What If, Naruto con byakugan - Capítulo 98
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- Capítulo 98 - 98 Capítulo 98 El silencio de la hoja
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98: Capítulo 98: El silencio de la hoja 98: Capítulo 98: El silencio de la hoja Faltaban solo dos días para que el equipo partiera hacia el Puente del Cielo y la Tierra.
Konoha, sumergida en el ajetreo habitual de una aldea ninja, se sentía para Naruto como una habitación cuyas paredes se cerraban centímetro a centímetro.
El aire ya no le sabía a libertad, sino a una vigilancia sofocante que detectaba en cada esquina, en cada ANBU oculto en los tejados, y en cada mirada de reojo de los aldeanos que aún recordaban el estruendo azul de su regreso.
Esa noche, Naruto no buscó el sueño.
Se sumergió en lo más profundo de su psique, atravesando el velo de su conciencia hasta llegar a la cámara del sello.
El lugar había cambiado drásticamente.
Ya no era una alcantarilla húmeda y lúgubre; ahora era un santuario dividido por fuerzas elementales en conflicto.
A un lado, las rejas de Kurama ardían con un calor rojo y denso, el vapor del odio contenido flotando en el aire.
Al otro, una marea de agua oscura y pesada inundaba el suelo, donde la presencia masiva de Isobu emergía como una isla de escamas y coral.
En el centro, Naruto flotaba sobre la superficie del agua, con su nueva espada negra cruzada en el regazo.
—¿Para qué me quedo aquí?
—soltó Naruto al vacío, su voz resonando en las paredes de su mente.
La risa de Kurama fue un estruendo de metal y fuego.
—Al fin haces la pregunta correcta, cachorro.
Miras ese monumento de piedra con las caras de los muertos y esperas que te den una respuesta, pero ellos solo son polvo.
La aldea no te quiere.
Te miran y ven un arma que no pueden disparar, un activo que se ha contaminado con el aroma de la Niebla.
Naruto cerró los ojos, recordando la imagen del Monumento Hokage desde la oscuridad de un callejón esa misma tarde.
Había sentido una desconexión total.
Ya no aspiraba a que su rostro estuviera tallado allí; la idea le parecía pequeña, casi infantil.
—”La aldea no me quiere aquí”, eso es lo que pensaba hoy —continuó Naruto—.
Si me fuera, si simplemente desapareciera en un destello cian, nadie me extrañaría realmente.
Tsunade vería una pérdida de poder militar, y Danzō vería un experimento fallido que se escapó del laboratorio.
Nada más.
Podría buscar mis propias respuestas lejos de este ruido, en los océanos de Mei o en el vacío del Tenseigan.
—Estás madurando, Naruto —la voz de Isobu era lenta, una vibración que venía desde el fondo del océano mental—.
Pero lo que te retiene no es la aldea.
Es el ancla que tú mismo te impusiste.
Naruto apretó el puño sobre el acero negro de su espada.
Ino.
El nombre solía ser su luz, pero ahora se sentía como una cadena de plata.
Recordó cómo se había contenido en Suna solo por ella, cómo había permitido que el mundo sangrara para que ella no viera la lava en sus ojos.
—Antes pensaba que ella era mi salvación —susurró Naruto—.
Pero ahora…
siento que es mi retención.
Mi necesidad de mantenerme “puro” para ella es lo que me está matando.
En Suna, mi duda costó vidas.
Ella quiere al niño de naranja, pero ese niño murió en la nieve.
Este poder, la lava, el agua abisal…
no son una maldición que deba ocultar.
Son un regalo de guerra.
Son mi derecho.
Y si ella no puede aceptar al hombre que empuña este acero, entonces ella es parte del ruido que debo abandonar.
—¡Exacto!
—rugió Kurama, sus ojos rojos brillando con deleite—.
¡Acepta el fuego!
¡Acepta que eres un Dios entre hormigas!
No pidas perdón por el calor que emanas, deja que ellos aprendan a no quemarse.
Naruto se puso de pie en su paisaje mental, desenvainando la espada negra.
El agua de Isobu se elevó a su alrededor y el fuego de Kurama se entrelazó con el aura cian del Tenseigan.
Ya no buscaba afinidad con la Hoja.
Buscaba la asimilación total de lo que era: una fuerza independiente.
A la mañana siguiente, Naruto buscó a Jiraiya en el balcón de la Torre de Investigación.
El Sannin lo observó con una preocupación que no intentaba ocultar.
Naruto ya no caminaba con el paso ligero de un adolescente; cada movimiento suyo tenía la inercia de una marea alta.
