las manos a las sienes mientras el techo del hospital soltaba polvo por la vibración—.
¡El chakra de sus explosiones está borrando todo lo demás!
Es como intentar escuchar un susurro en medio de un huracán.
Deidara reía desde las alturas, viendo cómo los puestos de guardia de la Arena se convertían en antorchas humanas.
Un escuadrón de ninjas de Suna intentó responder con jutsus de viento, pero Deidara simplemente ascendió más, lanzando un ave de mayor tamaño que interceptó los ataques y estalló en una nube de metralla de arcilla.
—¡El arte no es algo estático, hm!
¡Es ese instante fugaz donde la materia se vuelve luz y sonido!
—exclamó, lanzando una serie de micro-bombas que se adhirieron a las torres de vigilancia restantes—.
¡El ruido es parte de la estética!
¡Si no pueden pensar, es porque mi arte es demasiado grande para sus pequeñas mentes!
El bombardeo redujo a cenizas los puestos periféricos en cuestión de minutos.
El fuego empezaba a rodear el distrito médico, y el humo denso oscurecía la visión.
Deidara no se detenía; su objetivo era que nadie en la aldea pudiera dar una orden coherente, que nadie pudiera rastrear a Sasori o a los demás.
Desde su posición, Deidara vio a Naruto peleando con Kakuzu a lo lejos.
—Parece que el Jinchūriki está ocupado, hm.
Veamos si puede mantener ese frío mientras yo caliento el ambiente.
Lanzó una carga de C2 hacia el depósito de agua de la aldea, buscando eliminar la única fuente de refrigeración.
La explosión resultante fue una columna de vapor y fuego que tiñó el cielo de un rojo violento.
Suna estaba ardiendo, y mientras el estruendo de Deidara continuara, la coordinación defensiva de la Hoja y la Arena seguiría siendo un caos de gritos y frecuencias rotas.
El suelo de la entrada sur de la Aldea de la Arena ya no era arena, sino un campo de batalla vitrificado por el calor y fracturado por la presión.
Kakuzu se erguía en el centro, con sus hilos negros brotando de sus hombros como extremidades de un parásito ancestral.
A su espalda, las cuatro máscaras flotaban, cada una rugiendo con la energía de los corazones que las alimentaban.
Naruto Uzumaki mantenía su posición a veinte metros.
Su respiración era pesada, no por el cansancio físico, sino por la agonía de la contención.
El aire a su alrededor vibraba con una distorsión térmica: a su derecha, el aire se congelaba en cristales de escarcha; a su izquierda, el suelo burbujeaba con una incandescencia naranja que él se esforzaba por sofocar.
—Es inútil resistirse a tu propia naturaleza, muchacho —la voz de Kakuzu era un eco cavernoso—.
He vivido lo suficiente para ver imperios caer.
He luchado contra el Primer Hokage.
Sé reconocer cuando un cuerpo está en guerra consigo mismo.
Tu sangre quiere ser magma, pero tu mente está encadenada al hielo de la Hoja.
Esa duda te hará perder la cabeza…
y yo cobraré la recompensa.
Kakuzu no esperó respuesta.
Sus máscaras de Fuego y Viento se posicionaron en tándem.
—¡Katon: Zukokushū!
¡Fūton: Atsugai!
La combinación creó un mar de llamas masivo, potenciado por el vacío del viento, que se abalanzó sobre Naruto como la boca de un dragón infernal.
El calor era tan intenso que la arena circundante se derretía al instante.
—¡Naruto!
¡Libera el Yōton!
—gritó Kurama en su psique—.
¡Esa marea de fuego va a consumir tu red de chakra si intentas frenarla con agua común!
¡Deja que la Mizukage te salve!
Naruto apretó los dientes, sintiendo cómo el chakra naranja de Mei Terumī pulsaba en su brazo derecho, deseoso de emerger y devorar las llamas de Kakuzu con una temperatura superior.
Sus dedos empezaron a gotear un fluido denso y brillante.
—¡No!
—rugió Naruto mentalmente—.
¡Isobu, tráeme el fondo del mar!
Haciendo gala de una voluntad que rayaba en la locura, Naruto ignoró el magma y canalizó la “marea fría” de la tortuga de tres colas.
El aura cian del Tenseigan se tornó de un azul oscuro, casi negro.
—¡Suiton: Abismo de las Siete Profundidades!
Naruto golpeó el suelo.
En lugar de un chorro de agua, una presión hidráulica masiva emergió de la arena.
El agua era tan pesada y fría que no se evaporaba al contacto con el fuego de Kakuzu; simplemente lo aplastaba por densidad.
El vapor resultante cubrió todo el campo de batalla, pero Naruto estaba pagando el precio: sus venas ardían por el conflicto térmico.
Estaba usando la energía de Isobu para congelar su propio sistema mientras por fuera proyectaba mareas oceánicas.
Kakuzu, aprovechando la cortina de vapor, lanzó sus hilos (Jigokuro) por debajo de la arena.
Los cables negros brotaron como espinas desde el suelo, perforando el muslo y el hombro de Naruto.
