What if, Naruto con el ketsuryugan - Capítulo 42
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- Capítulo 42 - 42 Capítulo 41 Misión sin gloria
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42: Capítulo 41: Misión sin gloria 42: Capítulo 41: Misión sin gloria La adrenalina es adictiva, pero la profesionalidad es aburrida.
El Equipo 7 había regresado a la rotación de misiones de Rango C.
Nada de demonios, nada de espejos de hielo, nada de revoluciones civiles.
Su misión actual: escoltar un cargamento de seda desde la frontera hasta la capital del Fuego.
Tres días de caminata junto a un carro de bueyes que chirriaba.
Sasuke caminaba con el ceño fruncido, pateando piedras.
Sentía que desperdiciaba su tiempo.
Sakura estaba alerta, pero relajada, charlando con el comerciante.
Kakashi leía su libro, pero su ojo visible no dejaba de moverse.
Naruto caminaba en la retaguardia.
Ya no llevaba espada.
Sus manos estaban vacías, metidas en los bolsillos de su pantalón naranja.
No se quejaba.
No gritaba “¡Qué aburrido!”.
Simplemente caminaba, sincronizando su respiración con el paso del buey.
Como era de esperar en una ruta comercial, tres bandidos saltaron desde los árboles.
Eran amateurs.
Ruidosos.
Olían a sudor rancio y desesperación barata.
—¡Entregad la seda o morid!
—gritó el líder, agitando un machete oxidado.
Sasuke reaccionó por instinto de aburrimiento.
—¡Yo me encargo!
—gritó, lanzándose con una velocidad innecesaria para enfrentarse a dos de ellos.
Sakura se quedó junto al carro, sacando un kunai para proteger la mercancía.
El tercer bandido, viendo que el “niño emo” estaba ocupado y la chica estaba armada, decidió atacar al eslabón más débil aparente: el rubio con cara de tonto en la parte de atrás.
El bandido corrió hacia Naruto, levantando un garrote con clavos.
—¡Tú eres el primero, enano!
Kakashi, desde la sombra de un árbol, observó.
Estaba listo para intervenir, pero quería ver cómo manejaba esto el “nuevo” Naruto.
Naruto no se puso en guardia.
No sacó un arma.
Ni siquiera sacó las manos de los bolsillos.
El bandido bajó el garrote con fuerza.
En el último microsegundo, Naruto desplazó su peso hacia el pie izquierdo.
Fue un movimiento de apenas cinco centímetros.
El garrote pasó silbando junto a su oreja, golpeando el aire.
El bandido, llevado por su propia inercia, tropezó hacia adelante.
Naruto, con un movimiento fluido y perezoso, sacó una mano del bolsillo y dio un pequeño empujón en el omóplato del hombre.
No fue un golpe.
Fue una redirección vectorial.
El bandido perdió el equilibrio por completo y cayó de cara contra la rueda del carro de bueyes.
Thunk.
Quedó inconsciente al instante.
—¡Uy!
—exclamó Naruto con voz fingidamente sorprendida—.
¡Cuidado por donde pisas, señor bandido!
Sasuke terminó con los otros dos bandidos usando una combinación de patadas giratorias y shurikens.
Estaba jadeando ligeramente, no por cansancio, sino por exceso de entusiasmo.
—Hmpf.
Basura —dijo Sasuke.
Kakashi bajó del árbol.
Felicitó a Sasuke por su rapidez.
Felicitó a Sakura por mantener la posición.
Luego miró a Naruto.
El chico estaba atando al bandido inconsciente con una cuerda, tarareando.
Kakashi rebobinó la escena en su mente.
Sasuke había dado diez pasos, tres golpes y dos saltos.
Gasto de energía: medio.
Naruto había dado un paso lateral de cinco centímetros y un empujón de dos newtons de fuerza.
Gasto de energía: casi nulo.
No desperdicia nada, notó Kakashi con una mezcla de admiración y sospecha.
Sasuke pelea para demostrar que es fuerte.
Naruto pelea para terminar el problema lo antes posible.
Era la diferencia entre un artista marcial y un cirujano.
Naruto había eliminado la amenaza con la misma emoción con la que alguien espanta una mosca.
—Buen trabajo, equipo —dijo Kakashi—.
Sigamos.
Naruto se limpió las manos y volvió a su posición en la retaguardia.
Eficiente.
Invisible.
Letalmente aburrido.
Al anochecer, se detuvieron en una posada de paso para viajeros.
