What if, Naruto con el ketsuryugan - Capítulo 41
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- Capítulo 41 - 41 Capítulo 40 Regreso a Konoha
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41: Capítulo 40: Regreso a Konoha 41: Capítulo 40: Regreso a Konoha El camino de vuelta a la Aldea de la Hoja fue distinto al de ida.
A la ida, había sido una excursión ruidosa.
Naruto gritaba, Sasuke se quejaba, Sakura preguntaba.
A la vuelta, el silencio era el cuarto miembro del equipo.
Caminaban bajo la luz moteada del bosque del País del Fuego.
Ya no había niebla, pero había algo más denso en el aire: memoria.
Naruto caminaba el último.
No arrastraba los pies.
Su paso era rítmico, militar.
Sus ojos no buscaban insectos ni miraban las nubes; escaneaban el perímetro en arcos de 180 grados, un hábito adquirido que ya no podía apagar.
Kakashi, desde la vanguardia, miraba de reojo a su alumno rubio.
Había esperado que, al salir del País de las Olas, Naruto volviera a ponerse la máscara de idiota ruidoso para aliviar el estrés.
Que pidiera ramen a gritos.
Que dijera que iba a ser Hokage.
Pero Naruto no dijo nada durante dos días.
Comía sus raciones en silencio.
Hacía las guardias nocturnas sin quejarse.
Ha cambiado, pensó Kakashi, sintiendo una punzada de culpa.
No es solo que haya madurado.
Madurar es crecer.
Esto es…
densificarse.
Naruto cargaba con un peso nuevo.
No era depresión.
Era el lastre de la realidad.
La gravedad de saber lo fácil que es cortar una vida y lo difícil que es justificarlo.
Ya no caminaba ligero.
Caminaba con la tracción de alguien que sabe que el suelo está hecho de huesos.
—Naruto —dijo Sakura, intentando romper el hielo incómodo—.
Cuando lleguemos, ¿quieres ir a Ichiraku?
Naruto levantó la vista.
Tardó un segundo en procesar la pregunta, como si volviera de muy lejos.
Sonrió.
Fue una sonrisa suave, cansada.
—Claro, Sakura-chan.
Un tazón estaría bien.
No hubo “¡Dattebayo!”.
No hubo saltos.
Sakura se mordió el labio y volvió a mirar al frente.
Incluso ella notaba que el payaso se había quedado en el puente.
En el interior, Kurama observaba el paisaje mental.
El agua de la alcantarilla estaba tranquila, pero más profunda.
—Antes gritabas para no escuchar tus propios miedos —dijo la Bestia en la oscuridad.
—Ahora los escuchas.
Los sientes.
—Duelen —admitió Naruto mentalmente.
—El dolor es información.
Te dice que estás vivo.
Antes huías de lo que sentías, te escondías detrás de la máscara.
Ahora lo llevas puesto como una armadura.
Naruto ajustó la correa de su mochila.
—Supongo que eso es ser un ninja, ¿no?
—No —corrigió Kurama.
—Eso es ser un hombre.
Las puertas de Konoha aparecieron en el horizonte.
Para Sasuke y Sakura, eran el regreso al hogar.
Para Naruto, eran solo la entrada a la siguiente base de operaciones.
Días después del regreso, Naruto se escabulló de la aldea.
No fue a los campos de entrenamiento habituales.
Su instinto le decía que necesitaba soledad absoluta para lo que buscaba.
Se adentró en una zona prohibida del bosque, cerca de las ruinas de un antiguo templo que había sido destruido durante el ataque del Kyūbi hace doce años.
Nadie iba allí.
Se decía que estaba maldito.
Para Naruto, un lugar maldito era lo más parecido a un hogar.
Estaba buscando una nueva espada.
La chokutō barata se había roto porque era indigna.
Necesitaba algo que soportara su “peso”.
Caminó entre escombros de piedra cubiertos de musgo.
No sentía chakra agresivo.
No había trampas.
Pero sentía una presencia.
Era una sensación pasiva, magnética.
Como la gravedad de un planeta pequeño.
Algo lo llamaba desde el sótano derrumbado del templo.
Naruto apartó unas vigas podridas y bajó a la oscuridad.
El aire estaba viciado, pero su sangre no se alarmó.
Su sangre se sintió…
bienvenida.
En el centro de la sala subterránea, sobre un altar de piedra partido, descansaba una vaina negra.
No había polvo sobre ella.
Naruto se acercó.
La vaina era de madera de ébano, sin adornos.
El mango estaba envuelto en cuero de raya negro, desgastado por el uso de alguien hace mucho tiempo.
No era una katana curva.
Era un Ninjatō recto, pero la hoja era ligeramente más larga de lo normal.
Naruto extendió la mano.
Sus dedos se detuvieron a centímetros del mango.
Sintió el metal a través de la vaina.
Era frío.
Denso.
No era acero normal.
Era mineral conductor de chakra, probablemente forjado con técnicas perdidas del País del Hierro o del antiguo Clan Uzumaki.
—Cuidado —advirtió Kurama.
Su voz no era de miedo, sino de solemnidad.
Naruto vaciló.
—¿Está maldita?
—No existen las maldiciones, solo el chakra residual.
Esa espada tiene sed.
No de sangre, sino de propósito.
—La espada anterior era una herramienta de cocina que usaste para matar.
Esta espada fue forjada para la guerra.
Kurama abrió sus ojos rojos en la oscuridad de la mente.
—Si la empuñas, no habrá vuelta atrás.
Dejarás de ser un niño que se defiende.
Serás un guerrero que ataca.
Aceptar ese peso te cambiará la postura para siempre.
Naruto miró el mango negro.
Recordó a Haku.
Recordó a Zabuza.
Recordó la sensación de indefensión cuando su espada se rompió.
Recordó que quería proteger a su “manada”.
Para proteger, necesitaba colmillos que no se rompieran.
—No quiero volver atrás —dijo Naruto.
Agarró el mango.
Fsssshh.
Al desenfundarla, el sonido no fue metálico.
Fue como el suspiro de un fantasma.
La hoja no era plateada.
Era de un gris oscuro, casi negro, con un patrón de ondas que parecía humo congelado.
Era pesada.
Para un humano normal, sería inmanejable.
Para Naruto, se sentía como una extensión de su brazo.
Canalizó una gota de chakra.
La hoja zumbó, bebiendo la energía con avidez, vibrando con un tono bajo y peligroso.
No rechazó su chakra denso; lo pidió.
Naruto dio un tajo al aire.
El corte fue limpio, silencioso.
La oscuridad de la sala pareció separarse ante el filo.
—Perfecta —susurró.
—¿Tiene nombre?
—preguntó Kurama.
Naruto miró el acero oscuro.
Sí.
Lo tenía.
Un nombre que representaba lo que él era: algo que vive en las sombras, que carga con el odio y lo convierte en filo.
—Sí —dijo Naruto, envainando el arma con un clic definitivo—.
Pero me lo guardaré por ahora.
Se colgó la espada a la espalda.
El peso le resultaba reconfortante.
Salió de las ruinas hacia la luz del sol.
Estaba armado.
Estaba listo.
Y el mundo pronto conocería el nombre de ese acero.
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