—Ero-sennin…
me voy de esta misión, pero no sé si volveré de la misma forma —dijo Naruto, mirando hacia el horizonte—.
Siento que Konoha es un traje que me queda pequeño.
Las costuras están empezando a romperse.
Jiraiya suspiró, dejando a un lado su manuscrito.
—El poder que trajiste de la Niebla, Naruto…
no es algo que los Ancianos puedan digerir.
Danzō está presionando.
Dicen que te has vuelto “extranjero”.
—Tal vez tengan razón —respondió Naruto, y por un segundo, sus ojos plateados emitieron un destello de lava—.
Tal vez ya no soy de aquí.
No voy a pedir permiso para ser lo que soy.
Si el precio de ser aceptado en la Hoja es ser un guerrero mediocre que se contiene mientras sus aliados mueren, entonces el precio es demasiado alto.
Jiraiya guardó silencio.
Sabía que había perdido la capacidad de guiar a su alumno.
Naruto ya no era un estudiante; era una entidad que negociaba con titanes en su interior.
Bajo un cielo gris que amenazaba tormenta, Tsunade convocó al equipo 7 en el Campo de Entrenamiento 7.
El ambiente era gélido.
Kakashi Hatake no estaba; el agotamiento tras su batalla con Hidan lo había dejado en una cama de hospital.
En su lugar, apareció un hombre de mirada penetrante.
—Soy Yamato —dijo con voz firme—.
Estaré a cargo de la misión.
Mi prioridad es la contención.
Naruto lo evaluó fríamente.
Detectó el Elemento Madera en Yamato, una frecuencia de vida que intentaba estabilizar el entorno.
Yamato, por su parte, sintió un escalofrío.
El chico frente a él no olía a sol; olía a ozono, a metal y a una humedad profunda.
Entonces, desde las sombras, emergió un joven de piel pálida con una sonrisa grabada.
Llevaba el uniforme de la Raíz.
—Mucho gusto —dijo con voz monótona—.
Mi nombre es Sai.
Naruto estrechó los ojos.
El rastro de Danzō estaba impregnado en su chakra.
—Tu sonrisa es falsa —soltó Naruto—.
Y tu chakra huele a traición.
Si te interpones entre mi espada y mi objetivo, descubrirás que el vacío no tiene piedad.
Sai mantuvo su sonrisa, aunque sus ojos analizaron la espada negra de Naruto con curiosidad clínica.
—Naruto…
detente.
La voz rompió la tensión como un cristal.
Ino Yamanaka caminaba hacia ellos, con el uniforme de combate ajustado y una mirada que Naruto no reconoció de inmediato.
No había rastro de la chica dulce; sus ojos azules estaban afilados, cargados de una determinación fría.
—Tsunade-sama me ha incorporado a la misión —dijo Ino, ignorando la sorpresa de Naruto—.
Después de lo que pasó en Suna, la Quinta decidió que el equipo necesita un especialista sensorial de alto nivel.
Y yo decidí que ya no voy a dejar que te alejes tanto que mi mente no pueda alcanzarte.
Naruto la miró, notando que el flujo de chakra de Ino era irregular, señal de que había estado practicando las técnicas prohibidas de invasión mental de su clan.
Ella estaba rompiendo su propia psique para seguirle el ritmo.
—Ino, esto no es un juego —dijo Naruto, su voz bajando de temperatura—.
El Puente del Cielo y la Tierra será una carnicería.
No quiero que veas lo que va a pasar allí.
—Ese es tu problema, Naruto —respondió ella, dándole la espalda para saludar a Yamato y Sai—.
Sigues intentando decidir qué es lo que debo ver y qué no.
Pero ya no soy tu ancla protectora.
Soy tu apoyo sensorial.
Si decides convertirte en un monstruo allí fuera, voy a estar en primera fila para verlo.
Yamato asintió, aunque preocupado por la tensión interna del grupo.
—El equipo está completo: Yamato, Naruto, Ino, Sakura y Sai.
Partimos ahora.
El objetivo es el espía de Sasori.
El destino es el reencuentro con el traidor, Sasuke Uchiha.
Naruto partió al frente, con la espada de Mei al hombro.
Ino caminaba justo detrás de él, manteniendo su red sensorial activa, sintiendo por primera vez el peso real del agua de Isobu y el calor de la lava que Naruto intentaba ocultar.
El viaje había comenzado, y esta vez, el “Fantasma Gris” no tendría donde esconder sus secretos
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