—Te tengo —dijo Kakuzu, tirando de los hilos para arrancar los miembros de Naruto—.
Tu resistencia es admirable, pero tu negativa a usar tu verdadero poder es patética.
Naruto cayó de rodillas, la sangre brotando de sus heridas.
El dolor agudo casi le hace perder el control.
El Yōton rugió en su pecho, listo para estallar y fundir los hilos de Kakuzu en un segundo.
Pero Naruto miró hacia el hospital, donde Ino estaba luchando, y recordó su promesa.
No se convertiría en el monstruo de la Niebla.
No hoy.
Usando el Hiraishin, se desmaterializó de los hilos, reapareciendo a diez metros, dejando jirones de su carne en los cables de Kakuzu.
Estaba debilitado, temblando, pero sus ojos plateados seguían fijos en su enemigo, rechazando la salvación ardiente que Mei le ofrecía desde su memoria.
En el hospital de la Arena, el ambiente era una pesadilla de esterilidad rota.
Mientras el bombardeo de Deidara generaba un ruido constante que hacía vibrar los bisturís, una amenaza mucho más silenciosa se deslizaba por los conductos de ventilación y los pasillos laterales.
Sasori de la Arena, oculto dentro de su grotesca marioneta Hiruko, avanzaba por el corredor principal.
No caminaba; se deslizaba con un sonido metálico y chirriante que ponía los pelos de punta.
Detrás de él, una docena de marionetas menores, vestidas con harapos negros, flanqueaban su paso.
Sakura estaba en medio de una cirugía de emergencia sobre Kankuro, sus manos bañadas en chakra verde mientras intentaba extraer el veneno.
Ino, situada a su lado, mantenía una barrera sensorial y energética para estabilizar el sistema nervioso del paciente.
—Algo ha entrado en el perímetro —susurró Ino, su rostro palideciendo—.
Es una frecuencia fría…
muerta.
No es humano, Sakura.
La puerta del quirófano saltó en mil pedazos.
Hiruko entró en la sala, su cola de metal balanceándose como un escorpión hambriento.
—Vaya…
dos niñas de la Hoja jugando a ser médicos —la voz de Sasori, filtrada por Hiruko, era un siseo desprovisto de alma—.
Entréguenme al hermano del Kazekage.
Su cuerpo será una excelente adición a mi colección después de que muera por mi veneno.
Ino reaccionó primero.
Sabiendo que Sakura no podía despegar las manos de Kankuro sin que este muriera instantáneamente, se interpuso entre la camilla y el monstruo.
—¡Elemento Tierra: Muro de Escamas de Arena!
—Ino usó una técnica que había aprendido para misiones en el desierto, levantando una barrera de sedimentos.
Sasori ni siquiera se inmutó.
La cola de Hiruko perforó el muro de arena como si fuera papel, buscando el corazón de Ino.
Ella esquivó por centímetros, pero el roce de la punta metálica cortó su mejilla.
El veneno, una mezcla púrpura y viscosa, brilló en la herida.
—¡Ino!
—gritó Sakura, desesperada.
—¡Sigue con él, Sakura!
¡Yo lo mantendré a raya!
—respondió Ino, ignorando el entumecimiento que empezaba a subir por su rostro.
Ino sabía que no podía vencer a un maestro de marionetas en combate físico, así que optó por su especialidad.
—¡Ninpō: Shinkenshin no Jutsu (Transferencia de Mente de Rango Extendido)!
Lanzó su espíritu hacia Hiruko, pero chocó contra un muro de madera y odio.
Sasori no tenía mente humana; era un núcleo de chakra dentro de un cuerpo artificial.
La técnica de Ino rebotó, causándole un latigazo mental que la hizo escupir sangre.
—¿Intentas poseer a un artista?
—se burló Sasori—.
Mi mente es eterna, niña.
Mi cuerpo es perfección.
Tú, en cambio, eres solo carne que se pudre.
Sasori desató una lluvia de agujas envenenadas desde el brazo de Hiruko.
Ino tuvo que realizar una danza suicida de esquivas, usando sus sentidos sensoriales al límite para predecir la trayectoria de cada proyectil.
El hospital se convirtió en una trampa mortal.
Las paredes estaban llenas de agujas y el aire olía al veneno corrosivo de Sasori.
Ino estaba exhausta.
El ruido de las explosiones de Deidara en el exterior seguía rompiendo su concentración, y el entumecimiento del veneno en su mejilla empezaba a nublar su visión.
Miró a Sakura, que lloraba de frustración mientras intentaba salvar a Kankuro y vigilar a su amiga a la vez.
—Naruto…
—pensó Ino, sintiendo a lo lejos la marea fría de Isobu luchando contra el fuego de Kakuzu—.
Si tan solo pudieras oírme…
Pero Naruto estaba demasiado ocupado intentando no convertirse en un volcán para darse cuenta de que su ancla se estaba rompiendo en mil pedazos bajo las garras del Escorpión de la Arena.
Sasori levantó su cola para el golpe final, mientras el bombardeo de Deidara alcanzaba su clímax, iluminando el hospital con el resplandor de una explosión cercana.
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