El lugar estaba lleno de humo, olor a sake y murmullos.
El equipo se sentó en una mesa en la esquina.
El comerciante que escoltaban, un hombre nervioso llamado Goro, fue a la barra a pedir comida.
En la barra, un rōnin (samurái sin señor) borracho y corpulento chocó con Goro.
El sake del rōnin se derramó sobre su propia camisa.
—¡Maldito mercader!
—rugió el borracho, agarrando a Goro del cuello—.
¡Has arruinado mi kimono!
¡Pagarás con sangre!
El rōnin llevó la mano a su katana.
La sala se quedó en silencio.
Sasuke se levantó de la mesa, con la mano en su bolsa de armas.
—Otro idiota —masculló el Uchiha—.
Voy a romperle el brazo.
—Espera, Sasuke —dijo Kakashi, poniéndole una mano en el pecho—.
No podemos atacar civiles a menos que sea defensa propia extrema.
Causará problemas diplomáticos.
—¿Y dejamos que mate al cliente?
—replicó Sasuke.
Antes de que Kakashi pudiera responder, Naruto ya estaba allí.
Naruto no corrió.
No saltó sobre la mesa.
Simplemente apareció al lado del rōnin.
—Disculpe, señor samurái —dijo Naruto con voz suave.
El borracho se giró, con los ojos inyectados en sangre.
—¿Qué quieres, mocoso?
¿Quieres morir tú también?
Naruto sonrió.
Pero no era la sonrisa de payaso.
Era una sonrisa tranquila, casi compasiva.
Naruto puso su mano sobre la mano del samurái, la que aferraba la empuñadura de la katana.
Para el rōnin, el contacto se sintió extraño.
La mano del niño estaba caliente, pero de una forma extraña.
Vibraba.
Naruto usó su Control Sanguíneo para proyectar una onda de “calma biológica” a través del contacto dérmico.
No era un genjutsu.
Era una manipulación sutil del campo eléctrico corporal.
—Su corazón va muy rápido —susurró Naruto, tan bajo que solo el borracho pudo oírlo—.
Tiene las venas del cuello hinchadas.
El alcohol ha diluido su sangre.
Si saca esa espada y se esfuerza…
le podría dar un infarto aquí mismo.
El rōnin parpadeó.
La furia alcohólica se vio perforada por una dosis de realidad médica fría.
Miró los ojos de Naruto.
Vio un abismo azul que no mostraba miedo, ni ira, ni juicio.
Solo una certeza absoluta de que el niño tenía el control.
Naruto dio un suave apretón en la mano del hombre.
—Siéntese.
Beba agua.
Mañana será otro día.
El rōnin soltó la espada.
Tembló.
Se sintió, de repente, muy cansado y muy sobrio.
—Sí…
—murmuró el hombre—.
Sí…
tienes razón.
Solo es…
una camisa.
El hombre se desplomó en su taburete.
Goro, el comerciante, miró a Naruto como si fuera un dios.
—G-gracias, Naruto-kun.
Naruto volvió a la mesa del equipo.
Sasuke estaba confundido.
Sakura estaba impresionada.
Kakashi lo miraba fijamente.
—¿Qué le dijiste?
—preguntó Kakashi.
Naruto se encogió de hombros y volvió a poner su cara de tonto.
—¡Nada!
Solo le dije que el viejo Goro sabe karate.
¡Se lo creyó!
¡Jajaja!
Kakashi sabía que era mentira, pero no dijo nada.
En el interior del sello, Kurama estaba despierto, con una expresión de satisfacción profunda.
—Impresionante —dijo la Bestia.
—Solo evité una pelea innecesaria —pensó Naruto, tomando un sorbo de té.
—No me refiero a la táctica.
Me refiero a tu sangre.
Kurama señaló el lago interior.
Estaba en calma absoluta.
—Hace unos meses, habrías tenido que reprimir tu ira para no atacarlo.
Habrías tenido que hacer un esfuerzo consciente para no matarlo.
—Hoy, no sentiste ira.
No sentiste el impulso de violencia.
Sentiste lástima y control.
—Eso no es represión, Naruto.
Eso es dominio emocional real.
Ya no eres una bestia en una jaula humana.
Eres el dueño del zoológico.
Naruto sonrió levemente detrás de su taza de té.
Había resuelto el conflicto sin levantar un puño, sin gastar chakra y sin revelar su naturaleza.
Era una victoria silenciosa.
Y esas eran las que más le gustaban ahora.
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